21 mar. 2013

La compañía de Jesús protegiendo la falsa historia de las FARC

Ahora que es noticia el ascenso del primer papa jesuita convendría prestar atención a lo que hace esta orden en Colombia, porque en todos sus niveles su actuación es abiertamente cómplice del terrorismo, a tal punto que un líder de esa comunidad como Javier Giraldo alentaba abiertamente a los terroristas (en este viejo post cité, en letras rojas, al final, numerosos textos de la revista Noche y Niebla en que se consideran lícitos casi todos los métodos de las FARC), por no hablar de la clara implicación de su ONG "Comisión Intereclesial de Justicia y Paz" en crímenes como los asesinatos de Manuel Moya y Graciano Blandón. También se podría contar la historia del Cinep y muchas otras labores de la orden. Un ejemplo es el rumbo que ha tomado la Universidad Javeriana, en otra época una institución prestigiosa y hoy acompañante innegable del ascenso terrorista. Reproducimos la carta (publicada en Periodismo Sin Fronteras) que envió Eduardo Mackenzie al director de la maestría de Estudios Políticos acerca de un trabajo sobre el origen de las FARC, del que era tutor, y que fue rechazado porque no correspondía al mito legitimador y propagandístico que impera en la universidad colombiana. Interesa tanto como la misma investigación el hecho de que esa universidad jesuita intente proteger de cualquier crítica un mito legitimador que es a fin de cuentas la principal tarea del plan terrorista.
París, 1 de marzo de 2013

Doctor Andrés Dávila Ladrón de Guevara

Director Maestría en Estudios Políticos

Pontificia Universidad Javeriana

Doctor Dávila,

Acuso recibo de su mensaje del 21 de febrero de 2013 mediante el cual me informa que el trabajo de grado del estudiante Carlos Alberto Romero Sánchez, de quien soy tutor, fue declarado por dos lectores designados por su despacho como “no sustentable”.

Estoy asombrado por esa decisión que me parece injusta y escandalosa. Después de leer los conceptos de esos lectores no me queda claro cuáles son los errores que justificarían la brutal actitud de ellos contra el trabajo de grado de Carlos Alberto Romero intitulado “Aspectos olvidados en la conformación de las Farc”.

Mientras que en las universidades europeas el estudio del comunismo como ideología y como sistema mundial, incluida la demostración del carácter criminal del comunismo del siglo XX y la comparación entre nazismo y comunismo, es bien acogido y avanza a grandes pasos y supera los mitos, mentiras y prohibiciones que imperaron en los medios académicos durante la Guerra Fría, en las universidades colombianas esa misma temática, a pesar de la rica información factual diseminada en la prensa durante cuatro décadas sobre ese tema, pero cubierta aún hoy por un manto de olvido, sigue generando operaciones de amnesia colectiva, así como reacciones de censura y de amenazas en el medio universitario. Ello muestra la determinación de ciertos círculos de impedir que los orígenes de la violencia actual en Colombia sean examinados desde nuevos ángulos y de manera realmente libre.

El trabajo de grado de Carlos Romero Sánchez aporta un conocimiento nuevo sobre el origen de las Farc. Ese origen siempre fue ocultado mediante la propaganda hagiográfica de esa organización y por la acción permanente de la facción política que dirigió esa creación, el PCC. Durante cuarenta años ellos hicieron creer a Colombia que las Farc habían sido un producto espontáneo y local de una supuesta “resistencia campesina”, integrado por idealistas y labriegos inocentes que se habían vistos obligados a tomar las armas para defenderse de un Estado “fascista” y “proimperialista” que los quería “exterminar”.

Lo que demuestra Carlos Romero Sánchez es que nada de eso es cierto y que las Farc fueron el resultado de un trabajo minucioso del PCC para atraer, cumpliendo instrucciones de una dictadura totalitaria, la URSS, en plena lucha contra los Estados Unidos en el plano mundial, a los criminales y bandoleros más duros y sanguinarios de la Colombia de los años 1950 y 1960, para integrar con ellos los primeros destacamentos destinados a desatar un proceso largo que tenía la guerra como instrumento de su política, incluyendo la lucha armada, no defensiva sino ofensiva y general, contra un régimen pluralista y democrático: el colombiano. Este juicio parece crispar los nervios de los profesores Daniel Suárez Rivero y Mauricio Romero, quienes se niegan a ver la realidad de ese periodo e insisten en imponer el falso proyecto hagiográfico. Tal parece que esos profesores dejaron pasar de largo uno de los capítulos más interesantes de la modernidad académica internacional: el de la desestalinización y desmaoisación de los espíritus. Lo que ocurre con el importante trabajo de grado presentado dos veces por Carlos Alberto Romero Sánchez, y dos veces rechazado por su dependencia, es una vergüenza para la Universidad Javeriana y para el mundo universitario colombiano, pues es el resultado, precisamente, de presiones anti académicas, brutales o difusas, que pretenden impedir que la ciencia política salga de su estado de hibernación actual y avance en Colombia. Ese veto inadmisible es tributario de la voluntad de facciones sectarias que se esfuerzan por mantener vigente en las universidades unas imposturas históricas que se han derrumbado en todo el mundo, salvo, lamentablemente, en Colombia.

Llama la atención la forma abstracta, indirecta y confusa del veto formulado por los profesores Daniel Suárez Rivero y Mauricio Romero.

Ambos son incapaces de demostrar lo único que habría permitido objetar legítimamente el trabajo de grado de Carlos Romero Sánchez: que los elementos conceptuales aportados por ésta, la información histórica reunida, rescatada del olvido y cotejada, así como los testimonios personales analizados, los hechos notorios constatados por la prensa de la época, son falsos o son interpretados de manera abusiva, incoherente o imprecisa.

Ninguna de las objeciones de los lectores avanza en ese terreno.

Lo de ellos es de otro orden: son reproches teóricos, es decir puntuales y francamente esotéricos, pues sin postulados explícitos y sin demostración alguna. Ellos pretenden, por ejemplo, que el autor del trabajo de grado no utilizó una “bibliografía académica”, no presentó un “marco analítico”, no se apoyó “en referentes teóricos válidos y aceptados en la Academia” (sic).

Nada de eso es consistente. El historiador parte de hechos, no de “bibliografías”, ni de “marcos analíticos”, ni de “referentes teóricos”. El historiador, examinando hechos y eventos, trata de establecer y diferenciar causas y consecuencias, respetando una cronología estricta, y no entrega unos resultados basado únicamente en sus preferencias y opiniones, ni en “marcos analíticos” abstractos, o en una misteriosa “bibliografía” preestablecida.

Como el trabajo de Carlos Romero parte de hechos y no de postulados, y como descansa sobre informaciones verificadas y no sobre un corsé ideológico anterior (el famoso “marco analítico”), su planteamiento es rechazado. Tal rechazo es inadmisible.

Algunas críticas de los evaluadores Suárez y Romero son de un nivel diferente, aunque igualmente inmateriales y enigmáticas. David Suárez le reprocha a Carlos Romero haber hecho una “lectura ideológica” y no “científica” de lo que ocurría en Colombia en los años analizados. Al utilizar ese lenguaje el profesor Suárez revela su propuesta de lectura: la distinción marxista, que es un puro reduccionismo, entre “ciencia” e “ideología”.

Los dos censores tratan de erigir, como objeción máxima, la temática del “método” utilizado en la redacción del trabajo de grado de Carlos Romero. Tal intento es lamentable. Primero: es difícil saber de qué quieren hablar exactamente esos profesores. Pues los dos aluden tanto al “método” como a la “metodología” como si estos términos fueran sinónimos. La confusión terminológica de estos dos críticos tan severos llama la atención. El rigor que ellos pretenden encarnar muestra rápidamente sus límites.

Mauricio Romero, pretende que al trabajo de grado le faltan “unos resultados de acuerdo con una metodología”. ¿Pero cuáles son esos resultados viciados? Como él no los menciona, la pregunta siguiente es: ¿Los resultados de una investigación historiográfica deben ser la excrecencia de una metodología particular? ¿Cuál es esa metodología? Mauricio Romero no arriesga una sola palabra al respecto.

Los “métodos establecidos” de David Suárez se parecen mucho a la “metodología” que exige Mauricio Romero, la cual tiene una característica: producir unos “resultados” aceptables.

La confusión que hacen los evaluadores entre método y metodología tiene efectos negativos. El método es el conjunto ordenado de operaciones orientadas a la obtención de la verdad, a la construcción de un objeto, o de un razonamiento. La metodología es la ciencia del método. Es el conjunto de métodos y de técnicas aplicables a un campo del saber.

David Suárez confunde todo eso e invoca la ausencia de “una metodología que permita a los eventuales lectores [del trabajo de grado] establecer un control público sobre los resultados y hallazgos” del autor.

Más adelante reitera que el trabajo no se presta a “un control a través de los métodos establecidos como válidos en ese mismo campo de estudios”. Todo eso es impreciso y capcioso. Sin embargo, la obsesión de Suárez sobre el “control” de lo que debe producir el historiador gracias a una “metodología” muestra algo: que para él la producción histórica sólo es válida si hay una metodología que domine los resultados. Es más: los resultados deben ser la creatura de la metodología. El método inverso, el de una metodología que se adapta a los eventos para abarcarlos y comprenderlos plenamente y para llegar a conclusiones nuevas, es sospechosa. Cuando el esquema previo, utilizado como sinónimo de metodología, no domina el trabajo teórico, los resultados de éste son rechazables, estigmatizables.

Esa curiosa contorsión de la lógica es el esquema de pensamiento aplicado para descalificar el excelente trabajo de grado de Carlos Romero Sánchez. ¿Cuál es la misteriosa “metodología” que los profesores no ven en el trabajo del estudiante? Es, obviamente, el marxismo, cuya fascinación sigue causando estragos en la universidad colombiana, cuando ésta está agonizando en las universidades europeas y hasta en los manuales escolares de historia europeos. El objetivo central de las exigencias sobre la misteriosa “metodología” que se puede exigir pero no nombrar, es lo siguiente: que las Farc no pueden ser estudiadas sino a partir de los esquemas marxistas. Esa es la piedra filosofal tan bien guardada por esos eminentes profesores. Eso es lo que nos dicen sin atraverse a decirlo con franqueza.

Es lo que Michel Foucault denunciaba en 1966 al criticar las “configuraciones subterráneas” que producen las sociedades y que secretan unos “a prioris históricos” y unas “escalas de saber” que impiden la emergencia de un nuevo saber. En ese contexto, él desarrolla su concepto de epistema: pilares de saber que delimitan lo que una época puede pensar y no pensar.

Ese fantasma del método marxista ocultable y oculto, como formidable epistema, apareció también en las valoraciones, igualmente sectarias, de dos otros profesores de esa misma universidad que, confrontados al trabajo de grado de Romero Sánchez, decidieron que el estudio sobre los orígenes de las Farc debía ser rechazado pues carecía de las “categorías propias de ese saber”, pirueta intelectual muy cercana al “marco teórico” que exigen ahora Suárez y Romero y sin el cual no se podría abordar la historia de las Farc.

Otro evaluador, Gustavo Salazar, llegó al colmo de acusar a Carlos Romero Sánchez de no haber seguido la línea de tres autores marxistas, Hobsbawm, Pécaut y Paul Oquist, que son precisamente quienes, por razones ideológicas, pasaron bajo silencio las informaciones tan pertinentes que Carlos Romero redescubre y examina en su trabajo de grado.

Los mayores impulsores de la impostura del “marco teórico previo”, de esa metodología demencial, son dos profesores, Medófilo Medina y Carlos Medina Gallego, quienes tratan de imponer en la Universidad Nacional de Colombia la creencia de que para estudiar los orígenes, la trayectoria y la naturaleza de las Farc sólo hay que consultar a las Farc, valorar la documentación de las Farc y huir de las otras fuentes posibles e imaginables de conocimiento.

Ese “método” ha dado unos resultados formidables aunque asombrosos, escritos y validados por ellos : que las Farc fueron forjadas para luchar por la paz, que las Farc no son una organización terrorista, que éstas sólo son “percibidas” [erróneamente] como terroristas, que las Farc fueron únicamente un producto local, que las Farc no fueron financiadas por la URSS ni por Cuba, que las Farc elevan el nivel de vida de los campesinos, de los colonos y de las “capas medias”, que las Farc luchan por una reforma agraria, etc. Esas afirmaciones alucinantes pueden ser leídas en el libro de esos autores intitulado Farc-Ep Temas y Problemas Nacionales 1958-2008. (Ediciones de la Universidad Nacional de Bogotá, 2008).

Si se escogen fuentes distintas a la propaganda de las Farc, como la prensa colombiana, los archivos o los testimonios de las víctimas de las Farc y de los ex miembros o disidentes del PCC, se cae en lo que la profesora Yolanda Rodríguez llamaba, en su carta de 2012, una “crítica personal” o un trabajo “maniqueo”.

Nuestra conclusión, ante esas críticas opacas e insidiosas y esa descalificación desproporcionada de un trabajo de grado que merece ser acogido y aplaudido, es que si las facultades de ciencias políticas dejan que esos pretextos, disfrazados de exigencias “metodológicas”, lleguen a ser hegemónicos, ellas firman la muerte de la investigación universitaria. El estudiante o el profesor que adhiera a ese enfoque se convertirá en un policía del pensamiento marxista, en un bárbaro que milita contra la verdad y la civilización.

Lo que esa escuela trata de imponer en Colombia es que para tratar la temática Farc, o cualquier otro tema “social” o “político”, sólo vale el método marxista (si el marxismo, y su esquema de lucha y abolición de clases y de la dictadura necesaria, puede ser visto todavía como un método), el cual debe dar necesariamente unos resultados conformes al modelo: los vertidos en las resoluciones de la dirección del partido comunista. Esos resultados en círculo vicioso, teleológicos, ya los conocemos en Colombia: es la demagogia justificadora de la violencia impartida por las Farc desde los años 1950 para llegar a la construcción del utópico “hombre nuevo”.

El trabajo de grado de Carlos Alberto Romero Sánchez es rechazado por eso: por no validar el análisis del PCC sobre su creación más monstruosa: las Farc. El profesor Suárez es el único de los dos calificadores que se atreve a tocar, aunque sea fugazmente, un punto de ese trabajo. Suárez dice que le molesta ver cómo la “‘ideología’ marxista-leninista” (las comillas simples son de Suárez) es “asumida [léase criticada] en el texto” de Romero. Y agrega: “El autor hace una lectura ideológica de los fenómenos que estudia, cuando sin que medie análisis crítico ninguno del discurso se extrae de éste una conclusión sobre la afiliación ‘política ideológica’ del hablante.”

El “hablante” en este caso es Teófilo Rojas Varón, alias “Chispas”, un criminal patológico, autor de 592 asesinatos de campesinos y de quien siempre se dijo que no tenía un norte político. Suárez no admite que ese personaje haya estado en negociaciones con el centro comunista que preparaba la fundación de las Farc, punto que el trabajo de Romero prueba de manera irrefutable. Suárez pretende, como lo han pretendido los historiadores marxistas colombianos, que el lenguaje de lucha de clases utilizado por ese criminal, en una carta a una reina de belleza, no indica que él estuviera bajo la influencia de los comunistas. “Esto no constituye un nexo evidente”, estima Suárez.

Desde luego. Sin embargo, el profesor Suárez oculta un detalle interesante: que ese tema de la carta no es el único hecho invocado como indicio de ese proceso de radicalización y adoctrinamiento (el cual fue interrumpido en 1963 por la muerte en combate del temible bandido), en el trabajo de grado de Carlos Romero Sánchez, sino que, por el contrario, hay allí otros hechos numerosos que prueban la dinámica de la politización comunista de “Chispas”. Entre otros, podríamos enumerar el episodio de la foto del Che Guevara, ministro en Cuba, que Chispas llevaba en su uniforme cuando murió; la entrevista que le hizo a Chispas una periodista finlandesa, Elina Bautavara, en 1961; los elogios públicos a Chispas de un célebre abogado de izquierda, Eduardo Umaña Luna; las detenciones y la rápida puesta en libertad del tremendo bandido gracias al concurso de jueces corrompidos y abogados militantes; el papel de Chispas al frente de una confederación guerrillera orientada por comunistas; los lamentos y elogios fúnebres de la prensa comunista ante la muerte de Chispas; el paso a manos de un jefe guerrillero comunista, alias Desquite, de la banda de Chispas tras la muerte de éste. Suárez no valora ninguna de esas revelaciones. Él parece no haber leído el trabajo de grado.

Los profesores tampoco objetan, ni dicen una sola palabra, acerca de lo que el trabajo de grado afirma sobre la evolución de bandidos como Arango Fonnegra, Sangrenegra, Desquite, Tarzán, Avenegra y Capitán Tolima, ni de la importancia del testimonio de Carlos Augusto Mendoza.

De tal actitud se puede deducir que el profesor Suárez ignora eventos que él debería conocer en tanto que profesor de ciencias políticas pues los que estudia Romero Sánchez en su trabajo habían sido mencionados en los años 1960 por la prensa colombiana, no sólo por un diario sino por varios diarios de diferentes corrientes políticas. Sin embargo, esas informaciones han sido sistemáticamente ignoradas por los historiadores actuales. Lo que es muy deplorable pues, como decía Boris Souvarine, “Hay que conocer la siniestra historia de ayer para comprender la tortuosa política de hoy y de mañana”.

Un incidente curioso paralelo a esto muestra hasta dónde puede ir esa voluntad de ocultar las cosas. Las colecciones de prensa de las bibliotecas de Bogotá han sido objeto de vándalos que mutilan o destruyen los artículos sobre la violencia susceptibles de desvirtuar la versión acomodaticia de la historiografía militante. Ese fue uno de los descubrimientos hechos por Carlos Romero Sánchez durante su investigación. Uno de los diarios que más sufre de esa acción de mutilación, constató ese hecho y lo denunció públicamente en 2012.

Para finalizar: los citados profesores violaron, en mi opinión, la “Guía para directores, lectores y estudiantes para la elaboración y evaluación de los trabajos de grado maestrías”, de la facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana. Según esa guía, los criterios para redactar el trabajo de grado son muy precisos: 1. Aportar un conocimiento crítico sobre la materia o disciplina abordada. 2. Tener los instrumentos teóricos, metodológicos y analíticos que lo habilitan en el proceso investigativo, y 3. Desarrollar el trabajo bajo la tutoría de un director.

Según esa misma guía, los criterios de evaluación del trabajo de grado son: 1. Suficiencia y precisión conceptual. 2. Coherencia argumentativa. 3. Diseño metodológico claro, y 4. Uso adecuado del idioma.

Como hemos visto, el trabajo de grado de Carlos Alberto Romero Sánchez no merece el rechazo académico que ha sufrido pues cumple con los requisitos de la Guía.

Como en el rechazo anterior, estamos ante un bloqueo de origen político, no intelectual, ni propiamente académico. Queda visto que es imposible para esos profesores de la Universidad Javeriana apreciar de buena fe ese trabajo de grado que combate ciertas creencias políticas y ciertas obsesiones ideológicas muy precisas.

Por eso, le ruego, señor Director, rechazar los conceptos recibidos de los profesores Daniel Suárez Rivero y Mauricio Romero, y poner ese trabajo de grado a disposición de dos nuevos evaluadores.

Insisto en la reversión de la anómala decisión pues creo que hay que reparar la injusticia cometida contra el estudiante Carlos Alberto Romero Sánchez. Y por algo más: mi sincera preocupación por el futuro de la Universidad Javeriana. Lo que hemos visto en este episodio es que la libertad de cátedra, la libertad de trabajar la materia histórica, la libertad de pensar, están en peligro en Colombia.

Cordialmente, Eduardo Mackenzie
Chercheur associé à l’Institut d’Histoire sociale, Nanterre, France

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Como dice un amigo mío:

Si no puedo convencer a mis hijos de que estudien alguna carrera que no haga parte de las "ciencias sociales" (historia, antropología, sociología, etc.), de una vez que estudien en la Nacional y se ahorra uno una platica. En las privadas, el adoctrinamiento es el mismo solo que muchísimo más caro.

Anónimo dijo...

Deberían, cuando sea posible, enlazar la tesis de Romero. Algo de difusión no vendría mal.

Ruiz_Senior dijo...

Anónimo 9.33 AM. Mala idea de su amigo: los comunistas son el tipo de seres humanos hechos para someterse a las jerarquías. Cuanto más cara la universidad, mejores contactos para ser después profesores de la Nacional.

Esa idea de las "ciencias sociales" ya lleva en sí el parasitismo: la vieja idea de que el trabajo es algo que uno les deja a los demás porque es demasiado buena persona, demasiado comedido y demasiado inteligente.

Gracias por sus comentarios.

Ruiz_Senior dijo...

Anónimo 9.35. No tengo ni idea de lo que harán con eso, podrían publicarla como libro, y la denuncia serviría para empezar a crearle público.

Gracias por su comentario.

Anónimo dijo...

En cambio los heroes de nuestro país si son personas ejemplares:

Desde los seis años hacía labores domésticas sin remuneración ni contacto con sus allegados.

El Ministerio del Interior deberá encontrar a los padres de una mujer que desde los seis años fue sacada de su hogar en Anzoátegui (Tolima) y esclavizada por una familia en Bogotá, quienes la obligaron a trabajar en labores domésticas sin remuneración y sin tener contacto con su familia.

La orden es de la Corte Constitucional que en un ejemplar fallo de tutela protegió los derechos de Amalia (nombre supuesto que le dieron los magistrados para proteger su identidad), quien estuvo cautiva 12 años en la casa de un oficial retirado del Ejército.

Ruiz_Senior dijo...

Anónimo 1.22 PM

Se puede decir que la familia de ese oficial observaba un comportamiento casi jesuítico.

Oreo Elytis dijo...

Pienso igual que ojalá hiciera público su trabajo, para que más personas lo lean y entiendan más de la historia política de Colombia. Me gustaría leer tanto ese trabajo, debe ser interesante.

Anónimo dijo...

Bueno, si el estudiante quiere vivir en Colombia le convendría olvidar la cosa y escribir algun panfleto que "pruebe" la relación del ejército con la 'siembra' de minas antipersona.

Se evita problemas para obtener el grado y se ahorra las amenazas de los justicieros.

Anónimo dijo...

Tanto el señor Romero ocmo el señor MacKenzie son dados a escribir su propia historia sin fuentes documentales. Basta leer sus escritos donde muchas afirmaciones ofenden la inteligencia del lector. ¿Cómo pretenden ser sustentables sus ideas nacidas del deseo?
Parecen trabajar para las derechas y no ser ecuánimes.