Los nombres
Como
representación de tendencias políticas, es uso se llama metonimia, que es como
cuando se dice “pluma” por “escritor” o “las canas” por “la vejez”. En cierta
asamblea parlamentaria los reformadores se sentaron a la izquierda y los
tradicionalistas a la derecha, los primeros representaban las ideas liberales
de autonomía de los individuos y fin de la esclavitud y la exclusión, así como
de los privilegios de cuna. Hace doscientos años la metonimia tenía sentido, ya
no. Hoy en día la llamada izquierda representa lo contrario, pero a nadie le
importa, ya decía Ortega y Gasset que la política y el amor son los dos temas
más complejos y de los que sin embargo todo el mundo cree que puede aportar
algo. Hace casi cien años el pensador madrileño explico que “se había rizado el
rizo” de las experiencias descritas con esas palabras.
Una
persona que se oponga al totalitarismo y defienda la libertad debe rehuir esos
términos, se usan de forma perversa para ocultar el sentido de las actuaciones
políticas, el socialista corrupto evoca los valores de izquierda para que sus
partidarios se olviden de los escándalos, el comunista no dice que apoya los
crímenes terroristas, pero es leal a quienes los cometen porque son de
izquierda… (Recuerdo a Carlos Lozano en los años del Caguán contestar
exactamente así a un periodista.) La gente torpe cree que ser de izquierda o de
derecha es un aspecto de su identidad como ser hincha de un equipo de fútbol y
sean cuales sean las actuaciones de los suyos, las apoyarán tal como apoyan a
un equipo aunque sus jugadores sean violentos o su entrenador sea inepto.
Cuando las
personas rectas se declaran de derecha están legitimando a los totalitarios,
que ya no resultan ser un error sino un bando legítimo, un lado de las cosas
sin el cual no habría juego. Como si no fuera necesario que desaparezcan pues sería
como si en un torneo sólo pudiera jugar un equipo o como si las cosas sólo
pudieran tener un lado.
Las opiniones
Cuando se
usa la palabra ideología a veces se
alude a izquierda y derecha, pero podría plantearse de otro modo, por ejemplo,
hay personas de ideología conservadora, liberal, socialista, etc. Suele
consistir en un conjunto de respuestas previas a las preguntas que la persona
tiene como recursos reactivos. Se puede hablar de prejuicios, pero en general
reflejan la moralidad de la gente y el papel que quiere tener en el mundo. Es
decir, casi nunca se trata de errores cognitivos o falta de información, ni
siquiera el impacto de la propaganda es tan decisivo. La persona que toma
partido por alguien como Petro casi siempre es alguien que obtiene algún rédito
de esa adhesión, aunque sólo sea el halago que cree obtener o la venganza por
algún agravio imaginario. Los políticos viven de los votos de los ciudadanos,
quienes votan por políticos socialistas son responsables de lo que éstos hagan.
Pero
ciertamente hay un conflicto político en todos los países de Occidente entre un
bando socialista y un bando liberal-conservador. La llamada izquierda intenta
sobrevivir al fracaso primero del socialismo nacionalista, después del
comunismo y finalmente de la socialdemocracia. El socialismo nacionalista, por
las circunstancias en que accedió al poder como representación de los sueños de
la generación nacida a finales del siglo XIX y principios del XX —que en Europa
había tomado parte en la Gran Guerra y que esperaba hacer valer su fuerza para
practicar el saqueo en su propio país al no poder hacerlo en los demás—, se
apoyaba a veces en discursos ultramontanos que poco tenían que ver con el
socialismo, pero si consideramos lo que es socialismo más allá de los
prejuicios, nadie lo expresó mejor que Mussolini: “todo dentro del Estado, nada
fuera del Estado, nada contra el Estado”. Es decir, el fascismo, que por lo demás
no aceptaba la oposición izquierda/derecha, es la mejor refutación de ésta.
Mezclaba nostalgias imperiales, nacionalismo extremo, tradicionalismo y lo que
hiciera falta, pero el punto clave era la expansión del Estado.
En
Colombia se suele relacionar a Jorge Eliécer Gaitán con el comunismo, podía ser
a la vez un líder fascista típico (se había doctorado en Roma en 1927 con
Enrico Ferri, un importante ideólogo fascista) sin que su discurso se
diferenciara mucho del de los comunistas: un líder populista-nacionalista que
arrastraba a las masas y convocaba marchas de gente uniformada y que de haber
triunfado se habría parecido más a Perón, otro fascista, que a cualquier
comunista.
El gasto público
Lo que
define el mundo moderno en Occidente, aún más que la tecnología o las
instituciones democráticas, es el gasto público. Hace 150 años era en el Reino
Unido del 9,4 % del producto interno bruto, en Francia del 12,6 % y en Alemania
del 10 %. En 2025 es del 43-44 % en el Reino Unido, del 57 % en Francia y del
49-51 % en Alemania. Un crecimiento semejante se ha dado en todos los países de
Occidente. De ese gasto, de los grupos sociales que viven del Estado, es de lo
que tratan las ideologías y los conflictos de valores. En 1876 el porcentaje de
empleados del Estado entre el total de los ocupados era del 3-5 % en el Reino
Unido, del 2-4 % en Francia y del 3-5 % en Alemania, mientras que en 2025 era
de 17-18 % en el Reino Unido, 20-22 % en Francia y 11-12 % en Alemania. Si se
piensa en las personas cuyos ingresos provienen del Estado (contando los que
cobran pensiones públicas de jubilación y subsidios) era en 1876 5-8 % en el
Reino Unido, 4-7 % en Francia y 5-8 % en Alemania. En 2025 esas cifras habían
llegado a ser del 45-55 % de la población total en el Reino Unido, 50-60 % en
Francia y 40-50 % en Alemania
La
sociedad moderna está definida por ese conflicto; en general, en Iberoamérica
el bando del Estado es el de los grupos parasitarios de la sociedad
tradicional, cosa obvia y fácil de explicar salvo para quienes creen que las
palabras izquierda y derecha representan algo cabal, como
bandos en la lucha de clases de la concepción marxista o como ideologías de
egoísmo versus altruismo o desigualdad versus redistribución.
El
economista francés Tomas Piketty señalaba que después de la Segunda Guerra
Mundial las personas que votaban por los socialistas habían pasado a ser los
que habían ido a la universidad en lugar de los obreros y otros sectores
económicamente desfavorecidos. Perdón por insistir en que no se trata de
opiniones casuales sino simplemente de intereses, no es que los comunistas se
apropien de las universidades y les inculquen sus opiniones a los educandos,
sino que los que esperan que el gasto público remedie sus problemas económicos
ya no son los pobres sino los que han pasado por la universidad.
Sobre eso,
al igual que sobre todas las cuestiones relacionadas con el socialismo, hay que
tener mucho cuidado porque la inmensa mayoría de la gente está imbuida de esas
ideas y aun los “paganos” se niegan a entender que si sus ingresos no provienen
del Estado son ellos los que lo mantienen, no los demás, como creen muchos
porque los impuestos no se los cobran directamente.
En los
tres países mencionados las personas que terminaban una carrera universitaria
era en 1876 de cerca del 0,1 %, actualmente es del 50-54 % en el Reino Unido,
del 33-40 % en Francia y del 30-36 % en Alemania. ¿Cuál es el problema?, se
preguntará el lector, y es por lo que decía que todo el mundo está imbuido de
ideas socialistas, se debería considerar un gran logro que tantos tengan
ocasión de educarse, pero por una parte ése es un gasto mayoritariamente
público, es decir, de todos, incluidos los que no estudian o no tienen hijos o
pagan universidades privadas, y por la otra, que es lo decisivo, la inmensa
mayoría de las titulaciones sólo sirven para ocupar puestos públicos fuera de
la producción de bienes y servicios.
Entre las
personas que han ido a la universidad en Estados Unidos menos del 30 % han
estudiado carreras STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas),
Derecho, Medicina y Arquitectura. Por fuera de estas profesiones, los ingresos
de los titulados son escasos y es lo que explica su adhesión a la “izquierda”:
el Estado asume nuevas tareas, necesita educar a la población, necesita
proteger a unos u otros, y para eso contrata a los egresados universitarios,
que no necesitan siquiera tener empleos públicos porque los contratan ONG que
reciben dinero del Estado y que no rinden cuentas a nadie, ni se las puede
abandonar porque entre quienes forman parte de ellas y quienes reciben recursos
de su actuación, hay una masa enorme de votantes que deciden cualquier
elección.
Un sistema depravado
Nos hemos
acostumbrado a la democracia sin hacer caso a los problemas que presenta. Un gobierno
que expanda el gasto público siempre tendrá a su favor a los empleados del
Estado, de modo que éstos forman parte de una mayoría que no contribuye (claro
que pagan impuestos, pero no tienen un ingreso que no sea lo que el Estado
consigue), si reparte subsidios a los pobres siempre tendrá el voto de éstos,
más cuanto más gaste. El caso del gobierno español es paradigmático: se
compromete a ligar las pensiones a la inflación, de tal modo que la
recaudación, ya de por sí elevada y agravada por la inflación (por la
progresividad de los tributos, al ganar más nominalmente se paga un porcentaje
mayor sin haber mejorado en términos reales), es insuficiente y la deuda
pública aumenta sin cesar.
Friedrich Nietzsche explica en un apartado precioso de
Así habló Zaratustra (“Del nuevo
ídolo”) que todo lo que el Estado tiene es robado. Como se trata de robar, los “monos
trepadores” que llegan a la cima del poder se apoyan en lo que sea que les
permita conservar el mando y el acceso a los recursos, en las democracias para
formar mayorías: igual se alían con los enemigos de la comunidad, como hizo el
chavismo con la delincuencia o como hacen los demócratas en Estados Unidos con
el alcalde musulmán de la ciudad atacada el 11-S; igual degradar la educación
de modo que no haya exigencias para pasar de curso y todos tengan acceso a una
titulación: igual se endeudan sin límites, como ocurre en toda Europa.
Eso es lo que enfrenta a las sociedades de Occidente
hoy en día, lo que se escoge en las elecciones venideras, el rumbo de la
región, que, si no se corrige el rumbo, podría ser en todos los sentidos menos
importante que el Indopacífico.
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