9 oct. 2012

Sin corregir errores

Por Jaime Castro Ramírez

La simple lógica diría que para lograr éxito en el desarrollo de una iniciativa, se requiere tomar previsiones en cuanto a evitar los errores que puedan interferir en la opción de obtener un buen resultado. Con relación al tema de la paz en Colombia, lo primero que dijo el presidente de la república Juan Manuel Santos fue que iba a hablar de negociación con las FARC “sin caer en los errores del pasado”. Desafortunadamente, tal advertencia se convirtió en solo retórica política, pues no es sino observar básicamente las dos siguientes circunstancias que contrastan con lo que dijo inicialmente el presidente: 1. Participación del gobierno Chávez, y 2. Sin exigir cese de hostilidades unilateral a las FARC.

Participación del gobierno Chávez
Nadie que tenga prudente condición de analista de las realidades políticas puede incurrir en excesos de desestimar al enemigo, pues éste sabe aprovechar la debilidad que observa frente a sus apetitos de oportunismo y reacciona dando la estocada que materializa el engaño. Ante las codicias que esparce el llamado “socialismo del siglo XXI”, se activan los tentáculos cuya misión es atraer a ‘incautos’, que como en el caso del presidente de la república de Colombia, resigna su condición de estadista ante un espejismo que denomina “nuevo mejor amigo”, pero que resulta ser un verdadero impostor que camufla actitudes rastreras en un calculado simbolismo de engañosa amistad.

Un grave error que cometió el presidente Uribe fue justamente cuando le dio vocería al amigo-benefactor de las FARC (Chávez), para mediar ante ellos. Esa idea terminó en fracaso porque el señor Chávez desbordó la misión encomendada y decidió actuar en favorecimiento a los intereses del grupo subversivo. Incluso se tomó el atrevimiento de llamar a un general de la república de Colombia, comandante del ejército, para intentar inducirlo a proceder en forma condescendiente con este grupo terrorista, motivo por el cual Uribe reversó su decisión. El error de Uribe consistió entonces en delegarle participación como mediador a un enemigo de la democracia, a quien avala su dictadura comunista con el pretexto de hacer elecciones que las gana ‘como sea’, ‘elecciones donde gana Chávez y pierde Venezuela’ por la falta de garantías electorales; como buen dictador procedió a proscribir la pluralidad de partidos políticos y creó su partido único, acabó con la independencia de poderes y los manipula a su antojo, censura la libertad de prensa cerrando medios de comunicación, encarcela o destierra a los opositores por el solo hecho de pensar diferente, acaba con la libre empresa a través de las expropiaciones, patrocina en la región estas prácticas del ‘socialismo del siglo XXI’, etc.

Lo anterior significa que en política no se puede ser amigo del amigo del enemigo, porque éste termina traicionando la causa. Esta es una premisa que configura un juego de palabras, pero que contiene suficiente dosis de lógica.

Ahora se repite el error, pues este siniestro personaje, de tales condiciones antidemocráticas, fue aceptado nuevamente por el presidente Santos como mediador en las negociaciones con las FARC, quien procedió a nombrar a Roy Chaderton como su representante en esos diálogos. Es de suponer que las FARC le hayan exigido a Santos la presencia de Chávez a través de su vocero, pues de lo contrario no se entendería qué tiene que hacer en ese escenario un individuo que ha demostrado ser muy incómodo para los intereses democráticos de la república de Colombia, por patrocinar y albergar a las FARC en Venezuela. Esto último permite entender cuál será el tono de la participación chavista en esas negociaciones, es decir, a favor de quién estará inclinada la balanza haciendo causa común en defensa de sus intereses. Mejor apoyo no pueden haber conseguido las FARC para este evento, nada menos que su importante defensor y protector, y nada menos que logrando la influencia del “nuevo mejor amigo” del presidente de la república de Colombia quien tomará las decisiones finales. La pregunta es: ¿qué podrá salir entonces como conclusiones de esa mesa de negociación? Pregunta difícil de poder anticiparle una razonable respuesta.

En política no se puede ser inferior a las exigencias de la historia. La responsabilidad de un jefe de Estado trasciende a los intereses de la sociedad en su conjunto, lo cual se encarga la historia de juzgarlo, de manera que Santos sabrá responder ante la historia.

Sin exigir cese de hostilidades unilateral a las FARC
Los diálogos del Caguán adolecieron de la visión objetiva que debió enfocarse hacia la exigencia a las FARC de un cese de hostilidades unilateral, pues esto permitió que mientras en ese lugar hablaban de paz, en el resto del país se hablaba el idioma de la guerra planteada por el terrorismo, lo cual evidentemente debilitó en forma grave el objetivo de lograr la paz; pues incluso, del no cese de hostilidades provino el secuestro de un avión por parte de las FARC para luego secuestrar a unos pasajeros, lo cual fue la gota que rebosó la copa y constituyó el incidente definitivo para que el presidente Pastrana se viera obligado a terminar esos diálogos.

Pues resulta que vuelve y juega, y se repite este mismo error de no exigir el cese de hostilidades en este nuevo intento de diálogos de paz con el mismo contendor.

El sentido común hace que las personas razonen para elegir el pensamiento inteligente que otorgue la tranquilidad de conciencia con la trascendencia de sus decisiones. Sería muy pertinente que este punto de vista tuviera aplicabilidad en el escenario de los diálogos de negociación con las FARC en Cuba, aunque de inicio no se observa ese talante político.

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