10 oct. 2017

Vergonzosa reelección presidencial

Por Jaime Castro Ramírez

Las instancias del poder político requieren un estándar de decencia, incluso desde su origen sabiendo elegir, que es la decisión popular, y con mayor veraz en la escena de campaña donde aparecen los actores que aspiran a gobernar, quienes su identidad ante el pueblo no puede ser otra que su seriedad y coherencia en sus propuestas para el ejercicio del poder, y obviamente su transparencia para conseguir el favor electoral del pueblo a través del poder de la palabra, valga decir, sin acudir a maniobras ventajosas calculadas para pasar por encima de otros como sea, o a través de procedimientos inapropiados (llámense procedimientos indecentes), o quizás conductas que rayan en el límite del código penal por delitos electorales, como por ejemplo la reprochable práctica de la compra de votos, u otra clase de contravenciones a la ley.

Quienes aspiran a la más alta magistratura del Estado, les corresponde por sentido común empezar por ser buen ejemplo para la sociedad que aspiran a gobernar.

La reelección del presidente Santos en 2014
El transcurso del tiempo va mostrando realidades que su precursor y sus cortesanos-políticos han pretendido mantenerlas bajo intenciones furtivas y ocultas bajo la penumbra del eventual olvido de los colombianos. Las circunstancias que rodearon la reelección presidencial de Juan Manuel Santos se han venido destapando y por consiguiente se ha venido conociendo su verdadera dinámica a través de la cual se montó todo un aparato de perspectiva perversa para lograr como fuera dicha reelección.

Después de perder Santos en primera vuelta la contienda electoral de su reelección por cerca de medio millón de votos, él mismo anunció que ahora si se activaría la verdadera campaña. Y efectivamente la ‘activó’, y de qué manera. De inmediato conformó todo un batallón muy bien “equipado” de colaboradores pertenecientes a los partidos de la ‘unidad nacional’ (serviles al régimen), equipado con la suficiente ‘mermelada’ procedente de dineros del Estado (resteando la bonanza petrolera), y ahora han descubierto que en la campaña Santos 2014 dizque también estuvo presente el dinero corrupto procedente de Odebrecht. Por consiguiente, había suficiente dinero para que a lo largo y ancho del país se consiguieran los votos que le dieran el triunfo en la segunda vuelta.

Ahí aparecieron entonces en acción suficientes ‘ñoños’ y ‘musas’, que desplegaron, no propiamente una intensa labor persuasiva de verdadero pensamiento político, pues ni tenían ese versado alcance intelectual, ni se requería esa altura en el debate electoral para alcanzar el objetivo, es decir, se trataba de lograrlo, si o si, no importaban los medios sino el fin. Hasta ahí no había funcionado la perversa estrategia que se inventaron de campaña sucia con el cuento del hacker, y entonces había que recurrir a otra siniestra forma de sumar votos, la peor forma de corromper la política y desvirtuar la democracia: la compra de votos. Para eso había que utilizar la mermelada corrupta. La estadística dice que Juan Manuel Santos en la primera vuelta perdió con Zuluaga por 458.000 votos y en la segunda vuelta apareció ganándole a Zuluaga por 900.000 votos, o sea que respecto a la primera vuelta obtuvo 1.358.000 votos más que su contendor.

Citando un solo ejemplo, el 15 de junio de 2014 los propios Ñoño y Musa sumando sus dos votaciones le aportaron a Santos en el departamento de Córdoba 308.000 votos en la segunda vuelta presidencial, cuando la sumatoria de votos de ellos mismos en la primera vuelta el 25 de mayo del mismo año le habían aportado un guarismo aproximado de 88.000 votos, es decir que incrementaron la votación en 20 días en 220.000 votos. Se nota que funcionó la mermelada… Los otros “ñoños y musas” completaron la faena electoral del ‘rebusque’ de votos en el resto del país.

Se va destapando la verdad
Ahora que los grandes electores de Santos, señores Ñoño Elías y Musa Besaile, están en la cárcel por temas de corrupción y otros delitos, han empezado a hablar. Por ejemplo, el señor Ñoño ha dicho que dinero procedente de Odebrecht tenía como destino la campaña reeleccionista de Santos 2014, lo que confirmaría los indicios que ya se conocían al respecto. Y seguramente se seguirá conociendo más información relacionada con la corrupción en el alto poder. El asunto es: ¿habrá justicia en Colombia, como se observa en otros países de la región? Por el caso Odebrecht en Perú está en la cárcel un expresidente de la república y su esposa, y tiene orden de captura otro expresidente de ese país, en Ecuador está preso el actual vicepresidente de la república. En Colombia ¿qué opinará al respecto el presidente Santos?

Atomización de los partidos políticos
El contubernio o componenda por efecto de la mermelada que ha existido entre el gobierno de Santos con los partidos llamados de la “unidad nacional”, que son todos, a excepción de un solo partido que ha ejercido la oposición política, esto ha generado un muy mal precedente para los partidos políticos, lo que se traduce en algo muy grave que consiste en debilitar la democracia de la cual hacen parte, pues lo que Santos ha logrado es dividirlos y desacreditarlos con esa figura indecente de la mermelada para ‘comprarles’ el apoyo, y el resultado ha sido conllevarlos a su atomización que los convierte en entes desarticulados por la desconfianza de la opinión pública en su organización ideológica. Tanto será ese efecto político nocivo de mala imagen a que Santos ha llevado los partidos que para las elecciones presidenciales del 2018 los candidatos no acuden al aval de sus respectivos partidos desacreditados, sino que prefieren lanzarse a la feria de recolección de firmas para acreditar sus candidaturas. Esto constituye un mal indicativo para la democracia, pero además es un fenómeno que no se había visto en la democracia colombiana que un presidente llevara los partidos a un estado de postración a través de generar en ellos la incredulidad, desconfianza, e indiferencia de la ciudadanía.

Esta situación de confusión y desconfianza en los partidos políticos tradicionales es lo que suele dar paso al riesgo de aventuras políticas de izquierda en el poder, al estilo Venezuela.

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