2 dic 2022

Por la senda de Krylenko

 Por @ruiz_senior


Nikolái Krylenko fue un dirigente bolchevique que ocupó los cargos de fiscal general y de comisario del pueblo de Justicia en el régimen surgido en 1917. Ha pasado a la historia por afirmaciones como que era mejor ejecutar inocentes que culpables, porque haciéndolo las masas tendrían más temor, o que las decisiones de las autoridades de justicia debían tener en cuenta el interés del partido y de la revolución por encima de consideraciones morales de otra índole.

Sobre el personaje se podrían decir muchas cosas, pero en todo caso se debe admitir que su visión es absolutamente congruente con el pensamiento comunista y revolucionario. Y es que la toma del poder que buscan las personas de ese bando no tiene por objeto el respeto de los derechos ajenos sino su supresión. El revolucionario obra respecto del Estado y la sociedad como un conquistador extranjero, y de hecho es muy llamativo que la mayoría de los dirigentes bolcheviques no tuvieran siquiera un origen étnico eslavo como la mayoría de los rusos (Lenin era de ascendencia alemana, sueca y chuvasia, Stalin era georgiano, Trotski, Kaménev y Zinóviev eran judíos de origen alemán, Plejánov de origen tártaro…).

Esa primacía del interés del partido sobre cualquier otra consideración es algo que hace incompatible la ideología comunista con el derecho, y se encuentra a todas horas en las actuaciones de los comunistas. Un hecho reciente ilustra incluso la dificultad que tienen las personas imbuidas de esa ideología siquiera para entenderlo. La ministra española de Igualdad (ya verán en Colombia para qué es el ministerio de Igualdad) hizo aprobar un cambio del código penal que tuvo el efecto de que en ciertos casos los condenados por delitos sexuales vieron reducida su pena. Como ése no era su objetivo sino una consecuencia imprevista, sencillamente acusó a los jueces que reducen las penas de ser machistas y reaccionarios.

Eso porque los principios del derecho, en este caso el de que se debe aplicar la legislación más favorable al reo, son incomprensibles para quienes quieren suprimir la ley: les parece razonable saltarse una norma para ser más justos.

En Colombia la influencia de los comunistas en el mundo del derecho es abrumadora, y uno de los rasgos que definen la inviabilidad del país: en las altas cortes ha habido muchos magistrados provenientes de la Universidad Libre, donde en los años setenta enseñaba el líder comunista Jaime Pardo Leal que “El derecho no es más que la voluntad de la clase dominante erigida en ley”. Y casi con toda certeza, esa clase de prédicas son mayoritarias en las demás facultades de derecho.

De modo que el ciudadano no sólo tiene que convivir con las tradicional venalidad y arrogancia de los jueces, sino sobre todo con su absoluto desprecio de la ley, a la que simplemente utilizan para corresponder a los intereses del partido que los nombró (no hay que olvidar el dominio del gremio por el sindicato comunista Asonal Judicial, creado por Pardo Leal). ¿Cuántos jueces son nombrados a partir de su pertenencia al Partido Comunista? Baste pensar en la trayectoria de Carlos Gaviria, un profesor abiertamente marxista que en cuanto se retiró de la carrera judicial se lanzó como candidato presidencial de ese partido. O de Alfredo Beltrán, un jurista cuya carrera comenzó realmente en el sindicato comunista Fecode. O de Eduardo Montealegre, que antes de ser fiscal general del Estado fue presidente de la Corte Constitucional, y que siendo fiscal participó en un acto político en el que reconoció haber estado desde muy joven con los comunistas y sus guerrillas. https://www.youtube.com/watch?v=hUMvS7wJ3_o

Es bajo esa luz como hay que entender todas las actuaciones de las altas cortes en las últimas décadas, tanto la justificación del terrorismo con el pretexto del altruismo que caracteriza al delito político como la obstrucción a cualquier política que emprendiera el gobierno de Uribe o la legitimación del atropello cometido por Santos con el plebiscito. Todo el mundo cree que simplemente son malhechores que se hacen millonarios sirviendo a la mafia, pero ese servicio está articulado en torno a ese aspecto ideológico, en esa aversión profunda a la ley que sienten en cuanto comunistas.

El poder judicial colombiano no es muy distinto del soviético dirigido por Krylenko, todos los que podrían incomodar a la carrera de Juan Manuel Santos, hermano del principal representante del régimen cubano en Colombia, fueron víctimas de persecución judicial: Alfonso Plazas Vega, Luis Carlos Restrepo, Andrés Felipe Arias, Luis Alfredo Ramos, Fernando Londoño y hasta Óscar Iván Zuluaga.

Quienes conocemos el proceso contra el coronel Plazas Vega nos hemos preguntado a menudo si es posible que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia que lo condenaron a treinta años de prisión (de los que cumplió ocho antes de que tuviera que ser absuelto) desconocían el grotesco montaje en que se basó la condena. Y no es posible, sencillamente son funcionarios del régimen cubano y de sus agencias en Colombia y llevan a cabo las persecuciones que sirven a la revolución.

Y todo eso es muy sabido y evidente, el misterio es ¿qué piensan los demás ciudadanos de estar en manos de malhechores de esa clase? La resignación y aun la conformidad de la mayoría con una situación semejante explican las desgracias que afectan al país: no puede haber seguridad física porque no impera la ley sino los intereses de una casta corrompida. No puede haber prosperidad porque esa casta promueve el negocio de la cocaína, que define a los regímenes de la constelación cubana. El gobierno ya es dirigido por un exguerrillero comunista cuya misión es impedir el acceso de los ciudadanos a la energía útil y generar así la miseria en la que podrán eternizarse en el poder, y naturalmente lo acompaña un antiguo magistrado de siniestra trayectoria.


25 nov 2022

Derribar a Colón, cancelar a Picasso, pegarse a las majas

Por @ruiz_senior

En el siglo pasado se hablaba de la «invasión vertical de los bárbaros» para referirse al peligro de que las nuevas generaciones echaran a perder todo lo conseguido en milenios de humanización y de consolidación de las culturas nacionales, sobre todo en Europa, región cuyos logros en todas las formas de refinamiento enorgullecían a sus habitantes.

Ese miedo se hizo patente sobre todo tras la Primera Guerra Mundial, cuando millones de adolescentes alemanes se convirtieron en matones de bandas como las SA («Sturm Abteilung», algo como «división de choque»). La guerra causada por el nazismo trajo mucha más destrucción de ese acervo cultural y un retroceso generalizado en todo el continente, que sólo se recuperaría en las décadas siguientes en forma de asimilación al modelo estadounidense.

Otra oleada de ese trastorno generacional llegó en los años sesenta, con las modas de contracultura, promiscuidad sexual, consumo de psicotrópicos y rebeldía juvenil generalizada. En las décadas siguientes se ha mitificado ese proceso, en gran medida por un motivo estadístico: los protagonistas de dicha rebelión eran los boomers, una parte muy significativa de la población, que al hacerse mayores siguieron convencidos de haber tomado parte en grandes acontecimientos y de haber renovado un mundo anquilosado y corrompido.

Alguna vez se evaluará lo que realmente fue el hippismo: casi nadie es consciente de que la contracultura era algo promovido desde las universidades por personas que tenían influencia de autores marxistas, como Herbert Marcuse, y el aspecto político de esa rebelión siempre tenía una enorme afinidad con el comunismo. El verdadero móvil de la mayoría de los jóvenes rebeldes fue la resistencia a ir a la guerra de Vietnam, disposición en la que influyeron el tradicional sedimento aislacionista en Estados Unidos y el natural deseo de ahorrarse riesgos y sufrimientos, lo que los comunistas aprovecharon para legitimar la causa del Viet Cong. Quizá una intervención estadounidense sólo con soldados profesionales habría tenido menos resistencia. La legitimidad de ese pacifismo lo pone a uno a pensar si no habría movido por igual a los jóvenes de 1942, pero entonces convenía el patriotismo para luchar contra el nazismo, una lucha necesaria, no criminal como la que se emprendía contra el comunismo (según los sobreentendidos del discurso de la época).

Esa «década prodigiosa» anunció todo lo que hemos visto después en forma de asimilación de una especie de ideología comunista infantiloide y complementaria al consumismo, y una tendencia creciente de los jóvenes a despreciar el mundo del pasado, que cada vez se estudia menos, incluso en las escuelas. Alguien que creciera en los años sesenta fácilmente podía creer que antes de los Beatles y el rock sólo había música fúnebre y aburrida. La incesante propaganda de medios cada vez más poderosos, dedicada a halagar a los compradores, mantenía a la gente de esa generación convencida de haber inventado la felicidad.

Los cambios derivados de la implantación de internet y la telefonía móvil han dado lugar a una nueva brecha generacional: los «nativos digitales» se sienten tan ajenos a las generaciones anteriores que ejercen un nuevo adanismo, más burdo y delirante que el de los sesenta, y sus motivos no son obviamente «originales» sino, como siempre, el eco de la propaganda, y la propaganda más «pegadiza» y que encuentra más prosélitos es la de la rebelión, de nuevo afín al comunismo.

Los temas del populismo de este siglo son la angustia climática y las identidades sexuales, y tal como el muchacho nacido al final de los años cincuenta veía nacer de su interior su afición a la música de Jimi Hendrix, el de ahora no ve nada sorprendente en la fama de Greta Thunberg, como si enterarse de que una muchacha con déficit cognitivo dejara de estudiar y quisiera protestar en un país tan irrelevante demográficamente como Suecia le ocurriera por pura casualidad.

Pero esta vez el atrevimiento de la ignorancia es mucho más marcado, quizá porque el acceso a cierto bienestar cuesta menos que hace sesenta años: la proporción de jóvenes que van a la universidad es mucho mayor y los adolescentes están «programados» para creer que todo debe dárseles gratis y sin esfuerzo. Aquello que les representa alguna complejidad, como los libros, resulta de por sí despreciable cuando es tan grato pasar la vida luchando en las discotecas contra el agravio que sufren las minorías.

A esa generación la ponen los totalitarios a derribar las estatuas de los que descubrieron América, pues ¿no fue la causa de un genocidio? Mejor sería que hubieran dejado el mundo sin conexión, de hecho, toda la historia humana les parece una agresión contra la santa naturaleza. A mediados del siglo pasado se popularizaron el psicoanálisis y el existencialismo como vehículos de la vanidad, ahora les basta condenar toda la historia sin tener la menor idea de nada, sólo el odio contra el mundo que les permite vivir como parásitos.

Uno de los rasgos más llamativos de nuestra época es la desaparición del arte como valor importante de la sociedad. ¿Cuántas personas de veinte años podrían distinguir un cuadro cubista de uno impresionista? ¿Cuántas podrían recordar el nombre de tres compositores románticos? La educación en el mejor de los casos permite desarrollar ciertas destrezas técnicas, aunque cada vez más eso se deja a los menesterosos porque lo tentador para los de buena familia es la solución de conflictos o los estudios de género. En los años sesenta aún era normal que una familia con pretensiones invirtiera una parte de su patrimonio en enciclopedias de arte, hoy en día esa idea resulta incomprensible.

Ese fenómeno influye en la «cancelación» de Picasso por su supuesta condición de maltratador de mujeres: ¿qué importancia pueden tener los cuadros de ese señor? Ninguna, la nueva generación no le ve el menor interés. Por otra parte, la cancelación lleva también a «artistas» ligados al totalitarismo (es decir, al dinero público) a deformar las obras clásicas, como la versión de Carmen en la que no matan a la gitana.

La última mamarrachada que debemos a los embrujados por la ideología woke y el «ambientalismo» es la agresión directa contra cuadros reconocidos durante siglos como grandes logros del espíritu humano: eso es lo que odian, pero es un odio inducido por criminales totalitarios que se han hecho dueños de las escuelas y por los mediocres que los secundan, tal como en la época nazi el gremio más leal al régimen era el de los docentes (ahora la tarea no es el odio a los judíos sino el cambio de sexo). Y los respaldan los grandes poderes económicos, en parte porque sumándose convierten a las escuelas en medios de publicidad, en parte porque así complacen a poderes superiores a ellos, con los que hacen grandes negocios —como los gobiernos de China e Irán—, en parte porque sus dueños y gestores forman parte de la misma casta que promueve la idiotización.

18 nov 2022

El volcán de Tonga

Por @ruiz_senior

¿Sabía usted que la guerra civil española comenzó tras el fracaso de un golpe de Estado contra un gobierno que había sido elegido mediante fraude y cuyos funcionarios habían asesinado cinco días antes al jefe de la oposición? ¿Y que durante los cinco años transcurridos desde la instauración de la segunda república se habían cometido miles de crímenes contra curas y monjas por el hecho de serlo? ¿Y que tras el estallido de la guerra y la toma de poder por partidos marxistas muchos miles de personas que no tenían ninguna relación con la rebelión fueron asesinadas por milicias de esos partidos, que contaban con centros de tortura conocidos como “checas”? ¿Y que los padres de la república, como Ortega y Gasset, Marañón y Pérez de Ayala, se oponían resueltamente al gobierno del Frente Popular y volvieron a España tras la guerra?

No es muy probable que lo sepa, salvo que tenga un gran interés en la historia de España, de otro modo casi seguro cree que hubo una guerra civil que emprendió el fascismo contra la república. Es sólo un ejemplo de lo que explicaré después.

¿Sabía usted que antes de Trump, en este siglo, dos candidatos del Partido Demócrata estadounidense cuestionaron el resultado del escrutinio exactamente igual que lo hizo el líder republicano? Lo hicieron Al Gore en 2000 y Hillary Clinton en 2016. A lo mejor si usted ya ha alcanzado cierta edad, le presta atención a la política internacional y tiene buena memoria lo recuerda. La mayoría lo desconoce y es capaz de creer que lo que hace Trump pone en peligro la democracia en ese país, tal como a todas horas repiten los medios, que aprovechan el estilo áspero y desapacible del expresidente para alimentar un odio en el que caen las personas sencillas por pura presión ambiental. Son los famosos cinco minutos de odio que cada día ponían en práctica los habitantes de Oceanía en la famosa novela de Orwell, pero que sólo era el reflejo de lo que había ocurrido en la Unión Soviética con Trotski, el rival de Stalin, y sigue ocurriendo en los regímenes comunistas cerrados, como Cuba o Corea del Norte, y quizá pronto de nuevo en China.

Son dos ejemplos que ilustran claramente la labor de los grandes medios, unidos en torno a un consenso que comparten con el Partido Demócrata estadounidense, las grandes empresas de internet, la alta burocracia global, la mayoría de los gobiernos europeos, las universidades y otras instancias de dominación: aquello que cuentan es lo que favorece en el público las percepciones que convienen a su agenda, en gran medida compartida con regímenes totalitarios como los de Irán o China. Al que quiera formarse una idea de cómo opera ese consenso le debería bastar saber que para la inmensa mayoría de los europeos y americanos la paz de Santos, basada en el resurgimiento de unas bandas criminales prácticamente extintas, en la multiplicación del narcotráfico, la traición a los votantes y el premio de miles de crímenes monstruosos es un gran avance para el país.

El engaño de los medios no se basa tanto en lo que publican cuanto en lo que ocultan, como se infiere de lo explicado anteriormente. Respecto al cuento del «cambio climático» y la implantación forzosa de una ideología ambientalista muy apropiada para forzar unanimidades y recortar libertades, además de blanquear a los diversos herederos del totalitarismo del siglo pasado, ahora cuentan con la ventaja de que efectivamente hace mucho más calor y las víctimas de la desinformación no tienen modo de enterarse de que no es por culpa de los consumidores de combustibles fósiles (que le sacan la sangre a la Tierra, como advirtió un «sabio» «indígena» y confirman hoy todos los científicos, según dijo Petro en su obsceno discurso en Queens, que no mereció la menor atención de la supuesta oposición, salvo por lo de la manada de lobos, errado pero congruente con su ideología colectivista).

La causa del inusitado aumento de la temperatura es la erupción a comienzos de este año del volcán submarino de Hunga Tonga-Hunga Ta’apai, en Oceanía, la mayor registrada en la Tierra en la era moderna, que expulsó a la atmósfera miles de millones de kilos de vapor de agua. La temperatura podría mantenerse muy por encima de los niveles habituales durante cinco años, según se explica con claridad en este artículo de National Geographic, y más detalladamente en el estudio enlazado en él.

El alarmismo climático es un elemento clave en el siniestro programa de ingeniería social que está implementando en todo el mundo la conjura de los dominadores. Tras la persecución de los combustibles fósiles están los intereses de las empresas de energías renovables y aun del régimen chino, que los sigue usando sin preocuparse y los encontrará más baratos gracias a la abstinencia occidental. China es el principal socio comercial de Alemania, que como poder hegemónico en la UE puede hacer que todos los demás socios compartan el pago de la factura energética, sobrecargada por dicha abstinencia.

Acerca de ese alarmismo, el interesado podría evaluar la serie de artículos que publicó hace unos meses el periodista español Federico Jiménez Losantos.

En Colombia el asunto es como una productiva guaca para Petro: la inevitable caída del PIB por su reforma tributaria y la fuga de inversiones queda justificada por la necesidad de proteger a la Pachamama del pecado del consumismo, y tan hermoso y noble propósito redime a su gobierno y a sus clientelas de su origen en la industria del secuestro y de su patente relación con el tráfico de cocaína. Los típicos «intelectuales» colombianos no ven ningún problema en la compañía de personajes como Ernesto Samper y sus socios de toda la vida porque son la misma clase de gente que hace cuarenta años se ilusionó con Pablo Escobar, ahora con un barniz de cultura y con el aplomo que proveen los diplomas que expiden los marxistas, hegemónicos en casi todas las universidades. El ambientalismo inflama sus corazones sensibles de nobles propósitos mientras parasitan (y roban si pueden, es decir, si tienen suficiente rango social y contactos para acceder a puestos de poder).

15 nov 2022

Ya eres como ellos

Por @ruiz_senior

En las películas de cine negro y también en muchos wésterns, cuando el justiciero o la víctima se dispone a matar al villano suele haber alguien que le advierte: «entonces serás como él», y no es un peligro teórico, por ejemplo, en The Searchers, Ethan Edwards, el personaje al que da vida John Wayne, termina arrancándole la cabellera al indio que raptó a su sobrina.

La historia colombiana reciente también es un relato de villanos y víctimas, los justicieros son más difíciles de identificar, pero ¿en qué se diferencian los villanos de sus enemigos salvo en el papel que le corresponde a cada uno? Mejor dicho, ¿qué clase de ser humano se decide a secuestrar y asesinar gente en aras de una transformación de la sociedad que siente que tiene derecho a buscar porque su opinión debe prevalecer sobre los intereses y hasta sobre las vidas de los demás?

A esa cuestión del móvil remoto de los posicionamientos ideológicos no se le suele prestar atención porque como se dice en Cien años de soledad, en Macondo «el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre». La mayor parte de las veces, el origen de la adhesión ideológica al comunismo se explica por contagio de «ideologías foráneas», como si, por ejemplo, la guerrilla del ELN no hubiera tenido durante más de medio siglo una fuerte imbricación con la Compañía de Jesús y otros grupos católicos.

Se podría explicar más bien de otro modo: el devenir histórico que preveían los colonos españoles hace tres o cuatro siglos no se parece al que realmente ocurrió. Los traidores al papado se hicieron amos del mundo y en sus países floreció una nueva ideología, que en el siglo xix se hizo hegemónica, aunque España e Hispanoamérica contaban poco en ese siglo. Los grupos dominantes de nuestras sociedades perciben esa ideología, el liberalismo —que aspira a una sociedad de ciudadanos libres e iguales—, como una amenaza y oponen un escudo de resistencia. El colectivismo-estatismo que tan poderosamente seduce a los universitarios de toda la región en el siglo xx es un formato de ese escudo. Una salida, una solución.

Una cuestión en apariencia ajena me ha hecho reflexionar sobre eso. Cuando se habla de los derechos humanos los colombianos «de derecha» no pueden ocultar una llamativa repugnancia. Es verdad que las ONG de «derechos humanos» han convertido esa cuestión en un elemento útil de su propaganda, y que esas ONG son parte de la conjura narcocomunista, de modo que cualquiera de sus campañas de calumnias contra los militares colombianos, por poner un ejemplo, equivalía a una masacre con cientos de víctimas, pero precisamente eso ocurría porque incluso los defensores de los militares estaban dispuestos a creerlas. No había ni hay un consenso respecto a los derechos humanos, entendiendo como tales los llamados «de primera generación» (los que no son bienes que los demás deben pagar), porque su fundamento ideológico es el liberalismo, algo ajeno y opuesto a la idiosincrasia local.

Al interesado en la cuestión le recomiendo un comentario que escribí hace años sobre un artículo del entonces presidente de la Asociación Colombiana de Juristas Católicos que se oponía a la aceptación de los derechos humanos como base del ordenamiento jurídico. https://pensemospaisbizarro.blogspot.com/2014/03/derechos-humanos-ideologia-y-ley.html.

A esa hostilidad ideológica se le suma la confusión conceptual: ¿qué son los derechos humanos? El diccionario los asimila a los derechos fundamentales, aquellos que forman parte de la dignidad de todo ser humano y figuran como tales en los textos constitucionales. Si una persona sufre un atraco o una violación, no es una cuestión de derechos humanos salvo que esos hechos fueran obra de las autoridades. En cambio la cuestión del voto militar, sobre cuya prohibición hay un gran consenso en Colombia, sí remite a la situación de unos ciudadanos despojados de su derecho fundamental a elegir a sus gobernantes.

Pero hay que insistir en que los colombianos no tienen ninguna adhesión a esos derechos como no la tienen a los valores liberales, ocurrencias como «los derechos humanos son para los humanos derechos» encuentran enseguida mucho público, al parecer porque a la mayoría les parece que ciertas personas no deben tener derecho a un juicio justo o se las debe torturar o ejecutar sin juicio. ¿Qué otra cosa puede significar ese dicho?

¿Qué otra cosa puede significar un tuit de un influencer muy conocido de la «derecha» (muy afín al partido que quiere respetar los acuerdos con las FARC) en el que dice que Colombia necesita a un Naguib Bukele y se toma una foto al lado de un cartel con la imagen del presidente salvadoreño y la frase «Los derechos humanos de la gente honrada son más importantes que los de los delincuentes»? https://twitter.com/jarizabaletaf/status/1586424825974693888

Los derechos humanos de todos son sagrados e igualmente importantes, la gente que se describe como honrada es relativa, por ejemplo en Cuba sin duda llaman así a los matones del régimen, el único sentido que tiene esa perla de Bukele es la idea de que se puede prescindir de los derechos de algunas personas.

Es gracioso, el poder político en Colombia está en manos de una banda de asesinos que no respetarán ningún derecho de nadie cuando les convenga violarlos, tal  como ya ocurre en Cuba, Venezuela y Nicaragua, y los jueces son simplemente secuestradores al servicio de la misma mafia de la cocaína, pero lo que ilusiona a los supuestos opositores es que se pueda prescindir de los derechos humanos de alguien. Y precisamente lo que ocurrirá será que los militares y policías colombianos violarán los derechos humanos de quien se oponga al régimen narcocomunista, sólo hacen falta unos meses para que el gobierno controle a los mandos de esas instituciones.

El colombiano suele creer que se puede prescindir de los derechos de alguna persona, por esa ausencia de valores liberales es por lo que algunos colombianos optan por mejorar las vidas ajenas contra la voluntad de esas personas. Los que «razonan» como Arizabaleta y Bukele ya son como los terroristas.

4 nov 2022

Los demócratas de todo el mundo contra Donald Trump

Por @ruiz_senior

Hay un consenso en los medios europeos y latinoamericanos sobre determinadas cuestiones y la audiencia suele compartirlo, salvo cuando la afecta directamente. Por ejemplo, sobre la paz en Colombia puede haber muchos colombianos que se pregunten si es de verdad lícito que un presidente se haga elegir para hacer lo contrario de lo que prometía, que las instituciones se repartan con bandas de asesinos monstruosos, que éstos nombren a los jueces y que pasen a ser legisladores sin ser elegidos. Fuera de Colombia nadie discute nada de eso, los periodistas porque obedecen a la consigna general, la audiencia porque no le importa.

Ese mismo consenso se da respecto del «populismo» de la «extrema derecha» y puede que ahí sí haya muchos colombianos no necesariamente partidarios de Santos y sus sucesores que se sumen al consenso. El triunfo de Lula en Brasil contó con el apoyo de esos medios, que describen a su rival como una especie de Hitler austral y tapan tanto las evidencias de corrupción del reelegido como su evidente conexión con tiranías sangrientas y organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico.

Es decir, el periodista europeo típico puede declararse liberal, conservador o libertario, pero respecto a las dos cuestiones mencionadas está en el mismo bando de los que casi explícitamente son financiados por Maduro, por los ayatolás iraníes, por Putin o por el régimen comunista chino. Nada podría resultarles más ingrato que ser considerados amigos del populismo o de la extrema derecha.

El consenso se hace rabioso cuando se trata de Donald Trump. Con toda certeza, claramente comprobable, ni Hitler ni Stalin, ni menos Mao, Castro o Pol Pot, tuvieron la mala prensa que tiene Trump en los medios europeos. ¿Está justificada esa aversión? Primero hay que tener en cuenta que todos los presidentes republicanos —también los demócratas pero últimamente menos desde que la pasión antiamericana necesita disfrazarse un poco—, son presentados como los mayores criminales de la historia. El que ha cumplido cincuenta años recuerda la campaña contra Bush por la invasión de Irak, que sacó a millones de europeos a las calles, cosa que ciertamente no ocurre respecto de la invasión de Ucrania. Pero los mayores pueden recordar lo que se decía de Reagan cuando gobernaba, y aun habrá quien presenciara la misma borrachera de odio contra Nixon. Baste recordar que Pablo Neruda publicó un libro llamado Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena.

Pero debo insistir en que respecto de Trump el odio está más disfrazado y los periodistas del consenso no se presentan como los enemigos de Estados Unidos sino como los defensores de su democracia. Para eso tienen dos «caballitos de batalla» típicos: el que se resistiera a aceptar la derrota electoral y el que mandara a sus partidarios a tomarse el capitolio.

¿Qué es un periodista? Un personaje de la película El matrimonio de Maria Braun declara «soy periodista, no tengo opinión», y no se trata de eso. Todo el mundo tiene opiniones, pero la labor del periodista no es llevar a su audiencia a compartir las suyas sino informar. Y si es inevitable que se conozca su opinión, al menos debe expresarla respetando la autonomía del interlocutor y sin mala fe. Los dos temas mencionados sobre Trump dejan ver la mala fe de la mayoría de los periodistas europeos y latinoamericanos.

Todos hacen creer a la gente poco informada que el resultado electoral en noviembre de 2020 fue claro a favor de Biden, pero los que estábamos atentos a la cuestión vimos maravillados cómo una victoria clara de Trump se convertía en lo contrario al cabo de muchas semanas de recuento inexplicablemente lento. Tal vez no podamos probar que hubo fraude, pero es innegable que en los estados decisivos, Georgia, Pensilvania, Arizona, Wisconsin y Michigan el recuento fue extremadamente dudoso. Para esos falsos periodistas parece que dudar del resultado fuera un atrevimiento inconcebible, pero ellos, y su audiencia, pues el fervor antiamericano es un rasgo idiosincrásico de las mayorías en ambas regiones, más bien exigían que se hiciera fraude para que Trump perdiera.

El asalto al capitolio es una mentira aún más grotesca: en muchas circunstancias los políticos llaman a sus seguidores a manifestarse, sin ir más lejos, los comunistas en España rodearon el Parlamento de Cataluña, impidiendo entrar a los diputados. Si finalmente los exaltados partidarios de Trump entraron en el capitolio fue porque los dejaron entrar, cosa que se explicó muchas veces en Twitter con el efecto de que se suspendían las cuentas que lo hacían. De hecho, se publicaron pruebas de que los invitaron a entrar, y aun el más propenso a creer el cuento de la amenaza a la democracia de unas decenas de manifestantes se preguntarán cómo es que nadie ha pensado antes en dar un golpe de Estado definitivo por ese medio.

Mala fe y desfachatez, durante mucho tiempo yo veía a los personajes de los medios colombianos como Daniel Coronel o Félix de Bedout como bandidos con micrófono explicables en un país sometido al crimen organizado, pero después he visto que los tertulianos y redactores de los medios españoles se les van asimilando de una forma escandalosa.

He señalado que esos exigentes demócratas afines a Santos y a Lula y a los periodistas amigos de Maduro prácticamente pedían que se hiciera fraude. El que lo dude debería plantearse estas preguntas: ¿cómo se puede justificar que las televisiones estadounidenses, empresas privadas que sirven a los intereses de sus dueños, se permitan interrumpir la transmisión de lo que dice el presidente elegido por los ciudadanos para dirigir el país? ¿Quién atenta contra la democracia? ¿Qué es democracia?

No, esas preguntas no son las que debe plantearse el lector porque al final hay otra que lo resume todo con mayor claridad: ¿qué periodista de los que se santiguan horrorizados por los frikis del Congreso o las acusaciones de fraude ha mostrado alguna vez el menor reproche sobre ese hecho, o sobre la cancelación de la cuenta de Twitter del expresidente? Sería muy bueno que el que haya visto alguno lo publique.

La mala fe de esos pseudoperiodistas lleva al lector a elegir entre ser partidario o detractor de Trump, cosa en la que tienen mucho éxito porque sin ir más lejos en todas las elecciones uno descubre que la mayoría de los opinadores espontáneos de las redes sociales creen seriamente que votar es como contestar a un test de personalidad. Pero no se trata de eso, se trata sólo de la verdad y de la democracia. El ciudadano hispanoamericano puede tener dificultades para apreciar la especificidad de Trump, de su personalidad y de su estilo, y aun puede aborrecerlos, lo cual no debería llevarlo a hacerse cómplice de los mentirosos que intentan presentar el recuento como un modelo de escrutinio limpio y la protesta como un terrible golpe de Estado.

Con la paz de Santos ya vimos a casi todos los periodistas colombianos entregados a cobrar los crímenes terroristas con diversos pretextos, algunos muy engañosos porque la buena conciencia de su público necesitaba adornar el hecho monstruoso de reconciliarse con monstruos en nombre de personas que no les importan. Con los minutos diarios de odio a Trump se evidencian en otras regiones el afán de congraciarse con esos poderes en la sombra que llevaron a la presidencia de Brasil al ladrón narcocomunista Lula da Silva.

27 oct 2022

No más uribismo, por favor

Por @ruiz_senior

La decisión de la JEP de amnistiar del delito de rebelión al cabecilla narcoterrorista Rodrigo Granda era previsible pues ¿qué otra cosa va a hacer un tribunal nombrado por los criminales? Rasgarse las vestiduras por eso como si fuera posible esperar otra cosa es una muestra de mala fe o hipocresía. Pero esa disposición es común en Colombia porque quien cuestione el discurso oficial sobre el conflicto y la paz está en minoría.

¿Cómo ha sido posible que el país que en 2002 eligió a Uribe con la determinación de detener la orgía de crímenes terroristas esté tan conforme ahora con un gobierno en el que esos asesinos llevan la voz cantante y las hectáreas de narcocultivos son muchas más que entonces? ¿Qué ha pasado en estos veinte años para que una clara mayoría partidaria de la ley haya dejado triunfar al hampa?

Se podría decir que el autor de ese triunfo de las FARC y sus cómplices se llama Álvaro Uribe Vélez, aunque no sería exacto, tampoco si en lugar de él se aludiera a quienes lo rodean. El autor de ese triunfo es el uribismo, la adulación que llevan a cabo políticos y aspirantes a cargos que carecen de escrúpulos, y la adoración fanática del populacho que encontró en un ídolo la respuesta a las dificultades y nunca quiso darse cuenta de la inanidad del caudillo.

Suelen decir que Uribe «salvó el país» y uno se queda pensando que sería mejor que no lo hubiera salvado, porque ahora todo lo que buscaban las FARC en el Caguán ya lo han conseguido y el país es mucho más dependiente de la cocaína que nunca antes. Y también que Santos «lo engañó», como si esa posibilidad no fuera más horrible que la simple complicidad. Cualquiera que conociera la revista Alternativa, dirigida por el hermano mayor de Juan Manuel Santos, sabe que esa gente es la que verdaderamente dirige el narcotráfico y el terrorismo, algo que con mayor razón tiene que saber un político del más alto nivel.

Lo más extraño es que los logros de los gobiernos de Uribe se le atribuyen a él como si la gente que lo eligió no contara. Fue presidente porque encarnaba el anhelo de resistir a las bandas narcocomunistas, que en gran medida retrocedieron durante sus gobiernos, pero las tramas urbanas, las que verdaderamente importan, más bien se reforzaron: la CUT, con su principal sindicato, Fecode, hegemónico en la educación, las altas cortes, las universidades y los medios, estos últimos «regados» copiosamente con dinero público.

Es decir, en la concepción de los uribistas el hecho de que hasta cierto punto un gobernante cumpla la misión que se le ha encomendado es un mérito exclusivo suyo y no lo que debe ocurrir. ¿Cumplió Uribe con el mandato para el que fue elegido? En su primer gobierno el ministro de Interior era Fernando Londoño y lo que vivió Colombia fue un verdadero milagro, de una situación de colapso institucional y ruina segura se pasó a un considerable crecimiento económico y una drástica reducción de todos los indicadores de violencia.

Los problemas eran otros: ante la poderosa ola de rechazo a las FARC que despertó el Caguán y tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, que determinaron un cambio de política en Washington respecto del terrorismo, el clan dueño del país prefirió esperar a 2006, no sin dejar de tener a su «ficha» en el Consejo de Ministros, pues ¿qué sentido tenía que el vicepresidente fuera Francisco Santos, un periodista que había defendido el despeje del Caguán hasta el final? Para 2006 no había un sucesor de Uribe y éste, a saber por qué motivos, hizo cambiar la ley para poder aspirar a la reelección.

El desafío que Colombia tenía en ese periodo 2002-2006 era, por una parte, construir una alternativa al todopoderoso «liberalismo» sin caer en los errores de los gobiernos de Betancur y Pastrana, tan complacientes con el crimen organizado como los de Barco, Gaviria o Samper. Uribe no tenía el menor interés en eso porque mantenía toda clase de lealtades con su antiguo partido. La única salida que se le ocurrió fue permanecer en la presidencia cambiando la ley, para lo que tuvo que aliarse con el clan de los Samper y los Santos. El periodo siguiente fue el de las grandes derrotas de las FARC pero también el de la preparación del relevo por Juan Manuel Santos, que como ministro de Defensa creaba su red de lealtades en las fuerzas militares y perseguía a cualquier militar que destacara por defender la ley.

Por otra parte, había que plantearse construir una verdadera democracia, con jueces independientes y no meros militantes comunistas o «fichas» del clan oligárquico cuyo nombramiento dependía de la masacre de los verdaderos juristas en noviembre de 1985 y del golpe de Estado de 1991. Pero ciertamente Uribe no estaba para eso, pues era uno de los autores de dicho golpe de Estado, a tal punto que en calidad de senador presentó una ponencia que reforzaba la impunidad del M-19.

El poder mediático estaba atento a contener a cualquier aspirante a la presidencia que pudiera estorbar a Santos, de ahí salió el tremendo escándalo de Invercolsa, consistente en que Londoño había comprado acciones reservadas a los empleados sin serlo, como si el hecho de que éstos pudieran comprarlas no fuera de por sí una iniquidad. Lo mismo ocurrió con las inverosímiles condenas al coronel Plazas Vega y a Andrés Felipe Arias, a las que tampoco se opuso el uribismo para no traicionar la palabra empeñada a Santos.

La presidencia del tartamudo fatídico y su monstruosa obra son el fruto del uribismo, que lo hizo elegir en 2010 y no le hizo oposición después, que nunca denunció la atrocidad de llamar «paz» a las «negociaciones de paz» que eran simplemente la supresión de la ley y el premio del crimen y que finalmente desaprovechó la derrota de Santos y corrió a salvar el infame acuerdo, lo que se reforzó con la presidencia de Duque, absolutamente indolente respecto a las infamias del acuerdo y el narcotráfico.

No se preocupen de que Petro convierta a Colombia en otra Cuba. Colombia ya es otra Cuba. Y para remediarlo hay que deshacer todo lo que el clan oligárquico ha ido imponiendo durante más de medio siglo, hay que convocar una Constituyente legítima, hacer un Núremberg al Partido Comunista y a las demás bandas criminales y un juicio a todos los procesos de paz, así como una evaluación de las sentencias emitidas por las cortes surgidas del golpe de Estado de 1991.

Dichas medidas no pueden entenderse como un ejercicio de sectarismo sino como mero sentido común. ¿O en qué país democrático se admite que los criminales nombren a los jueces?

El cambio pendiente no puede ser superficial, no es como que un país normal haya elegido a un patán que formó parte de una banda de asesinos. Se trata del país de la cocaína, el país sin ley. El uribismo no forma parte de los que buscan ese cambio. Más bien es un estorbo y un factor de confusión: en realidad, respecto de todas las cuestiones importantes, está en el mismo bando de Petro. Puede que quien crea en la democracia liberal esté en absoluta minoría, pero para contarse en el bando del hampa no se entiende por qué no unirse directamente a Petro como hacen los políticos del Partido Conservador.

21 oct 2022

La hora de la reforma urbana

Por @ruiz_senior


Lo que hará el gobierno de Petro se puede saber desde ahora porque todos los gobiernos narcocomunistas hacen lo mismo, todos tienen el mismo libreto y por ejemplo en Chile intentaron crear los mismos bantustanes (palabra que designa los pseudoestados para negros del régimen de Apartheid en Sudáfrica) que impuso el golpe de Estado de 1991 en Colombia (aunque los mapuches fueron menos torpes que los indios colombianos y votaron masivamente en contra). Las mamarrachadas ambientalistas se ponen en práctica en todas partes, al igual que la ingeniería social relacionada con la ideología de género y muchos otros fenómenos que a lo  mejor un incauto cree que tienen origen local.

Por eso el caso de la película española En los márgenes no puede ser tomado como algo extraño sino como una premonición: el problema de la vivienda será una ocasión magnífica para los malhechores que «gobiernan» en Colombia y la solución ya se ve en España, pero, insisto, pronto se verá en toda Hispanoamérica.

El actor Juan Diego Boto dirige esa película financiada por un fondo de la Unión Europea y Radiotelevisión Española, y con algún aporte menor de Amazon Prime y una entidad belga. Es decir, la mayor parte de la inversión es dinero público, también el de la UE, que no tiene una reserva inagotable de recursos sino que se financia con los impuestos que pagan los contribuyentes de los países miembros. En el reparto figuran actores muy reconocidos y bien pagados, como Penélope Cruz y Luis Tosar.

El tema de En los márgenes es el drama de las personas que no pueden hacer frente a la hipoteca que pesa sobre su vivienda y se ven expuestas a un desahucio. En el periodo de expansión de la economía que concluyó en 2008 se concedieron muchos préstamos hipotecarios a personas que no aportaban muchas garantías y cuando vino la crisis fueron muchos los que no pudieron pagar y perdieron la vivienda que consideraban suya. Fue un motivo de movilización de los comunistas españoles que tuvieron gran presencia en los medios y grandes recursos para la propaganda gracias a la «generosidad» de Chávez y Maduro. Sin ir más lejos, la actual alcaldesa de Barcelona, un personaje que parece una mezcla perfecta entre Claudia López y Gustavo Petro, destacó como líder de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Ese protagonismo le dio muchos votos a su partido llamado (recuerden, siempre es todo lo mismo) ¡Comunes!

La crisis de 2008 fue particularmente cruel en España con la gente más pobre, era el resultado del gobierno de Zapatero, que había ganado las elecciones gracias a los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 y había despilfarrado los recursos en propaganda y medidas demagógicas. Ese «plus» de sufrimiento favoreció la propaganda comunista en la década siguiente, no hay que olvidar que Zapatero es, junto con Ernesto Samper, un gran valedor del régimen de Maduro. La miseria que generan se vuelve su principal baza. Ésa es la magia de la llamada «izquierda». Mientras no haya una conciencia mayoritaria de lo que significa el socialismo, siempre encontrarán público.

De modo que el dinero público se gasta en pagar a personas que se jactan de las mansiones que tienen y que evitan pagar impuestos en España (a tal punto que Javier Bardem, esposo de Penélope Cruz, fue multado por evadir impuestos) para que hagan propaganda de la ideología del gobierno, y esa clase de gasto es lo que determina que se reduzcan las oportunidades para los que necesitan una vivienda, al menguar la inversión y el empleo.

Desgraciadamente el socialismo es en realidad hegemónico en la mentalidad hispanoamericana, y claramente mayoritario en Europa. Las personas que sufren desahucio se sienten víctimas de una gran injusticia porque ya se consideraban dueñas de su casa y culpan al banco o al constructor. Las demás sienten automáticamente un impulso solidario. ¿Se habrá puesto el lector a pensar cuántas personas conoce que cuestionen el «derecho a la vivienda»?

Este «derecho» está incluso en las constituciones de muchos países de la región, incluida España, aunque su materialización, incluso en los textos constitucionales, se queda en vaguedades. La verdad es que la mayoría de la gente ante el temor de no tener dónde vivir considera de lo más natural poder preguntar: «Bueno, ¿yo dónde me quedo?».

Si se piensa en el «derecho a la educación» y en la naturalidad con que todo el mundo cree que el Estado debe pagar la carrera de todos los jóvenes, es comprensible que sean aún más los partidarios del «derecho a la vivienda». El tipo de ser humano que habita los países hispánicos se gratifica con ese sentimiento justiciero.

En paralelo a la movilización política que pretendía anular los créditos hipotecarios y expropiar a los prestatarios, avanzó en España otro fenómeno, el de los okupas. Grupos de personas que se organizan para tomar viviendas deshabitadas y quedarse a vivir ahí. Cada vez hay más, en 2021 se denunciaron más de 17.000 actos de esa clase y es famoso que incluso hay personas viejas que no salen a la calle por miedo a encontrar su vivienda okupada al volver.

¿Recuerdan las «invasiones» de tierras? ¿Cuántas personas recuerda el lector que sin tener un interés directo en el asunto se pongan resueltamente en contra de los invasores? La okupación de viviendas parte del mismo principio y es materialización del derecho a la vivienda, que el gobierno no puede garantizar porque aún no se ha consumado la revolución. Los que conocen algo de Cuba saben que a cualquiera le meten en su casa a personas que no tienen donde vivir, o quien recuerde la película Doctor Zhivago tendrá presente el retorno del médico a su casa, okupada por indigentes.

Es la reforma urbana que pronto llegará a Colombia; las víctimas, que unánimemente reconocen el derecho a la vivienda, a lo mejor se sorprendan de que les haya tocado a ellas, pero no tanto, lo que es seguro es que no le tocará a Penélope Cruz, o en Colombia a Manolo Cardona o Julián Román. Bah, mejor organizarse y luchar por ese derecho y dejar a los arrodillados al capitalismo que trabajen y paguen su casa. Es lo que pensarán millones, y la amenaza a las viviendas desocupadas o mal defendidas será una fuente de apoyos y votos para los narcocomunistas: se construye poco y cada vez hay más gente que renuncia a comprar una casa o a pagar alquiler.

14 oct 2022

Identidades

Por @ruiz_senior

Ciertas palabras, como identidad, obran como fetiches cuyo sentido todo el mundo cree entender pero en realidad nadie podría definir. La identidad es un rótulo que se pone a las personas y que éstas aceptan porque así forman parte de un grupo y eso en algunos casos parece que las alivia de su dispersión, aislamiento y desorientación.

En lo que puede aproximarse a esos rótulos, las definiciones que da el diccionario normativo de «identidad» son éstas: «2. f. Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás» y «3. f. Conciencia que una persona o colectividad tiene de ser ella misma y distinta a las demás». En esa distinción se basan las políticas de identidad que marcan el discurso totalitario del presente siglo.

En su origen hay problemas reales, como el racismo o la tradicional discriminación de la mujer, pero la propaganda reduce la identidad a una pertenencia de esa clase, tal como en otros contextos lo hacen el nacionalismo o la religión. Cuando las personas relegadas por su origen étnico reducen su existencia a una obsesión están por una parte aceptando las definiciones racistas, que no ven en ellas seres humanos diversos y complejos sino que las reducen a un estereotipo.

Esa clase de identidades y la sensación de agravio dan lugar al continuo enfrentamiento en la sociedad con el que los comunistas pretenden continuar el juego ya desgastado de la lucha de clases. Las mujeres son la nueva mayoría a la que buscan mantener en guerra con sus padres, hermanos, hijos, maridos y con el resto de los varones. Según la disponibilidad de la persona a atender al halago de la propaganda, su respuesta a ella va a ser útil para que se expanda el gasto público y los políticos desagraviadores tengan poder. Cuanto más poder alcancen esos políticos, la obsesión por remediar los males del patriarcado se vuelve más y más delirante, como ya ocurre en España con el partido hermano de las FARC, ahora en el gobierno, y como ocurrirá en Colombia con los recursos públicos dedicados a esa propaganda a medida que Petro se afiance en el poder.

A esa tarea de «desagravio» se dedica la actual ingeniería social. Dado que hay una «masa crítica» de personas susceptibles de asimilar la doctrina woke y grandes recursos para financiar la intimidación, además de intereses turbios, se van viendo en los productos de ficción o históricos toda clase de disparates orientados a complacer esa demanda inventada, de ahí que en la serie Troya de la BBC el actor que encarna a Aquiles sea un negro, o que incluso en una serie de Netflix la reina inglesa Ana Bolena sea también negra, o aun que en la serie Vikingos haya una guerrera ansiosa de hacer tríos con su marido y un esclavo, y que mata a un compañero de correrías por violar a una mujer.

El caso de las «personas LGBTI» es aún más chocante, más empobrecedor para la persona que asume la «identidad» y más asentado en falsedades. Todas las grandes tradiciones culturales prohíben las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo y es posible que el peso de ese tabú en la conciencia de la mayoría de los habitantes del Imperio romano influyera de forma determinante en el triunfo del cristianismo. En la tradición de la Iglesia, heredera de las nociones judías, el transgresor era un réprobo, alguien condenado al infierno para la eternidad, y su crimen se consideraba de los más abominables. De ahí viene el que las personas «homosexuales» de los últimos siglos se definan como otro pueblo perseguido con rasgos tan distintos de los demás como el color de la piel o la pertenencia a uno de los dos sexos.

Tal como el machista ve a la mujer como un ser inferior que no podrá aprender matemáticas o el racista ve al negro o al indio como un esclavo sin redención, así el intolerante ve al «homosexual» como un monstruo, percepción en el fondo movida por la envidia. Y en respuesta la mujer renuncia a aprender matemáticas por estar todo el día reivindicando derechos, el negro a emprender y prosperar, por estar esperando la compensación que le darán los redentores, el indio colombiano a ver el mundo más allá del gueto o bantustán en que el golpe de Estado de 1991 encerró a su gente y el gay a ser otra cosa que una persona que se permite placeres que los demás se prohíben y a tener otra vida que su vida sexual.

Porque es lo que pasa con la persona que «sale del armario», que ya nadie la puede ver como alguien más sino que en todo momento tendrá presentes sus prácticas sexuales, a lo que se va reduciendo su persona primero ante los demás y después objetivamente. Cuando la reivindicación y la celebración de la identidad sean las misiones de su vida, y la oferta de gratificación (mucho más difícil para el “heterosexual”) sea continua, será muy difícil esperar cualquier logro de esa persona, salvo una carrera política como representante de su gente. La identidad se vuelve así un recurso por el que las personas empiezan a formar parte de sectas en las que su experiencia vital se degrada.

El transexualismo, que se verá en Colombia cada vez más porque su promoción será una tarea a la que el gobierno narcocomunista dedicará grandes recursos y se hará una tarea central de Fecode, es ya un caso extremo en el que la dominación llega a los niños a partir de un disparate creado por la propaganda. Pero el primer paso de esa dominación es la seducción de las identidades, la supresión de la base de la sociedad liberal, que es el estar fundada sobre individuos libres e iguales.

Esas identidades son trampas de los nuevos tiranos, conviene abrir los ojos sobre su sentido. La disposición de los agraviados profesionales a armar escándalos y persecuciones penales por cualquier motivo es un elemento clave de la dominación de las mentes que se proponen los ingenieros sociales. Es la llamada «corrección política» por la que no compartir las opiniones obligatorias conduce a la «cancelación» y a la persecución penal por «delito de odio». El reciente hostigamiento, encabezado por la propia policía, contra la señora que usó expresiones ofensivas contra la vicepresidenta es un ejemplo de ello: ahora gracias al dudoso triunfo de Petro las opiniones corrientes son delito, y si bien esas opiniones son sin duda condenables, el Estado no está para obligar a la gente a pensar de determinada manera.

7 oct 2022

El síndrome de Laputa

Por @ruiz_senior

Refiriéndose a Los viajes de Gulliver, Rudyard Kipling dijo alguna vez que Swift había querido levantar un testimonio contra la humanidad y había terminado escribiendo un libro para niños. Y es que por tal se ha tomado ese libro poco leído, del que todo el  mundo conoce la imagen de los liliputienses, muchas veces reproducida en ilustraciones, pero casi nadie puede decir nada más de él.

Se trata en efecto de un testimonio contra la humanidad, la Liliput que encuentra el marino en su primer viaje es una caricatura de una corte europea con toda su pompa y solemnidad, que a ojos ajenos resulta grotesca y lamentable. En el segundo viaje, Gulliver llega a un lugar habitado por seres al lado de los cuales el liliputiense es él, cuyo rey lo adopta hasta que lo oye sugerirle que use pólvora en la guerra con sus vecinos. ¿Cómo un ser tan ínfimo podía concebir algo tan monstruoso?

En el tercer viaje el marino llega a Laputa, que es una isla flotante cuyos habitantes dominan al país que tienen debajo, y después a otros destinos igual de fantásticos. En el cuarto llega a un país en el que los que hablan y razonan son los caballos y en el que lo reconocen como un “yahoo” (de ahí viene el nombre de la famosa compañía de internet), una especie de alimañas despreciables que se ven en el país. Los desconcierta que un yahoo hable y use vestidos, y se sorprenden de lo que les cuenta Gulliver sobre nuestro mundo.

Conviene aclarar que tanto “Liliput” como “Laputa” tienen que ver con el sentido de la palabra española puta. Ambos lugares son representativos de la humanidad y del horror que representaba para Swift. En el caso de la isla flotante, que es el que quiero evocar para el tema de este artículo, se trata de una metáfora del gobierno y de lo que significa para la sociedad a la que somete. Gracias a un elemento magnético, la isla se mantiene por encima del país y lo explota mediante impuestos. Sus gentes son ajenas a cualquier consideración práctica, sólo tienen interés por las matemáticas y la música, y por las intrigas del poder.

A pesar de ser una obra publicada en 1726, el relato de Laputa anticipa en gran medida el socialismo. Cuando Gulliver baja al país sometido se entera de que ciertas ideas que se han impuesto desde la isla flotante han impedido a los habitantes disfrutar de cualquier prosperidad, pues se debe hacer lo que se decide arriba, cosa que conoce bien cualquiera que haya leído sobre la historia del comunismo en el antiguo Imperio ruso y en sus colonias. Pero, como ya he señalado, Laputa es una metáfora del gobierno, por una parte algo necesario, pero siempre expuesto a caer en manos de intereses particulares lesivos para los demás.

Lo anterior se agrava cuanto más lejos esté el gobierno del control del ciudadano, que se ve sometido a leyes y disposiciones que no ha escogido ni puede cambiar y que se toman atendiendo a la agenda de camarillas de intrigantes con planes de dominación a menudo bastante siniestros. Por eso las sociedades de los últimos siglos han prosperado menos cuanto mayor fuera el control de una autoridad central.

En el siglo XX el poder del Estado y sus desvaríos llegaron a extremos espantosos, ya antes de la Revolución rusa los franceses, alemanes, británicos, turcos y rusos se vieron forzados a matar y morir en una guerra por intereses de élites que decidían por ellos, de modo que para conciliar esos intereses y limitar esos conflictos se pensó en crear una organización que de algún modo fuera el germen de un gobierno mundial. Así surgió la Sociedad de Naciones, que sirvió de muy poco para impedir la continuación de esa guerra monstruosa. Después de 1945 se creó una nueva organización, a la que pertenecen casi todos los países del mundo, representados por sus gobiernos, y con muchas agencias dedicadas a atender diversos frentes.

Lo malo es que esa organización, a pesar de su limitado poder, representa a los gobiernos, la mayoría de los cuales no son democracias, de modo que Pol Pot, Sadam Husein o Fidel Castro han enviado a sus delegados a representar a sus víctimas. ¿Qué autoridad moral tiene la ONU para tomar decisiones que afectan a las personas en cualquier lugar del mundo?

Si Colombia no fuera el país de los sinsentidos (nadie ha sido capaz de explicar, por ejemplo, cuál es el delito que cometió la señora racista que ofendió a la vicepresidenta) todo el mundo recordaría que durante al menos cuarenta años la ONU y sus agencias han promovido abiertamente a las bandas de asesinos comunistas. ¿Nadie recuerda la negociación del Caguán con los representantes de la organización, Egeland y Lemoyne, presionando al gobierno de Pastrana para que premiara las masacres que cometían cada día espoleados por los citados señores?

Ese secuestro de esas entidades por agendas particulares se hace patente en la llamada Agenda 20-30 y en muchas actitudes de los “globalistas” que controlan esas instituciones. Y esa especie de conjura global de propaganda “woke” e intereses espurios es una de las mayores amenazas que afronta la humanidad hoy en día. La alta burocracia global es uno de los frentes, junto a los medios, las universidades, las grandes compañías de internet y los partidos totalitarios, de esa conjura que amenaza la libertad en todas partes con su ingeniería social delirante y opresora.

 Por desgracia, la respuesta predominante es el patriotismo, que sin remedio comporta la exaltación de la masa de cualquier país que se va convenciendo de ser mejor que el vecino y que reacciona violentamente ante cualquier agravio. No es raro que la mayoría de los patriotas y consumidores de teorías de conspiración hayan visto en el tirano imperialista ruso una especie de salvador que hace frente a los “globalistas” y endereza el mundo.

 En ese ensueño “multipatriótico” (porque cada patriota terminaría siendo hostil con el antiglobalista del país vecino) basta con que cada uno se encierre en su país para que deje de haber problemas globales, de los que ni siquiera hay que hablar porque todos son puros inventos de los “globalistas” (que son el espejo de los patriotas, tal como ocurre con la izquierda y la derecha).

La cuestión del gobierno mundial es la misma que la del gobierno nacional: ¿cuánto poder tiene el Estado y hasta qué punto puede determinar el ciudadano concreto su rumbo? No es sólo que haya democracia representativa, pues a fin de cuentas Chávez contó con mayorías abrumadoras, sino que la gente sea dueña de su vida (no para negarse a usar mascarillas ni a quedarse en casa, como querían los exaltados antiglobalistas) y las instituciones estén sólo para coordinar los intereses diversos de la sociedad. La fiebre “gretinista” de las élites actuales (la niña autista, cuya peripecia extrañamente interesó a los medios y así a los ciudadanos en todo el mundo, es miembro de importantes academias) no es tan diferente de los abusos del “gamonal” de una aldea, o de los parásitos de la isla de Swift, y poco se avanzará con el ensueño de Estados-nación a los que los ciudadanos adoran, que ya fue una pesadilla de los siglos anteriores, por mucho que en el ensueño pueril de los patriotas esas patrias no vayan a ser el origen de guerras y destrucción.

30 sept 2022

La fracasada guerra contra las drogas

Por @ruiz_senior


El discurso de Petro en la ONU dio lugar a muchas críticas que circularon por las redes sociales, así me llegó un video en el que Enrique Peñalosa da su opinión al respecto. Las primeras frases de ese video ya disuaden de interesarse por el resto: dice que Petro tiene razón en señalar el completo fracaso de la guerra contra las drogas.

No es una rareza del exalcalde de Bogotá sino algo que uno puede oírle decir casi a todos los colombianos educados, incluidos muchos anticomunistas. Hasta el nieto de Laureano Gómez que era candidato presidencial se manifestó durante la campaña a favor de despenalizar el narcotráfico como, dice, quería su tío asesinado. Es una obviedad para la gente de clases acomodadas del país.

Pero ¿hay alguna guerra contra las drogas? ¿En qué consiste? ¿Cómo podría superarse esa “guerra”? Lo que hay en todos los países es la prohibición del narcotráfico, y la idea subyacente en ese discurso repetido sin cesar por los medios de comunicación y el mundo académico locales es que esa prohibición debe cesar.

Es muy peligroso caer en la tentación de entrar en un debate en el que la opinión que cada uno tenga no cuenta: los promotores de esa despenalización, como los de la órbita de las Open Society Fundations de alias George Soros, no prevén que dentro de unos años sea posible comprar heroína en las farmacias, sino que con ese cuento intentan legitimar el negocio en los países productores, buscar apoyo de los usuarios en los países importadores para los grupos políticos afines y favorecer un trato laxo a los capitales que genera, en clara asociación con los gobiernos del imperio comunista iberoamericano.

Lo que un colombiano que quiera ver a su país respetado y en paz debe plantearse es si es concebible que unas organizaciones dedicadas a un negocio ilegal operen libremente, como ocurre con el actual gobierno. El que razone que cada cual debería ser libre de tomar lo que quiera y por tanto apruebe esa propaganda debería darse cuenta de que sin la cocaína las guerrillas y demás redes criminales se dedicarían a la prostitución infantil o al tráfico de órganos, aunque a lo mejor podrían simplemente, tras tomar el poder, confiscar todos los bienes y mantener a la población en la miseria extrema, como ocurrió en el antiguo Imperio ruso.

Lo que ocurre es que esa propaganda legitimadora lleva muchas décadas circulando y gracias al bajísimo nivel cultural del país encuentra quien la divulgue. Cuando yo oí por primera vez frases como “nosotros ponemos los muertos” me sentí como delante de alguien que justificara el incesto o la coprofagia. También los atracadores de bancos ponen los muertos. Y claro, los que dicen eso no ponen ningún muerto, sólo se benefician de una riqueza que les llega de diversas maneras aunque no la perciban. Y se identifican con los criminales porque no tienen noción de la ley.

Son los mismos que se reconcilian con los que no les han hecho nada en nombre de víctimas que no les importan, los mismos que aplauden la multiplicación de los narcocultivos y de la degradación física de los indios y demás pobladores de regiones miserables que ejercen de raspachines con el cuento de proteger la salud humana del glifosato. Es una forma de ser del país, el sindicato comunista Fecode se dedica a buscar el premio de los violadores de niños de su mismo partido porque forma parte de la lucha por el derecho a la educación.

Un verdadero líder de las clases altas colombianas, el columnista más valorado, leído e influyente, Antonio Caballero, se dedicó durante mucho tiempo a explicar que la prohibición de las drogas es una estratagema perversa de los bancos y los gobiernos estadounidenses para lucrarse secretamente de ese negocio. Digamos que era la explicación más elegante que los colombianos encontraban de la cuestión del narcotráfico.

El comercio de psicotrópicos está prohibido en todos los países y en algunos incluso se castiga con la pena de muerte. Quien razone que esa prohibición no debería existir o aun quien apruebe el consumo de esos productos, debería tener la honradez de admitir que por mucho tiempo eso no va a cambiar. Tampoco los colombianos educados que reproducen la ideíta que expresó Peñalosa y los cuentos de Caballero tolerarían que sus hijos pudieran comprar heroína fácilmente, sólo es una forma de complicidad con un negocio en el que el clan de Caballero y los Santos, los Samper y los López tienen evidentes intereses. Una mentira que les permite seguir viviendo frívolamente en un país que es como el barrio ruin de la aldea global.

El narcotráfico es un elemento muy importante del proyecto de dominación comunista, ya desde la época de Pablo Escobar era indudable la implicación del gobierno cubano (cuyo embajador consiguió reconciliar al capo con el M-19), pero en Venezuela eso se hizo patente: a pesar de que el país no había estado muy implicado en el negocio, Chávez, seguramente alentado por sus mentores iraníes y cubanos, lo favoreció porque una economía paralela le permitía corromper y controlar a los militares.

También en Colombia la paz de Santos, es decir, el sometimiento al régimen cubano, se basó en la multiplicación de la producción y exportación de cocaína y en el apoyo a las guerrillas comunistas para hacerse con el control del negocio. De esa exuberancia vienen los recursos con los que Petro llegó a la presidencia.

Defender la democracia y la libertad comporta inexorablemente combatir el narcotráfico, para lo cual lo primero es entender que se trata de la ley, como si se pudiera renunciar a combatir el homicidio o el robo. Esa idea del “fracaso de la guerra contra las drogas” es parte del libreto de las mafias, y poco importa si Enrique Peñalosa cumple un encargo diciendo eso o si simplemente es un tonto útil.