24 jun. 2013

Los lujos del terrorismo

Por @AdasOz 


Juan Manuel Santos fue elegido por más de 9 millones de colombianos, más por el hecho de creer en su promesa de darle continuidad a las políticas de su predecesor, que por haberlo identificado como un líder político comprometido con la prosperidad de nuestro país. Quizás desde mucho antes de posesionarse como presidente de Colombia él ya contaba con un plan secreto en el que, de hacerse realidad su sueño de llegar a la Casa de Nariño como primer mandatario, gobernaría con, por y para las FARC y el castro-chavismo sin importarle dejar a millones de colombianos a merced del crimen organizado internacional.

Resulta alarmante ver cómo pasa el tiempo mientras las FARC avanzan sobre una Colombia entregada a la claudicación, se fortalecen, se reagrupan, se rearman y trafican cocaína, mientras gracias a la complicidad de la Unidad Nacional, perverso engendro de Santos, sus principales cabecillas dirigen nuestro país por el sendero del fracaso. Mientras más concesiones hay para estos bandidos y entre más se acerca la época de elecciones, que éstas a su vez coinciden con una posible reelección del presidente, los ataques terroristas y su largo etcétera de crímenes brutales aumentan para presionar a la población civil para que nos rindamos y supliquemos por una solución rápida al “conflicto”.

“Denles lo que quieran, incluso curules en el Congreso sin haber tenido votación popular, con tal de que dejen de matar o de perseguir, vacunar y secuestrar campesinos y terratenientes”, dicen cómplicemente los más entusiastas a sabiendas de que este proceso tendrá a futuro un costo enorme para el país, especialmente en vidas humanas. ¿O acaso alguien duda de la relación directa que existe entre el cogobierno y el incremento de los atentados terroristas y otros crímenes?

El secretismo y la intriga son dos estrategias muy comunes entre los comunistas, ya que éstas suelen darles buenos resultados para conseguir sus objetivos. Así, tal cual, ha manejado Santos el proceso de negociación con los terroristas y es muy probable que de ahí haya surgido la “brillante” idea de ayudarlos a fugar hacia Cuba, además de quererlos proteger, por supuesto. Estando en Cuba la posibilidad de que se filtre información a los medios es remota, condición perfecta para entregarles el país sin que nadie se inmute ni mucho menos proteste ante semejante infamia.

Pero la indignación de saberlos fugados de la siempre cuestionada justicia colombiana no llega solo hasta ahí. Si en Colombia hubiera respeto por la ley y la justicia, de seguro las FARC jamás hubiesen llegado a hacer el daño que han hecho a lo largo de todos estos años, y mucho menos hubiesen perdurado por más de medio siglo atemorizando a los ciudadanos y sumiendo al país en el atraso en que se encuentra. Lo más lógico es que estos bandidos pasen de la selva a un estrado judicial, y luego de la sentencia, vayan a la cárcel por representar un peligro para la sociedad y para que paguen por todos y cada uno de los delitos que han cometido durante todas estas décadas. Sin embargo, Colombia es sui generis y sucede todo lo contrario. Aquí los terroristas son tratados como “eminencias” que ahora viven con todo tipo de lujos a los que solo Fidel Castro, su familia y otros pocos han podido conocer en Cuba.

Resulta irónico que en una isla como Cuba, que en pleno siglo XXI viven como en el siglo pasado, los terroristas colombianos de línea marxista-leninista se den los lujos que escasamente un cubano pudiera soñar tener. Allí los cabecillas de las FARC viven y son tratados como reyes y lo peor, como si fueran merecedores de ese trato especial. Bueno, fue el régimen del castrismo el que financió y promovió la creación del grupo terrorista en Colombia, así que para éste, las FARC son sus niños consentidos y como tal deben ser tratados. La complicidad y el cinismo de Santos repugnan, pero más fastidia el silencio cómplice de los medios y de los entusiastas ante tremenda desfachatez mientras aquí en Colombia las FARC continúan arremetiendo y cada vez con más fortaleza, contra la población civil y la fuerza pública.

La otra cara de la moneda la encontramos en nuestros militares, quienes mientras exponen sus vidas por defender a los ciudadanos contra los bandidos, se mueren literalmente de hambre porque no les envían comida desde hace más de una semana. Resulta difícil creer que fuese Santos quien dirigiera con tanto éxito al ejército antes de ser presidente y ahora los mantenga bajo las más precarias condiciones imaginables, es decir, prácticamente en el abandono. No sólo los deja morir de hambre sino que a los soldados caídos en combate los deja tirados por más de tres días, tal como se explica en este artículo. ¡Qué mal paga el presidente a quienes le sirven! Es posible que algunos altos mandos del ejército hayan sucumbido ante el soborno que Santos acostumbra, pero en lo que respecta a la tropa, la tiene muy descuidada. ¡Nuestros soldados no le importan!

La humillación al ejército colombianos no cesa, y si acaso que alguien pensó que lo del sargento García fue un caso aislado, téngalo por seguro de que se equivoca. El mismo proceso de paz lo plantea como tal, ya que el propósito de las FARC y del castro-chavismo es destruir la institución para ellos luego okuparlo. Santos solo se dedica a complacer y proteger a las FARC, así que ya nos queda claro de qué fuerzas armadas es jefe.

Al presidente Santos quiero decirle que no basta con mandar a su propio hijo al ejército para mostrar su interés en la institución y compromiso con la seguridad de los colombianos, pues todos sabemos que esa fue otra de las muchas movidas estratégicas que utilizó para mejorar su imagen. Qué bajo cae al usar a su propio hijo de pretexto para sus oscuros planes, y qué mal ejemplo como padre le está dando. Muchos sabemos que el lancero Santos tampoco se empapa de la vida militar, que tiene lujos y tratos especiales como ningún soldado y que es custodiado por las fuerzas especiales del ejército, cuya labor dista mucho de cuidar lanceritos mimados de papi. Pero mientras el hijo de Santos duerme tranquilo en el Valle de los Lanceros, los hijos de muchas madres y padres hoy se mueren de hambre en Ituango.



Bajo estas condiciones se desarrolla la claudicación de Colombia y es ahora o nunca que debemos impedir la reelección de Juan Manuel Santos y oponernos con seriedad a la claudicación.

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