5 jun. 2014

La programación de la paz

Por @Ruiz_senior

Aunque tardó muchos meses en hacerse realidad, la intención de Santos de ir en contra del mandato de las urnas y gobernar al servicio del terrorismo era manifiesta desde el mismo día de la posesión, aplicando un plan que claramente determinaría el uso del "motivo" de la paz como argumento fundamental para buscar el voto en la reelección.

Ese cambio de rumbo del gobierno es en toda regla un golpe de Estado y se puede decir que desde el 7 de agosto de 2010 en Colombia no hay democracia, toda vez que el mandato popular pierde todo valor ante el capricho del gobernante, que usa los formidables recursos del Estado para promover sus intereses particulares y gasta varios millones de millones en financiar la máquina de propaganda, amén del uso del poder judicial para perseguir a los posibles rivales y muchas otras lindezas.

Pero tanto percibir la abolición de la democracia como inquietarse por eso son cosas que no están al alcance de los colombianos. "Democracia", "paz", "justicia", son conceptos que cada uno invoca con el sentido que quiere, casi siempre el opuesto al que daría el diccionario. El frente político del terrorismo se llama Polo Democrático, y podrían darse muchos más ejemplos. Pero incluso pasando por alto el envilecimiento del lenguaje, ¿a quién le importa el sistema democrático más allá de los posibles límites al interés de sus adversarios? Hace cinco años había un sector mayoritario que quería una dictadura vitalicia de Uribe y una minoría que quería a las FARC en el poder.

Luego, el régimen de Santos es una dictadura cuyos métodos de dominación se presentan como leves o comedidos para no generar rechazo en Europa y Norteamérica. La alianza con los terroristas que se ofrece como negociación de paz es un instrumento de esa dictadura y la búsqueda de la reelección a punta de presiones a los funcionarios que gastan el presupuesto, de montajes judiciales, de calumnias inconcebibles en la prensa y de chantaje es sólo su afianzamiento, hasta la implantación de un régimen castrista en Colombia.

No habrá mucha gente dispuesta a aceptar que como parte de esa evidente programación de la negociación de La Habana para servir a la reelección está un permiso tácito para que los terroristas amplíen sus negocios y se impongan matando gente, por mucho que sea algo evidente. Si se tratara de paz, forzándose a la monstruosidad moral de admitir una "guerra", sería cuestión de días conseguir que los terroristas se desmovilizaran a cambio de una amnistía. Se trata claramente de otra cosa y si Colombia no fuera un país de gente sistemáticamente deshonesta nadie se atrevería a discutirlo.

Esa actitud del gobierno respecto a la persistencia del "conflicto" recuerda el mahayana, la corriente del budismo que renuncia a buscar la extinción personal como fin central y busca salvar a la humanidad del sufrimiento, para lo que la extinción personal se aplaza. La paz, entendida como el cese de los crímenes, se aplaza porque lo que interesa es su uso para los fines del gobierno y las camarillas que lo rodean.

Pero ese aplazamiento supone la autorización a los terroristas para matar. No se puede decir que de todos modos matarían, porque ya estaban derrotados cuando llegó Santos (cualquiera que viera los mapas de presencia guerrillera en 2010 notaría que sólo eran reductos en las fronteras de Ecuador y Venezuela), ni que ocurre a pesar de la voluntad de sus jefes. Los terroristas no pierden nada si matan porque es por eso por lo que los colombianos se someten y toleran que el gobierno premie sus crímenes.

Las últimas semanas han sido muy "productivas" para los terroristas, varias decenas de policías asesinados, niños bomba en Tumaco y muchas otras atrocidades. Pero pocos días antes de la primera vuelta electoral generaron noticia con el alto al fuego unilateral y después con el acuerdo sobre drogas ilícitas, que se podría resumir en que el gobierno autoriza a los terroristas a seguir en ese negocio y se compromete a suspender la ley, a cambio de una promesa de retirarse cuando tengan todo el poder.

Es muy probable que para la segunda vuelta tengan preparada otra noticia, según lo que vayan anunciando las encuestas (que curiosamente no se publican). Tal vez incluso, como último recurso, un acuerdo de paz que se someterá a referendo. Un poco raro, dado que los terroristas publicaron el mismo día de las elecciones su programa, pero no imposible: puede que por la alegría de la paz la gente pase por alto una entrega total del país a los terroristas.



Lo único claro es que tanto los crímenes como las treguas están programados para ese objetivo de implantación del régimen de las FARC sin resistencia clara. Ésa ha sido la tarea del gobierno de Santos, que nunca tuvo oposición. Que todavía no la tiene, ¿o alguien ha visto alguna tendencia en Twitter o en alguna parte en que se denuncien los fines de los terroristas?

Con toda certeza las encuestas y el estado de ánimo de la gente le dan hoy una ventaja rotunda al candidato Zuluaga. Habrá que ver si la persuasión por el asesinato o por la promesa del alivio, además de la correspondiente proeza de la Fiscalía, consiguen que Santos gane sin necesidad de un fraude descarado. La triste realidad es que bastaría una participación superior al 50%, que hubiera suficientes personas que se preguntaran si quieren que Colombia se convierta en otra Cuba (sería mucho peor, Cuba era un país ordenado y rico cuando cayó en manos de los comunistas), para imponerse de tal modo que el fraude fracase. Pero no hay tal: además de las mil maquinaciones de los medios los últimos días, habrá una gran distracción con el fútbol. Y con una pequeña ventaja de Zuluaga el fraude se puede dar por hecho.

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