8 oct. 2014

La fiebre del odio

Por @Ruiz_senior

Uno desde lejos se pregunta qué será en la conciencia de los colombianos su país y su actual gobierno, y se encuentra como buscando un rastro en la selva: tal es la bruma en que parece vivir la mayoría de la gente, no porque la engañen con artes eficaces sino porque su nivel de humanización es tan limitado que no echa de menos ninguna verdad ni ninguna coherencia.

Desde su discurso de posesión, Santos ha usado como pretexto de su actuación el afán de "superar los odios", cosa que casa muy mal con la efectiva persecución del anterior gobierno y de los militares que intentaron aplicar la ley, bien con calumnias incesantes reproducidas por la máquina de propaganda, bien con actos judiciales monstruosos como la condena a 17 años de prisión a Andrés Felipe Arias sin que siquiera se pudiera argüir el dolo ni menos ningún provecho económico del ex ministro (se dirá que el poder judicial no depende de Santos, pero ¿no depende de Santos? Desde 1991, y aun desde antes, el poder judicial, como la Universidad Nacional y todos los organismos estatales que no derivan de las urnas, obedecen al régimen cubano, al mismo al que somete Santos a Colombia).

Las causas de esa persecución corresponden al afán de implantar un régimen totalitario según el programa del Partido Comunista, que comparten todas las universidades públicas y ahora también las privadas, así como los círculos de clases altas que siguen a las familias herederas de la República Liberal. Cualquier sector conservador o liberal (no en el sentido de las redes mafiosas que en Colombia usurpan los nombres de esos partidos sino de las ideas conservadoras y liberales) les resulta un estorbo y, gracias a la hegemonía que tienen entre los grupos de descendientes de las castas superiores de la sociedad colonial y al control de los medios de comunicación, consiguen generar un ambiente de persecución y odio que por sí mismo basta para explicar por ejemplo los 40 000 secuestros que ha sufrido el país (los propietarios rurales, los empresarios productivos y aun muchos empleados de alto rango de empresas extranjeras amenazan la hegemonía de esos grupos y por eso nunca hubo solidaridad con las víctimas del secuestro).

Esa pasión del odio encuentra un público muy bien dispuesto en la juventud que sale de las escuelas, donde recibe el correspondiente adoctrinamiento, pues también los profesores de todos los rangos son clientela de esos grupos de poder y abrazan con fervor una ideología que les ahorra la difícil tarea de formar lectores o trabajadores eficientes. Un muchacho frustrado en sus aspiraciones de consumo y ascenso social (gracias a la miseria y atraso del país, que sólo es el resultado del parasitismo de las clientelas de la "izquierda"), resulta un entusiasta de las doctrinas del resentimiento y la utopía que llevó a la miseria a todos los países en que se aplicó (Cuba era uno de los países más ricos de Iberoamérica en 1959, con el doble del PIB per cápita de España). El hecho de que en Colombia sea la doctrina de los ricos la hace aún más tentadora, pues el consumidor de esa propaganda siempre puede atribuir la causa de su frustración a los ganaderos o a los altos funcionarios, de los que no sabe nada, y compensa su rencor con la buena conciencia de pertenecer a una clase intelectual que aprende de Samper Ospina y otros pensadores.

El caso es que los colombianos "instruidos" de hoy en día consideran algo monstruoso el programa Agro Ingreso Seguro, sobre cuyos efectos en el mundo del agro no saben ni quieren saber nada, mientras que miran para otro lado cuando se enteran de que los terroristas usan niños bomba para matar policías. Uno mira a los ojos a alguien así, y son casi todos los que han ido a una universidad en las últimas décadas, y se siente como interrogando a un mono que hubiera presenciado un sacrilegio o un incesto: son idiotas morales, seres vacíos en los que la ínfima humanidad que podría haber se ha vaciado para reemplazarla por pasiones baratas y de fondo falaz. Otro ejemplo es la historia de Fernando Londoño como asesor de Invercolsa: no hay una sola persona a la que le interese que los empleados de una empresa estatal tuvieran el privilegio de comprar acciones y enriquecerse fácilmente, sino que un asesor externo se considerara empleado, cosa que los indigna mucho más que los miles de mutilaciones que cometen los terroristas (y que el público cobra atribuyéndoselos al "conflicto" pendiente de superación, como si el que cobra un secuestro se considerara un protector de la vida).

Esa disposición, la lealtad a la jerarquía de que se sienten parte, influye en la ceguera con que acogen las mentiras de la prensa y la propaganda del odio contra el uribismo y contra los militares que no corren a lucrarse en el lavado de activos de La Habana. Nadie detectó que el Morena de los años ochenta era "Movimiento de Reconstrucción Nacional" y que la página de los amigos del procurador y de María Fernanda Cabal se llama "Restauración Nacional" y no pueden tener ninguna relación, como sin el menor pudor afirmaba Noticias Uno, ni que en ese mismo noticiero fuera noticia la relación del asesinado Adán Quinto con el general del Río (el objeto de odio que le ofrecen a las turbas de saqueadores serviles) y no el asesinato en sí, al que justifican tranquilamente, como se ve en este video.


Tampoco le importa a ninguno de esos compatriotas el escándalo que armó El Espectador porque alguien descubrió que en la página web del programa radial La Hora de la Verdad habían publicado un artículo atribuido a Vargas Llosa y que resultó apócrifo. Los que llegaron a enterarse de que el texto maldito había aparecido antes en El Espectador (que lo borró de su página web antes del escándalo) lo consideraron una jugada de su bando y por tanto justificable. La mayoría no llegó a enterarse, ya tenían una nueva piedra con la que lapidar al periodista al que fallaron matando con una bomba lapa hace un tiempo (esa labor de comprometer en el asesinato a la población es exactamente la misma de los nazis, pero la verdad es que el público tercermundista de El Espectador tiene mucho menos interés en la verdad o en la moralidad que los partidarios de los nazis). De modo que cometen un fraude descarado, calumnian y tratan de ocultar las pruebas pero no encuentran reproche de casi nadie.

El episodio deja ver un público degradado hasta el mismo nivel de los violadores de niñas y autores de atentados con niños bomba: una chusma de canallas que aplauden cualquier infamia con tal  que sea provechosa a su causa, que sólo es el anhelo de tomar parte en la rapiña.

Más grave aún es el contenido de la última columna del increíble sicario moral Daniel Coronell, en la que intenta demostrar que Uribe mantenía un canal de comunicación con las FARC. Un público como el colombiano está pendiente de habladurías y no faltará el que crea que las pruebas de esos contactos son algo más importante o más grave que el hecho de ofrecerles una Constituyente, como hizo el gobierno Uribe en 2006, o de acordar con la banda una Constituyente que ni siquiera tendría que ser refrendada en las urnas, como hizo el nuevo coordinador político nacional del Centro Cemocrático, Fabio Valencia Cossio, en tiempos del Caguán.

No vale la pena preocuparse de si eso que cuenta Coronell es cierto. Si lo fuera, ¿qué cambiaría? Claro que se pueden mantener contactos con los criminales para obtener su rendición, cosa que representaría un logro magnífico para cualquier gobierno. Lo fascinante es que el sicofanta afirme que lo que hace Santos es "mucho menos".

Lo cierto es que, sin ir más lejos, los "diálogos de paz" de La Habana ni siquiera mencionan las muchas decenas de miles de millones de dólares que han obtenido los terroristas con la extorsión, el secuestro, la minería ilegal y la cocaína. Se da por sentado que no van a ser un estorbo para llegar a un acuerdo. Haría falta que demostraran que el gobierno de Uribe les proponía lavar sus enormes fortunas.

Lo cierto es que en años de negociación todo lo que ha ocurrido es que los terroristas han recuperado terreno, han vuelto a las regiones de las que habían sido expulsados y han aumentado los asesinatos de militares y policías así como la extorsión. La "paz" es sólo el despeje generalizado que les permite producir y exportar, a través de Venezuela o gracias a los contactos con las mafias mexicanas, cientos de toneladas de cocaína.

Lo cierto es que el gobierno Santos forma un mismo frente con los "reales jefes en la sombra" que denunció hace poco Plinio Apuleyo Mendoza y colaboran en la persecución de militares y políticos que incomodan a los designios del terrorismo. Bueno, ¿no lo forma también Coronell? ¿No intoxica al público su noticiero alentando y legitimando a los asesinos?

Lo cierto es que el gobierno presenta la negociación como un proceso democratizador, cuando sólo es el acuerdo con unos asesinos por el que la voluntad de los ciudadanos resulta valer menos que el poder de intimidación de aquéllos.

El problema de Uribe no es que intentara negociar con los terroristas en su gobierno sino que no se ha opuesto a la infamia de La Habana, no porque le guste sino porque teme quedar en minoría o ayudarles a sus enemigos a presentarlo como "enemigo de la paz". Ya en el momento en que se hizo pública la componenda, debió responderle a Francisco Santos, que afirmaba que "Uribe habría firmado un acuerdo como ése", y después debió desautorizar esos diálogos, exigir el cumplimiento de la ley, llevar a los genocidas a la justicia global, denunciar los innumerables prevaricatos del fiscal y otros funcionarios y las falacias de la negociación. Nada de eso ha hecho. Tampoco lo hará.

Pero no pretendo ser el consejero de Uribe. Llevo varios años explicando que la defensa de la democracia, la ley, la justicia y la libertad supone oponerse a esa componenda y que Uribe no lo hace, a tal punto que el tema de la campaña del Centro Democrático era la revolución educativa. Los ciudadanos tienen que saber en qué lado están, porque a veces parece que la fiebre del odio subvencionado (hay que ver lo que gasta Santos en pagar la propaganda, como a Coronell) sólo tiene por objeto crear una "polarización" falsa entre un bando de Valencia Cossio y otro de César Gaviria, ya que el uribismo acompaña la negociación de La Habana (habría que demostrar que alguien le respondió a Luis Carlos Restrepo cuando propuso unirse a ella, o a Rafael Guarín, que hizo lo mismo).

El problema en fin es si se va a hacer frente a la tiranía terrorista, y la respuesta parece ser que eso quizá ocurra después de que se haya implantado totalmente, porque mientras avanza nadie se plantea aplicar las leyes y denunciar a los genocidas, todos pendientes de las supuestas mayorías que conseguirá el caudillo que no quiere contradecir a los medios "pacifistas". El uribismo es el enemigo que no se resiste y que les conviene, al que le pueden atribuir nexos con sectores rurales que podrían haber acompañado a las AUC. Gracias a esa fiebre del odio pasa inadvertida la gran cuestión del premio y la legitimación del crimen, tareas a las que contribuyen los entusiastas de la persecución al procurador, a Londoño y a Uribe y que los demás no detectan porque no hay quien les diga la verdad.

Acerca de lo que mueve a quienes apoyan a Coronell hay que repetir algo que he explicado muchas veces: las bandas terroristas sólo son las guardianas del orden social. El "intelectual" bogotano que lee Semana no tiene interés en la verdad sino en formar parte de la jerarquía de los que se pensionan jóvenes y tienen servicio doméstico gracias a que se ganan 15 o más salarios mínimos por ostentar su cultura o explicar sus opiniones. La verdad le importa tan poco como las víctimas de los asesinatos: ¿para qué complicarse la vida si siempre hay alguna rumba a la que lo pueden invitar?

Sólo es que Colombia sigue siendo la misma sociedad de castas que fue la Nueva Granada y las fuerzas que podrían llevar a una asimilación al mundo moderno no han surgido o están dispersas y confusas gracias al embrujo del caudillo. Puede que la dominación totalitaria dure medio siglo o más, a fin de cuentas los rumberos que leen Semana y El Espectador son el modelo de los demás (Zuluaga prometía llevar a la universidad a todos los jóvenes).

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