6 feb. 2013

Una oportunidad única e irrepetible

Por @Ruiz_Senior

La gran ventaja de los terroristas y sus socios del gobierno es que la sociedad no los conoce y vive como engañada respecto a su condición: en todo momento se encuentra uno con gente sinceramente hostil al terrorismo pero que "compra" la explicación de la propaganda. A unos les parece que las guerrillas son campesinos rebeldes por la injusticia o la desigualdad, o fanáticos comunistas enamorados de la muerte, o simples mafiosos ávidos de riquezas... Casi nadie se preocupa de la red del terrorismo que forma parte del Estado y vive en los barrios ricos de las ciudades, cabildeando en defensa de los negocios criminales, cada canalla intrigando para darse a conocer de los jefes terroristas y exhibiendo cínicamente su complicidad.

Las tropas comunistas surgieron del PCC en los años de la República Liberal y desde entonces han tenido complicidades en el gobierno, especialmente cuando gobierna el liberalismo. La inversión soviética encontró fácilmente "vendepatrias" que a cambio de dinero, favores e integración en una red clientelar poderosa favorecían la guerra popular prolongada (gran obra de la Komintern que había dado resultado en China). Pero en Hispanoamérica se encontraron con una oportunidad muy interesante: la posibilidad de encarnar el espíritu del lugar. La tradición de parasitismo de los descendientes de las castas superiores del régimen colonial les haría especialmente atractivo el paraíso comunista. Eso es lo que hace que en Colombia sigan activas las bandas terroristas.

Hace falta mucha mala fe o mucha ignorancia para no ver la clara afinidad entre los intereses de los grupos terroristas y los de quienes dominan los medios de comunicación. Y también para creer que se trata sólo de una "traición" de esos grupos oligárquicos, como si los lectores de la prensa no pudieran leer otra cosa por un capricho divino: es decir, esa afinidad entre los medios y el terrorismo expresa la que hay entre las castas superiores de la sociedad tradicional y la ideología y las organizaciones comunistas. 

Tras la revolución cubana el éxito de dichas organizaciones entre las clases acomodadas fue clamoroso y condujo a la Constitución de 1991 (la Asamblea fue elegida por menos del 20% del censo y la convocatoria se basó en una movilización estudiantil). De esas décadas viene el dominio de los comunistas sobre la función pública (hegemónico en el poder judicial y la educación) y la continua reproducción de su ideología con recursos públicos, sin que haya cesado en absoluto durante los gobiernos de Uribe.

La situación actual de abierta complicidad del gobierno con los terroristas, a los que alienta a derrotar a la fuerza pública tanto en las selvas como en los estrados judiciales, hace que esos sectores corran entusiasmados a cobrar los crímenes y a hacerse abiertamente representantes de los terroristas. En definitiva, los niños sicarios siempre los pueden reclutar, pero el poder verdadero dentro de las organizaciones criminales lo tienen los conscientes, organizados, ricos, prestigiosos y poderosos tinterillos que las crearon. Y que fácilmente reclutan a miles de activistas ansiosos por lucrarse del poder terrorista.

Razón Pública es un portal con pretensiones de Think Thank que en los últimos años se ha ido haciendo cada vez más abiertamente portavoz de las FARC. Su director, Hernando Gómez Buendía, es un antiguo columnista que posaba de "independiente" antes de ser despedido de Semana por publicar varias veces la misma columna.

En dicho portal encontré esta perla, que demuestra claramente todo lo señalado arriba:
Declaración pública de centenares de artistas, profesores, investigadores, periodistas y líderes comunitarios que respaldan el proceso de paz que comienza esta semana.

Al comenzar la fase de negociación entre el Gobierno Nacional y las FARC, en un intento nuevo y decidido por alcanzar un acuerdo que ponga fin al prolongado conflicto armado interno que padece Colombia, los abajo firmantes hacemos públicas las siguientes consideraciones:
¿Cuál es el "prolongado conflicto armado"? ¿El que se terminó con el M-19 y que condujo a la Constitución de 1991? ¿El que se cesó a medias con el ELN entregándole miles de millones a algunos de sus líderes veteranos para que dirigieran, encargaran y cobraran los crímenes desde la legalidad? En esa idea del "conflicto armado" que manejan estos canallas resulta igualmente legítima la institucionalidad que una banda de asesinos: el único acuerdo que podría poner fin a la orgía de crímenes es la entrega de los terroristas a la justicia para pagar por sus asesinatos, secuestros, extorsiones, mutilaciones y demás crímenes. Lo que se presenta como una transacción lícita entre iguales es sólo el premio de las masacres gracias a la afinidad del presidente Santos y su hermano con el terrorismo: en abierta traición a la voluntad de las urnas.
Es esta una oportunidad única e irrepetible. Si fracasa, la confrontación avanzará pero con mayor intensidad y con altas y aún inéditas cotas de degradación. Anteriores fracasos han sido no solo derrotas de la paz sino triunfos siniestros de la guerra. Por eso urgimos a las partes a no levantarse de la mesa hasta llegar a un acuerdo final, y a superar los muchos, graves y previsibles obstáculos que acompañarán a un proceso tan complejo como el que hoy comienza.
Lo de "única e irrepetible" es una burla increíble: en el mismo portal, otro propagandista del terrorismo afirma que podría desmovilizarse sólo un tercio de la banda (el número de cuyos miembros infla). ¿Qué es lo único? ¿No hubo suficientes ocasiones de premiar el terrorismo en los ochenta y noventa? Por el contrario, cuanto más se premie más prolifera, dado que es la forma correcta de prosperar y hacer carrera política. Se demuestra (y se demostrará) aquella admonición del barón de Montesquieu, de que "no se puede comprar la paz porque se pone a quien te la vende en condiciones de volver a vendértela". Es lo que pretenden hacer ahora, no en balde entre los firmantes de la declaración figura el lamentable alcalde de Bogotá, beneficiado por el premio al asalto al Palacio de Justicia y las masacres de Tacueyó en que incurrieron los gobiernos de Barco y Gaviria.

La segunda frase de la "Declaración" ("Si fracasa, la confrontación avanzará pero con mayor intensidad y con altas y aún inéditas cotas de degradación") es una clara amenaza: exactamente lo que decían las FARC cuando se pretendía cesar la infamia del Caguán. ¿Cómo es que los gobiernos de Uribe redujeron drásticamente los homicidios y consiguieron que los secuestros llegaran a ser una décima parte de lo que eran en esa época? Lo que uno trata siempre sin éxito de explicar a los colombianos es que las FARC son lo mismo que estos pensadores. Es el viejo recurso del atracador que le pone el cuchillo en el cuello a un niño para hacer culpable de su muerte a quien le impida llevarse el botín: pero ¿cómo explicarlo? En los colombianos hay algo subhumano, el atracador puede tener zapatos caros. Los atracadores, los que van a ser ministros y embajadores gracias a las masacres y al Plan Pistola, son los firmantes de esa "Declaración". Los niños que masacran a sus parientes por miedo a las torturas son otras víctimas.

La tercera frase también merece atención ("Anteriores fracasos han sido no solo derrotas de la paz sino triunfos siniestros de la guerra"). Ya que "paz" es lo contrario de "guerra", el hecho de que tras muchísimas atrocidades que se llamaban "paz" ("creación de confianza", "necesidad de las partes de llegar fuertes a la mesa") se decidiera poner fin a la orgía de sangre del Caguán y derrotar a la banda criminal, a la que Santos resucitó, fue un triunfo de la guerra. Lo que llaman "guerra" no es el hecho de que una banda de asesinos intente destruir la democracia, sino que se intenten aplicar las leyes. Y el triunfo de la guerra fue la recuperación de la confianza en el país, el regreso de millones de exiliados, la reducción drástica de los indicadores de violencia y el crecimiento económico sostenido que se observaron durante los gobiernos de Uribe. El único triunfo de la "paz" en el sentido recto del término es la rendición de los asesinos, no su triunfo. Pero "los asesinos" son los firmantes de esa declaración, no los pobres niños y rústicos que les hacen el trabajo sucio.

Se trata de una manipulación retórica con lo que se engaña a incautos, a los que se seduce con muchos otros recursos en la relación personal (por ejemplo, es típico, el favoritismo de los profesores hacia los alumnos que suscriben su ideología). ¡Lo que el lector entiende es que hay que hacer guerra a la guerra y no guerra al crimen, con el sobreentendido de que aplicar las leyes es hacer la guerra y que es igualmente condenable salir a secuestrar gente que tratar de impedir que alguien lo haga! Ese lenguaje falaz de la guerra y la paz aparece a todas horas en las declaraciones de todos los políticos uribistas. En la medida en que se deje a los totalitarios consumar su atraco no hay "guerra": lo que llaman paz es el cese de toda resistencia.

La frase final de ese primer párrafo también es muy elocuente: "Por eso urgimos a las partes a no levantarse de la mesa hasta llegar a un acuerdo final, y a superar los muchos, graves y previsibles obstáculos que acompañarán a un proceso tan complejo como el que hoy comienza". Claro, cuanto más se reconozca a los asesinos como una parte igual de legítima al Estado más podrán exportar cocaína y expandir sus negocios de extorsión y minería ilegal, y a la vez reclutar niños y perseguir a militares y policías desde el poder judicial que controlan. Mientras se esté negociando y los negocios vayan viento en popa habrá esperanzas de "paz", que no es otra cosa que la rendición total de la sociedad.
La presencia en la mesa de negociación de los más altos mandos de las FARC y, por parte del gobierno, de delegados cercanos a los gremios de producción, a las Fuerzas Armadas y a los demás poderes del Estado, es garantía de la representatividad y seriedad de las conversaciones.
¿Qué falta va a hacer que el gobierno fuera elegido para eso? Los gremios de la producción, y sobre todo sus líderes son impotentes ante la primera organización económica no estatal del país, por no hablar de las presiones del gobierno. ¡Y las conversaciones son representativas porque acuden a celebrar su triunfo los jefes terroristas! De nuevo la grosera falacia de que una banda de unos pocos miles de asesinos equivale a la sociedad.
En esta etapa inicial serán necesarias la discreción y la confidencialidad de las negociaciones: en la experiencia internacional, ningún conflicto armado interno se ha resuelto mediante diálogos públicos. Esto deben entenderlo los medios y la opinión.
Todos los enfrentamientos de la policía con los criminales son "conflictos armados internos" y nunca en ninguna parte se remedian premiando los crímenes. Pero la confidencialidad aquí trata de las presiones de todo tipo que los lagartos que acompañan a Santos en su infamia reciben en La Habana, nada menos. Una vez acordadas las fortunas que, a cambio de entregarles el país, el régimen venezolano o los firmantes de esta "Declaración" pasarán a los negociadores (disponen de decenas de miles de millones de dólares sin contar con Venezuela), todo será cuestión de maquillar la nueva realidad.
El cese bilateral del fuego es un asunto importante y altamente deseable, pero su éxito requiere de un sistema de verificación eficaz, que de momento no parece ser factible. Aunque su ausencia no es un obstáculo insuperable, exhortamos a las partes -como prueba de su genuina voluntad de paz- a que no sigan desperdiciando vidas de colombianos y a que en todo caso busquen ceñirse a las normas del derecho de la guerra. Para allanar el camino, es urgente procurar cambios en el lenguaje de los actores. Este es el primer paso, en el entendimiento de que el terreno de la paz debe fertilizarse con hechos y palabras de paz.
Otro párrafo destinado a la manipulación del lenguaje, a la vieja retórica de las "partes" y a las presiones para que el lenguaje oficial sirva a esa legitimación del crimen.
Una paz negociada implicará reformas substanciales que afronten la aberrante inequidad, consagren garantías efectivas para el ejercicio de la oposición, atiendan en su raíz los conflictos por la tierra, pongan fin a las violaciones de los derechos humanos y reparen debidamente a las víctimas. Puesto que la agenda de negociación se abre con la “política de desarrollo agrario integral”, estimamos como punto de partida del debate público que necesariamente debe acompañar e iluminar el proceso, el análisis de temas como la superación de la pobreza rural, la democratización de la propiedad de la tierra, la relación agricultura-minería, la reconversión de tierras dedicadas a la ganadería, la inversión extranjera, la reprimarización de la economía, las reservas campesinas, la seguridad alimentaria y la protección de los recursos naturales.
Pero si la desigualdad es el resultado de que se premian los crímenes. Ya he explicado infinidad de veces que la mitad de los empleados estatales, que son la clientela del terrorismo y sus socios políticos, están entre el 10% de más renta en Colombia y que a partir del triunfo terrorista de 1991 el índice de Gini empezó a empeorar drásticamente en Colombia. Se trata de la absurda legitimación del terrorismo por la desigualdad, como si no fuera precisamente su causa.

Lo de "consagren garantías para el ejercicio de la oposición" suena a chiste desvergonzado: ¿se va a hacer algo contra los prevaricadores que tienen preso al coronel Plazas Vega, al general Arias Cabrales y a Andrés Felipe Arias y pretenden encarcelar también a Luis Carlos Restrepo? El cinismo de estos asesinos es ya la actuación de un presidiario disfrazado de payaso en un centro de niños mongoloides.

Claro que lo de "pongan fin a las violaciones de derechos humanos" no se queda atrás. ¿Los cientos de miles de personas asesinadas para asegurarles las rentas a ellos no tienen que ver con los derechos humanos? No hay nada más fácil que eso, que los asesinos se entreguen y disfruten de un juicio justo. ¿Cómo pueden hablar de derechos humanos quienes piden que se premie a quienes los violan de la manera más atroz?

Bah, es que cada frase es genial: ¡lo que impide todo desarrollo agrario es el negocio de estos intelectuales mandando sicarios a extorsionar a los productores! Todo lo demás es claramente el programa de las FARC. Es decir, los pretextos de las FARC para matar y secuestrar: todos los problemas del campo empezarían a resolverse en el momento en que la sociedad colombiana pusiera en su sitio a estos asesinos.
Manifestamos nuestra voluntad de animar el más amplio debate sobre las reformas sociales y políticas, y nuestra disposición para contribuir a la creación de un clima nacional favorable a la paz que haga posible que Colombia marche con decisión al encuentro de sí misma.
¡Claro que les gusta el debate! Poseen los medios de comunicación y las cátedras universitarias, además de la habilidad retórica, que de todos modos importa poquísimo en Colombia: sobre todo, los crímenes del servicio doméstico armado les permiten comprar zapatos italianos de la marca más cara, por lo que en "el debate" tienen todas las de ganar ante un público al que previamente han deformado en las escuelas y en los medios de comunicación. Cualquier persona que conozca un país civilizado vería que una persona honrada que entienda el contexto sentiría vómito ante la desfachatez de estos asesinos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La otra cosa que se oye con frecuencia es que la guerrilla tiene "legitimidad democrática" porque el gobierno se sentó a dialogar con sus dirigentes.

La legitimidad, en boca de estos hampones, no tiene nada que ver con la aplicación de las leyes.
Según el razonamiento de estos pensadores, si el gobierno decidiera esclavizar a los indios, esa actuación tendría "legitimidad democrática", solamente porque fue promovida por el gobierno.

Lo más preocupante de todo esto es que no importa cuán estúpido suene, la gente está dispuesta a tragárselo sin chistar. No sé si sea miedo, pereza o adoctrinamiento, el resultado es uno solo: Colombia es un muladar.

Ruiz_Senior dijo...

Anónimo, excelente aporte: la lista de falacias es ridícula y repetitiva: todo era lo mismo que se decía cuando el Caguán. Ese Héctor Riveros sin la menor duda es un empleado del terrorismo, tal como lo es Mockus.

La gente es mucha gente, hay personas descontentas pero intimidadas por la presión organizada de Fecode y las sectas comunistas, multiplicada y reforzada por los medios de comunicación. Pero si no hay una resistencia clara de la gente, tanto en las redes sociales como en la calle, sencillamente hundirán a Colombia en el lodazal en que se hunden día tras día las repúblicas bolivarianas, y puede que más profundo.

Gracias por su comentario.