20 oct. 2006

La esperanza de una negociación

En Colombia estallan bombas y se cometen masacres porque quienes lo hacen tienen en gran medida conquistado el país. No, no el territorio en regiones despobladas e inhóspitas, sino a la gente. Buen ejemplo de eso es la discusión acerca de quién ha cometido el atentado de ayer: los amigos de las FARC son capaces de sembrar la especie de que lo hicieron las propias víctimas y, tal como es el primitivismo generalizado, esas víctimas terminan pensando si no lo habrán hecho ellas sin darse cuenta y no lo recuerdan. ¡Qué tedio! ¿Qué importa quién pone las bombas? En el momento en que el mercado se muestra dispuesto a adquirir ese producto salen montones de fabricantes. Si la campaña les sale bien puede ocurrir que alguien empiece a matar a los que al tiempo que festejan el atentado culpan al ejército, y la gente también se preguntará si no serán ellos mismos, como por lo demás es lícito pensar, y al final se llegará a la conclusión cínica habitual: ¡un hp menos! Porque nada ocurre realmente fuera de nuestras cabezas, y en las cabezas de los colombianos las bombas y las masacres son formas lícitas de hacer carrera política y es lícito que cuenten por encima de las urnas. ¿O no es lo que nos dice Alfredo Rangel?

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