21 oct. 2012

¿Es la hora de Colombia?

Según Nietzsche, la vanidad (lo que el traductor llama así, pues no corresponde a la definición del diccionario y alude a la disposición, por ejemplo, de un novelista a apreciar el reconocimiento de personas que no leen novelas) es un atavismo, un remanente de formas de vida remotas: propiamente de la esclavitud, situación en la que el esclavo no sabe quién es y espera que se lo diga el señor, tal como el "vanidoso" espera que los demás le digan quién es. Ese mismo fenómeno se detecta en la disposición de los colombianos a aceptar las opiniones de la gente de los demás países sobre la realidad que ellos tienen que conocer mejor: un "complejo de inferioridad" que los lleva a someterse fácilmente y a tolerar imposiciones conceptuales que son pura legitimación de crímenes que sufren los colombianos y no los opinadores remotos.

Eso naturalmente lo explotan los terroristas, que se gastan buena parte del dinero de sus crímenes en mantener "embajadores" en todos los países ricos "vendiendo" las mentiras con que se justifican las industrias criminales. Pero no tendría efectos si los colombianos no esperaran que los señores europeos se pusieran de su parte, cosa que no pueden hacer precisamente porque las opiniones de éstos sobre Colombia influyen más en las de los colombianos que las de los colombianos en las de ellos. Insisto, no porque no las quieran escuchar sino porque no se emiten.

En ese orden de cosas conviene comentar un editorial aparecido en El País de España este sábado. Conviene detenerse a mirar qué dice, porque da la impresión de que la mayoría de los colombianos no tuvieran suficiente información para contestar.
¿Es la hora de Colombia? 
Hay temas cruciales que no se negociarán con las FARC en la mesa de negociación de La Habana
El titular rezuma optimismo, como es previsible en un periódico ligado de muchísimas maneras tanto a la "izquierda" colombiana como a la familia Santos y al resto del clan oligárquico (un antiguo director, Joaquín Estefanía, era o es íntimo de Ernesto Samper). Pero el subtítulo ya no expresa un estado de ánimo sino otra clase de esfuerzo propagandístico, el elogio atenuado. ¡Parece una gran conquista que haya temas cruciales que no se negocian, como si hubiera alguno que sí se fuera lícito negociar! Eso lo dice ese periódico con un descaro increíble, aun en su editorial (los únicos colombianos que han escrito tribunas de opinión son Antonio Caballero, Alfredo Molano y Héctor Abad Faciolince), pero no encuentra rechazo de nadie en España. Y se comprende, ¿no hay un conformismo generalizado en Colombia ante una monstruosidad como la de negociar las leyes con los terroristas?
Que el Gobierno colombiano y la guerrilla marxista FARC hayan llegado, tras más de medio año de conversaciones secretas, a una agenda sobre la que negociar la paz a partir del mes próximo en La Habana alienta la posibilidad de que esta sea la ocasión definitiva para liquidar un conflicto de medio siglo, con centenares de miles de muertos y millones de desplazados. 
La alusión al "conflicto" y a los muertos es plenamente legitimadora: cuando una víctima de un atraco entrega la billetera, se puede decir que se da fin a un enfrentamiento violento que incluye lesiones personales y aun faciales y riesgo de muerte. Parece que la organización terrorista y el Estado fueran igualmente legítimos, retórica a la que están acostumbrados los colombianos y que muchos suscriben, gracias a que la inmensa mayoría de los que leen la prensa y los artículos de opinión son de algún modo usufructuarios de los crímenes terroristas.
De los prolegómenos escenificados en Oslo parece desprenderse que las dos partes, pese a patentes divergencias, han aprendido de sus errores pasados (las últimas negociaciones se remontan a una década). La inevitable soflama propagandística del jefe negociador guerrillero, llamando a “desenmascarar al asesino metafísico que es el libre mercado”, no oculta que también Bogotá asume la necesidad de cambios sociales profundos para combatir la brutal desigualdad del país sudamericano.
Nuevamente "las partes" han aprendido de sus errores pasados. ¿Cuáles son esos errores? ¿Tratar de aplicar las leyes e impedir que los terroristas secuestren a algo más de las casi 40.000 personas que han secuestrado? ¿No entregar el poder a unos terroristas que combaten el sistema democrático? Los "errores" que señala el editorialista para la "parte" del Estado no lo serían si se tratara de España y ETA, banda criminal que al lado de las FARC parece casi un tumor benigno. Pero la mentira más monstruosa de ese párrafo es lo de los "cambios sociales profundos". El sobrentendido es la típica legitimación de las FARC en las "injusticias" sociales, que por lo demás también comparten muchos colombianos, casi siempre miembros de la parte rica y sobre todo miembros de la parte rica gracias a la actividad terrorista.

¿Cómo es que en Colombia hay tanta desigualdad? No será porque haya "capitalismo", porque en todos los verdaderos países capitalistas la desigualdad es mucho menor. La principal causa de la desigualdad es el poder de las bandas terroristas, que multiplican a punta de crímenes los ingresos de sus clientelas de empleados estatales. En ningún país civilizado podría darse el caso de que la mitad de los empleados estatales estén entre el 10 % de las personas más ricas, pero es lo que ocurre en Colombia, donde hasta hace poco era posible empezar a cobrar pensión a los cuarenta años, cobrar la pensión además del sueldo y muchísimos otros privilegios de ese tipo. Sencillamente, la sociedad colombiana se divide en una minoría de ricos que viven alrededor del Estado y una mayoría miserable que se "rebusca" para sobrevivir. Las FARC y sus mentores urbanos intentan ante todo asegurar las rentas de los parásitos. Tras una negociación, que en absoluto comportaría ninguna reducción de los crímenes (cuya rentabilidad habría quedado de nuevo demostrada, al tiempo que sus promotores estarían en mejores condiciones para impulsarlos), sencillamente se multiplicaría la desigualdad, tal como ocurrió después de las negociaciones de los ochenta con el M-19 y otras redes de asesinos.
El presidente Juan Manuel Santos ha descartado un alto el fuego durante el proceso negociador. Una lucha armada de generaciones no se liquida en dos días. El diálogo en embrión requerirá enorme discreción y cesiones por ambas partes. Pero hay elementos que apoyan la esperanza; el principal, la debilidad de una insurgencia diezmada por el Ejército y las deserciones, que ha pasado con los años de pretender un régimen marxista para Colombia a encenagarse en el imperio delictivo de la cocaína. La concreción en cinco puntos de la negociación (reforma agraria, desarme, asimilación civil de los guerrilleros, trafico de drogas y compensación a las víctimas) le confiere un foco indispensable.
No faltaría más sino que hubiera "cesiones por ambas partes", frase que de nuevo da por sentado que una sociedad debe someterse a una banda de asesinos. Y la debilidad de las FARC es cosa muy fácil de remediar ante la oferta de reconocimiento que se le hace, y más si tiene detrás a regímenes como el venezolano. Lo de "encenagarse en el imperio delictivo de la cocaína" es otra perla típica, ¡parece que el asesinato o el secuestro, o la rebelión militar para imponer una tiranía, fueran crímenes menores que el tráfico de cocaína! Pura ideología criminal que ciertamente nadie acepta en España respecto de ETA. Los cinco puntos de la negociación son otra mentira: la primera reforma agraria que habría que hacer sería devolver los millones de hectáreas robadas por las FARC a sus propietarios, que ciertamente no son los grandes oligarcas (patrocinadores del terrorismo) sino gente pobre en la inmensa mayoría de sus casos. Como fuere, en cada uno de los cinco puntos hay cesiones de un gobierno que no fue elegido para eso que significan la abolición de todo vestigio de democracia y de legalidad. La verdad más probable es que estén discutiendo sobre el "trafico" de drogas como negocio fabuloso que enriquece tanto al gobierno como a los terroristas.
La experiencia, sin embargo, no permite excesos de optimismo. Hay temas cruciales que no se decidirán en la mesa de La Habana. El más importante, si los colombianos están dispuestos a que los terroristas de las FARC —asesinatos indiscriminados, secuestros, atentados— se reintegren sin más a la vida social y política. Los sondeos muestran que casi el 80% no aprueba una eventual amnistía.
De nuevo el "optimismo" lleva el sobrentendido de que se debe renunciar a aplicar las leyes, como si quien nos acaba de atracar se lleva nuestra billetera y nos deja ir es una meta. La verdad es que el atraco lo comete el gobierno traidor aliado con los terroristas y con propagandistas como estos miserables que hace unos meses publicaban un obsceno publirreportaje del golpista.

Así, a base de mentiras como la de la desigualdad se va legitimando el poder terrorista y la abolición de la democracia, sin que haya entre los colombianos mucha disposición a responder.

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