4 sep. 2005

Hay muchos psicópatas sueltos

Sí, pero ojalá fueran sólo los que obligaban a sus niños a comer carne humana, a jugar con las cabezas de los muertos o a castrar policías delante de sus vecinos, que pueden resultar impunes gracias a las leyes que favorecen la desmovilización. Son seres abominables pero por fortuna escasos y carentes de poder: pobres diablos arrastrados por la guerra que les llegó de las ciudades como flagelo y como oportunidad.

Hombre, ojalá fueran sólo ésos y los que los animan y justifican, varios cientos de miles de personas de las clases altas del país, una notable mayoría de los que han pasado por las facultades de ciencias sociales y letras de las universidades públicas y de las de elite, y una parte considerable de los funcionarios del Estado. Estaríamos hablando de una parte podrida de la sociedad, y aun el hecho de que sea la parte más influyente y poderosa significaría poco si hubiera un contrapeso entre la mayoría.

Pero no: por cada uno de esos psicópatas positivos hay decenas de psicópatas que sólo lamentan no poder pertenecer a tan respetable corporación, y ni siquiera por esa molesta exclusión están muy descontentos: son los que proclaman sin inmutarse que habitan el paraíso. A mí son estos psicópatas los que más miedo me dan, no sólo por su ingente cantidad, sino porque están claramente disponibles para engrosar el censo de los dos primeros grupos: un ascenso de estrato los haría partidarios de la justicia social y una caída los forzaría a rebelarse a las órdenes del sindicato de doctores contra la democracia electoral y el neoliberalismo, es decir, a emular a los ahora desmovilizados.

Es que lo propio del triste mundo terrenal es el disenso y la crítica, la diversidad de opiniones, mientras que en el paraíso no hay que hacer frente a tan molestas rutinas: la verdad emana de forma natural de las bocas de los sabios y justos y los demás la asimilan con beatífica complacencia. ¿Alguien recuerda una sola vez en que en algún medio escrito alguien pusiera en duda que la prohibición de las drogas es una maniobra del gobierno estadounidense para dominar a los países productores? El lector o lectora ha de creerme: si recuerda vagamente algún desacuerdo con eso, es seguro que es algo que he escrito yo en algún foro o blog.

Es que nadie pone en duda nada. Por ejemplo nadie pondrá en duda que la "guerra" está haciendo víctimas entre los indígenas colombianos porque el capital está descontento con la existencia de sus resguardos, según nos cuenta el señor Molano en El Espectador. Claro que es el mismo que dice que la guerrilla no se acogerá a la Ley de Justicia y Paz porque aspira a conseguir reformas de orden político, cosa que él tal vez desapruebe pero sin expresarlo con mucha firmeza, tal vez por miedo, no se sabe, pero ¿quién demonios se va a poner en pleno paraíso a preguntarle si no es la consecución de esas reformas la que determina que se siga afectando a las comunidades indígenas?

Hace poco leí en algún blog la insinuación de que los que vemos infiernos es porque los llevamos dentro. No cabe duda: no somos aptos para el paraíso, no nos entra en la cabeza que la masa culta de una sociedad apruebe un razonamiento que EXACTAMENTE es el del secuestrador: "Tu hijo sufre por tu resistencia a negociar, a ser razonable". No hay unos zarrapastrosos reteniendo niños de gente acomodada, hay una sociedad paradisíaca que se reconoce en esas formas de actuar y en esos razonamientos.

Aunque el mismo periódico es pródigo en razonamientos tan delicados y elegantes como ése. ¿O tal vez mejores? Un heredero de los fundadores de las FARC, el ínclito pensador Cepeda II, es el que nos advierte sobre la proliferación de psicópatas gracias a la ley de desmovilización que los deja impunes. ¿Por casualidad ha desautorizado él a quienes ponen bombas y cometen masacres y los ha llamado a desistir de imponer cosas a la sociedad por esos métodos? En el paraíso nadie quiere ver que tanto él como Molano son sólo propagandistas de la misma causa, según la cual cualquier resistencia a la imposición de los terroristas es el origen de la violencia.

Pero ¿alguien ha discutido alguna vez eso? Ojalá alguien me muestre un solo documento publicado en alguna parte en el que alguien se muestre en desacuerdo con tan hermoso aserto. Tal vez haya en Colombia algunas personas que leen eso, lo entienden y no lo comparten, pero son personas tan indefensas ante un atentado, como el que sufrió Eduardo Pizarro, o tan ocupadas en salvar sus intereses particulares, como una futura alianza con tan poderosos sectores (ver el caso de Rafael Pardo), o tan claramente excluidas de la posibilidad de publicar en los medios, que sencillamente nadie conoce ningún disenso. Bueno: yo no conozco ningún disenso, agradecería al lector o lectora que me muestre un vínculo donde alguien haya puesto en duda eso.

Bah, en todos los casos, entre quienes entienden a esos columnistas los que disienten son una ínfima minoría, aún más ínfima si se midieran sólo los lectores. Los del paraíso ni siquiera leen. Leer supone precisamente lo opuesto a la beatitud del bien supremo, supone "tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina", como decía Zaratustra.

Con todo, el periódico del gran magnate no deja de alumbrarnos con perlas de sabiduría semejantes. El director del Think tank de la Universidad de los Andes, Álvaro Camacho Guizado, obviamente otro fervoroso enemigo la guerra que emprende el Estado contra los alzados en armas, alza su voz contra el glifosato.

Es muy interesante prestar atención a la altura ética desde la cual se eleva su protesta: ¿acaso el hecho de que los agroquímicos contaminen el suelo puede servir de excusa para que el Estado haga lo mismo? A ver: ¿quién recuerda que los agroquímicos sirven para producir cocaína para comprar armas para matar colombianos para expandir los cultivos para comprar armas para matar colombianos para expandir el control de las bandas de asesinos para reclutar niños para matar colombianos para tomar el poder y ejercer el genocidio en masa? El Estado no va a ponerse a contaminar el suelo también, eso no es ético, lo que es ético es dejar a los terroristas escalar su agresión y entregarles el poder.

Es que los que usan los agroquímicos sólo son los ínfimos empleados del señor Santodomingo y de sus columnistas: los tres mencionados son característicos patricios colombianos. Es que el narcoterrorismo es un excelente recurso para mantener controlado el Estado y sacar así leyes de bolsillo, como la reducción del IVA a la cerveza que promovía el senador Dussán hace unos años, por no hablar de los billones de pesos que se gastan en financiar las universidades públicas para que los asistentes de Molano y de Camacho Guizado tengan buenos sueldos por adoctrinar parásitos para que ocupen puestos en el Estado promoviendo la causa de los que producen la cocaína.

Es que con tan paradisiaca existencia es difícil ponerse a ver la sarta de mentiras que cuenta ese señor, como los supuestos efectos nocivos del glifosato sobre la salud. Si hubiera habido un solo caso serio de mutaciones o hechos graves sobre la salud humana ocuparía las portadas de casi todos los periódicos de Latinoamérica y Europa, dedicados día a día a promover el antiamericanismo. Pero en el paraíso todo el mundo se traga las leyendas que difunde esa gente porque ¿cómo no estar descontentos de que vengan a dañar el negocio del narcotráfico, si a fin de cuentas es culpa de ellos?

Si alguna vez un escritor quiere crear la gran novela colombiana, sin duda tendrá que buscar los discursos de justificación del narcotráfico que han circulado en las últimas décadas: saldría una sinfonía coral con miles de voces cada vez más alucinadas, con letras tan disparatadas que los autores de las atrocidades de mi primer párrafo resultarían humanizados y casi respetables en comparación.

Es decir, hay una escala: hay un psicópata que trabaja con la carne humana, hay otro que desarrolla razones, y todavía hay otro tan profundo que cree que así es el paraíso. ¿Quién es peor?

Pero volviendo a Camacho Guizado, en su hermosa lección de ética se le olvida mencionar que la superficie cultivada se ha reducido a la mitad y sobre todo que si sigue habiendo grandes cantidades de coca en venta es porque durante varios años los cultivos se expandieron sin control. El lector paradisíaco se olvida fácilmente, en medio de su serena alegría, que la cocaína no se daña de un día para otro, como sugiere hoy mismo el editorial de El Tiempo, el cual no vacila en engañar a los lectores sugiriendo que la prohibición de la cocaína es un capricho de unos locos en Washington.

Ese periódico se proclama partidario de una segunda presidencia de Uribe, pero en sus páginas no dejan de aparecer personajes espléndidos, como el admirable Otty Patiño, según el cual la aprobación de la reelección sería el suicidio de la Corte Constitucional. ¿No habíamos quedado en que ésta sólo puede juzgar los vicios de forma de la ley, pues la función de legislar es del Congreso? Otro amable llamado a prevaricar que no molesta a nadie.

Claro, claro, ¿es que es posible un paraíso sin tolerancia?

Pero Otty es más generoso todavía, tanto que no me siento digno de interpretar sus palabras:

La opción autocrática es una opción fácil y posiblemente ganadora en el plazo breve pero complicada, perdedora a mediano plazo y desastrosa a la larga. La opción democrática es menos llamativa, más trabajosa, pero es la que terminará por imponerse por una razón muy sencilla: es el camino para un orden estable, el señalado por la Constitución de 1991.

Este ejemplar ciudadano encuentra que la reelección, habitual en todos los países civilizados, es una grave amenaza autocrática contra un orden estable, pero ¿no es de los que en cuanto profesional de la paz promueve que se reemplace esa constitución por una negociada con los narcoterroristas? Perdón, perdón, claro: es para que haya un orden estable.

De verdad, perdón por toda esta perorata. Al final voy entendiendo que el que está con el paso cambiado soy yo, ¿el psicópata? Tal vez. Tal vez.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Enrique Giraldo.
Es cierto que Colombia se percibe como el basurero más grande del Mundo donde la pudrición mas grande sale de su casta “Intelectual” y que el resto (Los Colombianos con moral y con poco valor para imitar a los creadores de malos olores) vive bien con el olor a mortecina o por lo menos se acostumbraron a convivir con el, lo que nunca es debemos darnos por vencidos y uno solo que se queje del basurero donde ya no quiere ser mas su victima, seguramente se le sumaran mas y así algún día tendremos un País limpio y el basurero que algún día fue solo quedara en un museo para no olvidar un pasado que no se debe repetir.

Jaime Ruiz dijo...

Para Enrique Giraldo:

Bueno, para eso existe este blog, para dar cuenta de que no todo el mundo comparte esos valores, de que hay quien tiene otra noción de paraíso, de que hay quien no calla ni deja pasar la sarta de mentiras de los empresarios de la muerte.

Lo que pasa es que sin el esfuerzo de pensar y analizar el lenguaje corrompido por esa casta no podrá cambiar nada.