28 ago. 2013

Parón y paro

Por @Ruiz_senior

Patrimonialismo
El patrimonialismo consiste en considerar el Estado y los bienes públicos como privados y es una característica de las sociedades predemocráticas que ha arraigado en Hispanoamérica, más cuanto más aislado y pobre es el país de que se trate.

Es la forma en que conciben el gobierno las familias oligárquicas y las castas de "lagartos" que las rodean, pero también los comunistas, cuyo origen es ese grupo social. ¿Qué proporción de los colombianos iban a la universidad en los años sesenta? Suponiendo que fuera el 1% de los jóvenes de esas edades (más de la mitad de los habitantes del país eran analfabetos), habrá que suponer que se trataba de los más ricos: nunca ha sido más hegemónico el comunismo en las universidades.

Esa concepción salta a la vista en casi todos los escritos de los ideólogos universitarios de las bandas terroristas, que siempre dan por sentado que saben qué es lo que el pueblo necesita. De hecho, la característica más llamativa de los revolucionarios de esas décadas era el rechazo a la "farsa electoral", a la "democracia formal", etc. Alguna vez habrá que evaluar a la llamada "izquierda" como simple disfraz ideológico de grupos de herederos tradicionales del país contra la globalización, tanto del libre comercio como de la democracia.

Obviamente también es un rasgo de las bandas terroristas, que consideran de lo más razonable una Asamblea Constituyente cuyas propuestas y cuyos delegados no sean elegidos por el pueblo. Su propia insurrección, surgida en las tertulias de López Michelsen y Gilberto Vieira, es el anhelo de imponerse sobre las urnas a punta de crímenes y mentiras. Cuando quieren una Constituyente que de ser elegida serviría para corregir todas las atrocidades morales del engendro de 1991, dando por sentado que la designarán ellos a dedo, no sólo obran por cálculo, sino que responden a una lógica que conciben como algo irrefutable (no es nada absurda, pues los colombianos no se han opuesto a que se negocien las leyes con ellos).

Apariencias
Pero una cosa es que Santos destruya la democracia (la mayoría de los ministros son del Partido Liberal y el Partido Conservador, cuyos votos sumados en la primera vuelta de 2010 son el 10,51% del total) y haga lo contrario de lo que la gente votó y otra que lo haga explícitamente: nada ofende más a los esclavistas que el hecho de que se les recuerde el origen de su fortuna, y nada anhelan más que parecer personas respetables, de modo que tanto el gobierno como la prensa andan dedicados a disfrazar la tiranía y el cogobierno con las bandas de asesinos con toda clase de subterfugios.

La supuesta división de poderes es uno de ellos, el más típico: cualquiera que compare las propuestas que exhibían en 2010 los congresistas y senadores elegidos con las leyes que han aprobado verá que en realidad obedecen a los incentivos del gobierno y muy probablemente de los terroristas (incentivos que son más difíciles de detectar). El propósito de los dueños del país es legalizar los billones de los terroristas y no hay ninguna división de poderes porque el verdadero poder es la manguala que hay detrás de la "paz", que controla tanto a los jueces como a los parlamentarios.

De ese mismo orden es la idea del gobierno de convocar un referendo para que se apruebe la componenda con los terroristas: dado que podrían perderlo o no alcanzar el umbral de votación, cambian la ley para que se pueda convocar el mismo día varias elecciones y así forzar a aprobar el premio del crimen a las clientelas que acudirán incentivadas a elegir a sus senadores y congresistas.

La monstruosidad de tal política es sólo una más de las distorsiones que el gobierno aliado de los terroristas introduce aboliendo por completo la democracia. Lo que define a los tiranos es que cambian las leyes cuando les conviene, lo cual es como violarlas legalmente (aunque no otra cosa es la acción de tutela, la licencia para prevaricar).

La propuesta ha provocado infinidad de respuestas y polémicas, con la previsible unanimidad de la prensa a favor del cambio de fecha (exactamente la misma unanimidad que había en contra cuando Uribe propuso un referendo para reformar la política). Entre los argumentos más luminosos destaca este prodigio del editorial de El Espectador del domingo acerca de la coincidencia de las fechas.
¿Que es una jugada para que el eventual referendo logre cumplir el umbral mínimo y así ser válido? Quizás sí, pero ello es conveniente. ¿Qué tal lograr un acuerdo para dar fin, por fin, a nuestro conflicto y que no se pueda refrendar, no porque la mayoría no lo aprueba, sino porque no consiguió el mínimo de votos? Grave.
Da por sentado que la mayoría lo podría aprobar pero no votar, pero sólo haría falta el 12,51% del censo electoral, y obviamente los mismos editorialistas invitaban a abstenerse con ocasión del referendo de 2003 (el lema entonces era "Ante la duda, abstente", y así engañaban a los votantes, que no entendían que a efectos prácticos abstenerse era igual que votar NO).

Lo de "dar fin por fin" al conflicto es otra burda mentira: la causa de los crímenes son las negociaciones de paz, tal como la causa de la prostitución es la disposición de los clientes a pagar. Lo que producen las negociaciones de paz es multiplicar los crímenes, y lo demuestran treinta años de componendas de los gobiernos con los terroristas: el momento máximo de violencia fue el Caguán, tras una década de paz en que los asesinos se hicieron legítimos y poderosos.

En definitiva, la componenda que llaman paz y que es un acuerdo para beneficiarse de un atraco se basa en el engaño a los votantes y en la manipulación de las leyes. Salvando la apariencia de democracia con improvisaciones a menudo grotescas.

Lo que les permite obrar así es que no tienen oposición: no hay medios que los denuncien porque a todos les parece que la información y la opinión de los grandes medios "plurales" es suficiente. Los líderes uribistas aplaudieron el comienzo de la negociación y rehúyen toda denuncia internacional de las atrocidades del gobierno.

Parón
La propuesta, al parecer, molestó a las FARC, que suspendieron la negociación (nadie sabe qué negocian, por lo que cualquier conjetura podría ser cierta, incluido el acuerdo para fingir la ruptura y darle ocasión a Santos de mostrarse bravucón).

Al respecto hay muchísimas opiniones circulando en internet, de cuya lectura se infiere que la negociación ya está resuelta y el problema que encuentran es la forma de legitimarla. ¿No han podido los representantes de Santos explicarles a los terroristas que una Constituyente a dedo sólo sería reconocida por los gobiernos bolivarianos y por las autoridades colombianas a las que han comprado? (A propósito, los generales son el grupo que más característicamente exhibe su adhesión a la causa terrorista, es verdad que no mencionan los incentivos, pero poco les falta.)

Mientras en La Habana los jefes de las FARC presionan por su constituyente, en Colombia los líderes de la trama civil alientan el paro agrario, que pese a la legitimidad de los reclamos de los gremios en este momento sirve a los terroristas para debilitar al gobierno y aumentar sus exigencias: la virulencia de la rebelión el fin de semana, así como el asesinato de 14 militares en Arauca, podrían ser las reacciones de los terroristas al anuncio del referendo.

La reacción apropiada al descontento campesino por parte de quien se opone a este gobierno es una cuestión muy compleja, porque una vez causado el desorden para los terroristas será muy fácil presionar a los negociadores campesinos y conducir las negociaciones hacia la aprobación de nuevas zonas de reserva campesina que puedan controlar. Es lo que busca Santos y lo que ya ocurrió en el Catatumbo. De hecho, es muy curioso el apoyo de la prensa al paro, como si éste tuviera por misión dar apoyo a las pretensiones de las FARC en La Habana.

Si no surge una corriente de rechazo firme, los terroristas saldrán legalizados y todopoderosos, y ciertamente la violencia se multiplicará (cuando hayan comprobado lo rentable que es el miedo). Y esa corriente no surgirá si la gente sigue aferrada al uribismo. Ya he explicado muchas veces que su costumbre es tratar de complacer al público. Aquí hay un ejemplo perfecto de eso.

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