8 feb. 2017

Las elites se oponen a la nueva revolución

[Ésta es la traducción del artículo «ELITES PROTEST A NEW REVOLUTION», que nos parece del máximo interés para entender lo que significan novedades como el Brexit y la elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos.]

Por Daniel Greenfield

(Daniel Greenfield, miembro de Shillman Journalism en el Freedom Center, es un escritor neoyorquino especializado en el islam radical.)

«Merecemos estar al mando.»

La revolución no se la llevará a usted Xerox. Se la llevará BMW. El fabricante alemán de automóviles de lujo es un anunciante decisivo en [la revista de moda masculina] GQ. Y GQ es la sede de Resistance, un vlog de Keith Olbermann que regresó de su exilio en [el canal deportivo] ESPN para denunciar a Trump.

—Soy Keith Olbermann —arenga Keith Olberman a los obreros y campesinos de GQ que hacen una pausa en la lectura sobre «una colonia de cien dólares que no huele a nada»—. Esto es la Resistencia.

La Resistencia es Remy Martin y bolsos Coach. Es «el mejor cortaúñas de plata para hombre, disponible ya» y «Siete tratamientos de cuidado de la piel que los hombres piden en 2017». Es los premios del Sindicato de Actores y los premios Golden Globe.

Es la gente pretenciosa y la gente bella levantándose contra la opresión de la clase obrera y proclamando valerosamente a una sola voz: «Merecemos estar al mando».

Cuando la revolución no está en GQ («los calcetines más radicales que se usan ahora») está en Vanity Fair, donde Graydon Carter denuncia a Trump («Donald Trump: un pilar de ignorancia y suficiencia») con una foto lateral de ella misma tomada por Annie Leibovitz, sonriendo satisfecha desde su oficina en un rascacielos. 

Quizá la resistencia sea Reed Hastings, el milmillonario CEO de Netflix, que amasó su riqueza complaciendo los gustos de las elites urbanas y cabildeando para subir los impuestos de la clase media. Hastings se queja de que la actuación de Trump para proteger a los estadounidenses es «tan antiamericana que nos duele a todos».

¿Quiénes «somos»? Tal vez Warren Buffett, Eric Schmidt de Google y Sheryl Sandberg de Facebook, con quienes Hastings se unió para apoyar a Hillary Clinton. O tal vez los CEO de Lyft, Airbnb y Twitter, por señalar a unos pocos de los que se han unido a la «resistencia» anti-Trump de las elites ricas.

No es casualidad que las protestas más ruidosas contra las medidas del presidente Trump provengan de elites urbanas y de las corporaciones que complacen sus caprichos. Es fácil distinguir las divisiones de clase en las burlas que cosechó Andrew Puzder, CEO de la empresa que está detrás de [las cadenas de restaurantes populares] Carl's Jr. y Hardee's, al conseguir un puesto en el gabinete en lugar de Sheryl Sandberg de Facebook, que había sido propuesta por Hillary [Rodham Clinton] para la Secretaría del Tesoro.

Carl’s Jr y su menú de cuatro dólares están a un mundo de distancia de la sede de Facebook diseñada por Gehry en Menlo Park. Tanto como un torneo de lucha de la WWE lo está del rascacielos de Condé Nast en Manhattan.

Es difícil imaginar un contraste más claro entre las elites costeras y el centro del país, y entre la nueva economía y la vieja. Por un lado están las relucientes ciudades donde la fuerza de trabajo formada por minorías e inmigrantes hace el trabajo sucio detrás de los logos y las palabras de moda de la nueva economía. Por otro lado, están las comunidades del Rust Belt [“Cinturón de óxido”, área industrial cercana a los grandes lagos] y los pueblos del Sur, donde los trabajadores realmente solían hacer cosas.

Los principales genios de Facebook disfrutan de los servicios de un chef ejecutivo, cinta para correr en el puesto de trabajo y taller de reparación de bicicletas, todo protegido con muros de la población latina de East Palo Alto y su crimen y violencia de pandillas. Pero, ¿quién trabaja en los once restaurantes de Facebook? ¿Quién repara las bicicletas en la habitación de atrás? ¿Quién vigila los millones de imágenes publicadas en sus cuentas para eliminar el spam, la pornografía y la violencia?

Tras la ilusión de un luminoso futuro de Facebook hay mexicanos que cobran pocos dólares por hora para decidir si esa pintura italiana renacentista que usted compartió viola las directrices de contenido de la empresa.

Si usted vive en el mundo de Facebook, Lyft, Netflix y Airbnb, tiene sentido ir en masa a los aeropuertos a gritar: "Ni fronteras ni naciones, paren las deportaciones". Usted no vive en un país sino en una de una serie de megaciudades intercambiables o sus ciudades dormitorio. El patriotismo es un concepto extranjero. Usted no tiene más apego a Estados Unidos que a Friendster o Myspace. El Estado nación es un sistema anticuado de organización social al que reemplazan sistemas más eficientes de gobernanza global. Las únicas razones por las que alguien se aferra a las naciones y a las fronteras son la ignorancia o el racismo.

El grupo de población que más se opone a Trump no es una minoría racial sino la elite cultural. No es una revolución, las revoluciones ocurren en junio y noviembre. El Brexit y la elección de Trump fueron revoluciones, las protestas en contra son la reacción del establecimiento derrocado.

En algún momento, los proyectos políticos de la izquierda dejaron de ser revolucionarios. La izquierda ganó. Tomó el control de las naciones y se dispuso a desmantelarlas. Sus agendas sociales y económicas se convirtieron en ley. Gobernaba a través de un vasto sistema interconectado de burocracia, medios de comunicación, academia, organizaciones sin ánimo de lucro y corporaciones. En Europa, la democracia casi desapareció. En Estados Unidos aún había elecciones, pero no importaban mucho. Un presidente republicano podía jugar un poco, pero no podía cambiar las cosas. La izquierda lanzaría sus berrinches rituales si limitaba el financiamiento del aborto o invadía Irak. Pero en torno a las controversias aisladas, todo lo demás seguiría avanzando hacia la izquierda.

La izquierda llegó a concebir su victoria como inevitable. Sus líderes disfrutaron de un derecho secular de los reyes que les había otorgado el materialismo histórico. Y así no pudieron ver acercarse la revolución. Las inevitables elites y su poder fueron derrocados. La gente pequeña a la que habían estado pisoteando invadió el castillo. Todas sus encuestas de pseudociencia no habían podido predecirlo. De repente, el futuro ya no pertenecía a la City ni a Palo Alto. Y sus habitantes salieron a las calles para protestar.

Las protestas se llevan a cabo en nombre de las minorías oprimidas, pero, como ocurre con cualquier logotipo de punto com, eso es la marca. En realidad son una reacción airada de una elite derrocada por una revolución popular. Realmente no se trata de los musulmanes. Los airados manifestantes saben tan poco del islam como la gente de la Iowa rural. Pero las fronteras y los aeropuertos son una metáfora importante. Trump dijo: "Una nación sin fronteras no es una nación". Y eso es exactamente lo que quería la izquierda. Ni fronteras ni naciones.

Si usted produce bienes tangibles o tiene una hipoteca, es más probable que desee fronteras y una nación. Si por otro lado se trata de intangibles, de cadenas de números, de datos sobre servidores globales, de películas y música, las fronteras son una abstracción irreal. Si se desplaza usando Uber y su casa es de Airbnb, su entretenimiento de Netflix y sus citas de Tinder, si en realidad no es dueño de nada y no se plantea formar una familia o algo más permanente que una existencia virtual, ¿para qué necesita una nación? Las naciones son ideales basados en cosas reales. Nuestras elites existen en un mundo irreal lleno de cosas irreales. Su sistema se basa en el uso de la tecnología de las comunicaciones para organizar el mundo de nuevas maneras. Han crecido tan deslumbrados por el potencial de esa organización que ignoran lo que está debajo.

La metáfora se hace realidad con el Brexit y con Trump. El campo se rebela contra la ciudad. La gente que estaba en el negocio de producir cosas reales se levanta contra la economía virtual.

Las élites son incapaces de entender los impulsos nacionalistas y territoriales de sus propios ciudadanos o de los terroristas islámicos. Su extraña fusión social-plutocrática entre el marxismo y la tecnocracia lo ve como un problema de compartir la riqueza. Todos los levantamientos populares pueden ser pospuestos con un estado de bienestar más grande. Redistribuir una parte mayor de los beneficios de Facebook a los musulmanes y los votantes de Trump. Problema resuelto.

Pero el problema no se resuelve ensanchando la clase de los beneficiarios de la asistencia social. Ahí hay un enorme abismo cultural.

La gente necesita significado. Es el significado lo que le da una sensación de valor. Los enojados reaccionarios izquierdistas encuentran sentido en su mundo post-todo. El aplastamiento de este mundo los ha llevado a las calles. Y sin embargo no pueden comprender que fue el aplastamiento de su mundo lo que llevó a tantos trabajadores a votar a favor del Brexit o por Trump. Se niegan a comprender que las naciones tienen sentido para más gente de lo que su orden post-nacional de megaciudades multiculturales intercambiables hace o que la mayoría de la gente quiere que algo tangible se sostenga, incluso la tierra y la familia, aunque requiera trabajo y sacrificio.

Fue una guerra entre Davos, Condé Nast, GQ, Soros, MSNBC, Hollywood, Facebook y Estados Unidos. Y Estados Unidos ganó.

La “resistencia” es una colección de elites, de actores en ceremonias de premiación a revistas de moda o a milmillonarios de la tecnología despotricando de una revuelta popular contra sus leyes. No son la resistencia, son dictadores en el exilio. Tuvieron su ocasión de imponer su visión sobre el pueblo, y fracasaron.

Las protestas no son una revolución. Son la reacción contrarrevolucionaria de un establecimiento caído. La revolución no se la llevará BMW ni el foro de Davos ni la colonia de cien dólares que no huele a nada ni el cabildeo de Facebook. Le llegará haciendo de Estados Unidos una nación libre de nuevo.

3 comentarios:

NICOLAS FERGUNSON dijo...

Gano Estados Unidos perdió la Élite Virtual de Dictadores

Anónimo dijo...

¿Que efectos sobre Colombia tendra el nuevo orden Mundial con unos Estados Unidos y Europa diferente? Las esperanzas de diversificar la economia estan puestas en Estados Unidos y Europa, solo para hblar de un tema.

Ruiz_Senior dijo...

Nicolás Fergunson. De acuerdo, gracias por sus comentarios.

Anónimo, la economía no es lo principal, si usted mira la economía venezolana hasta algún año de después de la crisis de 2008 crecía a buen ritmo mientras el país se destruía. El problema es la tiranía terrorista, y el triunfo de Trump es una mala noticia para el narcoimperio cubano, porque pierden a sus grandes aliados del Partido Demócrata.

Gracias por sus comentarios.