15 may. 2014

Te están mirando

Por @ruiz_senior

Las creencias religiosas de la gente son algo sagrado porque nadie va a mostrarse dispuesto a cambiarlas a partir de una conversación con alguien que no las comparte y, por el contrario, es frecuente que cualquier cuestionamiento se tome como un ultraje. Dicho esto, no debería ponerse en duda que las creencias religiosas de la inmensa mayoría de los colombianos (católicos o de otras confesiones cristianas) son bastante acomodaticias y relajadas, de otro modo no habría delincuentes, mafiosos, corruptos ni aliados de los comunistas: ¡temerían al infierno! Es más bien algo que se muestra para ser aceptado entre la gente buena, y para obtener la hegemonía en la sociedad el cristianismo, sobre todo el catolicismo, ha cedido: lo importante es que se acepte la autoridad del gremio de los buenos, no se va a esperar que la gente tema de verdad arder eternamente por sus pecados. El mismo papa Francisco invitaba a la fe a los creyentes en un tuit reciente.

No faltará el que piense que el infierno es sólo para el pendejo que no se acuerde de arrepentirse y pedir perdón. Pero en resumen, según las creencias cristianas todo lo que hacemos tiene un testigo que lo juzga y castigará la infamia. Los que no las comparten pueden pensar en el poema más conocido de todo el siglo XX en Europa y Norteamérica, el "Torso arcaico de Apolo", de Rilke, que después de describir una estatua mutilada hallada en alguna parte termina:
Pues no hay una parte de ese torso que no te mire,
tienes que cambiar tu vida.
Aludiendo a que nuestra existencia remite al conjunto de lo humano y los logros de la belleza cuestionan en todo momento lo que somos y lo que hacemos. Y por fuera de lo humano no somos nada. Luego, de todos modos te están mirando, sea el Dios del monoteísmo, sea la memoria de la humanidad, las generaciones venideras, las personas dignas de admiración, etc.

No estaría mal que los colombianos recordaran eso, porque lo que están haciendo hoy en día es de un nivel monstruoso, y lo hacen porque se dejan arrastrar por sus líderes, es decir, por los funcionarios que tienen el acceso al dinero de la exportación de recursos naturales y la forma de ordenar encarcelamientos y ostracismos. ¡Es tan cómodo formar parte de la mayoría de buenas personas que prescinden de los odios y se reconcilian con los del otro bando! Cuando veo a los actores de telenovelas recitando esos argumentos me figuro a los guerrilleros de cualquier categoría y estilo y me repugnan menos: no mienten cómodamente en medio de una vida de lujos y placeres para acomodarse a un poder al que llegan por hacer muecas graciosas y camelar a las herederas de los poderosos. Ya que hablé de la religión me acuerdo de Jean Genet, que en el Diario del ladrón dice que Vicente de Paúl (que aceptó una pena en galeras en lugar de otro) era un farsante: para librar al otro de su crimen tendría que haberlo cometido. Los colombianos "pacifistas" de clases acomodadas son desalmados que se lucran del botín del terrorismo sin haberlo trabajado. Es el caso también del Pibe Valderrama y en realidad de la mayoría de los colombianos educados y ricos.




La componenda del gobierno de Santos con las FARC es un crimen, es el lavado de activos del secuestro y el tráfico de cocaína y el logro de los objetivos de los terroristas: es para eso para lo que matan, secuestran, torturan, mutilan, violan, reclutan niños, destruyen el oleoducto y empobrecen infinitamente a todos los ciudadanos. Los que los jalean siempre, los grupos poderosos de la sociedad que poseen las universidades públicas y los cargos del Estado, son los más entusiastas de la "paz" porque ven alcanzadas las metas de sus "muchachos". Cuanto más servil y perverso es un colombiano, más rápido "compra" la retórica de la paz de que hace gala el gobierno: le dan igual las víctimas, le da igual que a partir de ahora los terroristas tendrán más poder que nunca antes y aun que matarán más que antes. Es una forma cómoda de incluirse entre los buenos que odian al que hay que odiar y entre los intelectuales y como quiera que se considere a los miembros de las clases que dominan en la sociedad.

Pero la mayoría de los colombianos comparten esa sumisión deshonesta y cobarde: parece que premiar los niños bomba de Nariño asegurara que no van a ocurrir en Bogotá, siendo que ahora los asesinos tienen todas las ventajas para imponerse y sin la menor duda multiplicarán los crímenes, sea para presionar que se cumplan todas sus exigencias como FARC, sea como escisión o como ELN para buscar la paz, obviamente: incluso si tomaran todo el poder seguirían matando porque a fin de cuentas el botín es más jugoso cuanta menos gente haya: no ha habido un solo país que haya caído en manos de los comunistas en el que no haya habido una gran matazón.

Entre quienes la comparten están ciertamente los uribistas, no tanto por convicción cuanto para impedir que los medios los hagan responsables de querer aplicar la ley y no reconciliarse con los que de todos modos siguen matando a todo el que les incomoda. Es porque son gente ansiosa de puestos públicos, como buenos colombianos. Un senador electo reprochaba en estos días al fiscal que sus acusaciones actuales se parecían a las que profería contra Sigifredo López (cuando no creían que fuera posible dejarlo impune y tenían que resignarse a enviarlo a la cárcel). A ese senador le importan los diputados asesinados tanto como a los demás colombianos los niños bomba. Otro cómplice.

Y como no hay resistencia, la "paz" se vuelve un axioma incuestionable: algo sagrado. Ayudar a los asesinos a legalizar su fortuna y rentabilizar sus crímenes contra la humanidad es un deber que nadie cuestiona porque la condición del colombiano es un déficit de humanización espantoso. Para poner un ejemplo, el fiscal declaraba montealegremente en una entrevista que toda oposición al proceso de paz es ultraderecha, neofascismo y algo comparable a Hitler. Todo el contexto es grotesco. Luis Alfonso Hoyos fue a denunciar que las FARC planeaban intimidar a la gente para que votara por Santos y ese hecho se vuelve una amenaza contra la democracia. Es difícil describir la monstruosidad de un país que tolera que un funcionario judicial emprende la persecución de la oposición con el bello cuento de que oponerse a unos asesinos que se jactan públicamente de haber asesinado a cientos de personas este año es ser neonazi. (Toda la entrevista es de una bajeza, de una evidente corrupción e iniquidad que al lado de ese desalmado cualquier miembro de las FARC es una persona decente.)

Pero el mismo argumento lo exhibía el malhechor Juan Manuel Santos:
“Cómo es posible que haya personas que quieran matar la esperanza de los colombianos en la paz, sí es que la paz es el bien supremo de cualquier sociedad. No puede haber ni guerra buena ni paz mala”.
Lo que él llama paz es que maten cada vez a más gente, que unos criminales que intentan abolir la democracia decidan en lugar de los ciudadanos y que la sociedad se someta por miedo. Y se permite hablar así porque no hay una denuncia clara del sentido criminal de su "paz".

Los colombianos no deberían distraerse tanto, también porque el flujo de dinero que llega gracias a la seguridad que trajo Uribe y que permitió expandir la explotación de petróleo se acabará en cualquier momento y sólo le sirve al canalla para comprar apoyos. Aplaudir los millones de crímenes de los terroristas es una acción infame, cobarde, servil e indigna. Cómoda de momento sí que lo es, como casi todas las formas de indignidad. El precio lo pagarán las próximas generaciones, pero todos los cómplices, los que alegremente se "reconcilian" con los asesinos en aras de integrarse en las clases más prósperas gracias al terror (las que hacen que Hispanoamérica siempre sea pobre y primitiva mientras el resto del mundo avanza), serán vistos sólo como la peor gentuza.

Bailen, vean fútbol y telenovelas, emborráchense y desentiéndanse de las víctimas. Las mentiras que se cuentan sólo las creen ustedes mismos. Los crímenes y las víctimas están ahí y los cómplices, como los que toleraron y apoyaron a Hitler y a todos los gobernantes comunistas, sólo avergonzarán a sus descendientes y al conjunto de la humanidad.

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