2 may. 2013

Carta a Colombia de un soldado preso


Del coronel Hernán Mejía Gutiérrez

Nadie más que el soldado ora por la paz,
pues es el primero que sufre en el cuerpo y en 
el alma las más profundas heridas de la guerra.
General Douglas Mc Arthur


Permítanme, apreciados conciudadanos, hoy, cuando cumplo sesenta meses en “prisión preventiva”, desde la oscuridad de las rejas por haber cumplido con la tarea constitucional de enfrentar al terrorismo para salvar a mis queridos compatriotas de las garras del secuestro, del abigeato, de la extorsión y los asesinatos, hacerles llegar este pequeño clamor:

Al señor Presidente de la Republica:

Su excelencia, son ya 76 meses, desde aquella mañana del 26 de enero de 2007, cuando usted como Ministro de la Defensa Nacional, desde la meseta de Tolemaida en rueda de prensa que recorrió el mundo en minutos, arrasó con mi vida y la de mis hombres y nuestras familias al afirmar que había recibido información sobre conductas criminales cometidas por coronel Hernán Mejía Gutiérrez mientras fue comandante del Batallón La Popa y por ello las pondría inmediatamente en conocimiento de las autoridades. Solo puedo al respecto decir:

- La información que su señoría públicamente dijo haber recibido hace más de seis años, de la que nunca se supo el origen, aun no se conoce por las autoridades que me juzgan.

- El testigo de cargo a quien protegía el Ministerio de Defensa Nacional y luego la Fiscalía General de la Nación, no apareció nunca para ser contrainterrogado.

- Sobre la verificación a la veracidad de la información recibida, que usted en audiencia privada me prometió realizar tampoco he tenido conocimiento.

Al señor Fiscal General de la Nación:

- Con base en la edición 1291 de 29 de enero de 2007 de la revista Semana, “De héroe a villano” y la denuncia pública del entonces señor ministro de la Defensa, se inicia el proceso penal en mi contra.

- El testigo de cargo, a quien yo en desarrollo de mis tareas legales investigué y capturé en flagrancia años antes, aparece de pronto incluido por la oficina del Alto Comisionado de Paz de la Presidencia de la Republica en un bloque de desmovilizados de una estructura ilegal a la cual nunca perteneció, fue sacado de una cárcel y traído con protección del Ministerio de Defensa a una Guarnición de la Armada Nacional. Desde allí, en evidente aleccionamiento, lanza sus falsas versiones y es recibido por el Programa de Protección de Testigos de la Fiscalía.

- El señor denunciante desaparece por arte de magia; no fue posible ubicarlo para ejercer el derecho de contradicción, pero emerge como testigo estrella en 10 procesos donde fue rechazado por faltar a la verdad en estrados desde la Corte Suprema de Justicia hasta el propio Fiscal General en pronunciamiento público a través de los medios.

- Simultáneamente con la desaparición del testigo de cargo, el fiscal de conocimiento hace diligencia judicial de inspección y en ella sustrae de manera ilícita la totalidad de los documentos originales que soportaban la gestión legal del coronel Mejía durante los años que fue comandante del Batallón La Popa.

- Los documentos secretos sustraídos, nunca cumplieron la cadena de custodia, no llegaron oficialmente a hacer parte de ningún proceso; pero desde hace más de seis años han sido manipulados por funcionarios de la fiscalía y delincuentes capturados, quienes con ese conocimiento han adaptado versiones falsas para crear procesos infames y dar fuerza a la por usted promocionada Unidad de Contexto.

- Con esos oscuros procedimientos y solo con ellos, he sido privado de la libertad desde hace cinco años, y al igual que mis hombres, he perdido lo más sagrado, mi familia y mi honor.

A mis queridos compatriotas:

Para dirigirme a ustedes hoy he querido despojarme de la coraza del soldado aquel que por casi siete lustros combatió a los terroristas en valles, selvas y montañas; aquel que lleva en el cuerpo las cicatrices de siete proyectiles y tres atentados con explosivos; y en el alma la terrible rasgadura de haber tenido que recoger el cuerpo de su hermano amordazado, torturado y asesinado por ser el pariente de un buen soldado; de no haber llegado al entierro de su padre y al nacimiento de sus hijos porque primaba el compromiso con la patria; de sentir los colmillos del secuestro en mi propia hermana y estar encadenado por la justicia del Estado que he defendido, sin comprender aún en qué momento ser un soldado honesto se convirtió en delito.

Todo se confunde más cuando 47 millones de colombianos y un mundo expectante vemos agotada la capacidad de asombro, presenciando a través de los medios cómo desfilan en Cuba quienes fueron por cinco décadas los secuestradores, los asesinos, los extorsionistas de la sociedad, los narcotraficantes, los dueños del terror, enemigos del Estado. Descienden ufanos de lujosos automóviles e ingresan con sus cortes a hermosos hoteles como actores reconocidos y seleccionados para una entrega de premios.

La obra premiada se llama “Proceso de Paz”, allá se está decidiendo el futuro de un país, no se conoce a ciencia cierta la trama, tampoco el desenlace y menos podemos sospechar el final; pero los soldados de verdad, los que muchas veces pusimos el pecho a las balas y el cuerpo a las inclemencias del tiempo para salvar a los colombianos de bien, gritamos con el alma, desde lo profundo de las selvas y la celdas, con esperanza, con el corazón que se detenga el conflicto, ni un disparo más, ni una mina más, ni un mutilado más. Por todo eso, llegar a este instante sin albergar odios en mi corazón no ha sido una labor fácil, pero me brinda la serenidad y la autoridad moral para hablarles con claridad.

Soldados y civiles sin excepción debemos asimilar y aceptar que la salida para llegar a la tranquilidad de la paz, no es solamente cesar el fuego de las armas, sino lograr que la nación entera se reconcilie con su pasado y accedamos todos a la única verdad. Lo aconsejo con el dolor y la experiencia de quien vivió la guerra en su peor expresión.

Sin embargo, aprecio que la tendencia que predomina es a ocultar jugadas y permitir que solamente se conozcan ya tarde las decisiones que hace tiempo se tomaron. El trámite de la partida, entregando clandestinamente trofeos y concesiones uno al otro para mostrar al final que hubo acuerdo o quedamos en tablas, es una estrategia de poder, trazada y cumplida paso a paso desde hace más de una década por indolentes que no saben del sufrimiento de una guerra, lo grave es que más temprano que tarde abrirá más heridas e impedirá que otras ya causadas cicatricen.

Los Soldados pedimos Paz, siempre luchamos por lograr La Paz, fuimos los instrumentos legales del Estado para derrotar la violencia terrorista, y hoy sin dejar de cumplir la misión, ignorando la oscuridad, renunciamos a todo por lograr que este camino de negociación sea realidad de vida para la Patria.

Pues bien, aceptamos que los que fueron, no nuestros enemigos, sino los enemigos del Estado y su sociedad sean perdonados, que les otorguen beneficios jurídicos y políticos, que los escuchen, les crean, los reintegren a la comunidad y negocien con ellos el poder político si así lo decide la Nación; pero no nos nieguen el derecho a la verdad, a la justicia, a la imparcialidad; no permitan que seamos acusados, juzgados y condenados por los medios de prensa manipulados sin mediar un juicio justo.

La paz es nuestra mayor necesidad, los soldados de Colombia no son actores del conflicto, son la extensión represiva de un Estado que les asignó una misión constitucional. Ningún militar fue a la guerra por iniciativa personal, nadie abandona a sus seres queridos para ir a arriesgar la vida batallando en oscuros lugares si no hay un motivo inmenso; dejar sus proles repletas de viudas y huérfanos indefensos no fue la voluntad del soldado; comprendan por favor, que somos seres humanos con familias, con necesidades y sin recursos, a quienes nos han dado a lo largo de la historia mil tareas ingratas para salvarlos a ustedes y luego de cumplirlas se nos han negado los derechos.

Que la sociedad entera estudie, analice, reflexione y concluya quienes han sido los señores de esta guerra, quienes se lucraron de dinero y/o de poder con el conflicto, a quienes les convenía mantener el desequilibrio social y la confrontación regional y nacional. Estoy seguro de que llegarán a muchas respuestas, pero la única que jamás podrán contemplar es que fueron los soldados.

Es indiscutible que el panorama nacional en los últimos años recibe muchas presiones, desde adentro y desde afuera, vienen de visita a Colombia los jueces y fiscales de la CPI a pedir condenas contra los militares sin conocer las dos caras de cada caso, la CIDH a pedir sentencias ejemplares contra los militares en oscuros expedientes montados sin debido proceso, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas a afirmar que los militares deben quedar sin fuero y recibir condenas ejemplares para poder lograr la paz, las ONG de todos los colores a presentar objeciones al fuero militar, y muchos más afanados de protagonismo hablan irresponsablemente sin conocer el fondo. La prensa dirigida nos aplasta sin contemplación en cada evento y se niega a promulgar la verdad.

Las potencias que han rechazado acogerse a todas las formas de justicia internacional y DD HH, exigen para las aprobaciones de los TLC que se muestren resultados contra los militares por violaciones de Derechos Humanos, nuestro país se obliga a entregar trofeos falsos a cambio de certificaciones.

Pero nadie, absolutamente nadie, se ha pronunciado para decir: "¿Y si esos soldados son inocentes? ¿Será que habrán tenido un debido proceso y pudieron tener una defensa eficaz? ¿Y si es un absurdo montaje contra los soldados? ¿Si llevan 60 meses en prisión preventiva no es signo de que la presunción de inocencia esta incólume?".

No, jamás, nadie lo hizo ni lo hará, no tenemos dolientes ni garantías, somos los escogidos para pagar los errores de otros con poder.

Haber dejado trozos de existencia en los campos, haber perdido los brazos, las piernas o los ojos en combate contra los terroristas no ha sido suficiente, ahora debemos agotar nuestras vidas y escasos recursos desde la penumbra de las celdas, impotentes ante la injusticia.

Propicio en nuestra amada Patria del Sagrado Corazón, regresar en reflexión a ese pasaje cruel de la historia sagrada:

Jesús fue objeto de un juicio de la sociedad manipulada, en donde muchos presentes del pueblo tenían que decidir. Un juicio definitivamente injusto. En ese proceso aparentemente popular, un gobernador, Pilatos, hace también una comparación injusta. Compara a Jesús, el salvador de muchos, con un delincuente malvado y famoso por sus prácticas inhumanas de maldad: Barrabás.

Allí se nos presenta una escena terrible: Jesús, el Dios tres veces santo, fue comparado, equiparado, con un delincuente, un malhechor famoso por sus actos atroces y malvados; Pilatos se dirige a esa especie de jurado engañado y aleccionado, preparado para ser injusto: “¿A cuál de los dos queréis que os suelte?”. El jurado invadido de odio grita con ojos inyectados en sangre por la inducida crueldad: “¡Suéltanos a Barrabás!”. Y con respecto a Jesús, gritaban todos a una: “¡Sea crucificado!”.

Jesús, injustamente juzgado por este especial tribunal de la infamia, fue torturado, crucificado y muerto. Barrabás, el ladrón, el malhechor, el delincuente violador fue injustamente liberado.

No hay oposición ante el camino de la paz, no puede haberla por parte de los soldados de Colombia. Que se den indulgencias para aquellos Barrabases que tienen la voluntad de corregir su camino y enmendar sus errores, está más que asimilado, pero que simultáneamente el Estado por el cual entregamos lo más sagrado, nos torture y crucifique con penas de muerte como son las sentencias superiores a 35 años en su mayoría injustas, por haber cumplido la misión que el mismo nos encomendó, no es buscar justicia ni anhelar la reconciliación.

Jamás como soldado pediré impunidad, ni que me tapen conductas criminales, ni me perdonen hechos atroces, ni que la justicia negocie la verdad y mi honor, colocando mi hoja de vida frente a las versiones de delincuentes capturados, solamente clamo el derecho universal al debido proceso, a la aplicación de una justicia recta, eficiente y al principio de igualdad ante la ley.

Es una táctica remunerativa hoy que todos los que quieran brillar en el panorama político abracen la manipulada bandera de los Derechos Humanos y caigan contra los soldados inocentes e inermes aniquilándolos en un escenario desconocido para ellos como es la guerra jurídica, asegurándose de que jamás se podrán defender. Con ello, esos ídolos de barro salvaran muchas culpas ante la sociedad y perpetuaran sus errores.

Dios quiera que la sociedad un día, de nuevo por las curvas del destino no tenga que acudir a su Ejército como única esperanza para salvar sus vidas, sus bienes y su dignidad; y que ese día los soldados no estén tan dispuestos a ofrendarlo todo por una causa que antes los asesinó en vida.

Yo ya morí, fui aniquilado por la infamia, mi último deseo es que mis hijos accedan a la verdad y sepan que su padre fue un buen soldado, no un villano. Prométanme compatriotas que así será; que aunque muy tarde eso recibiré a manera de epitafio al final.

Acudiré a la cita con lo inevitable plenamente convencido de que la verdad no naufragará por muy poderosos que sean los que tratan de ocultarla.

Dios bendiga a mi Patria e ilumine el sendero de la paz, sin aniquilar a los soldados que lucharon con honor y coraje sin más ambición que un mañana mejor.

Mil gracias por haberme permitido ser su soldado y compatriota.

Patria – Honor - Lealtad

Coronel Hernán Mejía Gutiérrez Soldado – Abogado – Detenido

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