30 jul. 2017

Diecisiete años de unidad

Por @ruiz_senior

No me vengan a decir que un candidato que propusiera defender lo que el pueblo votó el dos de octubre de 2016 no podría ganar porque sólo reproducen lo que se decía hace diecisiete años, que un candidato al que se acusaba de nexos con los "paramilitares" y de ser de "extrema derecha" no podría ganar. Quizá son demasiado jóvenes para recordarlo, pero a mediados de 2000 fue cuando comenzó a materializarse el descontento con el Caguán y a aumentar la intención de voto por Uribe, que hasta entonces no pasaba del 1% en las encuestas. La gente descontenta aplaudía a Carlos Castaño o anhelaba un golpe de Estado militar o una intervención estadounidense. Nadie creía que un triunfo electoral podría hacer retroceder a los terroristas y reconstruir el país.

Esa hegemonía en la opinión popular que alcanzó el uribismo en los meses siguientes hasta las elecciones de 2002, que ganó en primera vuelta, representó una fuerza que podría haber enderezado el país porque el gobierno pronto empezó a mostrar resultados que entonces eran como de ensueño, ciertamente por el apoyo estadounidense en el contexto de la guerra contra el terrorismo, por la consolidación que habían tenido las fuerzas militares durante el gobierno de Pastrana y por el aumento de los precios de las primeras materias. El caso es que el país renació y el apoyo a Uribe aumentó hasta el punto de que en 2006 ganó la reelección con un 63% de los votos.

Pero fue entonces cuando el hombre llegó a su límite, desaprovechando el liderazgo y la hegemonía. Ojo: no fue Uribe sino Colombia quien falló: ¿cuántos colombianos recordaron que la Asamblea Constituyente de 1991 fue elegida por menos del 20% del censo electoral, que la convocatoria fue una clara violación de la ley y que el interés de proteger a los jefes de las bandas de traficantes de cocaína era evidente, a tal punto que en la carta máxima del país se prohibió la extradición con ese fin? En aquel momento no le interesaba a nadie, el gobierno resistía a la presión de los medios y del poder judicial, pero a la vez contaba con columnas diarias en El Tiempo y en los demás medios. Convocar una constituyente para hacer frente a un texto infame que autoriza a matar gente para revocarlo era algo que no se podía esperar de Uribe porque él mismo era un importante senador en 1991, y para los demás lo importante era la unidad.

Ese orden instaurado por esa constitución es en realidad la conquista del poder por los comunistas, lo que se materializa en la garantía de gasto público en las clientelas de funcionarios que había llegado a controlar la CUT gracias al poder y los recursos de las bandas terroristas, señaladamente en la educación "superior" y sobre todo en la Universidad Nacional. Al cabo de una década el coeficiente de Gini había subido diez puntos, gracias a que esa casta parásita había asegurado sus rentas mediante esas garantías de gasto y también mediante la tutela. La única persona próxima al gobierno de Uribe que recuerdo que se interesara por eso fue el ex ministro Alberto Carrasquilla, pero en el contexto de una discusión semiacadémica.

Ese segundo gobierno de Uribe es el origen de todo lo que pasó después. Se justifica que antes de 2006 se centraran los esfuerzos en aumentar la seguridad y recuperar la economía, pero la raíz del terrorismo y el contexto en el que se desarrolla no se explican sin atender a otros elementos. El gobierno de Uribe fue el que más invirtió en universidades públicas, quizá porque la relativa abundancia de recursos permitía intentar tener apaciguado a ese sector (que multiplicó el adoctrinamiento de nuevas hornadas de activistas afines al terrorismo). Y a pesar del control de la principal fuente de ingresos de los medios, que es el erario, no hubo ni el menor atisbo por parte del gobierno de contrariar a la mafia que los posee, bien reduciendo la inversión, bien favoreciendo la aparición de otros que ostentaran alguna independencia. El gobierno estaba feliz con que le dieran a sus voceros una columna diaria (junto a cinco de abierta propaganda terrorista, por no hablar de las noticias).

Y lo mismo se podría decir del fuero militar y de muchas otras cosas: TODO lo que hacía falta para regenerar a Colombia y construir una democracia genuina se desechó porque nadie iba a cuestionar la UNIDAD. Realmente se le olvidó a todo el mundo porque se había encontrado la piedra filosofal: el culto de la personalidad del líder, siguiendo el modelo maoísta de la camarilla del MOIR y el PCC-ML que rodea a Uribe. El fervor por el líder era la panacea, no hacía falta complicarse la vida cambiando el país porque bastaba con sacar el santo redentor y todo se arreglaba (sobre todo los negocios y carreras de esos próceres). De ahí surgió la patochada de la segunda reelección, las listas de hampones que elegimos (por la UNIDAD) en 2010 como nuestros representantes en el legislativo y sobre todo la candidatura de Santos.

Lo que nunca ha faltado en Colombia es la unidad. Ha faltado decencia, eso sí, porque nadie ha querido darse cuenta de que el CD no se opone a la infamia de premiar el terrorismo (no vaya a ser que les digan que pueden dividir), ha faltado sensatez y dignidad, porque por cada persona que se da cuenta de que el hampa cada vez avanza más hay cien que atribuyen todos los renuncios de Uribe a la "estrategia" (esa ridícula manía colombiana de que para que algo salga bien debe llevar trampa), pero unidad siempre ha habido.

Tampoco ha habido en realidad ninguna amenaza a la unidad porque Uribe prometa no revocar lo acordado en La Habana, traicionando el voto, que no era por "modificarlo". Pedirles a los colombianos que renuncien a la unidad es como pedirles a los monos que hablen: ¿qué importa para donde se va si vamos todos juntos? Los más grotescos ultraderechistas resultan de repente patéticamente serviles ante Uribe porque así contribuyen a la unidad. Toda noción se olvida, entre otras cosas porque muchos cuentan con que siendo solícitos con el Gran Timonel podrían resultar favorecidos en las listas de futuros senadores y representantes, eso sí, por detrás de los parientes de Angelino Garzón o de Sigifredo López.
La unidad resulta simplemente un elemento que paraliza la respuesta al narcorrégimen, pues todos se someten a los intereses particulares de Uribe, que podría ser rehén del hampa judicial. Y a su visión errada, como me propongo demostrar ahora.

En las elecciones de 2018 hay un montón de candidatos de la "izquierda" y de la "derecha". El más probable candidato del CD es Iván Duque, aunque si fuera Nieto Loaiza nada cambiaría porque es un personaje tan equívoco como Duque o como el otro mequetrefe, Holmes Trujillo. Da lo mismo, son personajes de segunda que esperan prosperar a la sombra de Uribe. ¿Nadie recuerda que Uribe no traslada sus votos a otros candidatos? Baste recordar las elecciones de 2011, o las de 2015. ¿Cuántos alcaldes y gobernadores uribistas hay? A la hora de la verdad Duquieto es una figura que compite por el voto no comunista con el poderosísimo Vargas Lleras y con el imponente Pinzón. ¿Cómo va a ganar? Su discurso no es más de rechazo a los cubanos ni a "la paz" que el de ellos, porque ya han mostrado que no es lo que les interesa. Pero están los medios, que promoverán a los que convenga y le montarán escándalos a los del bando de Uribe (en las elecciones de 2002 registré que Garzón aparecía en El Tiempo ocho veces más que Uribe, que obtuvo ocho veces más votos). Y están las maquinarias, con miles y miles de cargos de alcaldías y gobernaciones controladas por Vargas Lleras y con clientelas formidables que tienen recursos formidables gracias a su alianza con las élites regionales. Sencillamente, un candidato uribista no tiene ninguna posibilidad de ganarle a Vargas Lleras, y ni siquiera de convencer a mucha gente de que es más firme que Pinzón.

¿Cómo fue que Uribe sí consiguió imponerse en 2002? Ahí está el detalle: en ese momento era el único que encarnaba el rechazo al Caguán, es verdad que ni siquiera proponía acabar con el despeje pero ya en febrero lo acabó Pastrana. Hoy en día los uribistas no se distinguen de los demás candidatos de la "derecha" y expuestos a la manipulación de los medios están en absoluta desventaja.

Precisamente como ganó Uribe en 2002 es como podría imponerse un candidato (de momento el único que podría representar ese camino es Ordóñez) que pudiera plantear una elección entre FARC y anti-FARC. Entre sumisión a Cuba o Independencia. Entre democracia o Atraco. Entre una constitución legítima o la que impusieron los cubanos aliados con Pablo Escobar. Esa dualidad es evidente para muchos, pero DIOS MÍO, NO PUEDE SUCEDER SIN APARTARSE DE URIBE. (Ya escribí un post sobre las tentaciones de Ordóñez.)

Si ese candidato contara con el apoyo de los activistas de las redes sociales, toda la campaña de estigmatización y calumnia le serviría, como ocurrió con Trump. PORQUE TIENE A SU FAVOR LA VERDAD. 

Pero es perder el tiempo: ya verán de qué modo la segunda vuelta de 2018 es entre Vargas Lleras y De la Calle, y cómo ganará éste gracias a los escándalos que le sacarán al primero. De ustedes no se puede esperar sensatez ni decencia, no vaya a ser que se los acuse de traicionar la unidad. Hasta el final seguirán engañándose y soltando los habituales eructos sentimentales con proclamas de amor al Gran Timonel y lamentándose de la traición de Santos.

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