13 jun. 2014

A mantener la democracia, maestros

Por @Ruiz_senior

Dentro de pocas semanas habrán pasado diez años desde que apareció este blog. Antes habíamos estado participando en la discusión sobre Colombia en foros como los de Caracol, Terra y Colombia Analítica, pero el blog es un recurso con más posibilidades.

El apremio de publicar escritos sobre lo que ocurre en Colombia tiene que ver con la indigencia teórica generalizada y la hegemonía del bando terrorista en todos los ámbitos de discusión: alguien tiene que cuestionar las certezas que los medios y las universidades imbuyen en los colombianos y que que son puros disparates criminales para quien conoce un país civilizado.

Pero aparte de la presión de la propaganda y el adoctrinamiento, los colombianos están expuestos a la falta de información, y a cierta visión limitadísima y perezosa de las cosas. La primera tarea de este blog fue denunciar la manía de considerar a las FARC y el ELN meros "bandidos", "narcotraficantes", etc. y no rebeldes que intentan cambiar la sociedad. Esa teoría, la de la "injerencia selenita" (nadie se pregunta por qué hay guerrillas y en los demás países no las hay: parece que hubieran llegado de la luna) ya cayó en desuso hoy.

Esa idea corresponde a un endemismo colombiano que es a fin de cuentas la causa de la violencia: la idea que defiende todavía Carlos Gaviria, de que levantarse para abolir la democracia es algo honroso que merece reconocimiento. Esa idea del delito político no sólo es promoción del crimen, sino que además tiene que ver con la vieja costumbre de los poderosos de emprender guerras en las que morían sus esclavos y de las que quedarían impunes aun perdiendo, gracias al idealismo de sus acciones.

No recuerdo realmente a nadie que en esa época admitiera que la llamada izquierda o izquierda democrática es lo mismo que las bandas terroristas. Los colombianos no suelen leer ni menos entender lo que leen, de modo que unos intelectuales o columnistas que aplauden las masacres y animan a cometerlas casi nunca son vistos como parte de la conjura, sino como personas menos inteligentes que el lector que las condena. Recuerdo la indignación con que me respondió el actual ministro de Salud a un comentario en su blog en el que aludía a Alfredo Molano como "criminal".

Es decir, ya en esas obviedades estábamos prácticamente solos, asociando a los pocos miles de asesinos con los universitarios, ¿qué indigesto e incomprensible era además decir que se trata de simple resistencia al mundo moderno por el orden previo a la democracia y el liberalismo, es decir, por quienes usufructúan ese orden, que en Hispanoamérica es la esclavitud y su versión disfrazada, la encomienda?

Todavía es raro, muy raro, el que quiere entender que la guerrilla es la fuerza de choque de las castas dominantes tradicionales y que tras el discurso de resentimiento y colectivismo sólo hay dominación y apetitos de poder personal de personas bien relacionadas cuyo talento nunca se aplica a producir otra cosa que intrigas y golpes de mano.

Es decir, que lejos de haber llegado de la luna, las FARC y el ELN representan a la sociedad colombiana, no a la mayoría de los colombianos pero sí a la mayoría de los colombianos ricos (los que se pueden incluir en el 10% de la población de mayor ingreso). Simplemente son guardianas del orden social y cada vez que se las combate se genera una rebelión que las salva, mientras que los grupos sociales privilegiados sacan partido de las negociaciones de paz, en las cuales cobran los crímenes que cometen unos niños y rústicos.

Eso fue por ejemplo la Constitución de 1991: la copiosa inversión en educación permitió multiplicar las rentas del profesorado universitario a niveles inconcebibles en cualquier otro país y asegurar que ninguna norma se podía atravesar a la voluntad de los amos. Esto último es el cometido de la "acción de tutela", cuya utilidad nuclear se hizo evidente con la restitución de Petro en su puesto. Por eso en la primera década de existencia de esa constitución la desigualdad creció diez puntos del coeficiente de Gini.

Ésas son las ideas de este blog y siempre han sido consideradas sin sentido en Colombia, tanto por los partidarios del terrorismo como por los que lo rechazan. 

El gobierno de Santos despejó todas las dudas. Claro que pueden seguir negando que las tesis de este blog son exactas, pero es por esa graciosa disposición idiosincrásica de creer que algo se sostiene porque quien lo dice no vacila. Como decir que dos y dos son cinco (de hecho, conozco a alguien que asegura que en la canción que dice "¿quieres ver gas o ver gotas?" no hay ninguna obscenidad).

Todo el viejo orden está con Santos: los peores políticos "tradicionales" (TODOS los peores), los grandes "empresarios" (cuyas empresas sólo explotan su proximidad con el poder político para obtener leyes favorables, y a menudo son simples testaferros de los clanes del poder), los dueños de los medios de comunicación, y prácticamente todos los que heredan privilegios de los siglos anteriores.

Lo que se elige es a las FARC, cuyas intenciones son manifiestas y claras. No hay ningún promotor de la campaña de Santos que piense otra cosa, y de hecho la mayoría de los votantes tendrían que reconocer que saben qué viene después, pero no pueden resistirse a los incentivos de participar del botín.

Votar por Zuluaga no es apoyar al uribismo ni simpatizar con el candidato. Es la única respuesta posible al ascenso de los genocidas, que desde el poder hundirán a Colombia en un infierno como TODOS los países que han caído en manos de los comunistas. La mayoría de la gente estará expuesta a la presión de los medios, que a toda costa intentarán desanimarla a votar o transmitir la intimidación terrorista si no se escoge la "paz" (era lo que hacían en 2002 y la masacre de Bojayá tenía por objeto impedir un triunfo anunciado de Uribe).

Por eso es necesario que las personas conscientes de lo que viene con el comunismo busquen los votos entre los indecisos y entre los distraídos y abstencionistas habituales. Nunca ha sido más urgente, nunca ha estado más claro que Colombia se hunde en el camino venezolano y cubano y que la violencia se multiplicará gracias al ascenso de los asesinos.

Toda indolencia ahora saldrá cara. El fraude tiene un límite, es posible si la participación, sobre todo en las grandes ciudades y en las zonas de mayoría uribista, no es elevada.

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