28 oct. 2013

Bogotá, una ciudad caótica

Por @AdasOz

Hace ocho días, apenas un día después de haber caído en la trampa de una alcantarilla sin tapa una niña de dos años en pleno centro de Bogotá, estuve visitando el casco histórico de la ciudad. Serví de guía turística ad honorem para una joven colombo-americana que venía por primera vez a Colombia en busca de sus raíces. En parte, ya iba preparada para lo que me iba a encontrar, pero durante el recorrido me quedé sorprendida de ver que cada día la ciudad está más descuidada, llena de grafitis por doquier que la hacen ver más fea y sucia que de costumbre, y como si fuera poco, corroboré que no es sólo una alcantarilla sin tapa sino varias, y que lo mismo sucede con las de los medidores de agua: a la mayoría les hace falta la tapa.  

En Bogotá reinan la anarquía, el desorden y la suciedad. Esa es nuestra realidad, así los “orgullosos” bogotanos no la quieran ver. Y según parece, el alcalde Gustavo Petro tampoco, dadas las insulsas declaraciones que dio tras la caída fatal de la niña entre la alcantarilla sin tapa. Parece que no está en sintonía con lo que sucede. Como ya es costumbre, se hace el desentendido como si nada tuviera relación con su incapacidad para administrar la ciudad y los recursos públicos, y como si no fuera evidente que ha descuidado la ciudad, más de lo que ya estaba, para limitarse a hacer lo único que le interesa: adjudicar contratos entre los de su mafia, hacer politiquería y demagogia con asuntos como la comunidad LGTBI, la legalización de las drogas, la "protección" de animales, fomentar la lucha de clases y promover todas las formas de lucha mediante manifestaciones que desencadenan en desmanes generando daños y pérdidas millonarias.  

Por eso no es coincidencia que bajo su administración se haya mandado a hacer una placa en remembranza de asesinos y facilitadores de la toma del Palacio de Justicia en noviembre de 1985, y en la que descaradamente se señala como victimarios al general (r) Jesús Armando Arias Cabrales y al coronel (r) Luis Alfonso Plazas Vega. Nótese en la foto a continuación dicha infamia, y cómo ellos, sin pudor alguno, quitan los títulos a estos dos militares que han sido condenados injustamente.
Bogotá día tras día se va pareciendo más a la Venezuela actual, en la que pulula el culto a personajes pertenecientes a la izquierda terrorista colombiana y castrochavista. Por lo que tampoco crean que es coincidencia que bajo la administración de Gustavo Petro se haya mandado a pintar un mural a todo el frente del Cementerio Central en el que aparece la imagen de miembros de la Unión Patriótica y hasta el mismo Manuel Marulanda, ese que alias “Teodora” pide se reproduzca en masa por el “bien” de Colombia. Y en el mural no podía faltar la palabra “paz”, como si estos ángeles caídos allí pintados fueran sus portadores y representantes. Este mural es una pequeña muestra del triunfo de la izquierda terrorista, esa que ha ordenado y justificado los crímenes de las FARC y otros grupos terroristas durante todos estos años, sobre los millones de colombianos que sumisamente aceptamos el sometimiento.  


Los bogotanos todavía no entendemos bien cuál fue el principal propósito por el que nuestro alcalde decidió peatonalizar la carrera Séptima desde la calle Octava hasta la calle 24, pero lo que sí ha sido evidente es el deterioro del trayecto. Los comercios registran pérdidas y algunos de los dueños han tenido que cerrarlos porque dejaron de ser rentables. La suciedad es permanente, los andenes invadidos de vendedores ambulantes, basura y desechos humanos y animales, obligan al transeúnte a optar por caminar por la calzada. La peatonalización de la Séptima parece más un facilitador para que los marchantes puedan tener un espacio donde puedan expresar su descontento contra el sistema, en el que pueden hacer lo que les venga en gana, incluso rayar fachadas de construcciones que son patrimonio de la ciudad y lanzar bolas de pintura que permanecen en el tiempo porque nadie en el Distrito se preocupa por limpiarlas. A Petro eso no lo desvela, es como si disfrutara del caos, de la inmundicia y de la falta de estética. El centro histórico de Bogotá podría llegar a ser el peor mantenido y el más sucio que haya conocido.  


Pero Petro no desperdicia espacio para hacer apología del terrorismo y promover al M-19. Hasta las materas de la Séptima terminan siéndole útiles para promover criminales como Carlos Pizarro León-Gómez, como si éste hubiera sido un ejemplo a seguir por su “grandiosa” cruzada terrorista.  


En la entrada principal de la iglesia de San Francisco, uno de los templos católicos más emblemáticos de la ciudad, el hedor es insoportable. Al parecer los habitantes de la calle y otros personajes han tomado por costumbre ir allí a hacer sus necesidades fisiológicas. Da pesar y vergüenza ver el descuido, no sólo de sus habitantes, sino del mismo Distrito, por los bienes de la ciudad.  

Pero la mayor sorpresa se encuentra diagonal a este moumento. En toda la fachada de un edificio está tendida de lado a lado la bandera del M-19 y a los bogotanos parece no importarles. Es como si no recordaran que estos verdugos quemaron gente viva y que se tomaron el Palacio de Justicia para jamás volverlo a abandonar.  


Así, ya adentrada en la Candelaria sintiéndome bastante indignada, me di cuenta de que sus andenes y el eje ambiental de la Jiménez son una trampa mortal. En mi época de estudiante había que ir muy pendiente del suelo para no pisar excrementos humanos o animales, pero ahora hay que tener cuidado de no ir a dar un paso en falso y pisar un medidor de agua sin tapa o en su defecto una alcantarilla destapada, tal como le pasó a la pequeña niña de dos años que jugaba a perseguir palomas en la Jiménez.  

Petro hace de nuestra ciudad lo que nosotros le permitimos, porque callamos, porque nos conformamos con lo que hay y lo camuflamos en un orgullo falso por la ciudad. ¿Si sentimos tanto amor por Bogotá, por qué no denunciamos estas irregularidades y exigimos una ciudad digna para vivir? Que los impuestos que pagamos dejen de irse a los bolsillos del gobernante de turno y su mafia, y se empiecen a destinar para lo que fueron creados. La indiferencia y la indolencia nos convierten en cómplices de lo que nos sucede. Somos víctimas de nuestro propio invento.  

Al final, nunca supe cuál fue la impresión que se llevó de Bogotá la visitante y quizás nunca lo sepa, pero doy fe de que a mí me dio mucha vergüenza mostrar la ruina de ciudad en la que vivo. Bogotá no es una ciudad digna de exhibición.

1 comentario:

Lex dijo...

Hola he leído tu blog y me parece que tienes la razón en casi todos los puntos que has tocado, Bogota en definitiva es una ciudad de caos.

Pero siento que no es solo culpa del alcalde ya que creo que es culpa de todos, Bogota no es la ciudad de los bogotanos es la ciudad de toda Colombia.

Muchas veces vemos que alguien bota basura en la calle y no decimos nada u orinan en las paredes de un edificio y callamos. Creo que lo hacemos por miedo a que seamos reprendidos por hacer respetar el espacio de todos.

Hace poco vi en una estación de trasmilenio la valentía de un señor que bajo a dos muchachos que se querían colar en el sistema, la verdad es que ese tipo de acciones son las que pueden llevar a bogota a un mejor destino