4 mar 2016

El rastro de la esclavitud

Por @ruiz_senior 

Si se piensa en las causas de que alguien sea como es, resulta inevitable tener en cuenta su pasado. Esto es mucho más claro cuando se trata de una sociedad, porque ese pasado sigue vivo en las formas de vida que se encuentra cada persona nueva y en el lenguaje que aprende. Por eso no se entiende a la Colombia actual sin su origen en la Conquista española y en la sociedad colonial, que duró mucho más tiempo del que lleva la república independiente.

Todo el mundo habrá oído o leído comentarios sobre el contraste entre los territorios americanos conquistados por los británicos y los que cayeron en manos españolas, contraste que en Colombia es aún mayor por el aislamiento y por la ausencia de una nación amerindia hegemónica con cierto grado de desarrollo, como ocurría en México y Perú.

La sociedad neogranadina congeló las tradiciones y los valores castellanos, por eso los rasgos de la Colombia moderna son más castizos que los de otras repúblicas de la región. La esclavitud característica de los indios fue más profunda, dada su dispersión y diversidad, y dado el carácter pacífico de los que habitaban la región central. Esa exclusión y dominación las asimilaron las generaciones posteriores a tal punto que la palabra "indio" es un insulto que no desconcierta a nadie (todos, incluidos obviamente los catedráticos de filología, historia o literatura, dicen "indígena", eufemismo casi tan absurdo como si se dijera "indigente").

Los que hemos vivido mucho tiempo fuera de Colombia detectamos algo diferente en cuanto entramos en relación con colombianos. Por ejemplo, la crueldad, el asombro que nos producen las prisiones colombianas y mucho más la tranquilidad de la gente al saber que sus semejantes viven así, o la misma disposición de la inmensa mayoría de las personas "educadas" a mostrar respeto por los que han secuestrado a bebés y usado niños bomba. La forma de vida de la época colonial pervive en forma de daño moral (Denis Diderot decía que los europeos trasplantados a otras regiones desarrollaban hábitos de indolencia o crueldad que determinarían un daño moral profundo). La tolerancia ante la infamia cotidiana, por ejemplo ante los desmanes de los funcionarios judiciales, dejan ver ese mismo daño moral.

La historia del mundo desde la época de la Conquista española de América ha tomado otro rumbo. En el siglo XVI España era la primera potencia europea y el primer imperio mundial, pero la asociación de sus líderes con el papado ante la división de la Iglesia y su papel como ejecutores de la Contrarreforma determinaron su aislamiento respecto del resto de Europa y en definitiva su retraso respecto de las nuevas corrientes de pensamiento y conocimiento. Todos los avances científicos y tecnológicos importantes, todas las innovaciones estéticas importantes y los enfoques filosóficos de mayor rigor ocurrieron a partir del siglo XVII en otras regiones de Europa, también como resultado del declive del imperio ante el éxito británico.

De tal modo, las sociedades hispánicas heredaron el oscurantismo medieval y la Inquisición, y se acostumbraron a la esclavitud de una parte de la población. Ése es su origen. Pero el resto de Europa avanzó en libertad religiosa, en eficiencia económica y en representación política de tal modo que tuvieron lugar las llamadas revoluciones burguesas, la expansión tecnológica y económica derivada de la máquina de vapor y el ferrocarril en el Reino Unido y la democracia política en las colonias británicas americanas primero y en Francia después. El modelo se hizo hegemónico en Europa a lo largo del siglo XX y la nación surgida de las colonias británicas de la costa oriental de Norteamérica se convirtió en la primera potencia mundial que exporta su cultura al resto del planeta.

La historia de las repúblicas hispanoamericanas es la del lento proceso de asimilación a esa nueva realidad. El surgimiento de alternativas a la democracia liberal moderna es sólo resistencia de los grupos sociales privilegiados, es decir, de los que tradicionalmente se han beneficiado de la situación de relativa esclavitud de la mayoría. Las guerrillas y la izquierda comunista no son "revolucionarias" en el sentido de que quieran cambiar ese orden, sino propiamente reaccionarias, pues su interés es preservarlo en forma de rentas fabulosas y parasitarias y de dominio político a favor de la minoría heredera de las castas de siempre, como explicamos ampliamente en el video La paz es un crimen colectivo. La vieja encomienda opera a través de los sueldos públicos tal como la extorsión terrorista opera a través de la negociación de paz.

Los enfoques ideológicos tradicionalistas que pretenden redimir al país de la injerencia comunista conservando el viejo orden sólo son un malentendido. La sociedad tradicional desapareció porque el mundo se americanizó, la defensa de un orden viejo en el que las personas de alcurnia no tienen que trabajar y el tener varias criadas se da por sobreentendido requieren la retórica comunista y la violencia criminal que garantice la inanidad de cualquier ley. La mente diabólica de Karl Marx no habría tenido posibilidades en sociedades que no fueran esclavistas (aunque en realidad "mente diabólica" es una forma de hablar: esos anticomunistas sencillamente han visto en Marx la encarnación del demonio, sin cuya tentación el paraíso que añoran seguiría siendo perfecto).

Claro que el pasado no se puede juzgar presuponiendo las condiciones de nuestra época, ni menos se va a cambiar, ni tiene nadie por qué cargarse culpas de otros. Sencillamente, por profunda o valiosa que sea cada experiencia personal, nada se libra de corresponder de algún modo a ese ciclo histórico de asimilación de las regiones periféricas a la cultura hegemónica. Nadie se libra de tener una actitud u otra respecto de la esclavitud o del parasitismo de las castas dueñas del país desde su fundación, o respecto de la sociedad jerárquica que siempre ha imperado y que resiste, como expliqué antes, a través de los sindicatos y guerrillas comunistas (son lo mismo, pero no lo pueden ver quienes clasifican a las personas por el estilo de su calzado).

La misma idea de la paz expresa esa persistencia de la esclavitud. El que prefiera la paz a la libertad, a la justicia y al imperio de la ley no es un hombre libre, y por eso la corrupción del lenguaje que lleva a cabo la propaganda del narcorrégimen se le vuelve en contra: si la paz significa que los crímenes quedan impunes, la paz es la renuncia a la ley y el triunfo de quienes la violan; si significa que los representantes populares elegidos libremente no son suficientes para gobernar, la paz es la abolición de la democracia, pues ya lo que impera es el poder de los asesinos; si significa que quienes han hecho estallar niños bomba y cometido cientos de miles de atrocidades semejantes pasarán a tener poder, la paz es la renuncia a la justicia.

¿Cómo pueden las personas libres desear la paz que no fuera el fruto de la justicia, de la vigencia de la ley y de la igualdad de derechos políticos? No pueden, pero los que han corrompido su alma con la esclavitud  o son esclavos no le ven problema. ¡Es tan respetable el anhelo de paz! Y no debería creerse que ese pacifismo es minoritario, por el contrario, define a Colombia. Si no fuera algo obvio que todos defienden tampoco habría bandas terroristas.

Esa oferta de paz no es ninguna novedad ni tiene nada de particular: la humanidad siempre la ha tenido y su propia condición es la resistencia a aceptarla. A los antiguos griegos y romanos el encanto de la paz les habría resultado aún más repugnante que la idea de un dios crucificado. Lo que se honraba era la guerra, a tal punto que muchos nombres actuales derivan de Marte, el dios que la representaba. Las modernas naciones europeas surgen de la poesía épica que canta las hazañas guerreras de sus héroes, sea el Cantar de Roldán o el Cantar de Mio Cid. Las mismas repúblicas hispanoamericanas surgen de las guerras de Independencia y honran a quienes la emprendieron. La idea de brindar reconocimiento a los peores asesinos y premiar sus hazañas en aras de paz sería el nombre mismo de la indignidad para cualquier persona no colombiana que lo pensara.

De modo que no tiene sentido lamentar que la paz de Santos no sea la verdadera paz: en un barco negrero el capitán espera que haya paz. Los negros también. A punta de paz se implanta el orden en el que los marcarán con fuego y los venderán. Los colombianos tienen que saber que el precio de la libertad, de la justicia, del orden, de la democracia y de la prosperidad es la paz, porque ninguno dice "paz" con el sentido de "victoria" de la ley, por mucho que lloriqueen por lo que hace Santos. Quien no exige justicia ni libertad ya se ha sometido.




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