12 ene. 2019

Si Dios fuera negro...

Por @ruiz_senior

Si Dios fuera negro / todo cambiaría, /
fuera nuestra raza / la que mandaría. // 
Negro fuera el papa / y negro el obispo, /
negra Blancanieves, / negro Jesucristo.
(De una canción).

La distopía en que vivimos ya fue descrita en sus rasgos principales por los británicos Aldous Huxley y George Orwell en la primera mitad del siglo pasado. Uno de los aspectos más llamativos de este nuevo mundo es la revisión de la historia de modo que los hechos correspondan a las conveniencias ideológicas de la casta dominante. Ese falseamiento tiene lugar en muy diversos ámbitos, como las obras de ficción: en la serie Vikingos, la heroína toma parte en los saqueos de la tropa, convence a su marido de hacer un trío con uno de los esclavos y mata a uno de los vikingos por violar a una mujer en una incursión. Pero esos disparates son la norma: no ya que la ficción sirva a la propaganda, como tiende a ocurrir siempre, sino que no hace falta atenerse en absoluto a los hechos reales.

Traducción a neolengua
Ya lo aclaró Orwell en su famosa novela 1984: "Toda la literatura del pasado habrá sido destruida. Chaucer, Shakespeare, Milton, Byron… solo existirán en versiones neolingüísticas, no solo transformados en algo muy diferente, sino convertidos en lo contrario de lo que eran". Eso ocurre en gran escala hoy en día y la introducción de propaganda feminista o de corrección política es casi una norma en Netflix, seguramente también en las demás plataformas. El caso del director de ópera que hizo un montaje de Carmen en el que al final no matan a la heroína es sólo un ejemplo: lo mismo que hicieron los talibanes con los budas que encontraron en Afganistán lo hacen los ideólogos totalitarios, "progresistas", en Occidente. Quien quiera conocer el mundo a través de esos productos de ficción se encontrará una representación en bucle de la vida actual con el pretexto de otras épocas y de obras que se deforman hasta convertirlas en lo contrario de lo que son. Ya no se trata de entretener sino de adoctrinar a punta de mentiras.

La nueva Ilíada
La serie Troya, la caída de una ciudad, de la BBC, pretende ser una versión de la Ilíada pero se toma unas libertades de corrección política estremecedoras. El dios Zeus es interpretado por un actor negro, al igual que el héroe Aquiles y su compañero Patroclo (éste parece más bien bosquimano). Las diosas Hera (¡la de níveos brazos!) y Palas Atenea son mulatas, aunque Afrodita resulta parecerse a la Venus de Botticelli. ¿Qué sentido puede tener esa ocurrencia? Naturalmente se trata de "inclusión", es decir, de corrección política. El primer problema es que una persona joven puede no tener idea de los tipos humanos de la Antigüedad, por lo que quizá llegara a creer que los griegos imaginaran a sus dioses y a sus héroes como personas negras. Es decir, se introduce una mentira brutal que para una parte del público resulta como un gesto "original" pero que para la mayoría resulta plausible, de modo que se comete una falsificación brutal. Siempre en la línea de legitimar el orden vigente, que gracias a esa mixtificación resulta, en la conciencia de ese público, "lo natural", lo de siempre. Ocurre lo mismo con todas las demás series y películas de tema histórico: parece que quisieran impedir que el público conciba el mundo como era, sin la hegemonía ideológica actual. El ejemplo de la serie de los vikingos es típico.

Sobreentendidos letales
El motivo por el que los creadores de esa serie optan por esos actores no es sólo cumplir con la cuota de negros que hay en todos los productos audiovisuales de esta época, pues a fin de cuentas podrían justificarse con la necesidad de ser fieles al relato de Homero. Tras esas cuotas y esa presión hay un problema real, el racismo no es un invento de estos propagandistas. Las personas conservadoras pueden no ver ningún problema en que los rasgos negroides se asocien automáticamente con la pobreza, la indisciplina, el primitivismo y hasta el delito: es "lo natural" que un negro tenga cara de esclavo. Pero es que esas personas tampoco veían algo inadmisible en la esclavitud, no sólo la mayoría de la población de los estados del sur de Estados Unidos, sino también en los demás países del continente en que había negros esclavos. Sin ir más lejos, los hermanos Arboleda, padres del Partido Conservador colombiano, tenían esclavos y los vendieron en el Perú cuando hubo dificultades en Colombia. No sería lícito oponer a la fiebre de corrección política la tranquila complacencia con realidades de injusticia. Los creadores de la serie sobre Troya pueden responder que a fin de cuentas no poder concebir a un dios antropomorfo como un negro es persistir en el racismo.

La melanina es el mal
En el primer estudio de la Genealogía de la moral Nietzsche señala que probablemente el origen de la palabra malo sea melas, es decir, "negro", en alusión al color del pelo de los indígenas europeos que encontraban los invasores rubios (celtas, germanos y eslavos, y probablemente los antiguos itálicos y griegos). Es decir, lo despreciable era lo atribuible a dichos indígenas, tal como ahora se dice en Colombia "guiso" como propio de las "guisas". O como se ponía en Alemania a los judíos apellidos como "Schwartz" ("negro", el apellido de origen de George Soros). Es probable que antes de las invasiones de los últimos milenios hubiera otras de las que no quedaron registros escritos (por ejemplo, en este caso se procedió al exterminio total de la población masculina). Se sabe que la población primitiva de las islas británicas estaba formada por personas de piel más bien oscura, asimilable a los actuales norteafricanos. De modo que seguramente la gente del sur de Europa, y por tanto los latinoamericanos "blancos", es el fruto de la mezcla resultante de esas invasiones y que los caracteres rubios se fueron perdiendo (al igual que en India e Irán) por la dominancia de los genes oscuros.

Asimilación y multiculturalismo
El párrafo anterior viene a cuento por lo siguiente: uno de los padres fundadores de Estados Unidos señaló que los blancos nunca se mezclarían con los descendientes de los esclavos (cosa que en cambio ocurrió en los países del Caribe, sobre todo en los de habla hispana). La historia de Europa demuestra que esa mezcla en el largo plazo es inevitable, a tal punto que la mayoría de la población del continente procede de una asimilación parecida a la que tendría lugar tras la mezcla de negros y blancos en Estados Unidos. Obviamente lo importante es conseguir que el color de la piel no cuente a la hora de las oportunidades, pero si eso ocurre será seguro el mestizaje. Lo que se opone es precisamente el multiculturalismo, la asignación de las personas a comunidades que perpetúan la exclusión. Lo que la casta distópica busca es fomentar el agravio y el conflicto: la disgregación en identidades colectivas a las que se premia con engaños históricos. Las mujeres no necesitan el absurdo desagravio de heroínas de la Antigüedad que castigan a los violadores ni los negros el de dioses negros de un pueblo de blancos. Lo que todos necesitamos es salir de la pesadilla.

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