19 sep. 2012

La sociedad infiltrada


Por @Ruiz_senior

La reciente campaña de acoso al procurador Ordóñez es evidentemente promovida por Santos, lo que se demuestra en el entusiasmo de los medios por hacerse eco de la bulla que la militancia totalitaria consigue introducir en las redes sociales, y las inclinaciones religiosas del funcionario son sólo un pretexto para justificar que se quiere en el cargo a alguien dócil a todas las atrocidades jurídicas que comportará la componenda de Santos con los terroristas, además de castigar a quien destituyó a Piedad Córdoba, denunció el montaje con que encarcelaron a Plazas Vega y pidió ampliar la investigación del caso de Sigifredo López.

Pero no se debe creer que esa manipulación es clara para todos los que ayudan a acosar a Ordóñez: son muchísimos los que se aferran a una especie de ensueño, según el cual viven en un país tranquilo amenazado por ultramontanos que quieren imponer sus creencias a todo el mundo, y a partir de esa curiosa suposición se suman a un bando "progresista" que no ve nada perverso ni criminal en los más descarados propagandistas del terrorismo (lo cual ocurre por los bajísimos índices de lectura del país) y que "compra" frívolamente la leyenda de que hay una "guerra" que se resolverá cuando ambas partes se sienten a negociar, con lo que salir a masacrar gente resulta equivalente a salir a protegerla. El ingenio de los empresarios de la muerte es burdo, pero corresponde al nivel de exigencia intelectual y moral del público que lo consume.

Durante años he sentido verdadera fascinación por esa curiosa distracción de los colombianos. No hay día en que no sean asesinadas varias personas por los terroristas, pero a muy poca gente le parece que eso deja ver una sociedad enferma: parece una infiltración de una realidad ajena, tal como la inmensa mayoría de la gente cree que hay infiltración guerrillera en las universidades. El joven urbano de clase media, completamente ignorante de la nula productividad del país y aun de su propio parasitismo, siente que es lícita su adhesión al bando de los enemigos del procurador, que cuando son figuras públicas a duras penas pueden ocultar su relación con las bandas terroristas y sus negocios.

Es algo general, durante años he llamado "injerencia selenita" a esa idea de que las FARC son algo ajeno a la sociedad, como mucho algo relacionado con ciertos ambientes rurales o con viejos conflictos agrarios. Y no se debe pensar que son sólo los jóvenes lectores de la prensa oficial, imbuidos de una rebeldía tan ridícula que a la vez es servilismo con los poderosos, ¡ya que en esa concepción los poderosos dejan de ser los señores de los grandes grupos económicos y pasan a ser oscuros terratenientes de regiones tórridas y remotas! Esa idea es muy general y convendría que se empezara a plantear cuál es el sentido real de la violencia terrorista y su origen. Por ejemplo, un observador como Eduardo Mackenzie escribe sobre la negociación de Santos con las FARC:
Quienes firmaron ese papel parecen ignorar que los colombianos, gracias a la democracia, están en paz con ellos mismos y que sólo una facción subversiva absolutamente minoritaria, que trata de demoler esa democracia, se opone a esa paz desde hace 50 o más años. Esa facción armada se ha auto excluido del pacto social. Ese documento acepta de entrada hacerle concesiones de principio enormes a ese grupo. Es la civilización capitulando ante la barbarie.
De donde se infiere que la sociedad colombiana es democrática y civilizada y las FARC no tienen más apoyos que los de algunos cientos de personas a las que sobornan. Desde mi punto de vista esa visión es inaceptable. Las FARC son la fuerza de choque de una facción importante de la sociedad y esa facción impuso sus condiciones en 1991. De otro modo sería inconcebible que toda la prensa esté siempre a favor del premio a los terroristas, y que el poder judicial colabore con ellos de forma desvergonzada (hoy mismo aparece la noticia de que había funcionarios judiciales en una fiesta en la que se celebraba el cumpleaños de Ricardo Palmera).

Por minoritario que resulte quien vea a la sociedad colombiana de otra manera, es necesario cuestionar profundamente la visión que expone Mackenzie en esas frases. No hay una diferencia tan grande entre cometer asesinatos y creer que se deben premiar. Cuando se piensa en los grupos sociales que hacen presión por la negociación siempre resultan ser la etnia dominante de la sociedad tradicional, minoritaria en número de individuos pero hegemónica en poder político y económico.

De tal modo, el conflicto armado no puede entenderse como la ocurrencia de unos cuantos psicópatas ni como un remanente de la Guerra Fría, ni menos (como pretenden los habituales partidarios de premiar a las bandas terroristas) como el efecto de la prohibición de los psicotrópicos, sino como la resistencia de las castas tradicionales al mundo moderno. La negociación que buscan las FARC corresponde a la concentración de la riqueza en manos del Estado, al que dominan los descendientes de los criollos, que a su vez son la "izquierda", que comparte esas reivindicaciones. Uno de los errores más espantosos que uno ve día a día es la asimilación literal de la retórica comunista de esa izquierda como si nadie pudiera entender que la Constitución del 91 tuvo el efecto inmediato de aumentar la desigualdad gracias a que los empleados estatales multiplicaron de muchas maneras sus rentas.

Mientras no se entienda que el M-19 sólo es distinto de las FARC en la tarea específica que lleva a cabo ahora y en absoluto en sus propósitos, se estarán dando palos de ciego. La "izquierda" surgida en las universidades en los años sesenta y setenta accedió al poder en 1991 y la actividad de las FARC y el ELN sólo ha podido persistir gracias a que sus aliados dentro del Estado se lo permiten, como se ha visto con la persecución a los militares y a los políticos hostiles. Muy lejos de lo que dice Mackenzie, las FARC representan un orden de dominación al que es imposible superar mientras no se entienda lo que es. La sociedad colombiana no es democrática, y menos desde 1991, cuando la retórica socialista sirvió de pretexto a la expansión del gasto público en favor de la casta de los dueños del Estado, y disposiciones como la "acción de tutela" abolieron las leyes y contratos en favor de la discrecionalidad de los funcionarios.

Es triste descubrir que un autor que cuenta con el respeto de mucha gente parece creer seriamente que los mandamases de la prensa y el gobierno de Santos cometen un error de apreciación acerca de las guerrillas y no son sus promotores, como si no leyera columnas de opinión o como si tomara literalmente la retórica de sus autores. ¿Habrá que contarle la historia de Alternativa y del papel del hermano mayor de Santos en la promoción de las guerrillas comunistas?

La discusión sobre el fondo del conflicto armado sólo cuenta con los argumentos de los que aspiran a ascender sobre la mediocre burocracia de los partidos tradicionales gracias al terrorismo. La  incuria generalizada les permite imponer su versión y la sociedad resulta indefensa ante las monstruosidades que negociará el gobierno, actualmente asociado con los terroristas. ¿Habrá algún día un interés genuino por entenderlo?

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