21 mar. 2015

El vagón de ganado

Por @ruiz_senior

Los vagones de ganado en que los nazis llevaban en sus víctimas a los campos de exterminio pueden servir de modelo de lo que en últimas constituye la vocación de todos los Estados. Al respecto conviene no olvidar el sentido que tiene el Estado según Franz Oppenheimer:
El Estado, totalmente en su génesis, esencialmente y casi totalmente durante las primeras etapas de su existencia, es una institución social, forzada por un grupo victorioso de hombres sobre un grupo derrotado, con el único propósito de regular el dominio del grupo de los vencedores sobre el de los vencidos, y de resguardarse contra la rebelión interior y el ataque desde el exterior. Teleológicamente, esta dominación no tenía otro propósito que la explotación económica de los vencidos por parte de los vencedores.
Según la fase histórica, ese despojo tiene un objeto diferente. Pueden ser los pobladores de los territorios que caen en manos de los imperios expansivos, como el romano, los esclavos importados por el Imperio español para que "se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas", o los kulaks rusos y los judíos alemanes cuando los conquistadores no tuvieron mejor botín que la población de su propio país. La estructura se mantiene aunque en las sociedades más maduras tiende a primar la ley sobre el interés del clan dominante y sus clientelas, de modo que los derechos concretos de los ciudadanos (a la vida y la libertad) no pueden ser transgredidos sin respuesta.

La dominación de una comunidad por otra condujo durante la mayor parte de la historia a la esclavitud, y en los últimos siglos, en que en todo el planeta rigieron Estados pero no siempre democracia ni derechos, la resistencia de los esclavistas a la cultura de la libertad se tapó con la retórica socialista. En Rusia. la abolición de la servidumbre tuvo lugar en 1861, 56 años antes del ascenso de los bolcheviques, que la reinstauraron en su versión más eficiente. También el país americano en el que el triunfo total de los comunistas les permitió quedarse tanto tiempo como en Rusia fue el último en abolir la esclavitud. Sencillamente, la clase de los funcionarios encontraba nuevos pretextos y nuevas retóricas para disponer a su antojo de la población sometida.

Es muy importante recordar el sentido del Estado cuando se piense en la política actual. Tras surgir como máquina de dominación controlada por un grupo pequeño y muy cohesionado, en las sociedades en que se enfrentaron diversas burocracias y una masa crítica de población que buscaba autonomía, es decir, en las de Europa y Norteamérica, se puso en el centro la oferta de garantías a los ciudadanos. En las sociedades en que la tradición esclavista perduró hubo que inventarse nuevas tareas, gracias a las cuales la burocracia podía disponer de los bienes ajenos. En la novela Los que vivimos de Ayn Rand se cuenta cómo las viviendas de las ciudades rusas fueron colectivizadas, es decir "okupadas" por turbas de menesterosos que servían como agentes de la burocracia para despojar a los propietarios. ¿Cómo se llamaba ese despojo? "Derecho a la vivienda". el supuesto "derecho" a exigir que los demás le provean a uno vivienda. La evolución de la vivienda en Rusia a partir de entonces puede explicar el fruto de esa política. Al igual que en Cuba, sobre lo cual ilustran ampliamente las fotos del bloguero @Yusnaby.

Pero mucho más productivo para la burocracia es el "derecho a la educación", que se vuelve en las sociedades con pasado católico la principal tarea del Estado sin que a nadie le parezca algo siquiera vagamente discutible. La esencia de esas sociedades es el parasitismo del clero y los grupos sociales ligados a él. La conquista de América proveyó recursos fabulosos para pagar ese parasitismo, y una excusa potente en la evangelización. Lo que ahora nos parecería una diferencia cultural (las formas de vida tradicionales de los aborígenes) ha sido durante toda la historia americana posterior al siglo XV una aberración que se buscaba extirpar. De ahí viene la certeza de todos los colombianos de que "lo que falta es educación". La vida sin la asimilación cultural era el pecado, y combatirlo era lo más urgente. Esa ideología se rastrea por ejemplo en el uso del eufemismo indígena porque indio es insulto (no tienen relación, los nacidos en un país son indígenas), con lo que la corrección política mezclada a la indigencia intelectual produce una flor ridícula. Para no ser indio hay que educarse, eso es que piensan todos los colombianos.

A medida que la población crecía y la masa de mestizos se hacía importante, se hizo necesario proveer a los dominadores de un pretexto más eficaz que la pureza racial. Para eso sirvieron los seminarios y universidades. A través de la educación se mantenía el control ideológico y se aseguraba el poderío de los grupos que heredaban el mando de los encomenderos. Nunca importó que no se aprendiera nada ni menos que no se investigara ni inventara nada. El que podía pagarse los estudios obtenía el "título", palabra que se usaba para aludir a las dignidades nobiliarias.

Esa función de la educación como marcador de la jerarquía social explica por qué en más de cuatro siglos los aportes de las universidades iberoamericanas al conocimiento sean literalmente inexistentes. De lo que se trata es de buscar un pretexto para librar a los de arriba del trabajo y asegurarles rentas a quienes predican.

A medida que aumentan los recursos, el mismo mecanismo se amplía sin cesar y el clero educativo crece al mismo ritmo, a tal punto que en Colombia es el gremio más numeroso de funcionarios.

Mención aparte merece la educación "superior", basada en el mismo principio de librar del trabajo por unos años a los privilegiados y proveerles certificados que legitiman su mando, a la vez que rentas a sus orientadores. Las materias mismas son una farsa, a tal punto que todo estudiante de secundaria se ha tenido que enfrentar a lecturas como El Cid, la Divina Comedia, La Montaña Mágica o Great Expectations (en inglés, estos ejemplos corresponden a personas que conozco, no a posibilidades). Con toda certeza, NINGUNO de los profesores que ordenan esas lecturas conocen los libros, pero los jerarcas de la educación no pierden nada con obligar a leer. Si al menos una parte ínfima de los que acaban carreras de letras fueran capaces de entender lo que publican los periódicos ya se habría obtenido algo. Sencillamente los que dirigen las universidades son unos ignorantes increíbles (conozco a varios) y basta que abran la boca para oírles los mayores disparates. Nadie es más desinteresado en hablar de filosofía que el "filósofo", que a fin de cuentas sólo está para transmitir su tedio a los estudiantes.

Sobre los problemas de la expansión de la educación a las multitudes, acompañada de la concentración en áreas cada vez más reducidas ("especialización"), son del máximo interés las "consideraciones intempestivas" que Nietzsche escribió en su juventud.

De todo lo anterior se hace evidente para mí que no puede haber progreso ni bienestar general sin hacerle frente a la mentalidad que está en la base de esa educación. Del mismo "derecho a la educación", cuya materialización más clara es que una persona es más sensata si no ha estudiado en una universidad colombiana que si lo ha hecho, que los estudiantes sobre todo aprenden a intimidar y ejercer violencia, como ocurrió recientemente en la Universidad Libre de Pereira, y que por descarado que sea el disparate que promueven los terroristas, que son los mismos profesores universitarios (algunos de cuyos alumnos hacen de capataces en el monte de la industria del horror), no encontrarán resistencia entre los afortunados doctores, que suscriben lo que sea porque está probado que ser de ese bando se premia bien (las pensiones que cobran los profesores colombianos, muchos de poco más de cincuenta años, pasan con frecuencia de los quince millones de pesos mensuales: su trabajo consistía en alentar la rebelión contra la desigualdad, y ni ellos ni nadie se molesta por eso).

Un ejemplo de mentira monstruosa es el cuento pacifista de que quien se opone a que los genocidas queden impunes y triunfen en toda regla obedece a intereses ligados a la "guerra" y se lucra de la muerte. ¿Es tan difícil darse cuenta de la falsedad de ese aserto típico de Petro? No, es facilísimo, pero al fin de cuentas la mentira y el parasitismo son la vocación del país.

La educación es otra cosa, no la misión del Estado sino la de cada persona, no la obtención de diplomas sino la superación constante, no la adquisición de una profesión (para la que siempre se está "sobrecalificado" porque los recursos de quienes trabajan en algo productivo se van a asegurar las rentas de quienes recitan la propaganda) sino la formación como personas que no depende de instituciones. Un Estado que no da garantías a sus ciudadanos de que no los maten ni aplica la ley sino que tiene por misión proveer el "derecho a la educación" es un Estado fallido y sus habitantes tienden a la hambruna y a la ignorancia más extrema, como ocurre en Cuba, el país que más gasta en educación como proporción del PIB con unos resultados más ruinosos que en vivienda.


El hecho de que no haya nadie que quiera ver eso (la campaña de Óscar Iván Zuluaga tenía como promesa central ofrecer diplomas para todos los jóvenes) sólo agrava la situación. El uribismo y las FARC están en el mismo bando, suponiendo que "lo que falta es educación" y no precisamente dejar de despojar a los que producen para asegurar las rentas de los parásitos.

Educación es propiamente lo contrario del vagón de ganado en que los regímenes totalitarios meten a la población para forzarla a recitar su propaganda, y si las FARC avanzan día a día en su control de Colombia es precisamente porque esa base ideológica no tiene ningún rechazo. La educación es el pretexto con el que la clase de los opresores recluta catecúmenos y agentes de su dominación. 

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