16 abr. 2017

La pesadilla de la corrupción

Por @ruiz_senior


La llamada corrupción política es uno de los temas más interesantes de cuantos pueda encontrar un observador, pero no porque importe tanto lo que se roban los políticos o funcionarios sino porque nada es más podrido y deshonesto que la propaganda política que usa ese concepto como tema principal, y no hay sociedad más condenada al fracaso que aquella cuyos ciudadanos creen que el origen de sus problemas son las tropelías de esos políticos o funcionarios.

Antes de seguir debo señalar que sobre ese mismo asunto ya escribí algunas entradas hace muchos años (1, 2, 3). Ha pasado más de una década y es como si las hubiera escrito ayer.

¿Qué es corrupción?
Cuando los uribistas cambiaron el sentido de la marcha que convocó el ex procurador Ordóñez contra el acuerdo de La Habana para convertirla en marcha contra la corrupción aparecieron en las redes sociales miles de indignados. ¿Cómo podían Uribe y su gobierno convocar marchas contra la corrupción? La corrupción para las víctimas de la "educación" colombiana es Uribe. Es una corrupción que los indigna hasta sacarlos de sus casillas. ¿Acaso no está condenado Arias? Esas certezas son el fruto de un proceso terrible de idiotización, pero el caso es que en todos los gobiernos hay corrupción. Y ciertamente las corruptelas se multiplicaron con el gobierno de Santos, pero todo eso no es nada importante al lado de "la paz", que es la madre de todos los crímenes.

Lo más probable es que en Colombia todos los contratos que haga el Estado cuenten con comisiones ilícitas para los funcionarios, y del mismo modo habrá otras modalidades de robo. Pero por una parte, siempre hay mecanismos que permiten robar sin que sea posible demostrar el delito, y por la otra hay actuaciones que son inmorales y lesivas para los ciudadanos sin que haya delito ni se considere corrupción. La doble pensión de los maestros (que hasta hace poco cobraban la pensión mientras seguían trabajando y cobrando un sueldo, y quizá lo hagan todavía), y miles de tropelías semejantes, constituyen un despojo a los demás que no se considera delito ni corrupción pero que sustrae mucho más dinero que las comisiones y peculados. Eso sí, no son noticia en los medios, que siempre encuentran algún halago que proveer a los descontentos buscando favorecer a alguna bandería.

Un Leitmotiv incesante de los que claman contra la corrupción es el sufrimiento que generan los corruptos en forma de ausencia de servicios públicos, de educación, atención sanitaria, etc. Tras ese discurso se oculta la idea de que esos servicios son algo que los demás deben proporcionar y no que la gente debería costearse con su trabajo. Las posibilidades efectivas de pagar esos gastos por parte del Estado siempre son relativas, pero gracias al odio a los corruptos se hacen infinitas, tal como la provisión de recursos. Nunca he encontrado a un solo indignado contra la corrupción que tenga el menor interés en entender algo de economía o administración pública. ¿Para qué? Si llega a entender algo empieza a parecerse a los corruptos y va a alejarse de la masa de personas admirables que son las que no saben nada de esas materias y creen que el dinero del Estado es infinito pero aun así no alcanza para nada porque TODO se lo roban los corruptos.

La ideología tercermundista se basa en los aspectos más sombríos de la moral judeocristiana: esa que encuentra culpa en todo esplendor, con lo que cualquiera que prospere resulta sospechoso y aun condenable, más si se paga los lujos que los demás no pueden pagarse. La mayoría de los que echan espumarajos por la corrupción consideran que Amancio Ortega es sencillamente un criminal, y para eso no vacilarán en encontrarle culpas, por absurdas que sean. Sería difícil distinguir entre ese odio espontáneo de los perdedores y malogrados y el rechazo de las maquinaciones de los corruptos.

En cambio, los programas por los que se provee vivienda gratis a algunos no se consideran corrupción, siendo un desmán tan odioso y empobrecedor para el conjunto como cualquier otro robo. ¿Quiénes son los beneficiarios de esas casas? ¿Son acaso los únicos pobres o los únicos que no tienen vivienda? ¿No es atroz que muchos otros vivan en condiciones peores debido a que una parte de los recursos se van a darles viviendas a las clientelas de los políticos? No hay modo de que lo quieran entender, y es que la corrupción política mesurable y conocida se da como simple sombra del estado moral de la comunidad. Los que aplauden las casas gratis, la mayoría de los colombianos, no quieren entender que se trata del uso de dinero de todos en unos particulares, en provecho del político que se gasta así el dinero de todos. La ignorancia se suma al anhelo de buena conciencia y un desafuero resulta ejemplo de bondad. Y mientras tanto se mantienen atrocidades como la parafiscalidad y el 4 X 1000, puesto que a nadie se le ocurre que eso deba cambiar para que Colombia se parezca a los países civilizados. ¡Ningún enemigo de la corrupción quiere quitarles dinero a los políticos!

Es inevitable insistir en ese aspecto de la corrupción como sombra de la moral de la sociedad. Cuando yo era niño ocurrieron dos circunstancias en que informaciones del periódico aparecían en pesadillas asociadas a la fiebre. Uno era una foto de un parqueadero en alguna ciudad italiana, en el que los vehículos no podían moverse porque siempre estaban rodeados de otros vehículos. Esa pesadilla es hoy la vida cotidiana para millones de bogotanos, que increíblemente se han acostumbrado. La otra imagen era la de una ciudad en la que había saqueos: gente sacando los televisores y los jamones de las tiendas. El nivel de la corrupción política es equivalente al nivel de desorden en todos los ámbitos, y a la disposición a disponer de los bienes ajenos en cuanto sea posible. El peculado es el saqueo de unos pocos de una tienda cuyos dueños son muchos y viven distraídos en espera de la ocasión de robar a los demás. A más gente dispuesta a robar en las tiendas en cuanto haya algún desorden, más delitos de los funcionarios.

¿Quién es corrupto?

Las sociedades humanas se rigen por leyes, por normas escritas que determinan lo que se puede y no se puede hacer. El grado de atraso, de miseria, de desorden y hasta de sufrimiento de una sociedad es inversamente proporcional al grado de aplicación y precisión de las leyes.

Todo lo que podemos decir de Colombia tiene que ver con el fracaso de la ley. La paz es el triunfo de los transgresores, los códigos y contratos no importan ante la libre interpretación de los jueces de los "derechos fundamentales", ante un impedimento legal (como la prohibición de la reelección) se piensa en cambiar las leyes, y aun el ilustre uribista Rafael Guarín considera que la ley es lo aprobado por el gobierno y las FARC.

Pero más que las propias leyes y su sentido importa la actitud de los ciudadanos ante ellas. En estadios primitivos los hombres no entienden el valor de su libertad y sólo se mueven por intereses inmediatos, pasiones, estímulos primarios... Eso es lo que ocurre en Colombia y lo que determina que prácticamente todos los funcionarios y políticos piensen en robar o en sacar provecho personal de su condición. No es un vicio que adquieren los de un partido u otro, bajo un gobierno u otro, sino lo que hacen todos los que pueden. Los demás no son menos "corruptos" sino simplemente tienen menos oportunidades de serlo. Y no sufren por un despojo que no entienden, sino porque los demás disfrutan de lujos que ellos no pueden permitirse.

De modo que tanto la corrupción como la ley son para la mayoría nociones borrosas que acomodan a cualquier interpretación, y eso mismo pasa con los corruptos. ¿Quién es corrupto? Debería serlo el que ha cometido un delito demostrado. Un principio de la ley es que nadie es culpable mientras no se demuestre lo contrario. Pues esa "presunción de inocencia", que acompaña a la ley penal, se transgrede sencillamente porque a algún grupo de poder le conviene soliviantar a la chusma contra alguien que incomoda, y porque la chusma necesita vengarse de su condición en el primer chivo expiatorio que encuentra.

La ley se basa en la precisión del lenguaje, la indignación contra los corruptos precisamente en lo contrario, en sospechas y rumores y en nociones vagas que lo mismo sirven para odiar al que usa corbata que al que gana dinero (por ejemplo, por inventar un remedio eficacísimo o por curar a muchas personas trabajando mucho y muy bien).

No hay partidarios de la corrupción, pero todos los políticos asociados al crimen explotan el asunto con la mayor desfachatez. La siniestra Claudia López, asociada a la Corporación Nuevo Arco Iris (o sea, al ELN) y a las maquinaciones criminales de Soros, espera convocar un referéndum contra la corrupción, que sólo será el pretexto de nuevas persecuciones inicuas. ¿Se va a preguntar a los votantes si están a favor o en contra de la corrupción? No me imagino nada más corrupto.

El enriquecimiento ilícito de los políticos y funcionarios no va a cesar porque gentes sin rigor ni respeto por la verdad ni por la ley clamen indignadas y favorezcan a los dueños de los medios y del dinero de la cocaína con el cual comprar "jueces". Ni es el problema sino la sombra del problema, que es el primitivismo, la ausencia de una ciudadanía consciente y seria que valora la verdad y la ley. Ningún criminal y menos ningún "corrupto" puede ser tan despreciable como el que "compra" el mito del conflicto asesino que se resuelve reconciliando a los que encargan los crímenes con quienes los cometen. Contra esa corrupción, una lesión atroz a la condición humana, no hay casi nadie que se rebele.

Esto último, espero aclara los asertos sorprendentes del primer párrafo.

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