25 nov. 2013

La juridicidad nazi

Por @Ruiz_senior

Tengo un amigo que siempre me reprocha mi acritud hacia los colombianos, como suponiendo que para persuadirlos debería ser más amable y comprensivo. Siempre me parece que hay un nivel moral e intelectual en el que la persuasión es inconcebible, como enseñarle chino a una persona afectada de trisomía 21. El nivel de deshonestidad reinante en Colombia demandaría un poco de indignación, pero cómicamente la acaudillan los que más la producen.

Durante mucho tiempo me ha impresionado la desfachatez de las mentiras de Antonio Caballero, personaje que expresa como ninguno a la oligarquía local. Incluso en el desasimiento que ostenta, como si todo lo que ocurre no fuera con él sino que "el servicio" le ofreciera un país demasiado complicado y áspero.

Ese inverosímil dandi taurino ha estado cuarenta años despotricando de todos los gobiernos, hasta que llegó el de Santos, que es lo más cercano a su ideal. Nunca ha sido realmente diferente de los demás ideólogos terroristas. Su última columna es supuesta polémica con un artículo previo de Fernando Londoño, que denunciaba el contenido de un publirreportaje de las FARC que publicaron en Canal Capital, cuya versión en El Tiempo comenté la semana pasada.

Bueno: el primer texto largo que publiqué en internet sobre la situación colombiana, hace ya más de diez años, se llamaba "Cuándo se empieza a ser un criminal", y lo señalo porque los colombianos creen que lo que les ocurre es ajeno a su sociedad, una injerencia selenita o de los manes de la mala suerte por la que surgieron las bandas terroristas y las mafias de la cocaína, pero todo lo que ocurre es lo corriente y típico del país y los crímenes son sólo como la sombra de esa realidad. El grado de deshonestidad que exhibe el más arquetípico oligarca puede definir al resto: ¿cuántos le contestan a Caballero? Casi nadie, los que lo leen son sus seguidores, los aduladores y arribistas típicos que en el fondo saben que las bandas terroristas defienden un orden social que los favorece a ellos. Vivo hace tiempo fuera de Colombia, puedo dar fe de que al menos en España ningún periódico de alguna circulación publicaría algo tan burdo. Si descalifico a los colombianos es porque convivir con los seguidores de Caballero es como vivir en una ciudad en cuyos restaurantes se vende carne humana y creer que el resto del mundo es así.
La juridicidad nazi 
Le pregunto a Londoño: ¿será que entrevistar a los negociadores de paz de la guerrilla colombiana es un delito de lesa majestad contra el nazismo?
El tipo de falacia es especialmente obsceno: lo que llama "nazi", apoyándose en la biografía del teórico que cita Londoño, es exactamente lo que forma parte de la dogmática del derecho, y al respecto hay que prestar atención a lo que dice Londoño:
El problema estriba en que no contaron con Mezger, de cuya existencia no tienen noticia Caballero ni Albiñana, y todavía menos los contertulios de aquella idílica función habanera. Lástima. Porque con Mezger a bordo terminan inútiles tantos esfuerzos por demostrar que la gente “muy formada” de las Farc no tiene nada de qué arrepentirse y que se puede celebrar con ella cualquier trato que empiece por lo primero que le importa, una paz por la que no pague un solo día de cárcel. 
El primer delito que quieren justificar, para quitarle la antijuridicidad que llamara Mezger, es el secuestro. Pues basta cambiarle el nombre a la criatura y bautizarla “retención”. De malas. Porque Mezger enseñó que el tipo penal nace de la descripción de la conducta, sin que importe cómo se la llame. La privación forzada de la libertad se llama secuestro, que se vuelve extorsivo si se saca o se pretende obtener provecho.
La frase que marqué en negrita es la que Londoño quiere usar para referirse a los terroristas en la entrevista cuyo comentario enlacé arriba. ¿Algún lector se habrá preguntado qué tiene que ver eso con los nazis? No, es la burda calumnia típica con la que se descalifica todo y se responde a un señalamiento legítimo y de hecho exacto de complicidad con los terroristas. El que tenga alguna duda sobre eso podría contestar a mi entrada anterior. La respuesta de Caballero es la burda reductio ad hitlerum.
Fernando Londoño Hoyos, que fue ministro de Gobierno y Justicia en los tiempos en que el entonces presidente Álvaro Uribe eliminó la justicia de su programa de gobierno, se ocupó hace unos días en su habitual columna de El Tiempo de un reportaje emitido en el programa Las claves de Canal Capital.
"Eliminó la justicia" alude a la supresión del ministerio de Justicia, actuación correcta porque ese ministerio sólo es una fuente de cargos para los lectores de Caballero. ¡Pero el hombre ni corto ni perezoso lo convierte en "eliminar la justicia"! Una cosa es que sepa que los lectores son esos tristes lambones que definen al país, otra que les falte al respeto con tanto descaro. Sigue Caballero:
Uno que hicimos en La Habana, con los jefes de las Farc, Antonio Albiñana, que dirige el programa, y yo, que lo presento (habitualmente en compañía de María Elvira Samper). Según Londoño, pretendíamos “justificar los delitos” cometidos por las Farc. Pero, añade con astucia solo comparable a la del Chapulín Colorado, “no contábamos con Mezger”.

No es así. Albiñana y yo no fuimos a La Habana “a lavar a las Farc de toda mancha de delito”, como escribe con su habitual prosopopeya Fernando Londoño: no somos jueces, ni confesores. Fuimos a entrevistar para nuestro programa de televisión a los negociadores de las Farc que buscan un acuerdo de paz con el gobierno: somos periodistas.

No queríamos, como asegura Londoño, “justificar” el secuestro. No se necesita ser jurista como él y sus maestros alemanes para entender que un secuestro es un secuestro, aunque quienes lo cometen lo llamen “retención”, o, como en otros casos, “detención-desaparición”.
El reportaje es burda propaganda de los terroristas, pero no voy a explicarlo otra vez. Es falso que Londoño les atribuya "justificar" el secuestro, eso lo hacen los terroristas propiamente dichos en la entrevista.
Un secuestro no es una retención, como, por ejemplo, un contratista de una empresa no es su empleado, aunque un jurista tan avezado como Londoño haya usado ese disfraz para hacer una maroma ilegal con las acciones de Invercolsa (que siguen, por lo que entiendo, detenidas-desaparecidas).
La acusación de nazismo se justifica por lo de Invercolsa, caso en el que de nuevo se hace un gran escándalo porque un contratista se considerara empleado para comprar acciones, como si fuera lícito que los empleados pudieran hacerlo: el delito no es robar, sino hacerlo sin ser empleado.
No queríamos tampoco “justificar” el reclutamiento de niños por parte de la guerrilla: son los entrevistados, no los entrevistadores, quienes lo explican. Que ellos digan no saber todavía, al cabo de diez años, si son o no responsables del atentado contra el club el Nogal también a mí me parece, como a Londoño, “una mala defensa”, así sea la que todos usan habitualmente en Colombia: lo estamos viendo en este mismo momento con la resurrección de la investigación sobre el asesinato de Luis Carlos Galán –y nada se sabe todavía del de Gaitán, ni del de Uribe Uribe, ni del de Sucre.
¿Detecta el lector el nivel de la falacia? Ahora resulta que los argumentos de Londoño son nazis porque son los entrevistados quienes justifican el reclutamiento de niños. ¿Escribió otra cosa Londoño? No, pero los lectores son... colombianos, no están para evaluar argumentos ni discusiones sino para tomar partido por el que más halago represente para sus inclinaciones. Desafío al lector a mostrar en qué parte del escrito de Londoño se acusa a los entrevistadores de esas afirmaciones.
En cuanto al atentado de que fue víctima el propio Londoño, no somos Albiñana y yo, sino los jefes de las Farc, quienes dicen que no tuvieron nada que ver en eso: y no “quedaron perdonados”, porque la función de un entrevistador no es perdonar, sino entrevistar.
Mentira: el tono de todo el publirreportaje es de benevolencia, como si se tratara de protagonistas legítimos de la historia. No perdonan sino tratan de presentar como líderes legítimos a unos sociópatas monstruosos.
Pero si escribo todo esto no es por llevarle la contraria al exministro Londoño. Sino porque me llama la atención su elección del citado Mezger como alta autoridad normativa cuya astucia jurídica le sirve para desestimar nuestras entrevistas: 
Edmund Mezger –de cuya existencia, en efecto, yo no tenía noticia. Pero me informo en la útil Wikipedia de internet, y descubro que Edmund Mezger, a quien el exministro de Gobierno y de Justicia de Uribe toma como maestro de tipificación de los delitos, fue bajo el Tercer Reich hitleriano un jurista nazi que “definió como actividades ilícitas (y aquí la Wikipedia abre comillas) ‘todas las acciones contra la ideología nacionalsocialista alemana’”.
Muy interesante la cuestión de Mezger porque Caballero estudió Derecho en la Universidad del Rosario, donde por lo visto no le enseñaron quién era ese señor. ¿Cuál es la "astucia jurídica" de señalar que "el tipo penal nace de la descripción de la conducta"? Sólo otra mentira para hacer creer a los lambones que controla la situación.

Hoy discutí en Twitter con un periodista de La Hora de la Verdad que desaprobaba a Caballero por admitir que había buscado información en la Wikipedia. Coherente con su versión, no la consultó, porque ¡qué mejor pretexto que atribuirse mejores fuentes sin necesidad de consultar nada!

Más interesante es la mala fe de Caballero. Recomiendo al lector leer toda la entrada de Edmund Mezger en la Wikipedia, pero para que se vaya orientando copio el párrafo introductorio:
Edmund Mezger (Basilea, 15 de octubre de 1883 - Göppingen, 24 de marzo de 1962) fue un teórico penal y criminólogo alemán. Desde la República de Weimar, pasando por las dos guerras mundiales, Mezger hizo importantes contribuciones para la dogmática del Derecho penal, especialmente para la comprensión del "hecho" (tipo penal - Tatbestandslehre), los elementos subjetivos de la antijuricidad y el concepto de culpa.
¿Se acuerdan del primer párrafo de esta entrada? Nada tiene importancia, ni siquiera el probable triunfo de los terroristas, al lado de esa mala fe sistemática de los colombianos. ¿Cómo es que Caballero se atreve a pasar por alto este párrafo, que incluye lo pertinente sobre el concepto de juridicidad? Porque el colombiano es una criatura ajena a la verdad. Los que están de parte de Caballero aplaudirán lo que sea y los demás aplaudirán a Hitler con tal de defender alguna prebenda o alguna brizna de vanidad. Más adelante la misma entrada dice:
Tras 1945, permaneció como profesor en Múnich, hasta su jubilación en 1952. Perteneció al consejo editorial de la publicación Grenzgebiete dé Medizin y presidió el Großen Strafrechtskommission del Ministerio de la Justicia. 
Sus libros, sobre las partes general y especial del Código Penal alemán fueron, entre 1950 y 1960, obras básicas de la enseñanza jurídica.
No pretendo tapar la filiación nazi de Mezger en la época hitleriana, sino señalar que aquello que es pertinente lo oculta Caballero, con evidente mala fe. Hay que ver la desfachatez de la conclusión:
Le pregunto al exministro de Justicia: ¿le parece que entrevistar a los negociadores de paz de la guerrilla colombiana constituye un delito de lesa majestad contra el nazismo?
No, Londoño señala con razón que el publirreportaje intenta legitimar a los asesinos y que, pese al apoyo de Caballero y el desconocido militante español Albiñana, sus crímenes son crímenes por criterios de dogmática jurídica que están descritos en las teorías reconocidas de Mezger. El recurso es tan burdo que hacen falta criaturas que no son propiamente humanas para tolerarlo.
Posdata: Yo también querría mostrarme generoso con el estilo literario de Londoño, como lo hace él con el mío, si no fuera porque me desconciertan, gramaticalmente hablando, sus constantes cambios de sujeto de la oración cuando habla de sí mismo.

A veces usa el modesto pronombre reflexivo de la tercera persona, como en “se dice sinceramente”; y otras prefiere el rotundo plural mayestático de la primera persona, como en “del atentado en contra nuestra”. Y así no es fácil felicitar a nadie.
Tremendo triunfo. El reproche es correcto, el hecho de agarrarse de eso, como de la mentira sobre el nazismo, muestra un nivel intelectual y moral ínfimo.


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