29 ago. 2005

La lisonja y la puñalada

Es muy curiosa la "identidad" de las naciones, uno encuentra individuos con rasgos de comportamiento muy particulares y a menudo se los atribuye a su condición social o generacional o a su nivel cultural. Pero si se mira con lupa resulta que en la mayoría de las sociedades la gente tiene toda un molde parecido, y es el del grupo dominante.

A lo mejor se puede creer que las limitaciones morales de los colombianos, el leguleyismo, por ejemplo, son rasgos populares, mientras que los grandes señores son más delicados y rigurosos. Pero parece que no es así.

Hoy sale en El Tiempo un ARTÍCULO de Eduardo Pizarro sobre las fumigaciones en los parques nacionales en el que señala lo que todo el mundo sabe, que es peor la contaminación por agroquímicos y la tala sistemática del bosque. Al afirmar eso "polemiza" con Daniel Samper, que hace campaña para que no se fumiguen los parques.

Es muy bueno que se abra el debate y se discutan los argumentos, pero el columnista no podía dejar de pelar el cobre con la torpe salida zalamera:

la postura ingenua de Daniel Samper, cuya honradez intelectual y sólidos principios éticos nadie puede poner en duda.

Claro, yo no soy nadie, yo no recuerdo a Samper defendiendo la cleptocracia asesina de su hermano, ni preguntando cómo se podía remediar la guerra con más guerra, ni haciendo lobby por los negocios televisivos de Santodomingo, ni engañando a la gente con el "ante la duda, abstente" para impedir que saliera adelante el referendo.

Decía Borges de ciertos contradictores que para creer en su honradez había que dudar de su inteligencia, y para creer en su inteligencia había que dudar de su honradez. Si alguien no ve que sin fumigación se expande la tala y la contaminación por agroquímicos, y que hay hombres armados impidiendo la erradicación manual, se trataría de un débil mental.

Es lo que hace Pizarro, defendiendo la "honradez intelectual" de Samper, lo trata de estúpido. Quevedo decía que habría puñalada sin lisonja, pero no lisonja sin puñalada.

Pizarro hace bien abriendo el debate, pero su honradez intelectual se muestra como la de Samper.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Usted es quien no ha querido ver que la fumigación estimula la expansión del área talada y contaminada, en tanto mantiene altos los precios del producto. La ilegalidad del cultivo y el consumo alimenta esta bestia deforestadora y los venenos no restituyen bosque, menos cuando se trata de exfoliantes usados en esas concentraciones. Los únicos que le ganan a eso son los proveedores de venenos e insumos, además de los contratistas que vuelan los aviones.
Hace 15 o 20 años el papel central de Colombia en la producción de cocaína era el procesamiento, pues la mayor parte de la coca se cultivaba en Bolivia y Perú. La entrada del cultivo masivo a nuestro territorio, acompañada de la campaña del glifosato y la entrada de nuevas armas para los ilegales (y también para las blancas palomitas de las narco fuerzas armadas legales) disparó el ciclo de colonización sobre áreas forestales reservadas.
La fumigación no hace crecer nuevos árboles, pero hace que los cocaleros no esperen ciclo de agotamiento del suelo (que además es muy malo para la agricultura) de los bosques tropicales y emprendan la deforestación fuera del alcance presente de los vuelos.
La religión del glifosato ha probado ser costosa pero no ha probado ser solución. Anotar eso da para ser considerado auxiliador de sucias campañas. Ponerse del lado de los comerciantes de venenos y servicios bélicos privados, sin compromisos legales internacionales, sin escrúpulos y sin justicia que los vigile; viene a ser un gesto de ciudadanía ejemplar y honestidad. Así se ven las cosas en estos templos de la verdad revelada.

Jaime Ruiz dijo...

Comentario al anónimo:

En mi post he puesto varios ejemplos que para mí demuestran que ese Daniel Samper es un mentiroso carente de escrúpulos ligado a toda clase de intereses espurios, pero no se podría decir lo mismo de todos los que se oponen a la fumigación de los parques naturales: ahí sí que hay muchos ingenuos.

Así, en su post parece haber muchos motivos atendibles, pero si se lee con atención se comprueba que usted se ha creído las falacias que difunden los amigos del narcotráfico. Por ejemplo, el disparate tácito de que a los narcotraficantes les conviene que el producto tenga precios altos. O el rápido y más bien ligero hallazgo de los verdaderos culpables, los empresarios que producen exfoliantes.

Si la producción se redujera a un 10 por ciento, para ganar lo mismo los narcotraficantes tendrían que vender al 1.000 por ciento, o si quiere al 800 por ciento. Pero para pagar 10.000 dólares por un gramo de coca la gente se gasta ese dinero en otros placeres. Y al revés lo mismo, si el gramo de coca costara diez dólares el negocio crecería fabulosamente, habría nuevos consumidores, etc. Mantener los precios altos del producto es fatal para los productores.

Y el poder del lobby de los herbicidas sería insignificante en comparación con el de los narcotraficantes. Sencillamente hay una prohibición y gente que se enriquece saltándosela. Cuando no haya prohibición ni negocio con esas drogas, Colombia exportará órganos humanos y niños para la prostitución.

La fumigación es un problema muy complicado, sólo que ningún gobierno colombiano podría decir que no hará nada contra los narcocultivos. Los mismos que repiten eso que usted escribió se asustarían de un régimen que es bloqueado por permitir producir drogas.

Entonces es la misma queja impotente, la torpe transferencia de la culpa en la que los transgresores son las víctimas de quienes aplican las leyes. ¿Por qué no forman una brigada que erradica manualmente los narcocultivos?

La condena a la fumigación y la romántica defensa de los parques nacionales tienen un contenido detrás: no hay que hacer nada. No es que quienes piensan eso reciban incentivos para proclamarlo, es que el precio de tomarse en serio el problema es excesivo. Es un incentivo al revés, culpan a los gringos, acusan a Monsanto, se muestran amigos de la naturaleza y quedan por fin contentos tras tantas humillaciones que les ocasiona este régimen neoliberal.

En todo caso, mi pasión no es la fumigación, es algo sobre lo que no tengo mucho que aportar. Escribí sobre la zalamería de Pizarro porque es muy llamativo ese rasgo en los colombianos. ¿Qué falta le hacía proclamar la altura ética de Samper? Bastaría con limar todo lo que pareciera sugerencia calumniosa y sencillamente discrepar.

Lisonjas y puñaladas. He ahí nuestra cultura.

Anónimo dijo...

Los precios altos no determinan la migración de los clientes de los narcos a otros placeres, no es propaganda de los amigos del narcotráfico. La drogadicción es el típico ejemplo de libro de texto sobre una demanda inelástica al precio. Los heroinómanos dependen de esa cosa para mantenerse vivos. No es petróleo, que se pueda reemplazar (sólo en unos casos) por gas o carbón. No es café, que se pueda cambiar por mate o té. Es el negocio de la explotación del deseo compulsivo, de la esclavización de los humanos a partir de pulsiones difíciles de manejar.
No he dicho que la alternativa sea la dichosa erradicación manual. Me he metido con la proscrita solución de la despenalización para bajarle el factor de acumulación rápida. Así como ha habido narcos que pagan a políticos para que cuestionen la extradición, los contratistas, más los especializados del tema viven de eso. Cazan a unos, dejan pasar a otros; de vez en cuando un resultado con traición a bordo. Se habla de doce millones de empleos directos e indirectos generados por el narcotráfico al interior de Estados Unidos; la lucha contra el narcotráfico es prácticamente un sector de industria. Por supuesto que no excuso los males hechos por los promotores del narcocultivo; he visto el impacto de los químicos del cultivo y procesamiento sobre la salud, especialmente de los niños, en zonas cocaleras; he visto municipios donde no se consigue aguardiente sino whiskey sello azul, pero no hay para arreglar una escuela o dotar un puesto de salud. Pero me queda muy claro que el sainete de la fumigación pone virulento al mal, además de añadir nuevos males. Eso es lo que quiero decir.

Jaime Ruiz dijo...

A ver, don Anónimo, sobre los precios altos:

1. La heroína no es la parte más significativa del consumo de drogas. Entonces para probar un aserto general se pone de ejemplo la excepción.

2. Es rotundamente falso que si por ejemplo se interrumpiera el comercio de EE UU con los países productores y así fuera imposible importar heroína, los yonquis optaran entre pagar 10.000 dólares, que no podrían conseguir, por un gramo o morir. Hay tratamientos de desintoxicación eficaces, algunos incluyen un cambio completo de la sangre del paciente. Esos tratamientos suponen que la persona puede pagarlos y tiene la voluntad de dejar la adicción. Si la droga es barata siempre será más agradable consumirla.

3. Pero sin exagerar tanto, pongamos un precio de 500 dólares el gramo o uno de 50 dólares. En el primer caso se supone que la oferta sería escasísima y aun esclavizados los consumidores tendrían que hacer grandes esfuerzos para pagarse el vicio. Sobre todo, un muchacho normal no podría comprar eso, con lo que de todos modos el negocio se reduciría. En el segundo caso cualquier consumidor podría pagarse el vicio vendiendo heroína a sus consumidores y aun reclutando gente para la prostitución o actividades así. Cualquier estudiante podría invitar a sus amigos a probarla, y muchos vendedores podrían incluso regalarla a sus futuras víctimas.

Lo de la despenalización ya lo expliqué en mi anterior post: se trata de no hacer nada, culpar a los gringos y dejar que la cosa siga. Siempre me he preguntado por qué los políticos no promueven una ley de despenalización, ya sé que es porque la gente no los votaría, pero si alguien promoviera una campaña de educación y tal... Es que abaratar las drogas dispararía el consumo, y eso traería más dependencias, más descontrol, más muertes tempranas y más vidas improductivas. La persecución existente mantiene el precio alto, y así al establecimiento y en conjunto a la sociedad les cuesta menos que la legalización.

Es decir: se traslada el problema de subir el precio a la periferia y allá relativamente se controla. Y entre tanto, en Colombia se piensa en no hacer nada sino permitir que los esclavistas de las haciendas cocaleras vayan desarrollando su guerra y masacrando a miles de personas hasta tomarse el poder y hacer las de Bolívar con la doctrina de Pol Pot. Los mismos que se excusan en la prohibición y tienen la ridícula coartada de una legalización sobre la cual nadie les hará caso, quieren que se negocien las leyes con unos terroristas pese a que eso es lo que más los ha animado a hacer su guerra.

Esto que viene, perdone que se lo diga, es tan hediondamente estúpido que uno realmente siente el ser colombiano como un karma espantoso:

Se habla de doce millones de empleos directos e indirectos generados por el narcotráfico al interior de Estados Unidos; la lucha contra el narcotráfico es prácticamente un sector de industria.

¡Claro, no saben qué hacer con toda esa gente desempleada y le dan trabajo persiguiendo el narcotráfico! Tienen a dos millones de presos, las ayudas a Colombia y demás, porque así se gastan toda la plata que tienen y mueven la cosa para seguir manteniendo el control. ¿Qué le ha pasado a alguien, qué monstruosa deformación ha sufrido, para llegar a escribir algo así?

Anónimo dijo...

Su hipótesis tremendista de los 10.000 dólares por gramo es un intento delirante por colgarse de un castillo en el aire. La evidencia empírica del comportamiento de la demanda de sustancias psicoactivas, legales o ilegales, me da la razón a mí.
Sepa que los tratamientos para tratar de sacar a los heroinómanos de la dependencia recurren a la propia heroína y la sangre sola no define el nada simple sistema vital involucrado.
La lectura sobre los sectores dependientes de la industria de la guerra santa contra el narcotráfico no viene de un karmático colombiano; viene de analistas norteaméricanos muy liberales (sí, en lo económico, vgr. Milton Friedman), acostumbrados a seguir el dinero detrás de los discursos.
Que las drogas pongan improductiva a mucha gente no es problema para quienes la tienen ahí para que una franja de difícil inclusión en la producción transfiera su desespero hacia la adicción y no fastidie en otros escenarios.
Finalmente, cualquiera puede entender que una campaña para matar a los jíbaros del barrio (rápidamente reemplazados por otros) nunca será tan poderosa como una formación seria de los niños y jovenes para que tengan el criterio de no agarrarse de esas cosas. El juego de la represión es una ruleta rusa, pero con una pistola automática. Tengo muy presentes las imágenes del "grupo élite" de la policía, allanando fincas de "El Mexicano" y presentando tres canecas llenas de dólares junto a dos vacías; he visto policías cuadrando su quincena con la venta de parte de la droga que incautan en las batidas del centro; escuché una vez en la buseta a un consumidor de cocaina recomendando a otro su compra en una oficina de la Fiscalía, fingiendo un trámite y sacándola entre una carpeta. De hecho este año leí en prensa sobre operarios de los programas de apoyo de Estados Unidos, comprometidos en torcidos duros.
Ya que así de especiales son los soldados de primera línea de esa guerra, no es tan disparatado pedir una tregua para los parques.

Jaime Ruiz dijo...

Hombre, esto es verdaderamente de antología, una pieza maestra: no es como yo digo que la despenalización dispararía el consumo al bajar el precio, sino que mantienen el precio alto para que la gente que no cabe en los esquemas capitalistas se mantenga drogada y no haga la revolución. Para eso entre una cosa y otra ocupan a 14 millones de personas según Milton Friedman.

Pendejadas que se me ocurren a mí, el motivo verdadero es vender exfoliantes y de paso el interés de los corruptos. La conjura es vasta, y la prueba está en que incluso funcionarios estadounidenses de las fuerzas antidrogas resultan comprometidos en el negocio.

A ver: lo primero, ¿el precio alto es deseable para los narcotraficantes? Pongamos una diferencia de 10 dólares en el precio del gramo, no 50 dólares sino 40. Es el límite en que el rumbero ya no puede permitirse una rayita el lunes por la mañana para rendir en el trabajo y el adolescente no puede impresionar a las chicas de su grupo ofreciéndoles una rayita. Es que muchísimos pueden conseguir 40 dólares pero no 50.

Más ocurrencias mías: los adictos nacen así y no tienen remedio. No hay consumidores ocasionales ni expansión-contracción continua de la demanda, no hay placeres alternativos sino que el que se toma una raya de cocaína con sus amigos de todos modos tiene para emborracharse, irse de putas, comprarse sus discos preferidos y hasta ir al cine al día siguiente. Es muy fácil: al que mira el basilisco de la droga lo atrapa de forma absoluta para siempre y el mismo sistema le proporciona recursos para pagarse la droga en la cantidad que quiera y para expandir su influencia social ofreciéndosela a todos los que quiera. El precio alto sólo es la clave de su rentabilidad.

Pero es que esa drogadicción le es útil al sistema y lo legitima, los 14 millones de empleos, según Milton Friedman, revierten en grandes negocios para los capitalistas. Es más, cuanto más cara esté y más rentable sea para los narcos, más útil es para mantener atontada a la gente, porque parece como un trofeo que merece la pena conseguir. Que haya algún loco amigo del sistema que crea que sería más fácil mantener atontada a la gente vendiéndole barata la droga no va a servir para refutar eso.

Pero resulta que todo lo que ha dicho Milton Friedman es que sería deseable acabar con la prohibición. ¿Es un enemigo del sistema que se disfraza de teórico de los equilibrios macroeconómicos a la vez que vive indignado por la estupidización del pueblo mediante el poder esclavizante de la droga cara? ¿O es que es de la minoría que plantea que para tener a la gente idiotizada lo mejor es bajarle el precio de la droga porque esa parte estática de la sociedad que no encaja en los moldes capitalistas algún día se rebelará ante el precio de sufrimiento y esfuerzo que tiene que pagar para consumir el vicio que el sistema le proporciona? ¿Ehhhhhh? Eso es lo que está por aclararse. Lo cierto es que cualquier discusión concerniente a las afirmaciones de Friedman y su relación con la lectura sobre los sectores dependientes de la industria de la guerra santa contra el narcotráfico resultaría hermosamente realzada con algún vínculo sobre sus palabras.

La prueba de la corrupción de los funcionarios es el peor disparate que uno pueda concebir: ¿qué tiene que ver que vendan droga en la fiscalía? Desde el punto de vista del prohibicionista, eso sólo sería una prueba del poder corruptor de esa industria, pero lo mismo se podría decir del robo: en mis tiempos se llamaba "impuesto" en jerga de delincuentes al soborno forzoso que había que pagarle a los policías si uno no tenía quien lo protegiera. Claro, la gente que vivía en barrios ricos no tenía ninguna experiencia de eso. La pareja de policías salía a la calle a atracar a la gente, con preferencia a los ladrones y vagabundos que se encontrara porque había una excusa para detenerlos. Entonces se podría decir que la policía no hacía nada contra el robo, porque además con el tiempo los ladrones que asolaban un barrio obraban impunemente gracias al "impuesto". Lo mejor sería despenalizar el robo.

No, la cadena lógica sigue su carrera: por un lado crean millones de puestos de trabajo, por el otro mantienen idiotizados a los inasimilables, los desaprensivos que se roban parte de la droga que incautan son parte del mismo sistema, pues a ellos les interesa que de todos modos circule, porque la necesitan, como necesitan los precios altos para tener controlados a los adictos.

Al final, en medio de la incesante sarta de disparates queda que la cocaína mantiene idiotizada a la gente y que la conciencia sobre la necesidad de la revuelta es imposible en medio de las alucinaciones y el bienestar artificial que genera. Qué curioso, Rainer Werner Fassbinder murió a los treinta y seis años por abusar de la cocaína, pero con todo es probablemente el más importante de los cineastas europeos de los setenta: él decía que respecto a ciertas obras de la cultura universal no entendía cómo podían haber sido concebidas sin tomar cocaína. ¿Qué habría dicho Fassbinder de la cadena de reflexiones animistas que llevan a proteger a los parques nacionales favoreciendo la tala de bosques y la contaminación por agroquímicos?

La imagen de la sinapsis deficiente parece atravesarse, pero es falsa: no puede atacar a todas las clases acomodadas y supuestamente instruidas de un país. A las universidades públicas entra gente que aprueba un examen, que no pueden sufrir de eso. Se trata de otra cosa, para mí más que evidente: una manifestación del daño moral que sufre la sociedad, una narcotización reforzada por las leyendas urbanas que un ambiente provinciano permite proliferar. No sólo sería penoso combatir de verdad la producción de drogas, sino que de forma dispersa y a menudo remota se reciben beneficios de esa industria. Siquiera sea el encontrar simpatía en las personas de los círculos sociales superiores, pues por un lado se exhibe espiritualidad, amor a la tierra, odio a EE UU y grandes conocimientos de economía. Demasiado, los demás sólo tienen padres que de vez en cuando colaboran en alguna operación de blanqueo.

Gracias por sus argumentos. Lástima que yo no sirva para escribir novelas. Una obra que desarrollara la sarta infinita de disparates que circulan en Colombia acerca del narcotráfico y todo lo que la sociedad se acomoda a esos mitos sería más reconocida en el mundo literario (tal vez no en el comercial) que la de García Márquez.