6 nov. 2012

Capacidad de estadista

Por Jaime Castro Ramírez

Llamarse estadista, u hombre de Estado, tiene una particular responsabilidad, y es, como dice el dicho, no solo parecerlo, sino serlo; pues le corresponde ser capaz de interpretar los verdaderos valores de la ciencia política aplicados a la estructura del Estado, y luego observar la singular manera de hacerlo en sus actuaciones públicas, condición esta última a la cual comúnmente se le denomina ‘talante’, lo cual a la vez significa categoría, prudencia y buen juicio.

Hablando de gobernantes, en Colombia los ha habido de varios perfiles si se les mira desde la condición que puedan aportar como estadistas. Sin embargo, para efecto de este análisis nos referiremos a los casos de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. En la convención del partido de la “U” celebrada el 28 de Octubre de 2012, los colombianos tuvimos ocasión de observar una diferencia de capacidad muy marcada entre estos dos personajes.

Álvaro Uribe Vélez
En la convención mencionada, el ex presidente Uribe hizo una disertación seria, inteligente, utilizando la crítica decente que permite la democracia, y expresando su análisis razonado y detallado sobre diversidad de asuntos, entre ellos el de la paz frente a la impunidad, asuntos que hacen parte de la realidad que se vive en el país actualmente, y a la vez proponiendo alternativas de cómo se debieran afrontar las dificultades de la seguridad nacional, lo cual obviamente tiene incidencia en el comportamiento en materias, económica, política y social. Estos, y otros puntos de vista, los expuso ampliamente a través de su pensamiento político, estructurados en los siguientes temas que conformaron su discurso: 1. Interrogantes al diálogo con los terroristas. 2. La desarticulación del terrorismo. 3. Crecimiento de las FARC. 4. Se duplican las Bacrim. 5. La política social. 6. Alcaldes y gobernadores. 7. Preocupa Bogotá. 8. Desempleo juvenil y reforma tributaria. 9. Estancamiento en competitividad. 10. El partido de la “U” y la vocación de centro democrático. 11. El centro democrático, el Estado participativo y austero. 12. Las regalías y los auxilios parlamentarios. 13. La paz sólida versus la paz con impunidad. 14. La amenaza de Oslo. 15. El modelo Castro-chavista.

Juan Manuel Santos
Ante la postura elocuente y clara de Uribe, el presidente Santos no pudo soportar la crítica y se presentó a dicho escenario en forma decepcionante para los colombianos, pues apareció totalmente descompuesto respecto a su obligado estilo de prudencia que debe mantener como gobernante.

Las ideas se controvierten con ideas, y máxime si se trata de un nivel presidencial, entonces esta exigencia es de obligatorio protocolo, por lo tanto, le correspondía a Santos entrar a plantear puntos de vista para referirse a lo dicho por Uribe, con argumentos igualmente serios y respetables. Sin embargo, hay que decirlo que faltó categoría presidencial, y la respuesta fue no menos que irrespetuosa, pues se atrevió a calificar a su colega de tribuna con el despreciable término de “Rufián”. Se suele decir que cuando no hay argumentos se acude al insulto, pero esta debió ser la excepción, aunque no lo fue.

El diccionario define la palabra “rufián” de la siguiente forma: “Traficante de mujeres públicas, hombre vicioso y despreciable”. Nada menos que un insulto-calumnia de este estilo fue el que le dijo Santos a Uribe en su desbordado ánimo de soberbia. Bueno, como anécdota se podría pensar en concederle el ‘beneficio de la duda’ al suponer que ‘no sabía’ el significado de la mencionada expresión. Pero sin embargo, esto no es óbice para insistir en que aquí es aplicable la máxima de Jorge Luis Borges cuando dijo: “La mentira se vuelve en contra de quien la inventa”. Por consiguiente, tendrán razón quienes califican al autor de este despropósito como: “SantosRufián”. Cada cual se forja su propia identidad ante la sociedad.

Conclusión
En este episodio no hay alternativa diferente a aplicar la sentencia justa ciudadana sobre la realidad observada, y para ese fallo de conciencia nada más apropiado que acudir a la sensatez de darle a cada uno de los actores el sitio que le corresponde. Parodiando un sabio adagio, podríamos decir que “A Uribe lo que es de Uribe y a Santos lo que es de Santos”. Los lectores sabrán entonces interpretar con mucha claridad el resultado de la actuación puesta en escena, y sabrán formarse el juicio que corresponda.

1 comentario:

Armando Arango H. dijo...

No tuve la oportunidad se oir/leer lo que ahí se habló pero es claro que el enroque presidencial en 2010 no fue de un Rey y una Torre sino de un Rey con no más que una cáscara de pistacho.