26 nov. 2014

Claudicación no es de estadistas

Por Jaime Castro Ramírez

Ser gobernante requiere una postura absoluta de verticalidad como estadista para encontrar la verdadera conducción de los destinos de la república. En consecuencia, quien ha recibido del pueblo la facultad de ejercer el poder político, necesita firmeza en sus decisiones de gobierno, es decir que la debilidad de carácter no puede hacer parte de su agenda como máximo representante de la sociedad en el poder del Estado. Esto implica poseer grandes condiciones como hombre y/o mujer de Estado, para entender que la patria es un valor superior que está por encima de los gobernantes. Significa entonces que para hacer historia como gobernante se requiere la condición de saber gobernar como verdadero estadista.

Postura del presidente Santos frente a las Farc
Ha sido desafortunada la actuación del presidente de la república ante la exigencia que le corresponde atender como jefe de Estado para enfrentar la inseguridad terrorista a lo largo y ancho del país. Y ha sido desafortunada su actuación por un motivo de trascendental gravedad, lo que menos debe mostrar un gobernante: debilidad ante los enemigos de la patria. Además hay que agregar que esto tiene un antecedente que mortifica más a los colombianos, en el sentido de saber que el anterior gobierno dejó derrotado al terrorismo, en desbandada, incluso refugiando lo poco que les quedaba fuera de las fronteras colombianas; pero infortunadamente, el actual gobierno empezó por bajar la guardia de la Seguridad Democrática, y el resultado está a la vista: las Farc regresaron a los territorios de donde habían sido desterrados, y se constituyeron en fuerza tal que ahora tienen sometido en acto de genuflexión ante ellos al presidente de la república.

En consecuencia, hay que decir también que las Farc no son gestoras de su actual situación de poder, ni les costó trabajo alguno lograrla, simplemente se la encontraron en el camino de la debilidad del poder del Estado, y que obviamente ellos tienen en sus manos la fácil condición de aprovecharla. Y por si faltaba, se puede agregar un significativo dato: que el presidente tiene un compromiso adicional con las Farc porque obtuvo su apoyo electoral para la reelección, y por supuesto que ellos se sienten con el derecho de cobrar esa factura, y se la cobrarán con creces; bueno, el cobro no será propiamente al presidente, ni será él quien asuma ese costo, pues lo asumirán todos los colombianos, por culpa del presidente que en su momento no rechazó ese apoyo electoral, pues le interesaba su reelección sin importar el precio que fuera necesario.

Este panorama termina en una grande preocupación para el país, que bien se puede denominar: ‘la claudicación del Estado’. La claudicación es una actitud de cobardía, no propia de estadistas.

La claudicación en nada ayuda a lograr la paz
La debilidad presidencial frente a las Farc solo ha tenido como ‘argumento’ el tema de la ‘paz’. Sin embargo, resulta que la claudicación es enemiga de la paz porque se prescinde entonces de la verdad, la justicia y la reparación, lo cual conlleva a mantener el escenario de violencia, pues las víctimas no pueden aceptar su rendición absoluta frente al triunfo de sus victimarios, triunfo obtenido por la vía de la debilidad del Estado que no exige las condiciones legítimas para el logro de una paz justa para todos los colombianos.

Para lograr la paz se requiere hacer concesiones por parte del Estado, pero con mayor veraz por parte de la subversión. Aquí lo que sucede es que el Estado les ha cedido el espacio del poder negociador a sus interlocutores, lo que de hecho los habilita para imponer sus condiciones en la mesa de negociación, condiciones que constituyen verdaderos exabruptos y que por lo tanto van en contravía del cómo lograr la paz.

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