10 abr. 2013

El aquelarre del 11 de noviembre

Uno de los recursos característicos de los comunistas es la manipulación de la historia, la creación de un relato sobre los hechos que convenga a su plan. Así, hicieron coincidir la muerte de Chávez con el 60 aniversario de la de Stalin, seguros de que en Hispanoamérica hay todavía gente a la que se la puede ilusionar con el comunismo. Así, convocaron para el 65 aniversario del bogotazo la marcha de legitimación del terrorismo, un fracaso tan rotundo que movería a risa de no ser por la desfachatez de la prensa, que no vacila en convertir 50.000 personas en un millón, escudándose en la Alcaldía de Bogotá.

Así, según rumores publicados, piensan montar el gran show el 11 de noviembre, aniversario de la independencia de Cartagena, un acto en el que invitarán a la ciudad a cuanto figurón internacional haya para dar legitimidad a lo acordado en la negociación, que sólo será la fuente de nuevas violencias una vez que se demuestre que encargar niños bomba es la forma correcta de hacer carrera política, y con las FARC enseñoreadas sin ningún control sobre el 40% del territorio.

Lo cierto es que la negociación avanza, cuanto más maten más motivos tendrán para hacer presión a favor del premio del crimen y más irán acostumbrando a la gente a someterse. Es el arte del miedo, tan eficaz siempre. Ya lo dejó dicho el líder bolchevique Krylenko:
No debemos ejecutar sólo a los culpables. La ejecución de los inocentes impresionará aún más a las masas. 
Cosa que traducida a la lógica colombiana está perfectamente explicada en este prodigio moral de cuatro minutos del presidente del Senado (que respondía a Uribe, que había estado cabildeando con él para buscar un trato favorable a los militares).
Entiendo la preocupación de algunas voces que piensan que con los actos terroristas hay que echar atrás esas iniciativas, pero no será el terrorismo cobarde de las FARC el que le dicte la agenda ni al gobierno ni al Congreso.
Es decir, son tan libres del terrorismo que ninguna atrocidad los hará cambiar de su determinación de premiarlo. Los llama cobardes para invitarlos a masacrar más. Me recuerda una historia del comienzo de las elecciones en el siglo XVIII en Inglaterra, donde un hombre se ponía a la puerta del colegio electoral y desafiaba a una apuesta a los que acudían a votar. No serían capaces de votar por su candidato.

Los recientes despejes para enviar a Cuba a líderes terroristas que podrían ser capturados son prueba de que la negociación avanza, pero no se sabe lo que estarán negociando y con toda certeza el resultado no será que las FARC se disuelvan, se desmovilicen y entreguen las armas. Es decir, se les garantizarán ventajas para seguir produciendo cocaína, extorsionando y explotando la minería ilegal, además del acceso a más presupuestos y a más control del Estado para los frentes burocráticos a cambio de que se dejen tomar la foto con Santos.

Todo iría perfectamente porque el control casi absoluto de los medios de comunicación permite engañar sin cesar a la gente, y la resistencia del uribismo es casi un chiste (elaboraron un cartel que empieza "Sí a la paz", pero cuando uno piensa qué puede significar "paz" resulta que es la negociación, a la que se le ponen condiciones), mientras que la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas parece dichosa de integrarse en el Cartel de los Soles. Pero en realidad surgen problemas para hacer tragar a la gente la infamia del triunfo terrorista.

El rotundo fracaso de la "marcha por la paz" mostró que no son muchos los convencidos, pues ni siquiera sumando universitarios, estudiantes de secundaria, empleados estatales, paniaguados de ONG y gente traída de las más remotas regiones llegaron a superar otras manifestaciones comunistas. Muchos calculan que no habría mucho más de cincuenta mil personas en Bogotá. Cualquier encuesta rigurosa debería mostrar una caída drástica de la popularidad de Santos, cuya actitud y cuyo discurso son hoy por hoy completamente indistinguibles de los de Piedad Córdoba.

Otro problema son los intereses de las FARC. Si ya están todos sus principales dirigentes a salvo de ser encarcelados, ¿qué prisa tienen en dejar de expandir la extorsión (cosa que ha ocurrido de forma drástica en los últimos meses) y de exportar cocaína? Por el contrario, las demandas de transformación de la ley van en aumento porque el gobierno se acabaría de hundir si retrocediera y animara a hacer cumplir la ley a los militares a los que ahora pone a marchar al lado de quienes apenas el día anterior habían matado a sus compañeros.

Es decir, a más crímenes más desprestigio de Santos y más dificultad para "vender" su "paz". Pero la única forma de evitarlos sería asegurando aún más el poder de la guerrilla, pagando por adelantado la extorsión, lo cual a su vez hace multiplicar sus exigencias y su altanería. Buen ejemplo de eso es esta belleza de Lisandro Duque, cineasta que formaba parte de la dirección de la Juventud Comunista junto con alias Alfonso Cano y portavoz oficioso de los frentes "estratosos".
Yo, sin embargo, no le veo a Juan Manuel Santos madera para zanjar esos diálogos por las buenas. En su estructura mental parece no tener cabida la posguerra. Y menos con ese empeño suyo de no asustar a las tías uribistas. Él vio muy mamey el asunto, pues arrancó las conversaciones bajo el equívoco de que su contrario estaba con urgencia de rendirse, lo que supuestamente haría en agradecimiento por unas curules. Pero no pintan así las cosas, y no porque esa organización esté atrincherada en posiciones maximalistas. Aun así, cuanta propuesta plantea —y no obstante no parecerle extrema a enormes sectores de opinión ni a los propios negociadores del Gobierno—, le resulta demasiado transgresora a una clase dirigente premoderna y confesional.
Es decir, Santos escoge entre el forcejeo y la rendición total, que podría hacerlo impopular hasta el escándalo y abrirle el camino a una dictadura, pues en ninguna elección limpia ganarían las FARC. Y lo único que conseguirá será la multiplicación de las atrocidades y el caos, por mucho que los altos oficiales, evidentemente sobornados, aplaudan su fomento del terrorismo. (No estoy suponiendo que deban participar en política sino quejándome de que lo hagan, y precisamente de la forma más perversa, alentando a matar a sus hombres y aplaudiendo lo que los libra de trabajar.)

El otro problema son los Estados Unidos: el control del alcahuete Obama sobre su país no es como el de Santos en Colombia. Muchas personas estarán preocupadas por la relación entre las FARC y Al Qaeda, evidenciada tras la reciente detención de agentes de la banda colombiana en África cuando intercambiaban cocaína por armas. O por la posesión por parte de la banda de misiles tierra-aire, que podrían derribar aviones y helicópteros de los que EE UU dio a Colombia. La disposición pusilánime de Obama, que envalentona hasta el ultraje al comunista norcoreano y sin duda alentará otro 11-S, generará una desmoralización y una reacción que podría acabar con su popularidad. A medida que el gobierno de Santos se convierte en el gobierno de las FARC, los nexos del castrismo con Ahmadineyad y Al Qaeda generarán inquietud en EE UU, y por tanto menos apoyo a la rendición de Santos.

Y queda la cuestión de la actitud de la gente y el futuro electoral. A su pesar, Santos ha despertado una corriente cívica que no está formada por los habituales seguidores de algún candidato sino de personas preocupadas por el ascenso de los terroristas. A medida que aumenten las atrocidades y el desprestigio de los medios, esa corriente se hará más fuerte y puede atraer a una mayoría, como ocurrió con Uribe en 2001 (tras la obstinada campaña de calumnias en los medios, que no era menor que ahora). Ese despertar cívico es la única esperanza.

Ojalá se empezara a entender que las FARC no son un insecto adherido a la piel de la sociedad sino su producto más típico, que la prensa no hace propaganda del terrorismo por el soborno estatal sino por corresponder a un público formado por los usufructuarios de un orden de iniquidad reforzado en 1991 (el índice Gini era en ese año de 51,3 y llegó en 2002 a 60,7, resultado de la acción de tutela y de la expansión del gasto público a favor de las clientelas sindicales de las bandas criminales). Que no hace falta un presidente vitalicio "con pantalones" sino un partido que interprete el anhelo de la gente de vivir en un país democrático normal...

El aquelarre del 11 de noviembre es la consumación del gobierno de Santos. Una determinación de quienes lo rechazamos para denunciar las mentiras de su propaganda y su "manguala" con los terroristas, cuyos crímenes legitima y en últimas alienta, podría incluso disuadir al parlamento noruego de darle el Nobel. Pero hace falta claridad: ante todo, que no es alguna circunstancia de la negociación o de su resultado lo que se cuestiona sino el hecho mismo de negociar, que lleva implícita la abolición de la democracia (manda el poder de fuego obtenido secuestrando y aterrorizando y no las urnas), que no se acatará lo acordado en La Habana y se juzgará a todos los que tomen parte en esa negociación como cómplices del terrorismo, y que se buscará una constitución que no incluya el reconocimiento al "delito político", entre muchas otras disposiciones.

Bueno: ésta es la conclusión: creo que el aquelarre del 11 de noviembre le funcionará a Santos porque las personas que piensan así se cuentan con los dedos de una mano, y aun entre los que se oponen al gobierno hay una mayoría que no entiende que al negociar se pone al Estado al servicio del crimen y se alienta a los terroristas a reagruparse y multiplicar sus atrocidades. El lloriqueo diario por la "inoperancia" de la justicia lleva implícita la creencia de que podría ser de otra manera con la constitución existente y con las autoridades judiciales que abiertamente promueven y justifican a la secta totalitaria de la que procede su poder, que es la misma que dirige a las FARC como quien mueve un imán debajo de una mesa metálica.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Y para completarlo todo, quienes dirigen la política económica continuarán menguando el descontento mediante propseridad falsa: la tasa de interés del BR continuará cayendo y seguirán tratando de devaluar el peso a como de lugar, por lo que la liquidez resultante, mezclada con el aumento del gasto y de los subsidios, generará una falsa sensación de prosperidad que la gente encontrará muy difícil de resistir... por un tiempo. Ya serán otros los que tengan que lidiar con la inflación cuando ésta converja a los niveles de Venezuela. Bueno, y también aparecerán otros promoviendo aumentos del 40% en el salario mínimo para arreglarlo todo.

La monstruosidad del asunto solo se equipara con la idiotez (patrocinada por Fecode) e indolencia de la gente. Las formas son ligeramente distintas a las de Chávez, pero el principio que rige el actuar de Santos es exactamente el mismo.