15 abr. 2013

Interpretaciones


Por @Ruiz_senior

Uno de los efectos de la obsesiva campaña de propaganda oficial contra el expresidente Uribe es la distracción acerca de las cuestiones esenciales que están en juego hoy en día: la gente que de algún modo, siquiera vagamente, se siente amenazada por el ascenso terrorista se pone de parte de Uribe, que ya no puede ser reelegido y ejerce un protagonismo confuso, en parte tratando de defender su gobierno de las calumnias incesantes de la prensa oficial, en parte buscando la recuperación de su sector político en las elecciones de 2014.

Gracias a ese recurso, el gobierno da por sobreentendido todo lo que el uribismo tiene de conformismo con los supuestos del gobierno: al haber una facción uribista y otra santista, formada esta última por la gente que no votó por Santos, resulta inconcebible que alguien ponga en duda la Constitución de 1991 y los procesos de paz de los ochenta y noventa, toda vez que el expresidente y sus seguidores más próximos jamás los han cuestionado.

Y también el estilo de hacer política de Uribe favorece el interés del gobierno: nunca creó un partido basado en idearios ni en programas sino que aceptó la adhesión fingida del conservatismo y de los políticos liberales que formaron el PSUN, los mismos que después acogerían en masa la entrega del país a los terroristas a cambio de negocios que algún día se esclarecerán. (El mundo es un poco más ancho que Colombia y el conjunto de la humanidad es bastante diferente al conjunto de los colombianos.) Es decir, Santos puede exhibir legitimidad a pesar de que traiciona todas sus promesas de campaña: lo apoyan todos los congresistas y senadores elegidos como continuadores de Uribe.

Pero el primitivismo moral, intelectual, ideológico y político de los colombianos hace que a nadie, y lo digo literalmente, se le ocurra pensar que el expresidente pudo hacer algo mal. Esa literalidad llega a un extremo doloroso: él mismo está convencido del acierto de su actuación, a tal punto que a pesar de todas las infamias de los partidos "uribistas" en febrero de 2012 seguía haciendo componendas con Roy Barreras o defendiendo a Angelino Garzón y alentando a sus seguidores a hacerlo. Y todavía mantiene sin la menor duda nexos con personajes como Juan Lozano.

Esa disposición a servir de figura necesaria para conseguir votos a tales personajes determina su actuación desde que salió del poder: durante mucho tiempo negó querer hacerle oposición a Santos y cuando era evidente que el candidato de Santos a la Alcaldía de Bogotá era Petro, no cuestionó de ninguna manera las candidaturas de distracción que le abrieron camino al terrorista ascendido con apenas un 15% del censo electoral.

Eso mismo ocurre con la negociación de La Habana: no es verdad que el sentido de dicha negociación fuera un misterio porque Santos desde el principio puso el Estado al servicio de las FARC, y medidas como la Ley de Víctimas, para poner un ejemplo, sólo tienen por objeto dedicar ingentes recursos públicos a proveer a los milicianos pensiones de jubilación y a las clientelas judiciales y de ONG rentas fabulosas.

Todos los aliados políticos de Uribe apoyaron dicha negociación cuando se declaró, en parte porque son personajes ligados a los valores de los partidos de que proceden (sin ir más lejos, Francisco Santos apoyó la negociación del Caguán hasta el final), en parte porque no le veían futuro a una causa a la que la prensa apoya con fervor y en parte porque veían el mismo resultado en las encuestas.

Ante esa carencia de valores y nociones claras, Uribe y sus aliados se dedicaron a buscar pretextos de oposición: que si la reforma tributaria, que si los tres ceros del peso, que si el fallo de la CIJ sobre el mar de San Andrés... La confusión acerca de la negociación conduce a que se trate de pasiones relacionadas con caudillos sin que nadie sepa qué es lo que quieren respecto de la mesa de La Habana. Curiosamente, y tal vez ése fue su suicidio político, aceptaron cabizbajos la inverosímil decisión de la Fiscalía de dejar impune al dulce san Sigifredo.

En una entrevista que ya comenté antes, Francisco Santos se muestra entusiasta de la negociación y señala que Uribe podría estar en la mesa de no ser por su descontento por nombramientos, admitiendo incluso que las motivaciones del expresidente son "mezquinas". Uribe no le replicó, admitiendo tácitamente todo eso. (Aunque podría incluso desconocerla.)

Sin que se explique muy bien por qué, últimamente el exvicepresidente anda en campaña, para lo que se presenta como un crítico furibundo del proceso de La Habana, como es bien sabido por las vallas en las que se compara a Pablo Escobar e Iván Márquez. ¿Hasta dónde llega ese descontento? Mejor preguntar por qué empecé hablando de las ambigüedades de Uribe.

Es decir, ¿el lector tiene una idea propia sobre el proceso de La Habana? ¿Está a favor o en contra de esa negociación? Por mi experiencia de leer en Twitter toda clase de opiniones sé con absoluta certeza que la mayoría de los uribistas están a la vez a favor y en contra, pues lo único que distinguen es la lealtad a sus líderes.

Con muchísima frecuencia hemos denunciado desde este blog esa negociación, en textos y en videos, y en esas denuncias nos han apoyado muchísimos uribistas, que no obstante después resultan identificados con figuras que la aplauden. Y esa ambigüedad afecta al propio expresidente, que no ha dicho claramente que las leyes promovidas por el gobierno como resultado de su alianza con los terroristas tendrán que ser reemplazadas por otras ni que lo que puedan acordar en La Habana no será acatado por un gobierno democrático. (Este adjetivo es muy importante aquí, porque negociar con los terroristas no es "paz" sino "abolición de la democracia".)

Pero como se trata del medio colombiano antes que cualquier realidad reina la mala fe. Francisco Santos aplaude la negociación, dice que Uribe la habría firmado, pero cuando uno señala que no se puede a la vez aplaudir y condenar algo, resulta que uno hace "interpretaciones".

Insisto: ese estilo de política consiste en engañar al elector y es exactamente lo que hace Francisco Santos y todos los demás precandidatos cuando hacen tal alharaca por la impunidad y la elegibilidad. No van a ponerse contra la prensa denunciando la negociación como traición a la patria y alianza con criminales, sino que pretenden mejorarla, tal vez introduciendo representantes distintos en la mesa: ya lamentaba Marta Lucía Ramírez que faltara representación femenina.

De modo que no me queda otra opción que preguntar al lector si puede ser objeto de interpretación algo como esto:
M.J.D.: ¿O sea que usted, a diferencia del expresidente Uribe, sí apoya el proceso de paz? 
F.S.: Si esto le sale muy bien al presidente Santos triunfa, si le sale mal es el fin de su gobierno. Está en juego el todo por el todo. Sin embargo, creo que es una apuesta que vale la pena hacer así no sea la solución a todos los problemas del país, como se le ha hecho creer a la gente.
¿Se entiende? Lo que pongo en duda es la rectitud moral del lector porque la experiencia me ha enseñado que en todo momento asoma la bajeza y deformidad moral de los colombianos. ¿Le parece al lector que el entrevistado dice que la negociación hay que hacerla? Ayer un tuitero me acusaba de estar haciendo "interpretaciones".
M.J.D.: Pero si es cierto que Uribe también quería la paz, ¿por qué él se opone al proceso de manera tan integral?

F.S.: Es que eso tiene que ver con que la pelea entre Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe no es una pelea por la paz, sino una disputa política.
Con la elegancia conceptual de los pensadores patrios, esa matemática precisa y a la vez fantástica, el hombre ya creó la oposición entre "paz" y "política". Ningún creador de falacias de Semana lo habría dicho mejor, y no por cuestión de talento sino de inocencia: así es como ven esas cuestiones esa clase de personajes.

Pero mi punto es la mala fe del lector: ¿le parece que dice que Uribe no mostraba entusiasmo por la negociación por cuestiones de sus diferencias personales con el presidente Santos?
M.J.D.: ¿Pero no es un poco mezquino que el expresidente Uribe esté utilizando la paz para conseguir réditos políticos?
F.S.: ¿Y cuándo la política no ha sido mezquina? Pero además le digo: Santos también ha sido inmensamente mezquino con el expresidente Uribe. Pudo haber construido su gobierno sobre lo construido, pero no quiso. Si no hubiera tenido la mezquindad en varios nombramientos en los que no vale la pena entrar, Uribe estaba montado en la paz al lado del presidente Santos. Le aseguro. Pero no: Santos decidió romper de una manera sutil pero brusca y le hizo un daño irreparable a esa relación. Ese es un error grave del presidente.
Aquí ya me da pereza entrar. El colombiano que se opone a las guerrillas no tiene el menor respeto de sí mismo y seguirá lloriqueando porque habrá impunidad (¿no la hubo para el M-19 y la parte emergida del ELN? ¿Qué puede representar la impunidad al lado de la Ley de Víctimas con la que se premia el terrorismo? ¿Esperan que al cabo de la negociación, tras quien sabe cuántas decenas de millones de dólares recaudados en extorsión, cocaína y minería ilegal, Iván Márquez acepte tomar un avión para pasar varios años en la Picota? ¿Piensan procesar a Santos y a su gobierno por aliarse con el terrorismo?).

No, el lector es deshonesto pero no es idiota: sabe muy bien que ni Uribe ni sus precandidatos pedirán nada de eso y no necesita un esfuerzo muy grande para entender que se trata de mejorar la negociación. Que nada ha cambiado desde septiembre para que ahora Francisco Santos (y Uribe tácitamente) le vean tantos defectos a la negociación, y sobre todo para ver que, a diferencia del lenguaje del flamante precandidato, la negociación es sólo un concierto para delinquir y no tiene nada que ver con la paz, que empezaría porque los asesinos desistieran.

Al menos espero que les quede clara una cosa: la gente deshonesta es un lastre para hacer frente a los criminales. La negociación de Santos seguirá avanzando porque Uribe y sus amigos encauzan el descontento hacia objetivos mezquinos, engañando a los votantes que no leen blogs, haciéndolos creer que condenan una negociación que en realidad aprueban salvo por la parte que les toca de nombramientos y parcelas de poder, como tan lindamente lo expresa el principal candidato presidencial uribista.

1 comentario:

Anónimo dijo...

En el país de la intelectualidad moderada, la moderación consiste en indignarse por la declaraciones contrafactuales (y muy relevantes) de quien investiga los delitos penales en Colombia.

Lo chistoso es que esa "moderación" es, según estos genios, muestra de civilidad.

Un muladar como pocos.