31 ene. 2017

Los sentimentales y los ambiciosos

Por @ruiz_senior

El liderazgo absoluto de Álvaro Uribe Vélez en la derecha colombiana se formó durante los duros años del Caguán, cuando la debilidad del ejército y la policía, creada deliberadamente por los gobiernos de Gaviria y Samper (ahora sabemos para qué) y reforzada por las campañas de las ONG financiadas por George Soros, permitió que los terroristas secuestraran a diez personas cada día y reclutaran a decenas de miles de niños, a veces quemando vivos a sus padres, como ocurrió en la zona de despeje.

Hacia 2001 y pese al esfuerzo de los medios de los López-Santos-Samper para calumniar al candidato y promover al ex miembro del Comité Ejecutivo Central del Partido Comunista, Luis Eduardo Garzón (toda vez que Serpa tenía demasiado rechazo por su actuación con Samper), ya había una clara mayoría que votaría por Uribe en las elecciones de 2002. Y eso a pesar de que hasta entonces la idea de ganar las elecciones y movilizar a la ciudadanía era más bien minoritaria. Los terroristas y sus socios tenían poquísimos partidarios, pero los descontentos se repartían entre los que esperaban una intervención estadounidense, los que apostaban por un golpe de Estado militar y los que confiaban en la redención que provendría de Castaño y sus muchachos (no hay que olvidar al prócer de la Universidad de Los Andes que evaluaba sobre el terreno el futuro de las AUC y que después resultó periodista asociado a los consejeros de Uribe).

El primer gobierno de Uribe tuvo unos resultados de ensueño, en parte como resultado de la recuperación de la confianza que derivaba de la voluntad de aplicar la ley, en parte porque la situación económica heredada era mucho menos desesperada que la que recibió Pastrana, y en parte porque los precios de las exportaciones nacionales habían mejorado. Durante el segundo periodo de Uribe se recogieron los frutos de esos avances, tanto en mejora de la economía como en victoria sobre los terroristas. El punto máximo de esa victoria lo constituyeron las marchas de febrero de 2008, que preludiaron la Operación Jaque.

Pero por entonces ya se veía la estrechez de miras de Uribe y su séquito. A pesar de que las Cortes mostraban en todo momento su determinación de impedir la labor de gobierno, en ningún momento se pensó en cambiar la Constitución impuesta en 1991 por los Castro a través de sus socios Escobar, el M-19 y el narcogobierno de Gaviria. Parece que cambiarla hubiera comportado reconocer que en esa época el Gran Líder estaba equivocado, pues entonces no fue en absoluto crítico de la nueva norma. Del mismo modo, cuando se pensó en una organización política distinta a los corruptos partidos tradicionales, ésta consistió en una componenda de la que se encargó nada menos que a Juan Manuel Santos y con la que se buscó reclutar a los gamonales que en las regiones controlaban las "maquinarias" de compra de votos, renunciando así a todo esfuerzo cívico de superación.

Es importante que se entienda que todo lo que sería el uribismo después se definió en esos años. Y no sólo el uribismo sino el rumbo del país, que dependía tanto de esa mayoría que se había formado resistiendo a la intimidación terrorista. La actitud de Uribe y su camarilla consistió en disfrutar de su integración en la casta dominante, a la que en absoluto se quiso combatir. Ya casi nadie recuerda que Enrique Santos Calderón se declaraba uribista, y que las figuras más conocidas del uribismo tenían columnas en El Tiempo. No importaba que la página de opinión consistiera en cinco artículos de propaganda terrorista y uno de un partidario del gobierno, pues a nadie se le habría ocurrido crear medios alternativos que reflejaran la opinión de la mayoría.

Cuando se planteó la cuestión de la sucesión, los cubanos y sus socios oligarcas tenían muy claro cuál era su ficha. Por eso usaron a los jueces parar perseguir a todo el que pudiera asomar como posible líder de la mayoría: de ahí la persecución a Plazas Vega en 2007, emprendida nada menos que por Humberto de la Calle y la revista Semana. También la persecución a Fernando Londoño por el asunto de Invercolsa formaba parte de la misma jugada, así como la campaña contra Andrés Felipe Arias por el AIS. Lo interesante es la falta de respuesta del uribismo, sin duda porque a ciertos personajes ligados al ex presidente les convenía hacer desaparecer esos estorbos, pero sobre todo por la extrema limitación del Gran Colombiano.

Digo "extrema limitación" porque recuerdo una frase que alguna vez usó Borges para describir a sus antagonistas: hay que dudar de su inteligencia para poder creer en su honestidad. Como sería delirante suponer que Uribe colaboraba adrede con los planes de los Santos, habrá que pensar que habrá hecho caso a los consejos de aduladores que sí compartían esos planes, y que lo llevaron a proclamar las bellezas del "Estado de opinión" y a cambiar de nuevo el "articulito" de la Constitución que prohibía la reelección continua. No se debe olvidar que entre los entusiastas del tercer periodo de Uribe figuraban tanto Santos como Roy Barreras y muchos otros próceres comparables. La persecución contra Arias no tuvo respuesta porque lo urgente era salvar la continuidad de Uribe.

De aquellos polvos estos lodos. En cualquier sociedad civilizada esos "errores" habrían dado al traste con la carrera de cualquier político, pero en Colombia predomina el servilismo y la tentación del caudillismo no le parecía demasiado escandalosa a nadie. Todavía hay quien no se ha dado cuenta de que el hombre imprescindible es el que impide una movilización masiva contra el régimen.

Pero los errores adquirieron un nivel espantoso cuando subió Santos y empezó a promover la negociación con las FARC y a perseguir al uribismo. Parecía mejor mirar para otro lado que denunciar la persecución o los fines de Santos y arriesgarse a perder a las clientelas que se pondrían de parte del gobierno por la asignación presupuestal y los puestos. De modo que no importaba que todos los congresistas del PSUN acosaran a Uribe, se seguía considerando que era su partido y en las elecciones de 2011 se votó por los mismos candidatos de Santos. Incluso estuvo Uribe haciendo campaña por el hijo de su compadre Roy Barreras. La presencia de Uribe no tenía por objeto oponerse a lo que hacía Santos sino demostrarle que era él quien tenía los votos. Y el resultado fue que el alcalde de Bogotá resultó ser Petro y un montón de personajes similares ganaron las principales gobernaciones y alcaldías.

La tiranía triunfó y avanza sin parar. El papel de Uribe y sus seguidores es hacerse intérpretes de la angustia popular con un lloriqueo incesante que nunca lleva a una política alternativa. Como liderazgo político fracasaron al permitir el ascenso de Santos, en 2011 reforzaron ese hecho y fracasaron en las elecciones, pero en 2014 fue peor, porque el tema de las elecciones no fue la abolición de la democracia, que se aceptaba para que no les atribuyeran los medios la condición de enemigos de la paz, y en cambio las propuestas de gobierno consistían en proveer universidad para todos. No se puede negar que hubo maquinaciones perversas y corruptelas en torno a la elección de Santos, pero si se hubiera planteado la elección entre las FARC y el país el resultado habría sido abrumador. Y si de todos modos hubiera ganado Zuluaga, lo más probable es que la firma de los acuerdos de paz habría dado el mismo resultado, según anunciaba el uribista Sergio Araújo (ver sobre todo párrafo final).

Todavía quedaba otra traición: la búsqueda de un acuerdo con las FARC para llegar a una Constituyente en la que salvaran alguna cuota de poder, y el consecuente rechazo al plebiscito, en el que se podría hacer frente a Santos. El plebiscito se ganó porque la tal paz es una monstruosidad que ultraja el honor de cualquier persona, no porque Uribe finalmente tuviera que apoyar el NO (aunque sus activistas preferían mayoritariamente la abstención). Y cuando resultaron valedores del NO, corrieron a ver qué tajada podían sacar, y al verlos tan mansos y amistosos, Santos sencillamente los despreció, y de paso a los votantes, e hizo lo que le dio la gana.

Para 2018 esperan recuperar algún poder con la candidatura de Iván Duque, un personaje que no representa ningún activismo ni es líder de nada, que fue incluido en la lista al Senado por voluntad soberana de Uribe y al que promueven todos los medios del narcorrégimen. De ser un candidato problemático para ellos ya lo habrían intentado matar o le habrían montado quién sabe qué escándalos. Es al contrario, y (perdón por la teoría de conspiración) parece alguien a quien acordaron promover para salvar la paz y evitar una confrontación que podría perjudicar tanto a los cubanos como a Uribe y su séquito.

El nivel del personaje es por lo demás penoso: su presentación de la "economía naranja" parece de un estudiante de secundaria, con errores gramaticales y ortográficos incluidos. La genial propuesta es bien una obviedad, el descubrimiento del agua tibia, pues nadie va a dudar que la autoría de los libros y las patentes va a ser más rentable, o bien una ocurrencia indecente, típica de los cientos de miles de inútiles que salen de las universidades colombianas, para gastarse el dinero público en complacer clientelas que de tener ideas eficientes las explotarían en el sector privado, y más probablemente en otros países.

Al primer cuestionamiento de Puentes Melo, el flamante candidato respondió con insultos impropios de un parlamentario ("a un bagazo poco caso" y otras lindezas). Para responder a las preguntas de Mackenzie salió proponiendo desterrar el fanatismo sin saberse a qué se refería, con el aplauso inmediato de demócratas como Uprimny y León Valencia, y ante la mención de su trayectoria de izquierdista becado por Soros (financiador casualmente de Uprimny y León Valencia) y asociado a sus redes, respondió con un cuestionario que le envían sus leales como senador (y no como posible aspirante a la presidencia), proclamando lo obvio, como si bastara su palabra ("no conozco personalmente a Soros", "no soy el candidato de Soros"). Sólo hay que figurarse la firmeza que tendrá un personaje así con personajes como los terroristas y sus valedores, con los que tendría que lidiar. Sería, no lo duden, peor que Santos.

Casi duele la cabeza pensar en la lista de patochadas que se deben al uribismo y que al parecer no cesarán. ¿Qué tal la hija de Angelino Garzón dirigiendo al CD en el Concejo de Bogotá? ¿Y el moirista Carlos Valverde, que asociaba a Uribe con el "paramilitarismo" en plena presidencia de Santos? No se observa en torno al CD ningún valor ni ningún proyecto, sólo la adhesión sentimental de gente que no se esfuerza en entender mucho, y la adulación eficaz de gente que sueña con curules, ministerios, direcciones, embajadas, consulados y demás sinecuras, y que esperan obtenerlas como recompensa del Gran Colombiano a su aprecio y lealtad.

En alguna ocasión decía Vargas Llosa que en nuestros países cada elección parece de vida o muerte, absolutamente agónica. La de 2018 podría serlo de verdad, siempre y cuando surgiera un candidato que se propusiera deshacer la obra de Santos, extraditar a los jefes terroristas, llevar a las FARC y el ELN (y aun al M-19) a la CPI por crímenes de lesa humanidad, procesar a los funcionarios que más abiertamente han obrado como agentes del terrorismo (sobre todo a Eduardo Montealegre y a la señora de Lucio) y convocar una Constituyente totalmente elegida que AL MENOS permitiera destituir a todos esos malhechores que han estado delinquiendo desde puestos de jueces y fiscales. Nada de eso hará el CD, la promoción de un candidato equívoco y claramente ligado al narcorrégimen (que hasta tiene a su hermano en un cargo diplomático) lo demuestra.

Ya son 17 años de unidad y de inexplicable derrota de la mayoría (y de la ley, la justicia, la democracia y los derechos humanos). A estas alturas nadie tiene excusa. Los que creen que apartándose del Gran Timonel se exponen al ridículo y a la insignificancia deberían darse cuenta de que sin apartarse sólo contribuyen a legitimar el narcorrégimen, cuya "paz" no se contesta como el crimen que es, sino que se intenta mejorar con la participación de los amigos de Uribe.

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