8 sep. 2018

La rebelión de los libertarios contra Uribe

Por @ruiz_senior

En los días de la campaña electoral me pareció demagogia barata la idea de Uribe de reducir los impuestos y aumentar los salarios, sobre todo porque por ninguna parte aparecía la reducción del gasto público. ¿De dónde iban a salir los recursos?

Sí era demagógica la idea pero no porque Uribe quisiera prometer medidas irrealizables sino porque no explicaba que se reducirían algunos impuestos pero se subirían otros. Para los sectores productivos bajarían los impuestos, para el consumo subirían. Ésa es más o menos la idea que subyace a la reforma tributaria del ministro Carrasquilla.

La idea de subir el IVA a los productos de la canasta familiar escandalizó a los izquierdistas, pero también a los libertarios. Es algo que Carrasquilla intentó durante el gobierno de Uribe y que se encontró con la hostilidad de la Corte Constitucional, como se puede comprobar leyendo este artículo de la época, que también explica bastante bien, en mi opinión, el fondo de la cuestión. Es inevitable que los comunistas se opongan a esa medida, no sólo por lo que les conviene a su propaganda, sino porque de hecho resulta lesiva para la economía de sus clientelas.

Pero en cambio es llamativo el rechazo de los derechistas y "libertarios". El argumento típico es que no hay que cambiar el origen de los ingresos del Estado sino reducir el gasto. Ésta es la primera falacia que comentaré. Se responde a una cuestión concreta con una generalidad. El gobierno de Duque puede no tener el propósito de reducir el gasto, en todo caso no era su programa de gobierno ni lo que prometía en la campaña electoral. Y aunque el objetivo último de Carrasquilla fuera realmente reducir el gasto público, ¿deja de pagar la deuda, reduce los sueldos de los funcionarios, despide a unos cuantos miles...? Respecto de la realidad concreta, la generalidad teórica es vacía, no es una propuesta de nada, pero hay otra cosa que la hace peor. Como no se reduce el gasto, ¡da igual que se sigan cobrando impuestos confiscatorios a las empresas que generan empleo y riqueza, entre los más altos del mundo, y se deje exentos de contribuir a los asalariados, entre los cuales la mayoría de los más prósperos son funcionarios! (Como cada cual entiende como quiere el sentido de "prósperos", aclaro que me refiero al 10% de la población que tiene un mayor ingreso, sector en el que predominan los funcionarios y pensionados del sector público.)

De ese tipo es la reacción de los libertarios tropicales. Particularmente se sienten afectados por el alza del IVA, y ya no quieren saber nada de creación de empleo ni de dinamización de la economía ni de apoyo al raquítico sector empresarial. No falta el que pone el ejemplo de Trump, como si la economía o la sociedad estadounidenses se pareciera a las colombianas. Como si el IVA que resultara de las exenciones de Trump fuera más bajo que el que genera la reforma de Carrasquilla.

Pero la propaganda de Uribe en la campaña electoral incluía el aumento de salarios, cosa que intentó después proponiendo un alza drástica del salario mínimo. Las mismas voces saltaron en defensa de la ortodoxia económica, de nuevo con generalidades que podrían no tener sentido. Sobre todo, el libertarismo se aferra a sus dogmas sin tener en cuenta ningún sentido de equidad. Si sube el IVA para todo, incluidos los productos de la canasta familiar, la gente que gana el mínimo tendrá más recursos con que pagarlo, todo lo cual podría generar tensiones inflacionistas, pero es de suponer que entre la Junta del Banco de la República y un gobierno bien orientado económicamente encontrarían la forma de hacerles frente.

Las falacias sobre este punto se centran en las mismas generalidades. Ven medidas socialistas en algo que está ahí y no se puede cambiar porque una ortodoxia universal lo desaconseje. Desde un punto de vista político la propuesta de Uribe es muy afortunada, pues generaría adhesión a él y a su partido entre la gente que menos gana, y se anticipa a propuestas de ese tipo por parte de los comunistas. Pero eso tampoco interesa a los libertarios. Les parece que, según la ortodoxia, eso reduciría las posibilidades de acceder al bienestar a los más débiles, para los cuales ya existen numerosos programas de ayuda. O que amenazaría el empleo, cosa que sería cierta de no haber actuaciones que favorecen la expansión empresarial, es decir, rebajas de impuestos a los productores. O que amenazaría la rentabilidad de las empresas, cosa más dudosa aún, primero porque ya hay aumento de la rentabilidad por la benevolencia fiscal, y segundo porque no todas las empresas viven del trabajo de gente que cobra el salario mínimo.

Es decir, miles de pequeñas empresas dinámicas que dan trabajo a personas calificadas pagarían menos impuestos y podrían ampliar plantilla o subir los salarios, lo cual es lo mismo (es decir, al crearse empleos para un sector profesional determinado, la mayor demanda fuerza el aumento del ingreso), mientras que el conjunto de los particulares, incluidos muchos dueños de negocios informales que no pagan impuestos, pagarían más por el IVA.

Esos enfoques doctrinarios hacen recordar las típicas simplificaciones de los catecúmenos de cualquier ideología. ¿Alguien recuerda que Colombia es uno de los países con más desigualdad del mundo? No es una desigualdad derivada de la mayor productividad o laboriosidad o talento de los beneficiarios sino el fruto del despojo que ejercen los poderosos sobre las mayorías. La revolución socialista es sólo el nombre que se da a ese despojo, según expliqué en una entrada reciente de este blog.

Lo más curioso es que otras ideas o propósitos del gobierno de Duque que sí son atroces porque multiplican el gasto público y lesionan la economía no encuentran el menor rechazo de los libertarios, seguramente porque en el manual no sale que el derecho a la educación y la producción de diplomas son la principal causa del atraso del país.

Esto publicó la vicepresidenta en su cuenta de Twitter:
¿Qué será la "cobertura universal de educación superior"? ¿Van a ir todos a la universidad? Ya sé que no necesariamente es la universidad, pero sí es una formación posterior a la secundaria que al menos debe cubrir carreras técnicas de más de dos años. ¿Qué países del mundo ofrecen esa educación? Creo que el único es Cuba, pero aparte podría equivocarme y haberla también en Corea del Norte. La media en Europa, según este artículo de El Mundo, es del 26% de jóvenes que tienen estudios superiores. Pero se trata de países con una gran oferta de empleos calificados para los egresados. En Colombia les inventan los empleos en entidades públicas, los vuelven profesores de centros cada vez más masificados y de peor calidad o sencillamente fuerzan a las empresas a contratarlos, como ocurre con los politólogos en las industrias extractivas.

Ese asunto de la producción desorbitada de diplomas es verdaderamente una atrocidad, más cuando se sabe en manos de quién están las universidades, pero muestra hasta qué punto en el gobierno y en el CD reina la más penosa indigencia intelectual. Ya en una ocasión el uribista Sergio Araújo proclamó su ideario: si hubiera ganado Zuluaga ..."... Colombia hubiera dado seguramente el salto educacional que nos insertara en el primer mundo, transformándonos". La barbaridad de creer en eso deja ver la vulgaridad y el vacío moral e intelectual del uribismo.

Pero es un asunto que he comentado en otra ocasión. Lo que interesa ahora es mostrar hasta qué punto el libertarismo doctrinario es ausencia de sentido de equidad y de sentido común. Un disparate como el de gastarse el dinero de todos en darles diplomas a todos los jóvenes (a costa de la protección a los ancianos y miles de cosas parecidas) ni siquiera les llama la atención. ¡Con lo bien que queda el sabiondo de turno descalificando las alzas al salario mínimo, que es el ingreso normal de otros! 

3 sep. 2018

La corporación

Por @ruiz_senior

Intereses de clase
La idea de que en el interior de todas las sociedades hay diversos grupos enfrentados por sus intereses colectivos no se le ocurrió a Marx para llevar a cabo su plan diabólico, sino que la tenían en cuenta otros pensadores, como Maquiavelo o Adam Smith.

Es importante tener eso en cuenta porque sin una atribución de intereses materiales a las opiniones y actuaciones políticas todo se queda en mera cháchara doctrinal trufada de moralina, teorías de conspiración y señalamientos morbosos.

¿Por qué las clases altas colombianas, sobre todo bogotanas, apoyan a las bandas terroristas y a sus redes urbanas? La pregunta es insólita, nadie se la hace, y de hecho los prosélitos totalitarios lo niegan, dado que fácilmente consideran "clases altas" sólo a los dueños de los bancos o a los propietarios de vastas extensiones rurales (aunque de hecho el Grupo Santodomingo y la Organización Sarmiento Angulo son promotores de esos sectores políticos, y el desplazamiento forzado dejó a las FARC como mayor propietaria de tierras, a través de testaferros).

Mejor dicho, ¿qué grupos sociales apoyaron a Santos y apoyan a los narcoterroristas? ¿Por qué los apoyan? La respuesta para mí es muy simple, diáfana. Pero ¿por qué no es algo que todos aceptan? Eso remite al problema de la indigencia intelectual de los sectores ideológicos y políticos que se les oponen. Tras la adhesión de los ricos al hampa narcoterrorista no ven "intereses de clase" sino mera insuficiencia intelectual, corrupción, inmoralidad y en últimas la mano siniestra de Satán. Satán no es necesariamente el de la mitología cristiana antigua, a menudo lo reemplazan Karl Marx con sus ideas o alias George Soros con sus complots.

Y como no pueden concebir el comunismo en Colombia, ni en la región, como un fenómeno dinámico, ligado a las oscilaciones de la historia y a los intereses económicos de grupos sociales, sencillamente les parece una infiltración ajena a las sociedades, que estaban bien hasta que llegó el virus funesto. Al negar el interés de clase como móvil de las tomas de partido de personas destacadas o talentosas, el catecúmeno encuentra una fuente inesperada de halago: ¡hete aquí que Camilo Torres o Enrique Santos resultan pobres tontos a su lado!

Recientes discusiones sobre la "acción de tutela" o sobre la reforma tributaria que intenta llevar a cabo el ministro Carrasquilla me convencen de que los contradictores del narcoterrorismo no sólo acusan indigencia intelectual sino también indigencia moral. Puesto que normalmente forman parte del 10% de colombianos más ricos (correspondiente a los que habitan viviendas de estrato 4-6), condenan a los terroristas pero agradecen su orden: la licencia para prescindir de la ley cuando conviene a los poderosos y el confort fiscal para los particulares. Ambas cosas endémicas de Colombia, como el prodigio de que un delito les reste penas a otros.

Es decir, sociológicamente forman parte de las clientelas del narcoterrorismo pero sus convicciones religiosas o ideológicas los llevan a oponerse. Un elemento importante de ese desgarramiento es la imposibilidad de entender que los medios de comunicación y sus dueños son parte de la conjura terrorista. El mal sólo es cosa de bandidos rudos y nerviosos, tipo Jojoy o Romaña, los que se alían con ellos son sólo gente que se equivoca, inocentes que yerran y sólo requieren la explicación del sabio de turno.

La tradición revolucionaria
Si se tiene en cuenta ese elemento del "interés de clase" resulta muy diciente el origen de los movimientos comunistas en Hispanoamérica. Claro que siempre hubo inversión de recursos soviéticos y chinos, y personajes resentidos dispuestos a acoger ideologías rupturistas, pero para salir de la marginalidad el comunismo necesitó el apoyo de los jesuitas y de sectores importantes de las clases altas. Así ocurrió en Cuba, donde la rebelión contra Batista (antes aliado de los comunistas) se basó en los jóvenes patricios. Como ocurriría en las décadas siguientes en toda la región, amplios sectores sociales se pusieron de parte del nuevo régimen por el encanto de la retórica antiamericana. ¿En qué consistía ese encanto? Además del siempre rentable discurso nacionalista, en que el modelo de democracia liberal amenazaba el orden jerárquico tradicional. Octavio Paz señala que en el siglo XIX el antiamericanismo era un rasgo de los conservadores, y no hay que divagar mucho para llegar a ver a los mismos sectores sociales ilusionados con el modelo alternativo a la democracia liberal unas décadas después. Claro que en medio de su cambio, jesuitas incluidos, encontraron en el triunfante Reich de los mil años una esperanza que les permitiría golpear la hegemonía de los odiados británicos y yanquis.

¿Quiénes eran los enamorados de la Revolución cubana en los años sesenta en Colombia? En general, de forma más o menos unánime, los jóvenes que iban a la universidad y tenían interés por la literatura y el arte. Si se tiene en cuenta que en esos años más de la mitad de los colombianos eran analfabetos, va a resultar que las familias de esos jóvenes estaban a lo sumo en el 2% de mayor ingreso. La figura más importante de esa nueva variante revolucionaria fue el sacerdote patricio Camilo Torres, que fundó la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional con un grupo de descendientes de familias presidenciales.

En la década siguiente el protagonismo le correspondió al grupo de la revista Alternativa, cuyos líderes pusieron después a dos de sus hermanos menores en la presidencia. El M-19 también reclutó a su gente en las universidades, y obviamente también se trataba de personas de la clase más alta, como la escritora Laura Restrepo (que hace pocos años seguía declarando que un régimen como el de Cuba era lo que ellos querían).

El triunfo de esa banda gracias a la colaboración de la mafia de la cocaína condujo a la Constitución de 1991 (a los políticos renuentes se los persuadió a punta de amenazas y asesinatos, o de copiosos incentivos que aportaban los grandes carteles). Desde entonces el Estado colombiano está realmente en manos del G2 y el orden social jerárquico está asentado y reforzado. De ese modo ocurre el doble fenómeno de que los ricos se han vuelto comunistas a la vez que los comunistas se han vuelto ricos. En la Colombia de hoy la izquierda es lo mismo que la clase alta. Por una parte, los reaccionarios defensores del viejo orden han encontrado el recurso eficaz para congelar la jerarquía social, por el otro, los talentos sacerdotales encontraron el patrono perfecto en un Estado muy generoso con ellos. Los gobiernos de Gaviria y Samper fueron los responsables de instaurar ese orden. "Socialista" en la medida en que el gasto público se disparó pero nada "socialista" en el sentido que la gente entiende de igualdad social. Al terminar la década Colombia tenía más gente por debajo de la línea de pobreza y mucha más desigualdad que en 1990 (nada menos que diez puntos del coeficiente de Gini).

Lo maravilloso es que haya derechistas que no ven la entera afinidad de los ricos con el narcoterrorismo. Esa ceguera, creo yo, tiene que ver con alguna clase de fanatismo y sectarismo que afecta a personas muy ignorantes y torpes. Baste ver la revista Semana. ¿Quién la lee? ¿Serán los perdedores y fracasados, valga el pleonasmo, llenos de resentimiento en sus tugurios? Me he dado cuenta de que se lo explican como "la culpa del emisor": como no pueden negar que la propaganda y la opinión de Semana sean mera legitimación del narcoterrorismo, resulta que eso ocurre por culpa del dueño o del editor, y los lectores son simples víctimas que reciben información incorrecta y se la creen.

Pero son también todos los demás medios escritos, y no sólo porque su principal fuente de ingresos sea el Estado, porque para eso habrían sido serviles cuando el presidente era Uribe, y eran tan defensores del terrorismo como ahora. En las televisiones ocurre que la gente tiene pocas alternativas a verlas, de modo que recibe la propaganda sin poderle oponer mucha resistencia.

De la Encomienda a la Nomenklatura
La historia de Colombia desde la Conquista es simple, tediosa: alrededor del núcleo de poder se organiza la extracción de riquezas naturales y el reparto de las tierras, una vez que el oro acumulado por los aborígenes se había acabado. Ser juez, militar o clérigo eran las formas correctas de prosperar. Los descendientes de los primeros conquistadores y de los funcionarios de la Corona llegados después se las han arreglado siempre para mantener el control, pero la penetración cultural imperialista, es decir, la presión de los modelos de democracia liberal triunfantes en el resto del mundo, forzaron un desajuste entre el orden real y el que podía aparecer en las leyes escritas. Las guerras civiles del siglo XIX siempre se libraban por el control del Estado y de los cargos de poder.

Sólo ha cambiado la retórica, sobre todo porque la expansión del gasto público ha permitido garantizar ingresos agradables para todos los miembros de la casta superior. La condición es que el que quiera disfrutar de las mieles del poder, y de las pensiones a los cuarenta y cinco años, debe acompañar a la corriente hegemónica, no sólo la ideología que propaga Semana sino sobre todo la prevalencia de sus dueños.

Así se explica que los ricos paguen verdaderas fortunas para que sus hijos obtengan sus títulos en universidades en las que sólo se recita propaganda comunista. No es que ellos sueñen con la sociedad sin clases ni con el fin de la explotación del hombre por el hombre, sino que han comprobado que la prosperidad viene del presupuesto público, y en el presupuesto público mandan los narcoterroristas. Es una estrategia de adaptación cuyo núcleo es la relación personal (contactos) con los poderosos, para lo que hace falta la profesión de fe que les sirve de coartada a los dueños del país para su dominación y a los autores materiales de los crímenes para legitimarse.

Las conversaciones de paz gracias a las cuales se suprime la democracia (no otro es su sentido, pues en cuanto se reconoce a los poderes armados decidir sobre cualquier aspecto institucional se está despojando al ciudadano de a pie de ese derecho) son un recurso típico de esa dominación, pero antes de ellas hubo de todos modos movimiento estudiantil y sindicalismo estatal, que promovían y controlaban los mismos que organizaron las bandas terroristas. A punta de bochinche, violencia callejera e intimidación personal, que incluía obviamente a las guerrillas, consiguieron clientelizar a cientos de miles de funcionarios y crear empleos para los militantes universitarios, cuyo único conocimiento tenía que ver con la actividad revolucionaria.

Es decir, el discurso revolucionario y las teorías de Marx sirvieron para mantener un orden retrógrado de castas y parasitismo, todo ello engrasado con el dinero de la cocaína. Y el conjunto de los herederos de las castas superiores de la vieja sociedad se hicieron clientes de la bandas de asesinos. No hace falta que se trate de funcionarios, pueden ser proveedores de servicios emparentados de mil maneras con las clases acomodadas, formadas en su mayoría por funcionarios y otros beneficiarios del orden establecido (como los abogados o los profesores de universidades privadas). Todos ellos están dispuestos a aplaudir "la paz" por la que se legitiman y premian millones de crímenes atroces. Los conocen bien pero no están dispuestos a quedar en minoría ni menos a asimilarse a los finqueros o ganaderos o a la gente de las provincias rivales de la capital. La hegemonía del discurso narcoterrorista se refuerza con el reconocimiento internacional a sus propagandistas de más rango (como la promoción de Héctor Abad Faciolince por la red de Soros y antes de William Ospina por el dinero chavista), con el atractivo de las modelos a las que contratan, con los títulos de universidades estadounidenses de algunos ideólogos, con la persuasión continua en todo espacio de socialidad y con el humor de genios como Pirry o Samper Ospina. 

Parasitism Corp.
El caso de la educación superior es característico de esa confluencia de intereses de los grupos de poder. La Constitución de 1991 aseguró un gasto elevado en esa clase de educación, es decir, una copiosa oferta de puestos bien pagados para los militantes marxistas que hicieron posible esa revolución, tanto en la legalidad como en la ilegalidad. Pero quedaba la cuestión de controlar las universidades privadas por parte de la corporación, en este caso, el gremio, que al igual que los sindicatos resulta controlado por el Partido Comunista, que es el que tiene los recursos tanto legales como ilegales, para dar las órdenes.

Para remediarlo se resolvió prohibirles el lucro, no tanto para perjudicar a sus dueños cuanto para salvar de pagar impuestos a unos negocios que podrían servir de mil maneras a la causa y formar a los futuros profesores de las universidades públicas. Los dueños aseguran la rentabilidad poniéndose sueldos millonarios o celebrando contratos muy favorables, y lo que se ahorra en impuestos se dedica a pagar a los profesores, estómagos agradecidos que no por casualidad en casi todas las universidades enseñan el odio a Uribe y hacen campaña por pensadores de la talla de Gustavo Petro.

Es decir, la corporación dueña del país cuenta con recursos comunes para proveerles rentas a sus miembros y para reclutar a los más aptos del resto (es decir, del 90% de la población que conforma los estratos 1-3). La idea de que algunos de los pobres vayan a la universidad y así prosperen es tan absurda como si los hombres bajitos pagaran para que algunos de ellos se casaran con mujeres bonitas. El problema es que en el enunciado de las democracias liberales los recursos del Estado son de todos, pero en Colombia no es así, porque el Estado es el legado que los dominadores dejan a sus descendientes. Por eso a nadie se le ocurre que el gasto en universidades públicas y el que se ahorran en impuestos las privadas es un despojo que se comete contra él.

La sociedad esclavista se reproduce en sus falacias. En 1970 los revolucionarios adoctrinaban asesinos en las universidades y gracias a su éxito se pudieron pensionar jovencísimos, pero sus discípulos también pudieron "trabajar" divulgando las ideas de Tirofijo y ¡a su vez! preparar a la nueva generación de adoctrinadores. La "educación" garantiza la hegemonía del narcocomunismo en toda la sociedad, tal vez por aquello que decía Marx de que "la ideología dominante es la de la clase dominante", pero sobre todo porque ya son un número significativo de colombianos. Dicen que sólo en Bogotá hay más de un millón de titulados universitarios, casi todos ellos votantes de la consulta anticorrupción que sólo servía para señalar enemigos entre quienes podría incomodarlos en su parasitismo y en su afinidad cada vez más clara con los sociópatas de las FARC.

El turno de la derecha
Semejante orden social, claramente inicuo y paralizante, no tiene el menor rechazo en la sociedad colombiana. Los descontentos descubren que eso es "la izquierda", según la propaganda de los dominadores, y se entregan a un ensueño conservador en el que uno no sabe qué ven. La esclavitud nunca se ha ido, ¿cómo va a remediarla quien la aprecia?

Naturalmente, esos derechistas no ven ningún problema en que la universidad sea un despilfarro monstruoso de recursos de todos, sólo en que en lugar del catecismo se enseñen las letanías chavistas. Ni en que la ley sea papel mojado porque el funcionario poderoso puede pulverizar cualquier código o cualquier contrato invocando algún derecho fundamental vulnerado (los pretextos de tal protección servirían para una antología del humor); a fin de cuentas, sólo es la continuación del orden que añoran, en el que un funcionario bien situado podía sacar de la cárcel a cualquiera.

Esos conservadores no añoran la ley, que nunca ha imperado, sino su mundo perdido, que ya no volverá. Si alguien quiere pensar en un país plenamente humanizado debe empezar por entender que no se trata de izquierdas y derechas sino simplemente de los valores comunes de la humanidad civilizada, la igualdad ante la ley, los derechos humanos, la racionalidad económica (las propuestas del ministro Carrasquilla han encontrado el mismo rechazo entre los comunistas que entre los ultraconservadores)...

Si alguien quiere pensar en hacerle frente al orden de esclavitud tiene que saber que la masa de las clases altas seguirá dejándose dirigir por los cubanos y sus terminales políticas, como el Partido Verde, el Polo de Cepeda o la secta de Petro, que pronto cambiará de nombre. Y que ese grupo social es el enemigo de la inmensa mayoría de la población, a la que despojan con su parasitismo.

Hace falta un programa que atraiga a esas mayorías con propuestas efectivas, como cerrar las universidades públicas y someter a las privadas al régimen fiscal de cualquier empresa. Y que en todo los aspectos (pienso por ejemplo en la prohibición del voto militar, un atropello contra los derechos humanos que no tiene la menor resistencia en Colombia) se plantee asimilar a Colombia al mundo moderno. Puede que la derecha termine encontrando sus grandes afinidades con la izquierda, tal como los odiadores de Duque ya defienden a Petro y divulgan las obras de alias Matador.

5 ago. 2018

Santos III

Por @ruiz_senior

¿Qué va a cambiar en Colombia con la salida de Santos y el nuevo gobierno? No hace falta perderse en conjeturas porque es manifiesto: nada. ¿Alguien recuerda alguna crítica clara del nuevo presidente a Santos y a su gestión? Cuando se encontró con la sorpresa del triunfo del NO en el plebiscito de 2016, Duque se apresuró a matizarlo. Lo fascinante es la ceguera generalizada, muestra patente de servilismo, y algo más curioso, las teorías de conspiración, que son la única crítica que recibe el nuevo gobierno, y que en definitiva lo legitiman casi tanto como el acoso del hampa narcoterrorista.

Duque socialista
En los últimos años del reinado de Mao Zedong y en el periodo que siguió, con China en manos de "la banda de los cuatro", la propaganda obsesiva que se había vivido en los años de la Revolución cultural se centró en teorías cósmicas que servían para legitimar las rencillas por el poder. Buen ejemplo de eso fue la campaña contra Lin Biao y Confucio, que precedió al asesinato del segundo líder del país.

Me he acordado de eso leyendo a los "haters" de Duque en las redes sociales, para los que el nuevo presidente es socialista, al igual que Uribe,  y tiene pequeñas diferencias de matiz con las FARC. La oposición a la ideología socialista los lleva a ver en todas partes al demonio y a reducirlo todo a una dualidad cósmica, al estilo de Mani pero mucho más reduccionista. El comunista Lin Biao resultaba ligado al principio enemigo del comunismo, encarnado en el sabio de hace 25 siglos. La ideología socialista es la materialización del mal cósmico, en realidad del demonio, que se encarnó en el abominable Marx, nacido hace 200 años, y trastornó el mundo. De ahí que no importa lo que fuera Helmut Schmidt, no nos engañará, era sólo una especie de Pol Pot alemán con una máscara muy sutil, y lo mismo Mitterrand y Blair y Palme y González. Tirofijo asimilado a la cultura de cada país.

Es tedioso ocuparse de esos discursos, pero no estaría bien que por denunciar la disposición del nuevo gobierno lo confundan a uno con esos fanáticos. Duque y Uribe son socialistas exactamente en la medida en que esa ideología está presente en la vida del país. Si fueran enérgicos libertarios no tendrían votos. No podrían representar a los colombianos.

¿Qué signo tendrá el gobierno de Duque en materia económica? Continuará el de Santos. Puede que se reduzca el despilfarro, y que se invierta en los proyectos de la "economía naranja", pero no será un cambio significativo. El "socialismo" seguirá porque está en la Constitución y porque el gobierno de Duque no es en absoluto rupturista. Tampoco es que Santos fuera otro Chávez en ese aspecto. Despilfarró en su propaganda y en comprar apoyos, pero no expropió empresas ni multiplicó el salario mínimo ni nada parecido. Al contrario, firmó tratados de libre comercio y promovió la integración de Colombia en la OCDE.

En fin, ese frente de la crítica a Duque no presenta mucha solidez y la mayoría de la gente razonable estará más bien de su parte: Colombia se recuperó durante los años de Uribe sin que la gestión económica fuera particularmente libertaria, de hecho Duque nombró ministro a Carrasquilla, que formó parte del gobierno de Uribe.

El problema es que la manía sectaria legitima al nuevo gobierno en lo que realmente merece un cuestionamiento firme.

Duque y Soros
La relación específica de Duque con Soros también se presta a muchas teorías de conspiración: cada uno cree lo que quiere. Es verdad que antes de ser impuesto como candidato del uribismo Duque recibió apoyos de las típicas entidades que financia Soros en Colombia, las fundaciones de León Valencia y DeJusticia. Apoyos que deberían preocupar tratándose de organizaciones criminales.

Pero es del orden paranoico la idea de que será un títere de Soros. ¿Qué hará en la presidencia? Son oscuros los motivos que llevaron a Uribe a imponerlo como candidato, y sin duda, como he señalado antes, no es propiamente un opositor de Santos ni alguien que llegue a la presidencia con el propósito de deshacer su obra, pero tiene un partido y una base social y sobre todo circunstancias en las que tiene que tomar decisiones y no estará consultando a todas horas al anciano magnate.

Esa manía del todopoderoso demonio judío como Marx también impide evaluar lo que realmente trae Duque. Todo lo que dice y hace se considera prueba de que es el agente de Soros, y en realidad para los exaltados no hace falta ni saberlo. Basta la información importante, su relación con la bestia.

Lo que promete Duque
Es muy importante prestar atención a todo lo que ha dicho Duque porque no tendría sentido que pretendiera engañar a los votantes. No ganaría nada. Por ejemplo, ha dicho que intentará mejorar el acuerdo de La Habana, cosa que de entrada contiene el sobreentendido de que no va a desconocerlo. Mejorarlo es una oferta de negociaciones que podría conducir a más concesiones a los terroristas. No es imposible, podría premiarlos más, por ejemplo a cambio de que mengüe la rebelión estudiantil que ya anuncia Petro. Con toda certeza no ocurrirá ningún cambio significativo: Duque no va a cuestionar la JEP ni la Comisión de la Verdad ni a alterar ninguna de las leyes derivadas del acuerdo.

De modo que el continuismo es tácito pero innegable. Será un periodo de transición en el que la gente se acostumbrará a escuchar la propaganda de las FARC, que cuenta con ventaja gracias al dinero de la cocaína, y resultará normal que cualquier secuestrador y asesino obre como líder político. Ya le ocurrió a la generación anterior, que toleró como figuras públicas a Petro, León Valencia y Angelino Garzón, no menos criminales que alias El Paisa o alias Guacho. Para eso tienen los grandes medios de comunicación, que el gobierno seguirá financiando para apaciguar su hostilidad. Todo lo que se verá en términos de complacencia con la propaganda terrorista se ha visto estos años en la actuación de los políticos uribistas, el más amable (con los terroristas) de los cuales es precisamente Duque. Los frentes de polémica seguirán siendo la persecución judicial contra Uribe, con masas crecientes de jóvenes sin futuro que culpan al capitalismo y se ilusionan con un gobierno de Iván Cepeda o Piedad Córdoba. En 2022 se elegirá entre la continuidad de la corrupción o la renovación que promete la izquierda. Casi se puede adivinar el resultado.

Sin resistencia
No es la ideología socialista ni la propaganda de Soros ni el poder de la cocaína, es la indigencia intelectual y aun moral de la mayoría. ¿Alguien se opuso a premiar a los criminales cuando se anunció eso en 2011 y aun en 2010? No, todos aplaudieron a Uribe y lo justificaron cuando mostró su apoyo a "la paz". Miles de voces salieron a unirse al gimoteo por cada víctima, pero nadie se resistía tanto como para oponerse a "la paz" o para ver que Uribe y su combo estaban en ese bando. Todavía no lo ven porque en realidad no están en contra del terrorismo ni de la tiranía ni del comunismo, sino ilusionados con algún caudillismo que los salve.

Es la cultura del país. Como se desconoce la noción de ley o de crimen, no se ve a los asesinos, secuestradores, traficantes de cocaína y violadores de niñas como enemigos de la comunidad sino como "izquierdistas" y en esa dualidad grotesca lo remedian todo. No tienen en realidad nada contra atrocidades morales como la noción de "delito político" presente en la Constitución (TODOS los derechistas colombianos con los que he llegado a discutir defienden ese concepto), o como la acción de tutela, o como el gasto de un porcentaje altísimo del PIB en universidades públicas en las que se adoctrina a los futuros genocidas (y en el mejor de los casos se producen muchos diplomas que se obtienen sin aprender nada). El odio de esos derechistas por el orden del 91 se resume simplemente en que no están entre los beneficiados. 

El gobierno de Duque será el tercer periodo de Santos, y le abrirá las puertas a algo mucho peor. Los problemas que tiene el país, como el control cubano del Estado, empezando por la administración de justicia y siguiendo por las Fuerzas Armadas y la Policía, la hegemonía del narcoterrorismo en la función pública, la educación y los medios de comunicación, la expansión incesante de la industria de la cocaína y la desmoralización generalizada no son cosas que interesen a los nuevos gobernantes. Muy característico es que ninguno de los nuevos ministros se haya destacado como crítico de Santos y sobre todo de "la paz". Muy significativo es que una ministra se manifestara en compañía de Piedad Córdoba por tan noble causa. ¿Por qué han sido nombrados? Porque tienen títulos y alguna afinidad personal con el presidente, cosa que no inquieta a nadie. ¿A quién se le va a ocurrir que los gobernantes representen a los ciudadanos? Eso para países con otra cultura. Al presidente lo impusieron como candidato con fraude, después nombra a sus amigos y se desentiende de las cuestiones conflictivas y todos los que no están con los criminales se ocupan sólo de defender al gobierno.
El gobierno de Duque será el tercer periodo de Santos y todo se pudrirá porque ya se han gastado mucho dinero en propaganda y en comprar apoyos para "la paz", y porque el poder del narcoterrorismo que obedece al régimen cubano se habrá afianzado. Pero no es sólo culpa de Duque ni de Uribe, sino de una sociedad que en realidad no quiere otra cosa. La única oposición que se conoce son unos cuantos sectarios que no se dieron cuenta de que Uribe y su grupo apoyaban el premio del crimen hasta que descubrieron la mano del diablo Soros y la infección socialista. Unos exaltados que ciertamente no quieren que se cierren las universidades públicas ni que se convoque una Constituyente que genere una norma que prohíba matar gente para reemplazarla ni que los códigos y contratos tengan en su redacción que corresponder a esa norma y no deban ser revaluados cada vez que el soborno anima al juez a encontrar un derecho fundamental vulnerado por la existencia de la ley. 

El hecho de que la presidencia estadounidense haya caído en un empresario conservador sin ganas de complacer a la mafia de los medios afectará de algún modo a la presidencia de Duque: no será tan fácil tolerar la altísima producción de cocaína con protestas por el avance de la paz. Pero en últimas, como ocurre desde tiempos de Gaviria, no habrá quien intervenga en Colombia y el gobierno pasará sus cuatro años maldiciendo a los traficantes, sonriéndole a la DEA y acomodándose en un orden en el que todo está controlado por los cubanos y sus fichas.

21 abr. 2018

Petro, la frustración prometida

Por Jaime Restrepo Vásquez

Una frase llamativa está recorriendo las redes sociales: «Petro es la esperanza». ¿De qué esperanza estarán hablando? No lo sé. Además de ser un eslogan propagandístico poco creativo, dice muy poco del candidato.

No es bueno destruir la “esperanza” de una persona, pero hay motivos para señalar que Petro es la frustración futura y garantizada. En realidad, el candidato de la Colombia Humana es una máquina de hacer promesas, pero al analizar lo que propone, ya hay motivos para desconfiar del rumbo que quiere darle al país y sobre todo, surgen certezas sobre el desesperanzador porvenir que nos esperaría y al que quieren meternos a la brava.

En su discurso, Petro todo lo relaciona con el cambio climático, lo que resulta esperanzador para los jóvenes que quieren tener un planeta para ellos y sus hijos. Sin embargo, el tema se queda rápidamente corto pues Colombia sería una gaviota haciendo verano. Ciertamente es muy importante trazar una ruta para que nuestro país aporte en la mitigación del cambio climático. No obstante, lo que Petro propone es eliminar toda la industria extractiva y dedicar el suelo casi que exclusivamente a la agricultura, como si el agua requerida para semejante empresa no fuera a convertirse en un botín que pocos tendrían bajo su control. Este horizonte es crítico: además del desempleo que generaría la suspensión de la extracción, el Estado se vería enfrentado a la reducción inmediata de una de sus principales fuentes de financiación. En poco tiempo, los programas de asistencia quedarían sin fondos y estarían condenados a desaparecer.

¿Y si los sostiene haciendo un llamado a la “solidaridad” de los ciudadanos? Efectivamente ese es el siguiente paso y tendría que subir los impuestos para cubrir el déficit, incluyendo un gravamen para las pensiones, tal y como está ocurriendo hoy en Nicaragua. De esta manera, lo que llaman “esperanza” es la certeza de serias dificultades económicas, de empresas saliendo del país y de ciudadanos trabajando de sol a sol para pagar impuestos. Y claro, los que ya trabajaron 40 años o más, tendrán que despojarse de parte de su pensión, para cuadrar la caja del gobierno. Eso no genera esperanza sino una frustración enorme y una angustia real para cualquier ciudadano medianamente sensato.

Lo que pasa es que la mayoría de seguidores de Petro son jóvenes que ven tan lejos el asunto de la pensión, que sencillamente no les interesa. Pero cuidado: para llegar a pensionarse hay que trabajar, comer, pagar impuestos y servicios, beber agua, vivir en algún lado y transportarse durante 40 años. Con Petro, cada uno de los anteriores aspectos estaría en riesgo y la esperanza de llegar a viejos sería una excepción a la regla.

Otro aspecto que les genera “esperanza” a los seguidores de Petro se resume en una palabra: gratis. Salud, educación y vivienda gratis. La forma parasitaria de pensar es parte de una democracia. Sin embargo, los que esperan que todo sea gratis se estrellarán con una realidad: no hay nada gratis y en un Estado, los ciudadanos son los que contribuyen, con sus impuestos, a la presunta e inexistente gratuidad. Además, es bueno unir la gratuidad con la eliminación de la industria extractiva. Esto significa que el Estado renuncia a recursos importantes mientras tiene una llave abierta para cumplir la promesa de la gratuidad. Ahí vienen los impuestos, las reformas tributarias cada vez más regresivas, el estrangulamiento de las empresas y finalmente el incumplimiento de lo que prometió en campaña. No hay nada gratis: todo se paga o lo pagan otros, pero esos otros son los primeros que abandonan el país, huyendo de esas promesas y del incumplimiento que desencadenaría el caos y un acelerado deterioro en las condiciones de vida del país. Así las cosas, la “esperanza” de la gratuidad es, en realidad, la promesa de una enorme frustración y la garantía autenticada de la miseria extendida por todo el territorio nacional.

Es bueno detenerse en eso de la educación gratis para todos. Cuba, por ejemplo, tiene las jineteras con más títulos en el mundo, pero esos cartones les sirven para utilizarlos como papel higiénico. Venezuela promovió la educación gratuita y en Colombia ya tenemos numerosas prepagos altamente educadas y con títulos rimbombantes. Con altas tasas impositivas, con industrias en fuga, sin empresarios ni emprendedores con capital, sin regalías ni ingresos de la industria extractiva, con la anunciada persecución a los ganaderos (la producción de carne contribuye al calentamiento global); nuestro país estaría condenado al destino de Cuba y Venezuela. No sé a cuántos les genera esperanza el ver a las madres, hermanas o hijas convertidas en prostitutas con títulos… A muchos, tal situación nos resulta inaceptable y desesperanzadora.

Otra promesa que mueve la esperanza de los seguidores de Petro es el tema de la corrupción. Bueno, es que la corrupción incluye asignar 93 de cada 100 contratos a dedo a los amigos o parientes; es hacerse el de la vista gorda cuando se va a intervenir una parte de un humedal para que los familiares de la esposa se lucren; es incurrir en detrimento patrimonial, es comprar motos eléctricas sin contratar el mantenimiento, es comprar una flota de camiones recolectores que no funcionaron por las condiciones topográficas de Bogotá. La corrupción surge de un elemento básico del ADN nacional: ser el más avispado y pasarse las leyes por la faja.

El desconocimiento de la tragedia de Petro como gobernante hace que sus seguidores, importaculistas en su mayoría, no vean, ni se enteren, ni les importe que aquel que les genera esperanza, incurrió en todos los hechos mencionados y que su actitud ha sido y será la de desconocer las leyes que no le sirven, como si fuera un adolescente que se rebela contra normas injustas (cuando no le calzan) y se aferra a tecnicismos y leguleyadas cuando le son convenientes. Un vaquero que ve a Colombia como si fuera el viejo oeste, imponiendo, acomodando o saltándose la ley a su antojo, no es motivo de esperanza sino de profunda incertidumbre.

Hay que decirlo: las promesas de Petro se resumen en la imposibilidad de ser cumplidas, en el direccionamiento de la frustración para culpar a otros de la ineptitud del gobernante, como ocurre en Venezuela y como pasó en Bogotá durante los cuatro desastrosos años de gobierno de Petro; y en la vertiginosa pauperización de la nación. Eso no es motivo de esperanza.

8 abr. 2018

Atatürk y nosotros

Por @ruiz_senior

El creador de la república turca es el gran héroe olvidado del siglo XX, y la comprensión de su legado podría servir a los latinoamericanos para hacer frente a los problemas de su propia historia. Respecto de este punto sería deseable que se discutiera a fondo cuál es el rumbo que siguen nuestras naciones y adónde queremos que lleguen.

La política en Colombia
Si hay algo tedioso y estúpido es la supuesta oposición entre la derecha y la izquierda en Colombia, a la que contribuye la falsa identificación con las corrientes ideológicas que en otras partes del mundo se designan con esos nombres. La historia del mundo en los últimos siglos es la del avance de la democracia y el constitucionalismo y el consecuente retroceso de los regímenes absolutistas y de exclusión. La izquierda en Latinoamérica, "modernidad inauténtica" la llamó Octavio Paz (aludía a la autoritaria izquierda mexicana, que no se distingue en nada esencial de las izquierdas de los demás países de la región), no es en absoluto un signo de avance en esa dirección sino de resistencia del viejo orden. La derecha, de la que el mismo poeta mexicano señaló que "no tiene ideas, sólo intereses" reemplaza las ideas con la nostalgia de un mundo perdido de hegemonía religiosa y esclavitud menos velada que la actual. La izquierda es la misma resistencia y en Colombia es claramente la opción de los grupos parasitarios herederos de la vieja sociedad. Como los pueblerinos que conciben a los de la comarca vecina, indistinguible de ellos para alguien de la capital, como sus opuestos absolutos, los derechistas e izquierdistas colombianos son idénticos pero no conciben nociones diferentes a su pequeño mundo.

Grandes líderes del siglo XX

Los líderes políticos de la periferia más reconocidos del siglo XX son Gandhi y Mandela. El primero por su "no violencia" que servía para resistir al Imperio británico (no me imagino a un Gandhi judío o polaco que se resistiera a la dominación nazi con la "no violencia": el mito es una falacia, descalifica injustamente a los que lucharon contra la opresión, como los que vencieron a Hitler, no precisamente rezando). Respecto a Mandela, su fama se basa en su enorme resistencia a la cárcel y a la injusticia esencial del régimen de Apartheid. Fuera de eso se olvida que fue condenado por actos terroristas y que su partido era una organización comunista cuyos líderes actuales amenazan con convertir a Sudáfrica en la nueva Rodhesia (país que pasó a llamarse Zimbabue y que de ser uno de los más ricos de África se convirtió en uno de los más pobres, gracias en parte a la educación).

Atatürk
Atatürk es desconocido y poco valorado. Nunca despertó la menor simpatía entre los británicos, a los que derrotó en la famosa batalla de Galípoli, y de los que en realidad liberó a Turquía tras la derrota en la Gran Guerra. El apellido por el que se lo conoce se lo puso muchos años después debido a que los turcos no tenían apellidos, como siguen haciendo los árabes (Husein no es el apellido de Sadam Husein sino el nombre de su padre). Mustafá Kemal era un militar con ideas occidentalizantes ya en la época otomana y cuando refundó Turquía dirigía una corriente llamada "kemalismo". El Estado que conocemos como Turquía es la obra del kemalismo y surgió sobre la base de conceptos modernos como el constitucionalismo o el principio de "soberanía nacional" ("la que reside en el pueblo y se ejerce por medio de sus órganos constitucionales representativos", según la definición que ofrecía la RAE y que desapareció del diccionario en 2014). La moderna Turquía surgió de las regiones de mayoría de población turca, para lo que hubo que promover traslados de población entre Grecia y Turquía.

Constitucionalismo
Todo el mundo musulmán se retrasó respecto a Occidente desde antes del Renacimiento. El Imperio otomano, a pesar de su expansión y poder, daba muestras de ese atraso y el reto que tenía Atatürk como líder nacional era romper con esas estructuras tradicionales. Y fue una ruptura drástica: la lengua turca se empezó a escribir con caracteres latinos, rompiendo con la tradición de la caligrafía árabe. El gobierno cerró las madrasas (escuelas coránicas), prohibió el velo en las mujeres, a las que concedió derecho de voto (mucho antes que los países sudamericanos) y reemplazó la ley islámica (sharía) por un código civil copiado del suizo, un código penal copiado del italiano y un código de comercio copiado del alemán. Un cambio verdaderamente modernizador que marcó la historia de Turquía durante todo el siglo XX y que hace que ese país sea profundamente distinto a sus vecinos musulmanes, algunos con grandes riquezas naturales o grandes atractivos turísticos.

RepúblicaEsta palabra como forma de gobierno de un país remite a la idea de que el soberano es el pueblo, si bien puede no ser democrática. Lo que define a la república es que por encima del gobierno está la ley. De ahí el interés de Atatürk por imponer una Constitución que "vertebrara" a su república. ¿Podría admitirse que Cuba o Venezuela son repúblicas? No lo son, son satrapías criminales. También Colombia, donde el presidente hace lo contrario de lo que prometió, desobedece el plebiscito que convoca y cambia las leyes cada vez que le conviene porque usa los recursos públicos para comprar, y así enriquecer, a los legisladores. Colombia es una pseudorrepública sometida a una casta antigua que se sostiene a punta de crímenes y opresión judicial. También fue Octavio Paz el que acertó en describir a las sociedades de ese tipo: patrimonialismo, el hecho de que el Estado y el país son la propiedad de las camarillas que siempre dominan a la sociedad. (Es característico el hecho de que los hijos de los políticos importantes sean hijos de políticos importantes, casi siempre emparentados entre ellos, de lo que es buen ejemplo Iván Duque, hijo del ministro que negó el peligro de Armero, que además fue gobernador de Antioquia en la gran época del cartel de Medellín y que terminó casado con una pariente de los Samper).

Reformas
De modo que seremos poquísimos los que planteemos reformas en la dirección en que las emprendió Atatürk: convertir a Colombia, un país de 50 millones de personas con vocación de potencia regional, en una nación moderna en la que impera la ley y se rompe con el pasado de esclavitud, parasitismo y barbarie (esto es, ausencia de ley). No es la izquierda ni la derecha ni menos el centro que está en la mitad, sino simplemente el mundo moderno contra la barbarie de la Colonia y la joven república de patanes inescrupulosos. Los aspectos más atroces de ese viejo orden los he explicado en muchísimas entradas de este blog, y son cosas que comparten la izquierda y la derecha colombianas:
  • La idea del "delito político" por el que hay actuaciones criminales que restan  penas de otras, un atavismo ligado a la idea de que los dueños de los esclavos podrían mandarlos a matarse sin riesgo de castigo para ellos. No sólo se debe excluir esa idea de la Constitución sino que todas las amnistías por hechos ocurridos desde el Frente Nacional deben ser revocadas. Reina el crimen porque no reina la ley, y la ley no reina porque los que encargan atrocidades cuentan con la garantía de quedar impunes (esto es, obran con alevosía, palabra que en el lenguaje popular colombiano tiene otro sentido).
  • El Imperio de la Ley es incuestionable: la constitución de 1991 fue una clara violación de la ley vigente y se hizo forzando la decisión de la gente por una parte mediante presiones de grupos de estudiantes y por otra mediante el terrorismo ligado al tráfico de cocaína. Su principal objeto, además de asegurar el control por la conjura ligada a los cubanos, era prohibir la extradición de los jefes del tráfico de cocaína. La participación de estos delincuentes se podría demostrar de muchas maneras. Además, la Asamblea Constituyente fue elegida por menos del 20% de los ciudadanos. Se debe castigar a todos los que participaron en esa infamia y se debe convocar una Constituyente legítima cuyos delegados sean todos elegidos y sea necesaria la participación de al menos la mitad del censo electoral.
  • Por lo anterior, los códigos y los contratos no son cuestionables por ningún juez y las tutelas por vulneración de derechos fundamentales sólo deberían ser resueltas por instancias judiciales superiores, demostrando que los códigos o los contratos efectivamente los vulneraran. Debería estar prohibido que los contribuyentes pagaran gastos que no correspondieran a otra ley. La acción de tutela existente es sencillamente la abolición de la ley, la impunidad para el que tiene un pariente en los juzgados y el señorío de unos funcionarios que son elegidos por las mismas organizaciones que controlan el tráfico de cocaína y otros negocios criminales.
  • La educación debería ser gratuita y obligatoria hasta un límite que no exceda el gasto como proporción del PIB que observan los países avanzados. Eso significaría cerrar todas las universidades públicas y garantizar a un porcentaje pequeño de los que mejores resultados tengan en la educación básica o secundaria créditos blandos con aval público. NADA asegura más la continuidad de la barbarie que la dedicación de grandes energías a producir diplomas que no significan nada para un país que no produce nada aparte de materias primas y productos ilegales. La igualdad entre los ciudadanos no se garantiza dedicando esfuerzos a mantener a las clientelas del viejo orden para que parasiten a la mayoría. La educación superior pública es la principal causa de la miseria y el atraso, de las bandas terroristas (que son sólo el movimiento estudiantil de toda la vida) y de la ignorancia generalizada.
Son sólo reformas básicas, podría haber muchas más. Quien las suscriba (cuantos menos seamos, más honra) tendrá en contra por igual a la izquierda y a la derecha, al petrismo y al uribismo (son idénticos, ambos prometen diplomas para todos como en Cuba y Venezuela). Pero que se sepa que eso es el mundo moderno, que el comunismo de los jesuitas es el pariente del confesionalismo tradicionalista de las demás órdenes y no su opuesto.

25 mar. 2018

"El No es un Sí a la paz, pero con justicia"

Por @ruiz_senior

La forma en que los colombianos asumieron las actuaciones del gobierno de Santos dice mucho de la idiosincrasia del país y de la sociedad resultante. ¿Qué opinaban de la negociación con las FARC? Vale la pena detenerse a pensarlo. Porque el cálculo de Santos y sus mentores cubanos era que la gente aceptaría la negociación y su resultado por miedo a ver multiplicadas las acciones terroristas, miedo que se compensaba con la obsesiva labor de propaganda intimidatoria, para lo que había recursos suficientes.

La idiosincrasia es de todos modos lo decisivo, porque la mayoría de los ciudadanos no reaccionó enérgicamente ante el evidente concierto para delinquir en que consistía la tal paz. Tampoco se opusieron los seguidores de Uribe, que sólo esperaban tener un presidente vitalicio y estar unidos "pa' las que sea". Trataron, eso sí, de aportar sus matices y en lugar de decir que no había ninguna guerra que no hubiera en cualquier lugar en el que floreciera el crimen organizado, aplaudieron la paz pero procurando "mejorarla" con arandelas como "sin impunidad".

Pero Santos confiaba demasiado en su lógica y en su máquina de persuasión, de modo que buscó confirmar su infamia con un plebiscito. Dado que sería una victoria de Santos, los uribistas se opusieron y prefirieron buscar el entendimiento con las FARC, incluso ofreciéndoles una Constituyente. Cuando no pudieron impedir el plebiscito, dudaron entre plantear la abstención, con la que nunca perderían, o arriesgarse a quedar en minoría (para no perder apoyos de gente descontenta) pidiendo votar por el No. Lo hicieron presentando toda clase de excusas: no querían ser obstáculo para la paz.

Pero el día de las votaciones la gente prefirió rechazar el acuerdo, y curiosamente los que no querían el plebiscito se volvieron los "voceros" de la causa en que no creían. El día siguiente al de la votación El Espectador publicó una entrevista al senador elegido mejor senador por los "enmermelados" y por la revista Semana por esas fechas. Desde entonces los medios andan promoviéndolo. Vale la pena prestar atención a sus respuestas.

El uribismo es una rama del narcorrégimen, nada lo separa realmente del santismo (salvo los sueños del gran timonel de volver a la presidencia), por eso es normal que ahora todos los uribistas aplaudan la paz. Antes tenían que cambiar de opinión con demasiada frecuencia.

El titular de la entrevista es el mismo que he usado para nombrar esta entrada.
¿Lo sorprendieron los resultados del plebiscito?
Yo tenía un pálpito silencioso. Nunca me quise casar con un resultado, pero sabía que el No estaba creciendo silenciosamente. Estos resultados hay que tomarlos pensando en lo mejor para el país. 
Usted, junto a Carlos Holmes Trujillo y Óscar Iván Zuluaga, han dicho que es hora de escuchar sus razones, ¿cuáles son?

Hemos hecho una enumeración detallada y extensa a lo largo de este proceso, con respecto a los temas que a nuestro juicio y de acuerdo con la Constitución y los tratados nos preocupan, como el de la impunidad en los acuerdos y la estructura del aparato judicial contenido en ellos, así como las amnistías de delitos graves. Estos temas ameritan que el país nos escuche, porque durante estos años no se quiso escuchar a una parte importante del pueblo colombiano.
¿Recuerdan cuál era la pregunta del plebiscito? El hombre de Santos está desde el primer día en su labor de matizar los acuerdos y de matizar el rechazo a los acuerdos. Por ninguna parte se encuentra la idea de que los acuerdos no son válidos porque ganó el no ni mucho menos que la negociación era un concierto para delinquir y lavar los activos del crimen.
¿Qué es lo que se debería renegociar en los acuerdos de paz?
Más que renegociación, hemos hablado en términos correctivos sobre los acuerdos. Lo hemos planteado a través de canales institucionales, para que por esa vía se escuche la voz del pueblo. Se han hecho observaciones sobre el tema de justicia, sobre temas puntuales del capítulo de desarrollo rural integral, sobre el punto de drogas. Ahora tenemos que sentarnos con el Gobierno, que escuche nuestras posturas y buscar un acuerdo.
¿De dónde saca el entrevistador lo de "renegociar"? Tal vez fuera una ocurrencia para salvar los muebles, el caso es que Duque se apresura a negar que vaya a plantearse renegociar nada, sólo corregir los acuerdos, para lo cual tienen que reunirse con ellos. La pregunta del plebiscito no importa, ni menos los votos de la gente que no acepta que se negocien las leyes con los criminales, sin más explicaciones se pasa de la idea de que ellos habían rechazado los acuerdos a que la gente los eligió para representarla. ¿De dónde sacan eso? Del interés del gobierno de salvar su componenda gracias al auxilio de sus falsos enemigos.

Todas las desgracias de los colombianos proceden de que son mayoritariamente viles. Baste pensar en los que razonaron que el acuerdo no valía porque la mayoría de los votantes lo había rechazado, en cuanto les pareció que su bando podía ganar la elección, unánimemente, pasaron a aceptar que el acuerdo vale y sólo le hacen falta algunas correcciones. Y se escandalizan cuando uno dice que Duque es el candidato de Santos, como si el apoyo explícito de todos los medios, ahora hasta think tanks como Diálogo Interamericano, fuera casual: se volvieron tontos de repente y no tuvieron más remedio que rendirse. La mala fe es la esencia del colombiano y el genocidio que continuarán los comunistas, mucho más poderosos ahora, será en buena medida merecido.
¿Qué expectativas tiene sobre ese diálogo con el Gobierno?
Lo primero es que se puedan abrir canales de diálogo. Lo segundo, que logremos escucharnos. Tercero, encontrar el camino institucional. Con esas tres medidas, empezamos a darle al país espacio para la aceptación de este gran acuerdo.
La cursiva es mía. No incluir a los uribistas en el crimen organizado, en el narcorrégimen, es pura mala fe. No están para oponerse al acuerdo sino para buscar que el país lo acepte. Lo interpretarán como quieran.
¿Ustedes no pudieron hacer oír sus observaciones durante el proceso de negociación? 
A lo largo del proceso nunca se permitió que nuestras posturas fueran tenidas en cuenta para la construcción de los acuerdos. Cuando tuvimos reuniones, fueron cordiales, pero nuestras sugerencias o posturas siempre eran rechazadas, con el argumento de que ya estaban negociadas, incluso antes de que los acuerdos fueran publicados. Este domingo, Colombia se pronunció y ese pronunciamiento obedece a que el pueblo no se sintió escuchado. Por eso ahora es importante la convocatoria de este gran acuerdo nacional, para que sobre esa base podamos hacer los correctivos a los acuerdos, para que reflejen a la integralidad del pueblo colombiano.
De nuevo, pasando por encima de la pregunta del plebiscito e interpretando lo que le conviene a Santos: salvar el acuerdo recibiendo los matices de los supuestos voceros del No.
¿Qué significa el voto por el No?
El No es un Sí a la paz, pero con justicia. A una paz donde no haya graves elementos de impunidad. A una paz que tenga mejores instrumentos efectivos para la reparación de las víctimas, donde no se premien conductas que son censurables y que le permita al país fortalecer su estructura institucional.
Con las palabras que usan los colombianos siempre es necesario detenerse a analizarlas. ¿Qué es "paz"? En el contexto de esa entrevista no puede ser otra cosa que "negociación de paz", porque ¿acaso alguien ha emprendido una guerra contra los criminales? El No al resultado de la negociación de paz es un Sí a la negociación de paz, dado que el intérprete de la angustia popular juega con la semántica. ¿Qué fue lo que negociaron los "voceros del no"? No ha cambiado nada, la gente votó No pero el resultado es el mismo que si hubiera votado Sí. Sencillamente porque el uribismo entendió, según su conveniencia, que quería decir Sí. Lo de que "se premien conductas que son censurables" es francamente chistoso. La premisa de la negociación de paz es el reconocimiento a los terroristas, su actuación no es censurable salvo en ciertas conductas. Genial.
¿Y la desmovilización y desarme de las Farc?
Siempre hemos dicho que la desmovilización, desarme y reinserción son políticas de Estado, que vienen desde hace varios gobiernos y le han permitido al país una desmovilización ejemplarizante de muchísimas personas. Fueron cerca de 18 mil miembros de las Farc los que se desmovilizaron entre 2002 y 2010 voluntariamente.
¿Se entiende? Las deserciones incentivadas de miembros de la banda durante el gobierno de Uribe forma parte del mismo proyecto que concluye Santos con su negociación. ¿Es o no lo que dice?
¿El voto por el No es el triunfo absoluto de Álvaro Uribe?
Esto hay que tomarlo con grandeza, es un pronunciamiento auténtico del pueblo. No es de Santos y Uribe. El resultado nos hace un llamado a hacer correctivos y generar consensos. Es una oportunidad que se abre para un gran acuerdo nacional y para corregir uno de los grandes errores de este proceso, que fue haber dejado por fuera a millones de colombianos.
"Tomarlo con grandeza" quiere decir "minimizar la derrota del gobierno". No hay que entender que se dijo No a la pregunta "¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?". Nada de eso, era un llamado a hacer correctivos. La complicidad con el uribismo es complicidad con el gobierno narcoterrorista. Que nadie se engañe. Duque es el candidato de Santos.

17 mar. 2018

La tarea de Iván Duque

Por @ruiz_senior

Balance de ocho años
Ya le quedan pocos meses al gobierno de Santos y resultaría muy difícil sostener que hizo otra cosa que integrar a Colombia en el narcoimperio cubano, en aplicación de un designio que tenía desde mucho antes de ser candidato presidencial y que era manifiesto en la carrera de su hermano mayor y en la trayectoria del clan oligárquico que durante casi un siglo ha controlado el Partido Liberal, y a través de éste el país. Las Fuerzas Armadas y la Policía ya están controladas por agentes del G2 y la sociedad está sometida a la persecución potencial de la Jurisdicción Especial para la Paz, nombrada por el gobierno afín a los terroristas y por estos mismos. Eso por no hablar del control de los demás resortes del poder, como los medios de comunicación, la educación, el poder judicial, la función pública, etc. Todo está preparado para el lavado de cerebro que anunciaba Humberto de la Calle (todos los miembros de la "Comisión de la Verdad" tienen trayectoria como activistas de la trama civil del narcoterrorismo) y la expansión del control cubano, que son la fase siguiente a "la paz".

Si se piensa en los demás aspectos de la gestión de Santos, la cosa es verdaderamente estremecedora: la mayor bonanza económica de la historia se gastó en propaganda del gobierno y en compra de conciencias a favor de su plan, Colombia tiene hoy muchísima más corrupción que en 2010, muchísima más deuda pública, muchísimas más hectáreas dedicadas a la cocaína y un crecimiento económico mucho menor, a pesar de que la crisis mundial de 2008 quedó atrás hace tiempo.

Mayorías
Pero los agentes cubanos no tienen verdadero respaldo social, a pesar del control absoluto de los medios de propaganda (entre los que el principal es la "educación"). El único sector en el que son mayoritarios los que están a favor de los narcoterroristas es la función pública, lo cual corresponde sencillamente al orden tradicional de la sociedad. Eso determina que sea imposible tanto plantear la continuidad de Santos, cuya popularidad es bajísima, o de un partido con el que tenga alguna afinidad ideológica, como buscar el ascenso de una oposición controlada enteramente por los cubanos, porque la causa del descontento con Santos es precisamente que le entregó el país a las FARC.

En esas circunstancias, la continuidad del plan que Santos aplicó en su gobierno estaría en peligro, por lo que optó por seguir el dicho que predica "Si no puedes con tu enemigo únete a él". Pero eso en que los cubanos son más débiles que su enemigo no es el poder, que ya controlan y que incluso controlaban durante los gobiernos de Uribe, sino la opinión, mayoritariamente hostil. De modo que ante la carencia de alternativas optaron por dejar ganar las elecciones presidenciales al partido de Uribe, para lo cual le impusieron al candidato y también el programa.

Como esto nunca será aceptado por los uribistas, cuya honradez intelectual es del mismo nivel que la de los seguidores de Petro, invito al lector a pensar una cosa respecto del candidato. ¿Es tan complicado entender que la revista cuyos columnistas fijos son Duzán, Caballero, Coronel, Valencia y Samper Ospina no va a nombrar modelo de líder en 2016 a un enemigo? TODAS las informaciones que aparecen en esos medios sobre Duque son amables y casi siempre claramente elogiosas. Lo mismo ocurre en el diario madrileño El País, que hace sin el menor rubor propaganda de los narcoterroristas. Duque es curiosamente lo contrario de Uribe para todos esos medios. En un programa de televisión de Vladdo (del que aparecen extractos en este video nuestro) se pasa directamente de la más brutal calumnia a Uribe al más zalamero elogio a Duque. ¿Cómo es que no lo ven? Con los colombianos pasa algo fascinante, que es el placer de la mala fe. Dado que mentir sirve a veces para prosperar, se vuelve algo grato aunque no se gane nada.

Los posibles rivales de Santos sufrieron persecución judicial inmisericorde, desde que en 2007 alguien empezó a pensar en la sucesión de Uribe y aparecieron los falsos testigos de desapariciones en el Palacio de Justicia, con lo que tuvieron secuestrado ocho años a Plazas Vega, hasta el increíble montaje del hacker Sepúlveda contra Zuluaga. Pero Duque es unánimemente elogiado por los medios. Insisto, tanta mala fe de los "crédulos" es más siniestra que la perversidad del narcorrégimen.

Y respecto de la actuación política se podría decir lo mismo: ¿qué pensaba hace cinco años la gente que suele votar por Uribe o por candidatos de derecha sobre el proceso de paz? Yo diría que algo ha cambiado, que ahora están resignados a aceptar lo que se negoció en La Habana porque no ven salida, es decir, las salidas que ven son espeluznantes (no estar en el grupo y tener que admitir que gracias a su pasividad y a su lealtad a Uribe ya se impusieron los criminales). Entonces se aferran a la ilusión más absurda, como quien agarra un clavo ardiendo para no caer al abismo: ¡a lo mejor Duque no es tan de extremo centro como dice y resulta conteniendo la caída! ¡A lo mejor sus bravuconadas con las FARC no quieren decir que acepta lo negociado y sólo se resiste a darles más! Bueno, quizá todo es "estrategia", y lo importante es seguir unidos.

Por otra parte, todo el mundo tiene unos referentes de personas a las que admira o al menos en las que confía. Esas personas "prominentes" en muchísimos casos esperan nombramientos tras el triunfo de Duque y por eso están dispuestas a reconocerle méritos a la paz y en todo caso no quieren ser molestas para el liderazgo de su partido ni ser asociadas con los extremistas de derecha que rechazan el acuerdo. (Al respecto, esa idea de que rechazar el acuerdo es de derecha es MONSTRUOSA: en ningún país europeo ocurriría que unos sociópatas que han cometido miles de crímenes atroces dominarían un país con el apoyo de ningún partido de izquierda. Y lo más monstruoso es que es verdad, los críticos del acuerdo son prácticamente sólo personas de ideología ultraconservadora, tradicionalistas, integristas católicos y divulgadores de teorías de conspiración.)

El ciclo completo
Hace unos años publiqué una serie de entradas de este blog sobre el ciclo que Santos cierra y que comienza con la fundación de las guerrillas comunistas (entre 1964 y 1974) y cuyo punto central es la Constitución de 1991. En realidad lo que viene con Duque es la continuación de ese plan, él mismo se proclama el defensor de esa constitución. Hace unos años eso lo decían los del Polo Democrático. Bueno, la negociación con los terroristas fue lo que abrió el camino de esa constitución, y también es un mandato explícito en ella. A partir de esa constitución el poder judicial pasó a manos de los cubanos. La paz de Santos es sólo el segundo plazo de la entrega, y aun queda la paz con el ELN, para lo que da lo mismo lo que haga Duque: podría no negociar y así renacería el conflicto y la demanda de negociación, o bien negociar cediendo aún más, nobleza obliga, y abriendo el camino a su muy probable sucesor: Iván Cepeda.

Realmente no hay casi nadie a quien le interese cambiar esa constitución. Hay un consenso entre los colombianos según el cual una constituyente es como meter todo en una mezcladora sin saber qué va a salir, cosa muy extraña porque hace pensar que ninguno puede concebir una ley fundamental copiada de la de los países civilizados y basada en la experiencia de las constituciones previas, a la que podrían apoyar los ciudadanos que valoran la democracia. Ni siquiera les importa que el engendro del 91 se hiciera violando la ley ni que los constituyentes fueran elegidos por menos del 20% del censo electoral. De nuevo, los únicos críticos posibles son los radicales de derecha descritos arriba.

Perspectivas inmediatas

En resumen, es muy improbable que Duque no gane la presidencia. Incluso hay quien dice que podría ganarla sin necesidad de segunda vuelta. Pero en el peor de los casos, ¿cuál sería su rival? Petro es un demagogo más tosco y despreciable que Maduro y genera unas resistencias que llevarían a las mayorías a votar en su contra. Vargas Lleras probablemente no quedará segundo en la primera vuelta, pero incluso si lo consiguiera tendría que hacer frente a la suma de uribistas y conservadores y a las maquinarias del gobierno, sin ninguna esperanza de que los antiguos votantes de Petro o de Fajardo lo apoyaran.

De modo que se puede dar a Duque por elegido. Hay un claro consenso de los medios y la oposición. ¿Cómo será su gobierno? Al respecto él no se esconde ni engaña: extremo centro, nombrará a los uribistas menos conflictivos con el gobierno y gastará en propaganda de su economía naranja, proeza que después se demostrará ineficaz como todo lo que se hace para mejorar la economía desde la inversión pública. A nadie se le impide desarrollar patentes o crear obras de alto vuelo, y si Colombia tiene ciertos logros en las industrias culturales, como el éxito de ciertas figuras del show business, no es gracias a la inversión estatal. Pero todo es hacer alguna propaganda y disfrutar del poder.

Porque las cosas importantes que ocurrirán durante el gobierno de Duque no dependen de lo que haga el ejecutivo, cuya única opción es la pasividad frente al desarrollo del acuerdo de La Habana, con la JEP y los resultados de la Comisión de la Verdad, que es abiertamente un órgano de las FARC. Ésa es su tarea. eso será su gobierno, no algo que se pueda atribuir a su actuación como presidente sino algo que ya hizo su partido, que fue aceptar la negociación y su resultado y aun antes del CD, durante los gobiernos de Uribe, no querer reformar la Constitución de 1991. Pero tampoco es algo que se deba atribuir a Duque ni a Uribe ni a su partido: los colombianos aceptaron esa infamia. Lo pagarán, y lo pagarán sus hijos.

30 ene. 2018

El engaño de la paz

Por Jaime Castro Ramírez

Las circunstancias dentro de las cuales convive la humanidad son disímiles, y en ocasiones contradictorias, aunque ese perfil de contradicciones obviamente es generado por actuaciones erróneas o engañosas de los mismos humanos en el transcurrir del tiempo donde se tienen que tomar definiciones de coexistencia. Sin embargo, existen eventos que debieran ser muy puntuales y justos en su interpretación y desarrollo, es decir, en su realidad objetiva, como por ejemplo el tema de la paz que exige el rigor de unos elementos indispensables que son: verdad, justicia, reparación y no repetición; pues si no se observan estas exigencias mínimas, simplemente no se llega a la paz sino a un escenario de retórica enmarcado dentro de un contexto de engaño. Cuando esto ocurre, el resultado es la generación de más violencia.

La negación de la paz de Santos-Farc
Se suele decir que ‘lo que mal empieza mal termina’. El presidente Santos cometió los siguientes errores respecto a su trato con las Farc:

1. Empezó mal desde la campaña a la presidencia en 2010 por no informarles a los colombianos que pretendía entablar conversaciones con ese grupo terrorista.

2. Luego que fue elegido presidente, en septiembre de 2010 les envió una ‘carta secreta’ (después las mismas Farc le develaron el secreto a Santos) donde les decía que estaba de acuerdo con ellos y que estaba listo para que hablaran.

3. De nuevo en secreto empezó contactos en la Habana y a los colombianos les negaba diciéndoles que eso no era cierto, hasta que fue descubierto.

4. Durante cinco años que duraron las conversaciones les hizo a las Farc toda clase de concesiones empoderándolos a ellos en todo sentido y debilitando al Estado y a sus instituciones, pues en esos diálogos solo las Farc ponían condiciones y Santos aceptaba, razón por la cual los colombianos saben que se trató simplemente de la claudicación y entrega del país utilizando el nombre de paz. Cosas tan delicadas, entre otras, como por ejemplo, aceptarles a las Farc el narcotráfico como conexo al delito político, esto generó impunidad al mayor lavado de activos de que se tenga noticia, lo mismo que muy grave aceptarles impunidad por los delitos de lesa humanidad, y por si faltaba, decidió premiarlos concediéndoles elegibilidad política. Por lo anterior, no habrá justicia, ni verdad, ni reparación a las víctimas por parte de las Farc.

5. Ante las protestas de la gente por lo que se sabía que estaba pasando en Cuba a favor de las Farc y en contra de Colombia, Santos decidió algo también muy grave: dividió el país, según él, entre “amigos y enemigos de la paz”.

6. Para la implementación del acuerdo que firmó con las Farc, sometió al congreso de la república a través de la mermelada a la tal ‘unidad nacional’ para que le aprobaran poderes habilitantes para legislar vía decreto, y que el congreso se limitara a aprobar de inmediato lo que él le enviara.

7. Ubicó sus fichas en la corte constitucional para que le aprobaran todo lo que allá llegara sobre la implementación del acuerdo.

8. Y cometió un error histórico de la mayor gravedad: robarse el plebiscito donde el mandato del pueblo en las urnas le dijo NO al acuerdo Santos-Farc.

Esta serie de errores en lo que el gobierno llamó proceso de paz, no podían traer la paz a los colombianos, pues como consecuencia lo que se ha seguido viendo es violencia, terrorismo, y el país se llenó de coca, narcotráfico, y microtráfico.

La paz solo existe en la retórica engañosa de Santos, lo que indica engaño al país y al mundo, pues en base a ese engaño de paz fue como consiguió que le dieran un Premio Nobel, premio que obviamente no merecía.

18 ene. 2018

Colombia en 2018, confusión y oportunidades

Por @ruiz_senior


Las elecciones que se celebrarán este año y el complejo entorno internacional dan lugar a una gran incertidumbre. Los planes de implantar la tiranía en Colombia se complican tras el triunfo de Trump y el NO del plebiscito de 2016, y más con la crisis venezolana y la caída de algunos satélites del régimen de La Habana en Sudamérica.

Es decir, hay una oportunidad para deshacer la obra de Santos y el narcorrégimen: una cantidad suficiente de ciudadanos descontentos, una economía en crisis evidente, un desprestigio rotundo del presidente saliente y una corriente global de hastío con el socialismo del siglo XXI y sus consecuencias.

A pesar de la formidable operación de maquillaje que llevan a cabo los medios de comunicación y de la adhesión de todas las instancias del poder, particularmente de las clases altas, hay una realidad que no pueden ocultar: el proceso de paz es simplemente la abolición de la democracia. El Congreso que legislará en los próximos años no es representativo de la voluntad popular porque en gran medida fue impuesto en una componenda perversa con criminales, y las campañas electorales estarán viciadas por el sesgo evidente de las instituciones y por la influencia del dinero del tráfico de cocaína, negocio que ha aumentado hasta niveles nunca vistos gracias a "la paz".

Pero una movilización cívica para enderezar el rumbo del país es altamente improbable. La obstaculiza la hegemonía de Uribe y su partido entre los descontentos. De forma explícita el expresidente y su sanedrín intentan acomodarse al nuevo orden impuesto por Santos y los terroristas y acallar cualquier discusión sobre la validez del acuerdo final. El colmo de esa actitud fue la manifestación del 1 de abril de 2017, convocada para rechazar el acuerdo de La Habana pero interpretada como protesta antigubernamental, "contra la corrupción", etc.

Los sectores descontentos cometen un suicidio al apoyar a ese partido, que propone unas vagas "modificaciones" al acuerdo y en absoluto se plantea negar sus efectos. Pero aun siendo conscientes de la necesidad de acabar con el acuerdo prefieren "la unidad" por miedo a quedar aislados en una minoría o a ser descritos como "extrema derecha".

Pero no sólo entre los conformistas es grave la confusión: no hay quien se plantee que el acuerdo es el fin de la democracia, sino que los críticos con el uribismo sólo exigen políticas "de derecha". Esto simplemente quiere decir que no reivindican la ley ni los valores comunes a los demócratas de cualquier parte, sino que aprovechan la ilegitimidad del golpe de Estado de Santos y su componenda con los criminales para llevar el agua a su molino y promover su agenda, llena de elementos sectarios.

Al respecto es muy llamativa la campaña del ex procurador Alejandro Ordóñez, en la que hay muchas más alusiones a la defensa de la familia que al acuerdo de La Habana. Los valores y las creencias del señor Ordóñez son bien conocidos, pero si espera ser el candidato de los sectores más resueltamente tradicionalistas es poco probable que pase a segunda vuelta. Si quiere formar una mayoría y ganarle las elecciones al narcorrégimen, que cuenta con recursos formidables, lo peor que puede hacer es ahuyentar a los votantes que no comparten todas sus convicciones.

En otras palabras, si las elecciones no se plantean como un segundo plebiscito sobre "la paz" y el triunfo de los terroristas, sencillamente ninguna candidatura de oposición tiene futuro. Parece que el señor Ordóñez y quienes lo acompañan no quieren entender que la "guerra cultural" entre el libertinaje y la inquisición, entre la izquierda y la derecha, es lo que quieren los narcoterroristas para legitimarse y cubrir sus crímenes. Las cabecitas de los sectarios pretenden que las masacres, violaciones, secuestros, torturas, mutilaciones, desplazamientos, extorsiones, robos y demás son sólo la sombra de la ideología izquierdista. Para los criminales es el mejor regalo. Y ciertamente en una elección así ganarían.

La mayoría de esos sectarios se han mantenido fieles a Uribe durante todos estos años y ha sido el ascenso de Iván Duque lo que los ha soliviantado. Es decir, no les ha molestado la complicidad de Uribe y el uribismo con "la paz" (explícita, directa y cínica), sólo el vago "progresismo" de Duque (manifiesto en su tolerancia con las uniones de personas del mismo sexo) y su supuesto socialismo. Es una constante en Colombia y recuerda el comienzo de la Guerra Civil Española, cuando verdaderos demócratas y republicanos casi no había.

Con el socialismo en general, y con el que se atribuye a Uribe y al CD en particular, pasa lo mismo que con la "guerra cultural": las evaluaciones rectas de las cosas se suplantan con el fetiche de la ideología. No es raro leer que la socialdemocracia es sólo la fachada del comunismo: da lo mismo que en Europa occidental todos los países que han tenido gobiernos socialdemócratas han tenido después gobiernos de derecha que ganan las elecciones o que todas las libertades y derechos se han respetado, o que la mayoría de los que encabezan la lista de países con mayor desarrollo humano (y también en los de mayor renta per cápita si se excluyen países pequeñísimos con riqueza petrolera o paraísos fiscales) hayan tenido gobiernos socialdemócratas... Da lo mismo, el socialismo es simplemente el bando de Belcebú y no hay ninguna posibilidad de salvación de otro modo que combatiéndolo.

Y presentar al crimen organizado como "socialismo" es el mejor regalo que se le puede hacer.

Respecto a Uribe, en términos generales su gestión económica fue correcta y generó el mayor crecimiento del país en muchas décadas. Si se presenta como socialdemócrata no es porque ésas sean sus convicciones (más próximas a la plutocracia) sino porque le conviene para hacerse popular. La extrema desigualdad del país y la falta de información, sumadas a la propaganda, hacen que "socialista" se entienda por "buena persona" (es increíble la cantidad de gente que le reprocha a los chavistas que se rodeen de lujos y a la vez se proclamen "socialistas"; no se les puede explicar que se puede ser socialista y a la vez rico y ostentoso).

Como ya he explicado en otras entradas de este blog, la ideología reemplaza a la defensa de la verdad, la racionalidad, el sentido común, la democracia, la ley, la equidad, la libertad individual y los derechos humanos. Además de que los derechistas son muy distintos unos de otros, en las cuestiones principales opinan lo mismo que los izquierdistas: no encuentran monstruosa la "acción de tutela" ni el gasto en universidades públicas, y hace poco he descubierto que tampoco la atrocidad del "delito político" (por el que el reo de rebelión ve reducidas las penas por asesinatos y otros crímenes). Pero también en cuestiones económicas coinciden: nunca les parece urgentes suprimir los tributos singulares (como el 4 X 1000 o la parafiscalidad), ni tampoco reducir los privilegios escandalosos de los funcionarios. Son pocos los que se plantean reducir el gasto público, y la patochada de la economía naranja es de hecho  una ocurrencia para aumentarlo.

Apremiados por la necesidad de "cambiar de tema" para no pillarse los dedos con "la paz", Uribe y su partido buscan argumentos para la demagogia. Al mismo tiempo prometen aumentar el gasto y rebajar los impuestos. Pero Ordóñez no se queda atrás: sale a oponerse a los planes de retrasar la edad de jubilación, quizá porque espera obtener votos entre la gente que pronto se va a retirar. La cuestión clave, la de la equidad, no interesa a nadie: no sólo hace falta retrasar gradualmente la edad de jubilación, sino sobre todo impedir que haya privilegiados que empiezan a cobrar pensión antes que otros (salvo casos de problemas de salud). Esos privilegiados son en esencia la clientela del narcoterrorismo, los funcionarios protegidos por sindicatos abiertamente relacionados con las bandas coumnistas, cuyas inicuas ventajas no fueron tocadas durante los gobiernos de Uribe.

Ordóñez no sólo ahuyenta a los discrepantes en cuestiones culturales (ideológicas y morales) que podrían apoyarlo como única respuesta a la abolición de la democracia, sino que por otra parte se muestra temeroso de ir por su cuenta sin el apoyo de Uribe. Para eso insiste en la unidad de los partidarios del NO, como pasando por alto que el Centro Democrático renunció desde el principio a defender esa causa. Por una parte, deja ver la vieja manía de depender de Uribe y presuponer que la gente votará por quien él diga, por la otra, como resultado de lo anterior, exhibe la torpe astucia de evitar que lo acusen de dividir un bando de oposición cuyo enfoque es bastante turbio. Ordóñez exige una consulta popular como si olvidara que en caso de celebrarse en todo caso la perdería, bien porque son mayoría los que se pondrían de parte de Uribe, bien porque el régimen llevaría a votar a sus clientelas por Duque (con el que muestran los medios de comunicación una extrema benevolencia, tanta que asusta pensar que realmente sea el continuador previsto de Santos, con cuyo triunfo desactivarían a la oposición).

Todavía hay muchos candidatos y es difícil saber cuál pasará a segunda vuelta. Si se mantienen igualados los de la cocaína, lo más probable es que forjen nuevas alianzas, de modo que la cuestión clave es quién representará a la derecha u oposición. Si Duque, Pinzón y Vargas Lleras llegan a la primera vuelta, se abre una posibilidad para un candidato de verdadera oposición. ¿Quiere serlo el señor Ordóñez? En mi opinión debe renunciar a la coalición con el uribismo, mostrar el máximo de firmeza en la determinación de revocar los acuerdos de La Habana y presentarse como el defensor de la ley y la democracia. No tiene sentido replicar que todos lo hacen, ya que es fácil demostrar que en la realidad al mando está el crimen organizado y desvelar en la propaganda de los demás candidatos los diversos engaños que usan para favorecerlo.

Ordóñez puede pasar a segunda vuelta con menos del 20% de los votos, pero para eso debe dejar en paz a "la familia" (causa que se percibe como intolerancia con los estilos de vida alternativos) y cesar en las proclamas ideológicas y religiosas. Los godos muy godos de todos modos votarán por él, pero no son tantos. Y los que no quieren vivir en una tiranía como Cuba o Venezuela sí son mayoría, pero nadie les advierte de la inminencia del peligro.

Sé muy bien que no me harán el menor caso, pero haría mal callando sobre algo que me parece obvio. Es decir, no "propongo" nada a quienes se mantienen sordos, sólo explico por qué fracasarán.

9 ene. 2018

El engaño del uribismo

Por @ruiz_senior

Muchas veces he asegurado en Twitter que no creo que el candidato uribista pase a segunda vuelta. La razón de ese aserto es ésta: la negociación de paz es para la mayoría de los probables votantes descontentos ilícita y fue invalidada por el plebiscito. El partido Centro Democrático no opuso resistencia a la implantación ilegal del acuerdo y para no provocar la indignación de sus votantes vive engañándolos continuamente con lloriqueos y bravuconadas que simplemente agravan el lío en que está metido. No sólo los "duquistas" sino todos los militantes y candidatos del CD, pues a fin de cuentas la única seña de identidad clara de ese partido es la adhesión a Uribe, que fue el líder que prometió no revocar los acuerdos y el que impuso a Duque por motivos oscuros, seguramente obligado por agentes externos.

Me llamó la atención que, con ocasión del escándalo porque Uribe llamó "violador de niños" a Samper Ospina, el precandidato Duque se sumara a los acosadores. Eso se puede explicar por sus nexos familiares con los Samper, pero le resultaría altamente inconveniente si Uribe pudiera decidir: podría optar por apoyar por ejemplo a Nieto Loaiza, el preferido de los militantes de su partido más dispuestos a la resistencia contra el régimen. Las sombras de división y descontento se habrían esfumado. ¿Por qué Duque se permitía tanta "independencia"? Porque sabía que Uribe tendría que hacerlo candidato de todos modos. De ahí que ante la evidente perspectiva de éxito de Nieto la dirección del partido renunciara a los procedimientos convencionales (valga el juego de palabras con dos acepciones distintas de "convención") y optara por una patochada en la que sólo la mala fe consustancial a los colombianos permite no ver el interés de burlar la voluntad de los militantes.

¿Qué obliga a Uribe a optar por un candidato impopular entre los suyos y casi indistinguible de los rivales que podrían disputarle el voto, como Vargas Lleras, Pinzón o el mismo Fajardo? No será la genialidad de la economía naranja con la que se descubre el agua tibia (que es mejor crear las patentes que hacer la parte peor pagada del trabajo) y se encuentra el modo de enriquecer a las camarillas de siempre (no otra cosa son las universidades, centros en los que prosperan los mediocres gracias a que la gente cree que basta adquirir títulos profesionales para tener desarrollo. Muchas decenas de millones de titulados al sur del río Grande producen miles de veces menos patentes que pocos millones de japoneses). No, Uribe es un patán (baste recordar la cita absurda de Marx que publicó en su cuenta de Twitter) pero no es tan tonto como para "comprar" esa genialidad. Sencillamente, puede ser rehén del hampa judicial. (Aunque a veces pienso que puede serlo alguien de la camarilla que lo rodea y que lo persuade para que no haga oposición, pues ocurre desde 2010 y puede que aun antes. Puede que la designación de Santos y el intento de seguir en la presidencia, siendo tan previsible la respuesta de la Corte Constitucional, no fueran errores sino parte de un libreto impuesto por alguien.) O puede ser tan ciego en sus cálculos que siempre ha visto imposible frenar el atraco de la paz. Por eso su partido no quería el plebiscito, por estar seguro de perderlo. Ni aludió a la paz en cinco elecciones, para que no lo describieran como causante de la guerra. Tal vez sea ocioso decidir si se trata de indigencia moral e intelectual o de sumisión a un chantaje del hampa, baste con saber que uno está en otra disposición.

De un modo u otro, el CD no representa más que a los que aman a Uribe. Por muchas protestas que manifiesten sobre la complicidad de Santos con el terrorismo, no es posible que ninguna persona honrada no se dé cuenta de que su interés es asimilarse al nuevo orden y no destruirlo.

Todo esto como preludio a una polémica reciente. El candidato Iván Duque publicó una serie de tuits centrados en esa idea de encarnar la oposición a Santos y a las FARC encubriendo la cuestión de la validez del acuerdo (no me gusta nada lo de "trinos" por mucho que lo valore Pérez Reverte y corresponda al tweet del inglés; en español se ha usado trino como la voz de un poeta y también como frase o idea poética, llamar así a las habladurías y eructos de la red de chateo suena a sacrilegio). Los tuits de Duque tienen como elemento común el tag #NoMásConejo y los copio todos para que no se piense que busco malinterpretar al candidato.  

Tanto las sentencias de la Corte como las decisiones del Congreso asumen como lícita la negociación y válida la desobediencia al constituyente primario que dio su mandato en el plebiscito. Aquello en que las FARC piden a Santos que desobedezca es posterior: al invocar la autoridad jurídica de la Corte y el Congreso se tapa el hecho de que ambos son parte de la conjura comunista y cómplices del infame proceso de La Habana. La protesta de Duque engaña, porque no trata de lo esencial.


Estos dos tuits son redundantes, dicen lo mismo que el primero. (Y perdón por insistir en algo que los colombianos nunca quieren entender: ¿por qué no se LO dice el presidente? Es una sola cosa. Si uno va a un pueblo en el que todos se hurgan la nariz en público mientras comen, seguro que encuentra hostilidad, que lo juzgan engreído, fastidioso y antipático por criticarlos. Lo mismo pasa con esa atroz confusión entre el singular y el plural.)

Esto también es grato para el votante descontento con el narcorrégimen. Lástima que esa burla no se intente enmendar sencillamente revocando el acuerdo y renegociando el fin de las FARC. ¿A qué viene quejarse de la burla? A engañar, a hacer creer a la gente que el CD no tomó parte en esa burla y que si ahora se encogen de hombros en gesto de impotencia no es porque son cómplices de esa burla. Dado que el NO fue burlado, lo único sensato es hacerlo valer. Ya se verá cómo no es eso lo que propone el CD.
Otra mentira: ¿cómo no se va a permitir si es precisamente el contenido del acuerdo final? No, no sólo el dinero del narcotráfico y el secuestro y la impunidad total, ojalá, es mucho peor, es el sometimiento del Estado a la banda terrorista, que pasa a formar parte de las fuerzas armadas y a controlar directamente el poder judicial. El "contentillo" al votante pretende ocultar que esa rendición no se pretende enmendar sino que al contrario, se promete no revocarla. 

Los victimarios ya tienen una idea de cómo funciona el Estado de derecho que se les sometió sin resistencia gracias a la traición del partido que supuestamente encarnaba los anhelos de la mayoría. No, señor Duque, si en Colombia no funciona el Estado de derecho es porque la forma correcta de tener poder político es matar gente y traficar con cocaína, como saben bien los narcoterroristas. De hecho, ¿no fue esa constitución un apaño concebido para prohibir la extradición de los capos del tráfico de cocaína y premiar a los sicarios del régimen cubano controlados por el hermano mayor del actual presidente? La alusión a la Constitución, a la Corte y al Congreso, que pretende parecer una protesta contra las pretensiones de los terroristas es en realidad un reconocimiento leguleyo al orden que impusieron. No por tener "instituciones" con esos nombres se tiene una democracia legítima. Bueno, no para mí. Para los uribistas sí.

Éste es el tuit que resume toda la andanada de Duque. Es la respuesta indignada del intérprete de la angustia popular que dice: "Ya no les vamos a dar más". No que se les vaya a quitar lo que ya se les dio, eso no, eso es precisamente lo que significa "Nada hay que negociar ni nada que renegociar". Lo que cuenta es lo que cada persona razona, porque tras la "firmeza" del candidato está esa aceptación. ¿USTED cree que se debe aceptar lo acordado en La Habana pese al triunfo del NO en el plebiscito (es decir, que se debe obedecer al Congreso y a la Corte Constitucional que aprobaron ese "conejo")? Yo no. Los uribistas sí. Ya basta de engaños y estupideces, los enemigos del acuerdo que quieren seguir agradando a los engañados llamándose uribistas o atacando a Duque y no a Uribe incurren en el engaño y a la vez oscurecen el ambiente. No fue Duque quien traicionó a los votantes sino Uribe. No fue Duque quien evitó hablar de la paz en cinco elecciones. Fue su partido. Uribista es el seguidor de Uribe, el uribista que no está con la paz es un engañado o un falso uribista.

¡Tan bonito! El pueblo unido para defender los derechos y libertades ante la exigencia de las FARC de romper el orden democrático. Un momento: ¿cuál es el orden democrático? ¡El que intentan romper las FARC! ¿Es que la indigencia moral de los colombianos es tan monstruosa que aun así no pueden ver que ES EL QUE SIGUE AL ACUERDO? El orden democrático se rompió cuando se empezó a negociar con los criminales en un fraude y en clara violación de la ley. Para los uribistas no, porque sólo buscan acomodarse a ese orden, tan democrático como el Polo Democrático o la antigua República Democrática Alemana.
De nuevo el "orden democrático", que tiene que tener en Santos su defensor. ¿No? Insisto, el público puede ser un montón de canallas, pero ¿hasta qué punto? Si Santos va a defender el orden democrático no será renunciando a su paz. Eso no se lo va a pedir un partido pacifista. Los tuiteros pagados y los fanáticos podrán decir lo que quieran pero la adhesión al acuerdo de La Habana es clara e innegable. (Digo que son pagados no sólo por los rumores, sino por la frivolidad con que dicen cualquier cosa, al que se pone a tuitear por defender sus opiniones le resultaría importante si el acuerdo de La Habana es válido o no, los tuiteros uribistas obran como los viejos vendedores puerta a puerta, "el cliente siempre tiene la razón", al que no le gusta el acuerdo de La Habana se le dice que en realidad no es válido y por eso Duque defiende el Estado de derecho, al que se resigna a aceptarlo se le dice que Duque sólo intenta impedir los excesos. A lo mejor no son pagados sino ilusos que sueñan con nombramientos del nuevo gobierno.)

Pero esa disposición a engañar de los uribistas se hizo más evidente cuando hubo reacciones al tuit en que Duque dice que no hay nada que renegociar;
El sentido es claro, el nieto de Laureano Gómez percibe la tácita aceptación de lo acordado y marca su territorio de oposición a dichos acuerdos y de disposición a defender el resultado del plebiscito. Pero la única esperanza electoral del uribismo es mantener el engaño, hacer creer a la gente que votó no en el plebiscito y no acepta el acuerdo de La Habana que ellos son sus representantes, de modo que no faltaron las reacciones (en las respuestas al tuit de Gómez se pueden ver las contradicciones de los uribistas: unos dicen que el acuerdo ya no se puede echar atrás, otros que echarlo atrás es lo que quiere Duque, la mentira habitual en Colombia, donde ser honrado es deshonroso).

Así responde el senador Ernesto Macías Tovar:
Ahora le toca al lector evaluar, ¿qué es lo que tergiversa Gómez? El recurso de Macías es mencionar a la bancada conservadora, que siempre apoyó a Santos. Falaz: no hay opciones para que un candidato se presente sin el aval de un partido existente, al contrario, se impide crearlos, como le pasó a la lista del general Mendieta. De la conducta de los congresistas godos que apoyaron a Santos, y antes a Uribe, se infiere que lo planteado por Gómez es "tergiversar". Parece mentira tanta mala fe. Pero es el estilo colombiano.

Más elocuente, Rafael Guarín tuitea:

Macías con el estilo declarativo (¿alguien sabe qué es lo que se tergiversa?) y Guarín con la alusión a la "extrema derecha" (que es la idea de que los votos de la gente signifiquen algo) nos dejan ver al CD como otro grupo de lumpen político. Son las mañas de los progresistas de Petro y de los ecologistas (que ya no son los de Íngrid Betancur sino los de Claudia López). Pero conviene detenerse en el tuit. Si uno no "capta" lo obvio, que el acuerdo es la ley, ya es de extrema derecha y no tiene comprensión de lecturas (sic). Aplíqueselo el lector. ¿Le sorprende leer que el acuerdo de La Habana es la ley? Lo señala en otra parte el propio Guarín, pero ¿apoya el lector ese acuerdo? Tal vez haga bien, lo que no es honrado es creer que se está en contra de dicho acuerdo y a favor de una gente que lo considera "la ley".

La "reclusión para responsables de atrocidades" es otra falacia. ¿Qué atrocidad cometió Goebbels? ¿Quiere decirse que Alfredo Molano, Abad Faciolince, Javier Giraldo o Enrique Santos Calderón son inocentes de las atrocidades? Pero, ¿es el problema el del castigo de los excesos de la "guerra" (del "conflicto")? Lo que tiene Colombia en frente es la tiranía del narcoterrorismo y el sometimiento al narcorrégimen de La Habana, eso es lo que significa el acuerdo final que el CD apoya a pesar de que el pueblo lo rechazó. Costará revocarlo, pero no hay otra opción que ésa, o acomodarse, que es lo que hace el uribismo.

En un artículo publicado para defender la actitud de Uribe de aceptación del acuerdo de La Habana (comentado aquí), Guarín señala:
La paradoja es que mientras las FARC consiguieron del gobierno de Santos cambiar el orden jurídico y entrar a jugar dentro de él, sean ahora los extremistas de derecha los que pretendan levantar la bandera de la subversión.
El orden jurídico, el ordenamiento jurídico, el orden constitucional, el orden democrático, da lo mismo como lo llamen, es lo que emana del acuerdo de La Habana a pesar del voto del NO.

Hay personas que de algún modo no comparten el designio de Duque y compañía, es decir, de Uribe, de "modificar" los acuerdos (ahora más bien, según los tuits de Duque, de frenar su expansión). ¿Qué hacen en ese partido? La esposa del césar no sólo debe ser honesta, también debe parecerlo. Si esperan obtener curules gracias a la popularidad de Uribe para después obrar en contra de los acuerdos están engañando a los votantes, y en realidad atándose a un partido cuya traición es más que evidente (como le pasa al excandidato Nieto, que no rechazó el método de elección y ahora quedaría en ridículo abandonando el partido). Al menos que sepan que no merecen nuestro voto porque se entenderá como el voto por un partido del Acuerdo de La Habana.