15 nov. 2015

El comunismo en América

Por @ruiz_senior

Origen del comunismo
En un texto llamado Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, Lenin señala como tales la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo utópico francés. Pero el marxismo es sólo la elaboración teórica clásica del comunismo, cuya materialización tiene muchas causas: el colectivismo cristiano es una de las principales, y sobre él es imprescindible la lectura de Los enemigos del comercio, de Antonio Escohotado (disponible en internet). También el catolicismo provee la idea de un gremio de mandarines bondadosos —provistos del apoyo de la grey, siempre agraviada por el esplendor ajeno—, que gobierna la sociedad en oposición a los ricos y plenos.

Pero las causas principales del comunismo en el siglo XIX fueron la enorme expansión de la economía generada por la industrialización y el crecimiento del Estado, no sólo en recursos y organización, sino sobre todo en legitimidad. La transformación profunda del orden mundial desde la Independencia de las colonias británicas de Norteamérica hasta el fin de las guerras napoleónicas trajo la hegemonía del liberalismo y de la burguesía y el declive de los usufructuarios tradicionales del absolutismo: la nobleza y el clero. El socialismo fue la venganza de estos perdedores. La posibilidad de mover a las masas a punta de promesas de un futuro maravilloso (quitando de en medio a los propietarios) y así acceder al poder político y apropiarse de él.

A finales del siglo XIX había en los principales países de Europa partidos "socialdemócratas" que seguían la doctrina marxista. El Partido Obrero Socialdemócrata Ruso era uno de ellos. De ahí viene la "ingeniosa" ocurrencia de Pablo Iglesias de que Lenin era un socialdemócrata. Pero en ningún caso la ortodoxia dura que representaba Lenin triunfó en países industrializados y con tradiciones liberales: sólo en el imperio ruso, y eso gracias a la derrota en la Primera Guerra Mundial. La Revolución de octubre fue un golpe de Estado en el que la soldadesca hambrienta encumbró a unos conspiradores extremistas. Allí donde los obreros eran una clase mayoritaria, los "socialdemócratas" renunciaron a esa ortodoxia, como en Austria con Bernstein y después con Kautsky, cuyo "revisionismo" dio lugar a otro libro de Lenin: La revolución proletaria y el renegado Kautsky.

De modo que el comunismo como variante radical del marxismo sólo surgió como división de la "socialdemocracia", de la Segunda Internacional, a raíz de la Revolución rusa.

Comunismo y burocracia
Los únicos países de Europa en que el comunismo fue por sí mismo una fuerza significativa fueron los de tradición católica u ortodoxa: España, Francia, Italia, la antigua Yugoslavia y Grecia. En los escandinavos, tan ridículamente admirados por la izquierda sudamericana, no sólo no hubo dictadura del proletariado sino que a nadie se le ocurrió tocar la monarquía ni ciertos privilegios de la nobleza, no hablemos de la propiedad. Los de Europa central y oriental simplemente fueron conquistados por los soviéticos tras la caída del nazismo.

Y es que el comunismo se pudo implantar por la misma naturaleza del Estado, que el propio Lenin explicó en El Estado y la revolución, donde plantea que la destrucción del Estado supone un periodo previo de "dictadura del proletariado" hasta que llegue la sociedad sin clases. Ese horizonte remoto de redención total recuerda el mahayana del budismo: la extinción individual es el fin, pero mientras tanto se vive lo mejor posible. 

Para que la dominación total de la burocracia se hiciera realidad era necesaria una tradición de esclavitud, de dominadores crueles e inescrupulosos y de dominados impotentes y acostumbrados a carecer de derechos. No se debe olvidar que la servidumbre fue abolida formalmente en Rusia en 1861, 56 años antes de la toma del poder por los bolcheviques, ni que todas las formas de opresión que puso en práctica el régimen soviético ya se habían ensayado bajo el zarismo. En otras partes el comunismo ascendió como expresión de revueltas anticoloniales, pero por una parte había comunismo gracias a la influencia soviética, y por la otra no sabemos qué conflictos había en el interior de esas sociedades. En China el comunismo también significó el retorno de los mandarines.

De Castro y el Che al Foro de Sao Paulo
La Komintern intentó alentar revueltas en toda Hispanoamérica y pronto se crearon partidos comunistas en todos los países, pero la rígida doctrina marxista no encontraba eco en sociedades poco industrializadas. La tradicional inestabilidad colombiana sirvió para que pensaran en emular a Mao y generar una "guerra popular prolongada" que condujera a implantar un satèlite de la URSS en la región. La crisis cubana abrió esa posibilidad, pero gracias al engaño, pues Fidel Castro no obraba abiertamente como comunista ni al parecer tenía relación con el Partido Comunista Cubano, que era legal y afín a Batista (con el que había gobernado antes de la dictadura).

El partido afín a los insurrectos se llamaba Partido del Pueblo Cubano y no era comunista (aunque probablemente Castro sí era agente soviético). La juventud idealista y romántica que se levantó contra Batista era de blancos educados, es decir, de la minoría que descendía de los españoles. En Cuba se abolió la esclavitud en 1868 y se alcanzó la independencia de España treinta años después. Al respecto, hay que tener en cuenta que había una proporción de esclavos de origen africano muy superior al promedio de los países hispánicos. Es decir, la dulce utopía de los valerosos jóvenes consistía en pura ingeniería social trufada de halagos y promesas y del admirable propósito de robarse las inversiones estadounidenses en la isla, así como de despojar a los empresarios ricos.

El triunfo de Castro ilusionó a todas las clases altas del continente. Se debe tener en cuenta que Cuba era un país de un nivel cultural y económico muy superior al de la zona andina o Centroamérica. El sueño de destruir las instituciones existentes e implantar un régimen monolítico dominado por dichas clases arrasó en todas partes, con los jesuitas siempre en cabeza y los cachorros de las clases oligárquicas elaborando una épica heroica a punta de bochinche, charlatanería y canalladas sin límites.

Y así como los soviéticos cooptaron a la élite cubana y la sometieron a la doctrina marxista, forzando la fusión de las fuerzas de Castro con el viejo Partido Comunista (sin resistencia, gracias al control de las rentas y cargos públicos), en toda la región los revolucionarios de origen patricio adoptaron el marxismo como su medio de interpretación del mundo y sobre todo de ideología con la cual educar a los más jóvenes.

Es importante detenerse en esta cuestión porque a muchos les suena absurdo que las clases poderosas acojan el sueño de la sociedad sin clases. El encanto del marxismo es que provee un relato de la historia y aun del cosmos que parece creíble en ambientes intelectualmente precarios. El móvil real del conspirador y orador universitario es el acceso a cargos públicos de poder, cosa que no le sería posible sin la violencia (las protestas callejeras o el sindicalismo son la misma violencia que los secuestros y masacres, casos en los que la intimidación sólo se intensifica). Pero la cosmogonía en la que el destino de la humanidad ha sido descrito y el orden existente se basa en una gran iniquidad que se debe remediar le resulta muy productiva para ese fin.

Es decir, el comunismo hispanoamericano es un disfraz del viejo orden de dominación y jerarquías, amenazado por la sociedad liberal y democrática, por el modelo estadounidense que se expande por todo el mundo. Si algo obsesionaba a la izquierda colombiana de los años sesenta y setenta eran las urnas, en las que podían ganar personas sin instrucción. Con el tiempo, la única instrucción es la ideología comunista, sobre todo porque favorece la legitimación del asesinato y de cualquier otro crimen.

Pero los disturbios callejeros, el sindicalismo y los secuestros no bastaban para tomar el poder. Durante los años sesenta y setenta, gracias a la implicación estadounidense en la Guerra Fría, los revolucionarios fracasaron, salvo en Nicaragua, y aun eso por la distracción del periodo Carter, que también comportó la pérdida de Afganistán y Etiopía, y el genocidio en Camboya.

El gran triunfo del comunismo cubano en la región tuvo lugar en Colombia, y la clave está en la alianza con las élites y en los recursos de la cocaína. La Constitución de 1991, pese a la falta de popularidad de sus propuestas (los delegados fueron elegidos por menos del 20% del censo electoral), comportó el control del poder judicial por los agentes cubanos, cosa que sigue hoy en día. La legitimación del M-19 y también de las FARC y el ELN (autorizadas a tomar las armas gracias a que sus crímenes son "delitos políticos" y pueden quedar impunes), así como la prohibición de la extradición, significaban en la realidad carta blanca para la industria de la cocaína.

La caída de los precios del petróleo durante los noventa permitió el ascenso de Chávez, sin la menor duda gracias a la labor de los cubanos y a los recursos de la cocaína que dominaban los comunistas colombianos. Algún día se sabrá de qué modo todo eso también tuvo que ver con el triunfo de Lula y con la creación del Foro de Sao Paulo.

El régimen venezolano, como el nicaragüense, tiende a una típica tiranía comunista, aunque celebra elecciones en la medida en que la hostilidad exterior podría amenazarlo. Lo mismo ocurre en diverso grado con todos los demás regímenes de la zona andina y aun del Cono Sur. La hegemonía comunista está garantizada con el adoctrinamiento escolar y la propaganda en los medios de comunicación y los mecanismos de terror están listos.

"Narcopopulismo"
La condición del comunismo hispanoamericano no se entiende bien cuando se idealiza la teoría de Marx y se la separa de la realidad material a la que pretende estar adscrita. Esto es frecuente en comentaristas conservadores y religiosos: parece que sin esa construcción teórica no fuera posible la dominación totalitaria. La visión religiosa es difícil de ocultar en esas interpretaciones. Marx parece el demonio creando la maldad, y si no hubiera escrito sus obras la historia habría ido por otro rumbo.

Pero en el caso de Hispanoamérica, antes está la esclavitud y el daño moral de crueldad e indolencia que genera entre los dominadores (según temía Denis Diderot). Es decir, el materialismo histórico y el materialismo dialéctico son la palabrería que sirve de liturgia al intento de perpetuar la jerarquía de siempre. Tenemos, pues, que los comunistas resisten a la globalización y los conservadores también, por eso estos últimos encuentran tan grata la atribución de toda la culpa a la cháchara marxista. También para el clero universitario, el elemento decisivo son las rentas, a cuya obtención sirve la doctrina y sus diversas demagogias.

Otro error, ligado al anterior, es negar el papel del comunismo, dadas las tosquedades y mezquindades de los tiranos tropicales que lideran la revolución y el peso de la industria de la cocaína en sus regímenes. Si fuera por la ortodoxia marxista, ningún régimen comunista merecería ese adjetivo. Los regímenes sudamericanos cuentan con la base de clero altamente ideologizado que está en la base de cualquier satrapía comunista, y cada vez más con el poder de intimidación de un régimen de terror incontrolable. También las leyes se vuelven día tras día las propias de tiranías.

El comunismo siempre fue una organización criminal que prosperaba en lugares en los que la esclavitud y el absolutismo tenían tradición, y la especialización de sus negocios depende de las circunstancias locales: el saqueo para la soldadesca rusa, la producción de cocaína para los rústicos colombianos y los tinterillos que protegen y organizan el negocio. Cuando la estructura soviética falló salió a la luz el orden mafioso subyacente, que ahora pervive en Rusia sin marxismo. En todas las satrapías comunistas hay parásitos robando y muchas veces acumulan grandes fortunas.

Comunistas o mafiosos, profesores o coroneles, tinterillos o asesinos, los opresores se complementan y la ideología resulta útil a su dominación. Las teorías de Marx están superadas y se sabe a dónde conduce la falta de libertad y democracia, pero el estilo de vida sudamericano necesita pretextos para perpetuarse y los encuentra en esas supersticiones exóticas.

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