4 mar. 2014

La paz no es partida de póquer

Por Jaime Castro Ramírez

El galardón más preciado del ser humano es evidentemente poseer la tranquilidad que proporciona el derecho esencial a vivir en paz. Esto tiene unas exigencias muy puntuales que deben conllevar a lograr lo que se llama una paz duradera, y para que sea paz duradera tiene que ser una paz justa, lo que significa básicamente que no puede haber impunidad, y para que no haya impunidad tiene que aplicarse justicia.

En estas condiciones, no se puede concebir una paz fracturada en sus principios, como aceptar por parte del gobierno circunstancias extremas que la desvirtúan en su esencia fundamental, como por ejemplo citar las siguientes muestras de lo que puede ocurrir:

1. La no entrega de las armas por parte del terrorismo y conjugando esto con la exigencia de las FARC de disminuir el ejército de la república. Buscan el medio propicio para luego, si es necesario, tomarse el poder por la vía armada.

2. Amnistiar a terroristas por crímenes de lesa humanidad concediéndoles impunidad total al no pagar cárcel, y a cambio premiarlos con poder político regalándoles curules en corporaciones públicas.

Estas son afrentas al sentido real y filosófico de la paz, y en consecuencia lo que pueden producir es más violencia. Además porque se manda un mensaje muy negativo a la sociedad colombiana en el sentido de que el crimen paga.

Enorme responsabilidad en negociación de la paz
Negociar la paz lleva intrínseco un grande compromiso de seriedad del jefe de Estado con la patria, el cual es inherente a su responsabilidad con la democracia, con la sociedad, y con el Estado de derecho y sus instituciones. Significa que negociar la paz no tiene nada en común con la simple destreza con que se maneja la baraja de una partida de póker (para lo cual el presidente Santos dizque es experto), ni se trata de un cañazo en la mesa de juego para divertir el ego de apostador de casino, ni mucho menos se trata de un instrumento político para ponerlo al servicio de una campaña reeleccionista en una especie de orgía de poder, complementado con la ‘ayuda’ corrupta de la mermelada que compra voluntades.

Esto último es lo que infortunadamente ha sucedido por parte del jefe de Estado, pretender hacerse reelegir poniendo como eslogan de campaña el tema de la paz (no importa en qué consista la paz que pretende firmar), pero con el agravante de que esta circunstancia le abrió la puerta a insólitas exigencias de las FARC porque saben que entonces la reelección presidencial depende de ellos, y depende desde luego de que Santos les acepte lo que quieran exigirle como concesiones del Estado.

Al país no se le ha informado por parte del gobierno en qué consiste lo que está negociando en Cuba (lo maneja en secreto y a espaldas de los colombianos), pues lo contradictorio es que lo poco que se sabe al respecto es por información entregada por las FARC sobre sus exigencias.

En los círculos políticos se rumora insistentemente que Vargas Lleras no aspiró a ser candidato a la presidencia de la república porque convino con Santos que se compromete con su reelección, y que a la vez Santos lo lleva como vicepresidente y que en dos años le entrega la presidencia. Los dos años que necesita Santos reelegido dizque son mientras firma lo que él llama ‘paz’ para llevarse ese ‘galardón’ que lo acredite como aspirante al premio nobel de paz, y aspirar también a ser secretario general de la ONU.

En tales condiciones, los colombianos estamos notificados de los riesgos que representa la negociación de la paz en los términos en que está planteada, y mas aún porque Colombia perdió la independencia en el manejo de la paz al entregarle la veeduría de la misma al comunismo de Cuba y Venezuela (amigos muy cercanos de las FARC), lo que constituye una siniestra carta de presentación.

¿Para dónde lleva Santos a Colombia moviéndose en este escenario truculento de tempestad comunista? Alguien decía: “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”.

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