4 sep. 2015

La política de Jeremy Corbyn es fantasía, como "Alicia en el País de las Maravillas"


(Hemos traducido este artículo de Tony Blair publicado la semana pasada en The Guardian porque trata de un fenómeno que afecta a la política y a las corrientes de pensamiento globales.) 

Hay un nuevo fenómeno en política, o quizá sea el retorno de uno viejo. Sea lo que fuere, es formidable. Alguien me dijo un día de éstos respecto a la obsesión por Corbyn. "Simplemente, no lo pillas". Confieso que tiene razón. No lo entiendo, pero me esfuerzo, y leí con atención la apasionada pieza de elogio de Jeremy Corbyn que publicó Rosie Fletcher en el Observer de la última semana.

Lo de Corbyn forma parte de una tendencia. Donald Trump va en cabeza entre los candidatos republicanos, con miles de asistentes a sus mítines, a pesar de sus comentarios sobre las mujeres y los mexicanos, que teóricamente lo descalificarían en un país en el que la mitad de los votantes son mujeres y los latinos son el grupo de votantes que crece más rápido.

Bernie Sanders cautiva a los demócratas con un programa que no tendría éxito más que en un puñado de estados. El SNP [Partido Nacional Escocés] obtiene un triunfo arrollador en Escocia tras el colapso de los precios del petróleo, por mucho que el rumbo que aconsejó a los escoceses el último año habría llevado a la economía del país a la unidad de cuidados intensivos.

El primer ministro griego lidera las encuestas con un programa de rescate significativamente más duro que el del gobierno al que desplazó, precisamente a causa del rescate. Marine Le Pen tiene éxito en Francia defendiendo un nacionalismo extremo combinado con una política económica cuasi socialista, invocando a la pequeña empresa, pese a que, digamos, los precedentes históricos de tal combinación no son precisamente reconfortantes.

Impera una política de realidad paralela para la que la razón es una molestia y la evidencia una distracción, en la que el impacto emocional es el rey y lo único que importa es sentirse bien con todo.

De modo que cuando algunos como yo nos atrevemos a decir que elegir a Jeremy Corbyn como líder conducirá a un desastre electoral, sus entusiastas partidarios recientes se quedan boquiabiertos. Neil Kinnock, Gordon Brown y yo sumamos 150 años de militancia en el laborismo. Somos muy diferentes, discrepamos respecto de ciertas cosas, pero sobre esto estamos de acuerdo.

¿Alguien hace caso? No, de hecho, ocurre lo contrario. Nuestro consenso los hace más propensos a apoyarlo. Es como un conductor que llega a un control en una carretera por la que nunca ha viajado y tres pasajeros veteranos que ya peinan canas le dicen: "No siga, hemos recorrido muchas veces esta carretera en ambas direcciones y le advertimos de que hay aludes, corrimientos de tierras, curvas peligrosas y al final una caída abrupta", y el conductor les responde, "Jódanse, dejen de tratarme con condescendencia. Sé lo que hago".

En el mundo de Alicia en el País de las Maravillas es donde se ha creado esta realidad paralela, y quienes estamos en la retaguardia intentamos señalar que el programa de Corbyn es precisamente el que combatimos sin éxito hace 30 años. No nos oponemos a él por tenerlo.

Al parecer Ed Miliband no perdió en mayo por estar demasiado a la izquierda, sino porque no era demasiado nada. Dado que el público no estaba "inspirado", votó por los conservadores. De nuevo, esto es algo que los que estudian la historial del laborismo conocen muy bien (perdón, ya estoy otra vez).

He analizado todos los datos publicados de encuestas y grupos de discusión relacionados con la derrota laborista, últimamente el de Newsnight de la BBC y el de Jon Cruddas. Todos dicen lo mismo: el laborismo perdió porque se percibía como hostil a los negocios y demasiado a la izquierda, porque la gente temía ver a Miliband en Downing Street con el apoyo del Partido Nacional Escocés y porque no ofrecía un plan creíble de reducción del déficit. No eligieron a los conservadores porque pensaran que Miliband fuera blando con la austeridad sino por lo contrario, porque no parecía suficientemente resuelto para tomar decisiones económicas difíciles.

Ésos son los datos.

¿Afectan en algo a las certezas de los corbynistas? En absoluto.

Quienes están airados por los recortes sociales se encuentran ante dos cosas evidentes: son recortes a programas que introdujimos los laboristas, y sólo lo pudimos hacer porque estábamos en el poder.

Luego, es completamente ilógico oponerse a dichos recortes sin entender cuál es la mejor manera de volver al poder, pues como oposición no hacemos nada.

Alguien me dijo: "Si está escribiendo algo, no gaste cháchara sobre ganar elecciones. Eso los ofende mucho". De hecho, sería divertido si no fuera trágico.

La explicación de esta realidad paralela tiene que ver con que la gente se siente poderosa por "luchar" contra "el sistema" gracias a ella: contra las formas tradicionales de pensar en la política, con todos sus compromisos, sus decisiones difíciles y sus mejoras graduales. Es la claridad de la oposición vociferante contra el matiz reflexivo de: "¿Qué haríamos si estuviéramos en el gobierno"

Es una revolución, pero dentro de una burbuja cerrada herméticamente. No la de Westminster, que ellos desprecian, pero igualmente alejada de la realidad. Los que están dentro de ella se sienten bien por lo que hacen. Los que "lideran" están haciendo sentir su rabia y su poder. Hay una sensación de cambio real porque obviamente el impacto en la política es real. En el lapso de tres meses, el laborismo es efectivamente un partido político cambiado.


Sin embargo, eso no altera la realidad "real" sino que proporciona un refugio de ella. Debido a que ni Trump ni Sanders serán presidentes, a que Escocia votó No, y aunque vote Sí en el futuro, el dolor de la separación será tremendo para todos nosotros, a que Syriza puede ganar pero sólo cambiando realidades y a que Jeremy Corbyn no va a ser primer ministro del Reino Unido. ¿Y Le Pen como presidenta de Francia? Esperemos que no, porque esa colisión con la realidad "real" será brutal para toda Europa.


Pero la gente como yo tiene que pensar mucho. No lo entendemos realmente. Se trata de transformar una institución política que hemos pasado la vida entera defendiendo. Pero es parte de algo mucho más grande en política.

Debido a que es una vasta corriente de sentimientos contra las injusticias de la globalización, contra las élites, contra la navegación aburrida de la toma de decisiones en un mundo imperfecto, dicha corriente se convence de que tiene el monopolio de la autenticidad. Pretenden decir "las cosas como son", y, por supuesto, dicen lo que no es.

De tal modo, la pregunta es ¿qué hacer? ¿Lo asumimos resueltamente o tratamos de construir un puente entre las dos realidades?



No lo sé, pero la respuesta habrá de preocupar al laborismo en los años venideros, suponiendo que haya tiempo para pensar en ello.

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