1 jul. 2005

Urgencia y sentido de la educación

(A la manera de Marcial Lafuente Estefanía)

El forastero llegó a caballo al pueblo y atravesó la docena de manzanas que lo formaban levantando una polvareda que hacía ver aún más borrosas y desvencijadas las humildes casas. La miseria era evidente por todas partes, pero lo que más llamó su atención fue el miedo que parecía adivinar en esas miradas huidizas, en ese aire de sumisión y apocamiento que exhalaban todas las personas con las que se cruzó.

Al llegar a donde un torpe cartel anunciaba "RESTAURANTE", se detuvo, bajó del caballo y lo ató al poste. Tenía que arreglar un poco su ropa y lavarse las manos, porque su misión allí consistía en convencer al juez de que dilatara por una semana la ejecución de una sentencia que afectaba los intereses de un socio suyo en la vecina ciudad, y en realidad la supervivencia de una familia campesina que trabajaba para su socio:

-- Vaya usted, intente convencerlo porque usted sabe hablar y entiende de leyes.

Ésas fueron las palabras de su amigo. Y allí estaba él. Ni siquiera era del país y tenía que lidiar en ese pueblo remoto con las autoridades.

El recelo de los parroquianos y empleados del restaurante cedió considerablemente cuando se enteraron de que iba a hablar con el juez. ¡Un señor extranjero que iba a hablar con el señor juez! Sobre todo era evidente que temían que el forastero fuera con quejas sobre ellos. Por eso le llevaron una olla con agua para que se lavara las manos, y hasta le prestaron una toalla.

El despacho del doctor Mendieta estaba sólo a unos cuarenta pasos, con lo que se dirigió al más joven de los empleados del restaurante y, con mirada intimidante, lo encargó de cuidar el caballo.

-- Si está aquí cuando yo vuelva, le daré veinte pesos.

La mucama uniformada que le abrió en el despacho del juez expresó el mismo recelo y pronto la misma solicitud: lo hizo sentar en una sala más bien vetusta en la que lo único que destacaba era un pergamino ostentosamente enmarcado en el que con esfuerzo alcanzó a leer entre la maraña de letras góticas que lo llenaban:

"El Ministerio de Educación Nacional otorga a Herculano Mendieta Rodríguez el título de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas por haber cursado los estudios correspondientes en la Universidad Nacional de Colombia", todo con los correspondientes cambios en el cuerpo de la letra y una ristra de sellos, firmas y adornos de forma de medalla.

El forastero guardaría ese diploma por mucho tiempo en la memoria porque hubo de esperar más de tres cuartos de hora observándolo antes de que llegara el doctor Mendieta. Era un hombre de unos 45 años, gordo, vestido con prendas evidentemente costosas que parecían resultar más imponentes por lucir allí, en medio de la miseria de aquel pueblo.

Cuando el forastero extendió la mano para presentarse, el doctor Mendieta se quedó mirándola un rato antes de tomarla y ejercer sobre ella una considerable presión que obligó al forastero a fijarse en el enorme anillo de grado que exhibía el doctor, con al menos seis esmeraldas de buen tamaño engarzadas en un aro dorado. Todo eso sin que la mirada dejara traslucir ninguna cordialidad sino el mismo gesto dominante de quien está acostumbrado a ser temido.

¡Con qué tristeza el forastero lamentó en aquel momento haber ido a parar a ese país remoto y miserable! Aquel espeluznante "doctor" le hizo evocar todas las advertencias de sus amigos y parientes cuando decidió emigrar a aquel país de la tierra fértil y abundante y el clima generoso.

Pero hizo de tripas corazón y acalló su indignación hasta que el doctor le permitió hablar. Bueno, esto último es un decir: continuamente lo interrumpía y con expresión condescendiente le hacía repetir ciertas palabras que al parecer no entendía, pero que siempre entendían sin la menor duda los peones y labriegos. Cuando le tocaba su turno, el doctor se esforzaba por buscar las palabras más difíciles de su léxico, ¡ay, precisamente aquellas que eran casi idénticas en el idioma del forastero, sobre todo tratándose de lenguaje jurídico!

El forastero retornaba sin cesar a sus motivos recurriendo igual a explicaciones tanto humanitarias como jurídicas, pero poco a poco lo fue ganando la curiosidad: ¿qué era lo que decía el doctor?

Aquel hombre no decía nada: tejía términos jurídicos y latinajos sin conocer con mucha precisión su significado, en la certeza de que el forastero quedaría completamente impresionado y no sabría objetar nada. ¿Había entendido el doctor lo que se le pedía? En realidad no lo escuchaba: sabía bien qué le iba a decir él y tenía claramente decidido lo que haría.

Lo que verdaderamente produjo un gran malestar al forastero fue darse cuenta de que en realidad desconocía por completo el caso, ocupado como estaba en sus propios negocios. Sencillamente su socio era víctima de una conjura de la que salía que perdería sus tierras, y el forastero no tardó en darse cuenta de que el doctor era probablemente el cerebro de esa conjura. Ante cualquier jurado, ante cualquier juez de su país aquello habría sido un robo descarado y habría sido castigado sin vacilación. Pero allí estaba en la frontera remota del mundo, en realidad al borde de la selva y un abuso sólo sustentado en el miedo que producía el doctor podría tener éxito.

En ese momento entendió las miradas abyectas y acobardadas de los parroquianos del "restaurante". ¡Quién sabe cuánto obtendría el doctor a costa de ellos sin el menor temor de atropellar su dignidad! ¿Qué podrían hacer si aquella mirada resuelta, aquellos latinajos mal combinados y aquel anillo de poderes trascendentes les demostraban en todo momento su insignificancia, por no hablar de las palabras imponentes y casi ilegibles del diploma?

Práctico como había sido siempre, el forastero le dijo al doctor que explicaría a su socio los detalles y se despidió. Tras dar el doble de la propina al muchacho del restaurante, mientras salía del pueblo, se fue mirando con verdadera compasión a la gente que encontraba:

¡Qué contraste se observa entre los que tienen educación y los que no la tienen!

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6 comentarios:

Respondón dijo...

Excelente cuadro de costumbres, todo un Vergara y Vergara. Dos observaciones; (1) y si los parroquianos tuvieran más educacion, entonces qué? El juez es imbatible de local no por sus conocimientos, que son bastante empobrecidos, sino por su investidura. (2) uno comienza a aceptar un poco que la violencia puede tener una función de equilibrio, pues el pobre diablo ultrajado por el juez lo puede matar.

Jaime Ruiz dijo...

Para Respondón: 1. De lo que se trata es de que la investidura del juez está basada en su diploma. Ciertamente también en todo el poder de la casta que le permite tener ese cargo, pero ahí todo viene a ser lo mismo, que es lo que trato de explicar. Si los parroquianos tuvieran más educación formal, se trataría de otro país y estarían menos indefensos, pero en tal caso no se hablaría de una dominación vertical como la que de hecho existe en la tradición.

2. El pobre diablo ultrajado puede matar al poderoso siempre y cuando cuente con sufrir un castigo mucho peor y aun le seguiría faltando eficacia y audacia. Pero la violencia siempre subyace a todo contrato social, de ahí la famosa obsesión de los estadounidenses con las armas, que a mí me parece clave en su desarrollo como nación: el último depositario de los derechos es el ciudadano. Si delinque la ley lo castigará, pero antes de ser despojado, humillado, masacrado, etc. tiene la ocasión de defenderse.

vopa dijo...

Amigo Jaime:
Gracias por recordarnos al añorado La fuente Estefania, a quien no habia oido nombras desde hace varias decadas. Aunque su alegoria es bastante simplista en realidad la justicia tiene esa imagen ante el comun de los ciudadanos, por eso es que florecen en este pais toda clase de organizaciones delictivas enlas cuales, horror de horrores, mucha gente encuentra una respuesta, aunque nociva, a su clamor de que se haga justicia. Es sabido que tanto la guerrilla, como los paras, y ahora los mafiosos, han formado sus imperios sobre ese vacio enorme que el Estado propicia al tener una justicia paquidermica, corrupta y despota.

Jaime Ruiz dijo...

Para Vopa:

Realmente yo no quería hablar de la justicia sino de la educación. En lugar del juez, el personaje podría ser el abogado, el notario, el alcalde o simplemente el gamonal. ¿Qué fuerza tendría por ejemplo un juez honrado en un lugar así en el que sólo hay una lógica de dominación, arbitrariedad y terror?

Tal vez mi alegoría es simplista, pero creo que es precisa. Al menos mucha gente que conoce la Colombia tradiconal la reconocería ahí.

Jaime Ruiz dijo...

Perdón, más para VOPA: no comparto en absoluto que las organizaciones criminales surjan porque la gente encuentre en ellas respuesta a su clamor de justicia. El que se integra en una banda de sicarios no está enmendando una injusticia sino ganando plata sin trabajar mucho. En lo que sí se echa de menos la justicia es en la eficacia de la represión. Por eso prosperan los criminales, porque la policía no los captura y los jueces no los encarcelan. En realidad es una tradición de criminalidad que se remonta al origen mismo del país y que incluye tanto a los terroristas como a los magistrados: en la realidad los jefes de los primeros son los primos, los compañeros de colegio, los vecinos de los segundos.

En todo caso, este cuentico lo pensé como la introducción a este post.

Anónimo dijo...

El diploma es falso. Puede llamar a la institución que supuestamente lo otorga y le explicaran que la falsificación misma está equivocada. El caso es penal.