14 ene. 2014

Enemigos de la paz

Por Jaime Castro Ramírez

La trama es un instrumento sofístico que cuando se usa con sentido odioso, es decir, utilizando un falso razonamiento para inducir a error, sirve para desviar la atención de un suceso, pues la finalidad es direccionar el sentido observador hacia una confusión que favorezca intereses de quien usa la trama. Este es un procedimiento perverso que se pone en marcha a través de configurar un escenario de engaño, valga decir, un hecho que por su propia naturaleza benigna no admite controversia, convertirlo en una situación donde se le asigna repulsa pública. Pero la peor dimensión de distorsión y falsedad ocurre cuando se actúa poniendo de por medio la imaginación política inescrupulosa para conseguir réditos electorales.

En los cánones que rigen las relaciones entre sociedad, política, y gobierno, no se pueden admitir comportamientos que desvíen el buen suceso de dichas relaciones, y menos aun si los actores de esta escena son personajes con investidura de gobierno y que utilizan disfraces en cuya horma y colorido solo dejan entrever que se esconden perversas intenciones.

La paz no puede graduar supuestos “enemigos de la paz”
Cuando se carece de argumentos válidos para el debate de las ideas, se suele recurrir entonces a instancias donde se manejan los golpes bajos para tratar de dominar a la contraparte en base a imposiciones que obviamente se distinguen por su condición de irracionalidad.

Si se tratara de definir la paz, se podría decir que es un derecho natural y esencial del ser humano, y consiguientemente de la sociedad en su conjunto; o sea que se constituye en un principio claro y evidente. Ante tal postulado, es sumamente razonable afirmar que la paz está presente en el sentimiento innato de cada individuo, y por lo tanto, es un bien preciado e irrenunciable de toda la humanidad, pues no puede haber alguien que discuta en contrario tal afirmación, es decir, que esté en contra de su propia tranquilidad.

Estos argumentos hacen válido decir que el gobierno Santos está totalmente equivocado en su desafortunada calificación de “enemigos de la paz”. Enemigos de la paz no existen, lo que existen son enemigos de la impunidad por crímenes de lesa humanidad, lo que de por sí desnaturaliza el objetivo de la verdadera paz. El presidente Santos ante la crítica ciudadana replica diciendo que ¡cuál impunidad! Pues resulta que la impunidad la han reclamado las FARC cuando afirman que no pagarán ni un día de cárcel, y por el contrario, no solo dicen que no pagan cárcel, sino que aspiran a ser premiados con curules en el congreso de la república, lo que para la sociedad colombiana es inadmisible por principio de razonabilidad jurídica, pues esto afecta enormemente a las víctimas, afecta a la justicia como factor indispensable que debe actuar en el trámite de una paz justa, y por supuesto afecta al Estado de derecho y a su institucionalidad democrática.

El grave error radica en haber convertido la paz en instrumento de reelección presidencial, pues esta circunstancia ha condicionado la reelección a la aceptación por parte del gobierno de las exigencias que a las FARC se les ocurra hacer en nombre de la paz, porque saben que dicha reelección está en sus manos.

Como lo más posible es que la paz no se firmará antes de las elecciones presidenciales de mayo de 2014, significaría entonces que las FARC tienen el poder necesario para asumir que su candidato presidencial es la persona del presidente-candidato, y por lo tanto el escenario final concluiría en el subentendido de que al ser reelegido tendrá que cumplirles sus exigencias.

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