26 ene. 2006

Lo que ha llegado a ser Luis Carlos Restrepo

En muchos sentidos Colombia no es tan diferente a las sociedades del primer mundo, sólo que las cosas son más crudas, más directas, más genuinas. Hay algo en la vida colombiana que hace pensar en la sinceridad de los niños, en la forma en que el egoísmo, la envidia o la vanidad de un niño no están encubiertas por capas y capas de complicados pretextos o aureoladas de abstracción hasta el punto de resultar irreconocibles, como ocurre en los adultos.
______Así, eso que se reprocha a la izquierda en todo Occidente, el ser la coartada del cinismo, el conformismo y la frivolidad, en Colombia es algo francamente grotesco, obsceno: exactamente tanto como la proximidad de las atrocidades. Cualquiera conoce a algún secuestrado, aun entre los más enclaustrados en las madra- sas, pero el placer del dominio y la jerarquía que se experimen- tan, por ejemplo por el hecho de sentirse próximo a los europeos, o entre los europeos en la admiración que se suscita (cosa inimagi- nable en sus propios países), lleva a esas personas a proclamar con la mayor frescura los sofismás más ridículos, gracias a los cuales quienes ordenan los secuestros son las víctimas del secuestrado.
______¡Qué mejor ejemplo de ese cinismo inverosímil que el ARTÍCULO que aparece hoy en El Tiempo de la patética repre- sentante en el país del alicaído sesentayochismo, la profesora francesa que en Francia probablemente no tendría mucha fama, pero que en Colombia es una gran estrella intelectual! Florence Thomas se ensaña con el comisionado de paz por haber dejado de ser el amable psiquiatra que reivindicaba «el derecho a la ternura» para volverse parte del «poder».
______¿Y en qué consiste ese poder? En un estrés continuo, en la animosidad constante del gremio intelectual —que es el verdadero responsable de la criminalidad política por mucho que no tenga vínculos directos con la tropa—, en soportar la carga de una enorme responsabilidad... No importa: de repente al comisionado le salen toda clase de guías espirituales que no soportan que alguien se rebaje a la realidad, y sobre todo que traicione las aspiraciones de mando del gremio, cifradas en la utopía impuesta por las guerrillas (pues puede que éstas obren ya por su cuenta, pero de sus crímenes se lucrarían y se lucran otros).
______¡Es inconcebible que haya un hombre honrado que se ponga en serio a hacer frente a los problemas! Lo justo es co- dearse, y sobre todo intentar hacerlo, con quienes no tienen el menor reparo en aplaudir los crímenes, como cientos de profe- sores universitarios, como casi todos los sindicalistas de Fecode, como buena parte de los columnistas de prensa y de los literatos, artistas y demás sabios del muladar. ¡Hay que ver lo que corrompe la realidad a quien se aparta del camino de la utopía!
______Especialmente recomendable es leer los comentarios a la citada columna, como para comprobar hasta qué punto hay algo de esa condición moral que se va volviendo pura soberbia y delirio psicopático. ¡Están llenos de rabia contra el hombre que en lugar de justificar las masacres se puso a la tarea de impedirlas! Y después se escandalizan de que se los juzgue como lo que son.

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