4 feb. 2014

Dictaduras imperfectas


Por @Ruiz_senior

Es famoso que Vargas Llosa se refirió al régimen del PRI mexicano como "la dictadura perfecta", pero la autocracia mafiosa y aliada del terrorismo que ha implantado Santos no lo es en absoluto, es sólo la versión colombiana, con algunas variantes, del fujimorismo. 

Claro que muchos encontrarán demasiadas variantes, por ejemplo porque Fujimori encontró un país arruinado mientras que Santos recibió a Colombia cuando la economía crecía "como nunca antes". Y el ingeniero hijo de inmigrantes que llega al poder como self made man no se parece al oligarca tradicional, pero hay dos aspectos en que son idénticos: que se dedicaron a corromper al legislativo de forma absoluta y brutal, y que convirtieron los medios de comunicación en una sola máquina de propaganda dedicada a favorecer al gobierno.

En otras palabras, los recursos con que Fujimori y su asesor compraban a los legisladores los había generado él mismo mientras que Santos dilapida una bonanza impresionante que fue el fruto de su predecesor, al que engañó, traicionó y persiguió como uno de los más perversos tiranos de la historia.

Otras diferencias que muchos verán no son tales: se puede decir que en cierta medida en Colombia hay libertades, pero ¿cómo es que los dos candidatos presidenciales que tenían más posibilidades de ganarle unas elecciones a Santos terminaron presos? ¿Qué garantías tienen los que no están de acuerdo con el gobierno y pretenden ganarle las elecciones si la conducta de los órganos electorales es tan abiertamente sesgada y perseguidora? Los terroristas amenazan y matan a cualquiera que le presente oposición a Santos. Aunque graciosamente la propaganda los convierte en amenazados y oculta la persecución de los santistas en muchos departamentos, como el Putumayo.

En cambio sí es una diferencia importante que Fujimori persiguió eficazmente a la banda terrorista que azotaba a su país mientras que Santos se alió con la colombiana para favorecer los fabulosos negocios de cocaína que el eje castrochavista explota desde los años ochenta (si no antes: claro que en esa época no había chavismo, pero el régimen nicaragüense cumplía la misma función. Sobre el prontuario del régimen cubano en el tráfico de drogas, conviene leer este enlace, sobre la relación del M-19 con Nicaragua, Escobar y Cuba, este otro).

La llamada "paz", la negociación política con los terroristas de las FARC, tiene muchas facetas, y el lavado de activos es una de las más interesantes, además de la utilidad que tienen esos multimillonarios canallas para asegurarle a Santos la lealtad y afinidad del poder judicial (sometido a la vez a su origen universitario y a las presiones irresistibles de la generosidad sin límites de los revolucionarios) y del movimiento estudiantil y la clase intelectual.

De momento, Santos tiene casi asegurada la reelección gracias a esos recursos dictatoriales, que cada día que pasa se convierten en una misma cosa con la propaganda: las bombas infunden miedo y de ahí rechazo a toda opción de hacer frente a los nuevos amos, es decir, votos reeleccionistas (la masacre de Bojayá, convenientemente explicada por los miles de militantes de las universidades, multiplicó la intención de voto por el entonces candidato Luis Eduardo Garzón en las encuestas); las intimidaciones de grupos de militantes contra la oposición sirven a la vez para que la prensa presente esos hechos (protagonizados por grupos de diez o pocas más personas) en pruebas de que la población rechaza a Uribe.



En los últimos días las supuestas escuchas ilegales a los negociadores de La Habana sirven a la vez para purgar el ejército, muchos de cuyos generales ya acusan la intoxicación de "mermelada" (que no parece de recursos estatales sino de otros menos controlables) y a la vez para calumniar y perseguir a la oposición.

Fujimori terminó mal en buena medida porque era un elemento extraño a la tradición de su país. No es muy probable que Santos termine mal, la indiferencia con que se dejó de celebrar el sexto aniversario de la movilización mundial contra el terrorismo del 4 de febrero demuestra hasta qué punto el bienestar conseguido por los altos precios del petróleo y la multiplicación de la producción en el periodo de Uribe han tenido el efecto de adormecer a la población.

Lo que sí terminará muy mal tras este régimen criminal es Colombia: o los terroristas toman todo el poder y el asesinato en masa será seguro, o se los intenta frenar y, mucho más ricos que nunca antes, mejor armados y con mejores apoyos en las ciudades, matarán a muchos más inocentes.

Lástima que no se juzgue a los que les ayudan: los que mueren son por lo general soldados, campesinos, etc. Los que se someten al terrorismo en las ciudades arrastrarán su vileza y mayoritariamente sobrevivirán, tal como sobreviven los cubanos hoy en día, en una miseria y una indignidad extremas.

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