9 oct. 2013

Colombia sí se parece a Sudáfrica

En un artículo reciente sobre la negociación de La Habana, Sergio Araújo afirma (respecto a un visitante sudafricano que predica el pacifismo):
Sus palabras, ejemplarizantes, develan como nuestro “sueño de paz” padece de una incorrecta formulación pues se procura entender el fenómeno con parámetros convencionales, haciendo paralelismos imposibles con Sudáfrica, Irlanda, y otras naciones; por eso los apóstoles de paz que vienen a darnos valiosos testimonios, como Lapsley, Desmond Tutu, y tantos otros, cuyas visitas agradecemos, traen un mensaje que genera admiración, pero no identidad en esa población que opina en las encuestas.

La razón está en que Sudáfrica e Irlanda, por ejemplo, sufrieron penosos años de confrontación por una división verdadera, y significativa en términos porcentuales, entre grandes segmentos poblacionales definidos; en el primer caso por intolerancia racial, y en el segundo por hondas confrontaciones religiosas. Así las cosas, las palabras tolerancia y aceptación, podían desembocar en perdón, verdad, reconciliación y convivencia.
Todo en Colombia acusa ese nivel de superficialidad. ¿Cuáles eran o son las "hondas confrontaciones religiosas" que dividían o dividen a los norirlandeses? Siempre es así, uno tiene que vivir explicando que Alá no es una entidad diferente de Dios ni tampoco de God ni de Gott ni de Dieu, o que Batista o Sihanouk no eran radicales anticomunistas. ¿Unos norirlandeses odiaban o combatían a otros por no participar del culto mariano o por no creer en la teoría de la predestinación? ¿No les perdonaban el amor al papa o la consideración de Lutero o Calvino como herejes? Es impresionante.

La causa de la confrontación en Irlanda del Norte era el anhelo de la minoría aborigen, étnicamente afín a la mayoría de los habitantes de la República de Irlanda, de separar al país del Reino Unido e integrarlo en la república (que ocupa la mayor parte de la isla y se independizó de la corona británica a comienzos del siglo XX). Había un bando republicano y otro lealista, expresión de grupos étnicos distintos, uno de cuyos rasgos era la religión (la mayoría de los norirlandeses protestantes son afines étnicamente a los escoceses y sus antepasados emigraron a Irlanda después de la Edad Media, bajo el dominio británico). En absoluto una cuestión de odios religiosos, los protestantes en la república de Irlanda jamás encuentran ninguna hostilidad causada por sus creencias.

Esa misma fractura étnica definía el conflicto en Sudáfrica y ciertamente no tenía ninguna relación con intolerancia racial. Sencillamente, el grupo mayoritario de los descendientes de invasores europeos era dueño del Estado y pretendía excluir del gobierno y sobre todo del disfrute de las rentas fabulosas de las minas del país a la mayoría de la población negra. Es decir, el Apartheid  no era un proyecto derivado de teorías racistas sino un programa para asegurar a los dueños tradicionales del Estado el control político y las rentas. Al respecto no está de más citar lo que dice Franz Oppenheimer sobre la esencia del Estado.
El Estado, totalmente en su génesis, esencialmente y casi totalmente durante las primeras etapas de su existencia, es una institución social, forzada por un grupo victorioso de hombres sobre un grupo derrotado, con el único propósito de regular el dominio del grupo de los vencedores sobre el de los vencidos, y de resguardarse contra la rebelión interior y el ataque desde el exterior. Teleológicamente, esta dominación no tenía otro propósito que la explotación económica de los vencidos por parte de los vencedores.
Y es una definición que corresponde con toda precisión tanto a Irlanda como a Sudáfrica (y que coincide además con la teoría marxista). El Estado sirve a los intereses de los descendientes de los conquistadores, la etnia dominante, y surge una oposición que intenta destruir ese orden, en Irlanda con base en la reivindicación de la unidad de la isla, en Sudáfrica con base en las aspiraciones de la mayoría negra. El origen del Estado es el mismo en Colombia, como no podría ser menos, y el núcleo del conflicto también. De ahí que la confrontación sea tan "verdadera y significativa" como en esos casos. La idea de que las diferencias religiosas lleven a matarse por motivos reales y los intereses económicos son motivos ficticios ya forma parte de un mundo de irrealidad.

En el párrafo siguiente, Araújo considera lo que hace diferente a Colombia:
En Colombia no es así, aquí somos el mismo tutti frutti racial, somos mayoritariamente cristianos, y las consignas raciales y religiosas en todo caso no generan las pasiones que producen violencia. Como si fuera poco, nuestro marco legal fomenta la tolerancia, y protege casi excesivamente las minorías.
Se puede decir que la exuberancia reproductiva de los conquistadores produjo una mayoría de población mestiza en la que es imposible sacar a partir de rasgos físicos a un grupo étnico dominante, y aun puede que hubiera menos mezcla con aborígenes o negros en grupos que no se pueden definir como "etnia dominante", como podría ocurrir con los antioqueños respecto de los bogotanos. El problema aquí es la definición, esta vez sí racista, de lo que conforma los grupos étnicos. Es decir, un aspirante a un cargo en Sudáfrica podría tener ventajas por el mero hecho de ser blanco, pero si su familia fuera la de un ministro su ventaja sería mayor. En Colombia ocurre lo mismo: el grupo étnico (es decir, de familias y clanes) que ocupaba los cargos públicos en el periodo colonial no se distingue por el color de la piel, pero eso no quiere decir que haya igualdad de oportunidades para todos.

Toda la historia republicana en Colombia, por el mero hecho de la expansión del modelo liberal estadounidense, es ese forcejeo entre la resistencia del orden de castas colonial y la asimilación a la democracia. El conflicto con las guerrillas es sólo la continuación: el magno esfuerzo de las castas dominantes por congelar el orden jerárquico y excluir toda forma de competencia. Antes de explayarme sobre eso, sobre lo que he publicado decenas de entradas de este blog, sigo con el escrito de Sergio Araújo.
Nuestro problema es diferente, aquí, la guerrilla pasó de reivindicar –hace 50 años- una pequeña franja campesina sin ideología distinta a su necesidad de subsistencia viable, e hizo una metamorfosis hasta someterla e incluirla en un esquema de guerra de guerrillas sin esperanza de triunfo.
Hay que presuponer la honradez del señor Araújo, pero lo que escribió en ese párrafo es rotundamente falso: la guerrilla de las FARC es sólo el Partido Comunista en el campo. Décadas antes de llamarse FARC seguían la ideología comunista y formaban parte de la estrategia de ese partido. Al respecto se puede leer por ejemplo este párrafo del dirigente comunista Álvaro Delgado:
La resolución del Comité Central que el 22 de octubre de 1949 ordenó a su militancia la formación de comités de autodefensa allí donde fuera necesario para enfrentar la violencia latifundista planteó “al proletariado y al pueblo la necesidad de defenderse, replicando a la violencia de los bandidos fascistoides con la violencia organizada de las masas” (Estudios Marxistas, 1975, No. 10, p. 5). La autodefensa campesina no es despliegue de violencia contra los enemigos sino resistencia organizada contra la violencia oficial. La temprana cercanía del partido con las formas de lucha ilegales –impuesta por los gobiernos represivos bajo los cuales se desarrolló– lo convirtió en víctima principal de las persecuciones entre los grupos políticos nacionales.
Acerca de la esperanza de triunfo, no estaría mal que el interesado leyera este esclarecedor escrito de Carlos Romero Sánchez. O esta respuesta del líder estudiantil alias Andrés París:
PL: ¿Piensa que una Colombia en Paz será posible? 
Es posible, y una Colombia en paz es parte y paso de un proceso mucho más amplio de transformación hacia el socialismo en nuestro país.
De momento la esperanza de triunfo es bastante fundada: ya no una posibilidad sino un hecho consumado: los colombianos aceptaron que se premiara el crimen, ya ocurrió en 1991, esta vez se han asegurado el éxito y todo lo que ocurrirá será sólo el acostumbramiento a algo que ya ocurrió. Unos párrafos más abajo asegura Araújo.
Pero, sin duda, aquí no hay una división poblacional violenta. No hay una confrontación racial, religiosa, y ni siquiera ideológica, y apenas quizá un descontento oscilante entre segmentos socioeconómicos que en efecto viven en condiciones que requieren atención urgente y patrocinio estatal para su desarrollo.
¿Quién va a oponer dudas ante lo que se proclama "sin duda"? ¿No hay una confrontación ideológica? ¿Hay tal vez alguna afinidad entre la gente que quiere una sociedad democrática y la que vomita odio todos los días contra Uribe?

Esta cuestión sería la más importante si no hubiera otra, íntimamente relacionada: la de si se puede pensar o discutir. Es completamente imposible discutir con los colombianos o tratar de acercarse a la verdad. Toda duda sobre las certezas sobreentendidas en ese párrafo se entiende como "ganas de joder". ¿Qué son las FARC? ¿Representan a alguien? ¿Hay alguna responsabilidad de quienes las apoyan? Yo creo que las personas que establecen alguna relación entre los terroristas y quienes los promueven son apenas unas decenas, los demás parten del supuesto de que surgieron sin ideología defendiendo a unos cuantos campesinos pobres y después son puros "bandidos" sin ideología.

Esa cuestión de la prohibición de pensar merece muchas reflexiones, pero de momento conviene atender a la representatividad de las FARC: ¿qué defiende hoy en día Ernesto Samper Pizano y la gente que lo acompaña, como Piedad Córdoba, su hermano Daniel, María Emma Mejía, Alfonso Gómez Méndez, Amylkar Acosta, Sigifredo López y demás angelinos? La benevolencia con que Sergio Araújo ve a Samper explica esa afirmación de que no hay un conflicto ideológico. La profunda indigencia intelectual y moral de la mayoría explica que no se pueda discutir sobre eso.

Araújo lo dice claramente:
Si nos aventuramos a los números, quizá entenderíamos que la guerrilla no es ni representa el 1% de la población. Así las cosas, ¿tiene sentido sentarse a “refundar la patria” con quienes no representan mas que eso, y quizá mucho de ello solo a la fuerza?
Es decir, las universidades son ajenas a la guerrilla, al igual que Fecode, que la CUT, que la MANE, que los grupos políticos PDA, PCC, Marcha Patriótica, Progresistas, Verdes, etc. ¿Lo dice o no lo dice?

Otros creemos lo contrario. Los uribistas son seres humanos tan enternecedores que creen ambas cosas. No les plantea ningún problema, todo lo que sea evaluar la realidad más allá de sus proclamas de lealtad al Gran Timonel produce respuestas como las que darían los niños discutiendo teorías psicológicas.

Para acabar con las citas del escrito de Araújo tengo que aclarar que ese argumento de la no representatividad de las FARC es falaz: en el País Vasco los portavoces abiertos de ETA obtenían a menudo más del 15% de los votos, eso no podría legitimar una negociación, tampoco si fuera el triple. Las instituciones democráticas no se negocian con criminales, sea cual sea la representatividad que ostenten. En el caso sudafricano el régimen no era democrático, en el irlandés sólo se abrió el camino para la desmovilización.

En Twitter le expliqué al señor Araújo que en mi opinión sí existe una extrema afinidad entre el régimen de Apartheid sudafricano y el que impera en Colombia, y que las FARC sí representan a una franja de población; me contestó esto:

El origen de las guerrillas comunistas es la Guerra Fría y el esfuerzo de los comunistas, copiosamente incentivados por los soviéticos, por reproducir en las selvas colombianas (y en las de Indochina, Indonesia y muchas otras regiones) la experiencia exitosa de la "guerra popular prolongada" que llevó al poder al comunismo en China. Su gran refuerzo fue el éxito de la Revolución cubana, que generó formidables corrientes a favor en todo el continente.

Lo que al parecer nadie se pregunta es quiénes crearon esas guerrillas y de dónde procedían. La historia registrada sobre el M-19 es muy elocuente:
Por esos primeros días de diciembre Enrique Santos desarrolló una amplia discusión con Jaime Bateman Cayón, cuyo grupo también se disponía a lanzar el M-19, prácticamente al tiempo que se lanzaría el primer número de Alternativa (el “Eme” el 17 de enero de 1974 y Alternativa el 18 de febrero). Juntos encontraron una gran afinidad entre los dos proyectos, pues coincidían en la necesidad de generar formas de comunicación política superiores al sectarismo, el dogmatismo y la hiperideologización que caracterizaba a la izquierda de la época. 
A partir de ahí el M-19 participó en la vida de Alternativa periodísticamente y, en algunos periodos, económica y administrativamente. Pero la participación del M-19 fue mucho más allá. De la fundación de Alternativa hicieron parte personajes que durante 1974 se convirtieron en militantes de primera línea en la organización subversiva, entre ellos, Carlos Duplat, que se encargó de organizar en los primeros números el diseño y maquetación de la revista y Carlos Vidales —el hijo del poeta Luis Vidales—, que acababa de escapar de Chile luego del golpe militar, y que asumió como redactor y fiscal de la publicación. Asimismo, Carlos Sánchez, redactor y fotógrafo; Sebastián Arias, redactor; y Nelson Osorio, escritor y redactor; ya eran militantes del “Eme” cuando surgió Alternativa. Según estas cuentas, además del diálogo entre Bateman y Santos, el hecho era que, por así decirlo, la mitad del equipo de Alternativa en 1974 era del M-19; aunque algunos de ellos ni lo sabían, por el grado de compartimentación que existía.
El comunismo fue la elección casi unánime de los profesores y estudiantes universitarios de los años sesenta y setenta. ¿Tiene eso alguna explicación? Lo tragicómico es que todo el mundo en Colombia cree que los que más saben son los más tontos (sinceramente y a la vez tristemente, creo que soy el único que lo duda). ¿Por qué el grupo social más rico se identifica con un discurso de resentimiento que predica la distribución de la riqueza entre los pobres? No recuerdo casi a ningún colombiano que quiera encontrarle una explicación racional a eso. Y es sencilla: de lo que se trata es de la protección del rango y las rentas de los grupos superiores de la vieja sociedad, amenazados por el ascenso de cualquiera que acumule dinero o mérito. Desde el mismo mundo de las sectas estudiantiles y la "épica del bochinche" se nota el predominio "natural" de los privilegiados sociales, que están a salvo de cualquier competencia gracias a las camarillas que los protegen. Las cúpulas de todos los grupos radicales estaban formadas por personas de origen social muy alto que esperaban acceder a cargos de poder, por jóvenes que fueran.

Lo "exótico" de esa explicación sólo habla de la escasa información que maneja el señor Araújo: fue lo mismo en toda Hispanoamérica. Por eso Octavio Paz, a quien no parece haber leído mucho, señala que el autoritarismo de la izquierda mexicana es expresión de una "modernidad inauténtica", mientras que Guillermo Cabrera Infante señala que la Revolución significó el ascenso de la minoría blanca urbana, que en una sociedad de libre empresa estaba en desventaja y gracias a las expropiaciones accedió a rentas y lujos que no habría obtenido en condiciones de competencia. Eso mismo se puede decir de Centroamérica, con las universidades de jesuitas dirigiendo la revolución.

Lo fascinante en Colombia es que la "izquierda" impuso su programa en 1991 y desde entonces todos los gobiernos están sometidos a la letra de la Constitución impuesta y sobre todo a las autoridades surgidas de entonces: las altas cortes (prácticamente todos los magistrados que se retiran y opinan sobre política son defensores de Piedad Córdoba). El resultado, para que se deje de dudar sobre la identidad entre la llamada izquierda y las castas superiores de la vieja sociedad, es que entre 1991 y 2002 el coeficiente de Gini pasó de 51,3 a 60,7, el efecto natural de la acción de tutela y la multiplicación del gasto público impuesta por esa constitución (sólo en Colombia es concebible que durante décadas haya habido personas que empezaban a cobrar pensión a los cuarenta años, o que la mitad de los empleados estatales esté en el primer decil de renta).

Es casi tedioso insistir en la identidad entre la izquierda y las clases altas, baste pensar en los lectores de Semana y en los discursos de sus columnistas. Más complicado es entender la rotunda identidad que hay entre los grupos comunistas y las guerrillas. Pero sólo por el freno que hay en las cabezas colombianas para encontrar en el terrorismo y el crimen organizado la esencia del país: ¡tiene que ser que los profesores de la Universidad de Los Andes, de la Javeriana, del Externado, de EAFIT, del Rosario, etc., entienden menos el mundo que el primer exaltado que descubrió que el terrorismo es malo!

Sencillamente, las bandas terroristas no serían nada sin el apoyo que reciben desde el poder judicial y desde instancias políticas. Aun con eso, no serían nada sin la disposición de los gobiernos y los políticos a sacar réditos de premiarlas con negociaciones de paz. Es decir, en el ascenso del programa comunista los crímenes son una pequeña parte que refuerza algo mucho más complejo que es el dominio del aparato estatal por las redes civiles del comunismo. Es verdad que éste es una "ideología foránea", pero su éxito consiste en encarnar los intereses de los grupos que siempre han sido dueños del Estado, exactamente igual que en la Sudáfrica del Apartheid.

Otra cosa es que alguien acepte eso: ¡hay que decidir si yo soy un chiflado con ocurrencias exóticas o si Uribe y Araújo son dos imbéciles! Ya es imposible encontrar a un solo colombiano que quiera admitir que las FARC no son simples traficantes de cocaína sino que tienen un programa político, no faltaría más sino suponer que Uribe no lo entendiera todo mucho mejor que Octavio Paz o que necesitara leerlo o siquiera leer algo. En la China de la Revolución cultural cualquier idea eficiente de un ingeniero era atribuida al presidente Mao, el uribismo, guiado por maoístas que no vacilaban en destruir la democracia para implantar una presidencia vitalicia, sigue con lo mismo y ciertamente cualquier preocupación por la verdadera naturaleza del terrorismo o por los motivos por los que unas políticas tan exitosas como las que se aplicaron durante la presidencia de Uribe encuentran tanto rechazo entre las clases altas e intelectuales es propia de locos: el motivo no puede ser otro que la inferior inteligencia de los miembros de esas clases comparada con la de los uribistas.

Con esos presupuestos cómicos y con esos designios opuestos a la democracia será imposible hacerle frente a la conjura terrorista. Como no hay valores claros no es en absoluto sorprendente que el uribismo esté por lo general apoyando la negociación de La Habana e intentando mejorarla, promoviendo al Senado a los asesinos del M-19 y a la presidencia al primo de Juan Manuel Santos, un personaje tan comprometido con la izquierda como él (fue quien contrató a los angelinos del Informe de Memoria Histórica). Es normal: el programa uribista no es más que los sueños de poder de una secta maoísta, la lagartería de personajes que no se distinguen mucho de Roy Barreras (con quien Uribe hacía componendas en una fecha tan reciente como febrero de 2012) y la manipulación de un efecto supersticioso muy parecido al que explotan los chavistas.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me llama la atención que hable de los profesores de las universidades privadas, le recomiendo esto (escrito por uno de los profesores más brillantes de la facultad de economía de Los Andes).

Ruiz_Senior dijo...

Anónimo: a veces me quedo pensando que soy idiota o que lo que leo después de haberlo escrito es lo contrario de lo que pensaba.

Hace muchísimo tiempo que repito en muchos sitios que las universidades colombianas son puros adoctrinaderos de asesinos. Es lo que digo en este post, que los profesores de esas universidades son los ideólogos del terrorismo.

Para refutarme usted me enlaza un artículo que me lo confirma.

No entiendo.

Anónimo dijo...

No no. No fui claro.

No estaba tratando de refutarlo. Tampoco de convencerlo, solamente de mostrar otro ejemplo de lo que usted ha dicho y que gente con doctorado en MIT es capaz de afirmar, sin asomo alguno de vergüenza, que el asesinato es un medio aceptable de obtener poder.

Ruiz_Senior dijo...

Perdón, lo entendí mal. Los nazis contaron con el apoyo de muchos ganadores de premios Nobel. Ese hombre es un criminal por mucho que tenga doctorado.