23 nov. 2012

El corazón linchador


Por @Ruiz_senior

Entre los logros más impresionantes de lo que en Colombia llaman educación ocupa un lugar preferente la creación de una masa de exaltados siempre dispuestos a linchar a cualquiera que exprese una opinión que no convenga a la ortodoxia comunista-progresista, y en realidad a los intereses de las mafias que manipulan esas corrientes. La lamentable moda global de la corrección política se expresa en Colombia con la tosquedad y la violencia con que ocurre todo, y además aferrándose a cualquier pretexto.

Ocurrió con el diputado antioqueño Rodrigo Mesa, que se oponía a que se gastaran recursos en el Chocó, recursos que en realidad, previsiblemente, sólo sirven para ensanchar la clientela del actual gobernador y sus diversos aliados (no hay que olvidar que lo acompañaba en su campaña el dulce filántropo León Valencia). ¡Ahí fue Troya! Las turbas de las redes sociales, organizadas y en muchos casos pagadas (Gustavo Bolívar y los demás indignados profesionales no parecen propiamente unos justicieros adoloridos), emprendieron el linchamiento del político.

¿Se puede discrepar de invertir dinero en Chocó? ¿Se puede pensar que esas inversiones no sirven para nada, tampoco al Chocó? La indignación fácil de los adolescentes fecodizados sólo sirve para imponer intereses específicos, como por lo demás ocurre casi a todas horas con el juego terrorista: el que los asesinos que emplean personas bomba y castran policías delante de sus vecinos se conviertan en padres de la patria reconocidos por el gobierno les parece al mentado Bolívar, a Pirry y a tales personajes una cosa menos grave que el que Andrés Felipe Arias firmara un convenio con una institución interamericana sin licitación. No es difícil ver detrás de esa emoción tan halagadora y catártica los petrodólares de Chávez y muy probablemente de Santos.

Otro ejemplo fue el del concejal que dijo que el Concejo se estaba volviendo una merienda de negros. La expresión es grosera y desafortunada, pero esas expresiones arraigadas en el lenguaje acuden a la mente sin necesidad de que la persona esté adhiriendo a su sentido literal. Es una expresión tan corriente y arraigada que aparece en el diccionario normativo del español. ¿Se puede encontrar una actitud racista en el señor que la expresó? Hay que ver cómo es el racismo en Colombia, la participación en los linchamientos es barata, está al alcance de cualquier idiota, de modo que ¡qué mejor que interpretar a toda prisa esas palabras en su sentido literal! ¿No son racistas esos linchadores. ¿Cómo? ¡Si lo que son es ciudadanos de lo más noble que no toleran que a los pobres negritos, encima de ser de ese color y con esos labios tan gruesos, y encima brutos, vayan a maltratarlos! No los conociera uno.

El caso más reciente es el del senador Roberto Gerlein. De nuevo se puede hablar de ese molde tradicional de zafiedad y violencia contra las personas diferentes, esta vez no por la raza sino por las preferencias sexuales. ¡Los mismos que el mismo día estaban haciendo chistes denigratorios sobre los homosexuales se convierten en generosos progresistas en cuando hay a quien linchar!

El fondo de la cuestión es la prohibición de pensar. La tradición cristiana prohíbe los actos homosexuales y la Iglesia siempre la persiguió. Muchas personas tradicionales y católicas pueden sentir aversión por esos actos, según sus creencias. Y tienen todo el derecho a expresar esa aversión tal como tendrían derecho los no creyentes o los mismos sodomitas (uso esta expresión para referirme a la práctica sexual entre varones homosexuales y no a la condición de tales) a discrepar. El linchamiento, que se volvería violencia en cuanto hubiera ocasión, es propaganda de las turbas fecodistas, cómicamente lideradas por el Partido Comunista y los castristas, por los amigos de Evo Morales (que atribuía a las hormonas de los pollos esa inclinación) gracias a lo cual consiguen adhesiones de personas que no entienden nada de la política.

Esa corriente de linchamiento sólo tiene el objeto de prohibir pensar, de imponer a punta de ruido y amenazas las opiniones que convienen a las mafias terroristas. No es raro que encuentren público en Colombia: el mismo que encontraban las hogueras en que ardían las brujas hace unos siglos.

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