27 mar. 2015

Vladdo contra la pena de muerte

Por @Ruiz_senior

Hace poco hablé con un colombiano cuyas ideas y actitudes me parecieron muy razonables, aunque al final llegamos a un punto de absoluta discrepancia, al que probablemente llegaría yo con la mayoría de los lectores de este blog: la idea de que lo que ocurre en Colombia es frecuente en otros países. Esa idea es la más monstruosa de todas, el fundamento del crimen. La suposición de que el músculo de mamífero se parece y no hay escándalo en que en algunas partes provenga de vacas o cerdos y en otras de seres humanos.

Nadie debe tener ninguna duda: en ningún país del mundo va a ocurrir que alguien quema a una persona viva y los demás lo toman con indiferencia mientras que los que encargan hacer eso se llaman defensores de derechos humanos. En ninguna parte puede ocurrir que el presidente del órgano legislativo diga que es preferible que los asesinos estén legislando y no matando, o que el fiscal se declare abiertamente partidario de los que queman gente viva. Todas esas monstruosidades se resumen en la idea de que Colombia no es diferente, de que el colombiano es una criatura moralmente asimilable al resto de la humanidad. Los que hacen esas cosas sólo comparten la opinión general y creen que sus proezas son casi lícitas.

Esta semana se me ocurrió leer la prensa colombiana y encontré un artículo de Vladdo sobre la pena de muerte. Inmediatamente me acordé del colombiano que cree que los problemas colombianos son similares a los del resto del planeta. Alguien como ese caricaturista es inconcebible en cualquier parte, pero ese artículo ya roza la broma macabra. Sólo que en Colombia hay un público para eso, la formidable clientela de las FARC, que hoy por hoy es la clase alta y que durante décadas ha suscrito la fascinante descripción de los activistas legales de las FARC (que aparecen como tales en los computadores de alias Raúl Reyes) como "defensores de derechos humanos". Cuando se trata de los "intelectuales" comunistas casi se los puede excusar, vista la rentabilidad fascinante de su tarea (un escrito de unas 50 páginas le reportó 46 millones a cada miembro de la Comisión Histórica, menos de los que obtuvieron Mockus con sus contratos con Ecopetrol o Natalia Springer por ayudar a la Fiscalía, mientras que cientos de ex decanos y ex rectores cobran más de 15 millones de pesos mensuales de pensión tras un par de décadas de divulgación de la propaganda de las bandas terroristas). No son ellos los que más asco y desprecio inspiran en Colombia, ¿Qué decir de millones de personas de ingresos modestos que se afilian a ese bando de la maldad porque SIENTEN que hacerlo les provee ascenso social? Si se cuentan los que sólo son indiferentes ante eso, ya saldrían la mayoría de los colombianos.

Comento el citado artículo.
¿Mataos los unos a los otros? 
En esta espiral de violencia de todos los tintes que vive Colombia, es común la proclividad a resolver las cosas a punta de bala
El tema de la pena de muerte es sólo un pretexto, el fondo es el viejo "argumento" universitario de que en lugar de la violencia hay que sentarse a dialogar.
Cuando a los 12 años leí La pasión de Sacco y Vanzetti, de Howard Fast –mi primer libro no infantil–, no entendí muy bien por qué una persona podía disponer de la vida de otra. Aquel libro relataba la historia de dos anarquistas italianos ejecutados en Massachusetts, en la década de los años 20, por un crimen que no cometieron. A esa edad me causó un gran impacto ver cómo un par de ciudadanos indefensos fueron procesados y condenados a la silla eléctrica en un sistema judicial politizado y discriminatorio. Ese texto, que ha inspirado numerosas películas y obras de teatro, fue mi encuentro racional ¡y brutal! con la pena de muerte, que desde entonces me parece inaceptable.
Alguien debería hacer un documental honesto sobre Sacco y Vanzetti, porque esas ejecuciones, sea cual fuera la culpabilidad de los dos anarquistas, sirvieron de excusa para una intensísima movilización de la Komintern en aras de llevar la lucha de clases a Estados Unidos. Aun admitiendo en gracia de discusión que su condena fue injusta, ¿alguien se puede imaginar cuántas personas inocentes morían ejecutadas entre tanto en el Imperio soviético, sin contar las que morían de hambre? Los partidarios de ese régimen criminal enviaron varios millones de cartas a Estados Unidos oponiéndose a la condena, en un acto de cinismo que anticipa lo que hace el gobierno de los criminales hoy en día en Colombia.

Pero en Colombia nadie sabe nada de eso, por lo que Vladdo explota un tema que permite a los partidarios del terrorismo acusar a Estados Unidos de algo que la copiosísima inversión en propaganda durante casi noventa años ha hecho que parezca una obviedad. ¿Alguien recuerda una sola vez en que Vladdo o alguien de su medio condene los niños bomba que envían las FARC, o crímenes como la incineración del soldado Perdomo Rodríguez? En el mejor de los casos, les parecen muestras de la degradación del conflicto que se debe negociar como la gente civilizada, no a punta de bala. (Perdón por repetir eso, pero es casi lo único que falta entender: la persona que tolera esos discursos sin sentir malestar físico no es menos monstruosa que la que comete los crímenes. Más bien es más monstruosa.)
Ahora, cuando en el estado de Utah, en el oeste de Estados Unidos, se ha reimplantado el pelotón de fusilamiento para los condenados a muerte, vuelve y me asalta esa vieja pregunta: ¿qué puede llevar a alguien a matar a sus semejantes? Desde entonces, esta ha sido una inquietud recurrente en mi vida y después de muchos documentales, clases, lecturas, conferencias, películas, seminarios, etcétera, sigo sin hallar respuesta.
"Matar a sus semejantes" se vuelve una figura enternecedora: ¿en qué consiste esa acción? Hitler no mató a nadie, y de hecho se las arregló para que el Holocausto no pareciera iniciativa suya ni algo que él había autorizado. En cambio, los que pusieron la horca a los jerarcas nazis en Núremberg sí mataron a sus semejantes. ¿Qué puede llevar a alguien a hacer eso? Claro, el señor Santos, que teóricamente aprobó la Operación Fénix, mandó matar a su semejante mientras que Vladdo, que forma parte del grupo Colombianos y Colombianas por la Paz, concebido para rentabilizar el secuestro de Íngrid Betancur, en el que tomaban parte todos los defensores de Derechos Humanos que aparecen como parte de la conjura terrorista en los computadores de alias Raúl Reyes, ¡no mató a nadie! Otra vez: sin limpiarse lo colombiano el mundo se ve como tras unas gafas cuyos lentes fueran de plástico de burbujas. Nadie que haya matado a sus semejantes avergonzaría tanto a la humanidad como los colombianos que suscriben esas mentiras, que a fin de cuentas tienen como única función cobrar el asesinato e incineración del soldado Perdomo. 
[...] 
Y me pongo a cavilar: ¿cómo se le puede ocurrir a uno hacer parte de un pelotón de fusilamiento? ¿Qué puede experimentar un individuo al disparar directamente al corazón de otro? ¿Cómo dormirán luego los verdugos? ¿Podrán dormir?
No se pone a cavilar cómo puede uno vivir cobrando los secuestros, legitimando a los que los cometen, lucrándose copiosamente gracias a ellos. No, de repente todos los pelotones de fusilamiento son lo mismo y el mundo se divide entre los que aplican la pena de muerte y los buenos que se horrorizan de esa posibilidad, por mucho que manden niños bomba, hechos que NUNCA merecen la menor atención del humanista.

Todos estos asesinos sólo les proveen una justificación a sus clientelas, que creen que la farsa que viven se puede justificar y que "catedrático", "decano", etc. son lo mismo en otros países (un catedrático colombiano está mucho más lejos de uno de un país civilizado que Diomedes Díaz de Benjamin Britten). 
Claro que esa frialdad en la sangre también es común en Colombia, donde el año pasado hubo unos 13.000 homicidios, la mayoría cometidos con arma de fuego. En esta espiral de violencia es innegable la proclividad a resolver las cosas a punta de bala: desde una disputa de tierras hasta el robo de un celular; desde la discrepancia ideológica hasta los enredos sentimentales; desde un altercado de vecinos hasta un problema laboral; desde la lucha ideológica hasta un lío familiar.
El atracador que tiene el filo de su navaja cerca del cuello de su víctima se siente todo un pacifista porque calcula que si el otro se queda quieto todo saldrá bien. De lo que trata este artículo es del proceso de paz (llamémoslo así): el intento de aplicar la ley y detener al que viola niñas y mata policías se describe como agresión y ganas de resolver los problemas a punta de bala. Lo que pasa es que algo tan atroz, un cinismo que muestra a este canalla como alguien mucho peor que cualquier asesino de función más modesta, no tiene mucho rechazo en Colombia, donde el que no es del bando terrorista es servil ante los de arriba.
Estamos tan familiarizados con el asunto que pocas muertes violentas nos conmueven, a menos que se trate de figuras conocidas. Como es obvio, los medios no alcanzan a registrar la gran mayoría de asesinatos cometidos y solo informan de aquellos particularmente espantosos, crueles o numerosos; como cuando la guerrilla pulveriza un pueblo, la mafia vuela un avión o los ‘paracos’ cometen una masacre.
¿Cuántos años han pasado desde la última masacre "paramilitar"? Los asesinos son dichosos culpando a las armas. Pero no: el crimen organizado es el que más mata en Colombia y el que impide que se aplique la ley. El crimen organizado es la organización a la que pertenece Vladdo, que no dispara ningún arma tal como Eichmann no empujaba a nadie a ninguna cámara de gas.
Sin embargo, sin desconocer la gravedad de ninguna muerte individual o en grupo, legítima o ilegal, me inquieta mucho la lógica que guía a aquellos homicidas que se enfrentan cara a cara con su víctima; y cada vez que se conoce la noticia de un magnicidio, un atentado, un atraco o cualquier tiroteo –incluidas las ejecuciones–, me pregunto qué le pasará por la cabeza al victimario al apretar el gatillo. ¿Sentirá rabia? ¿Alegría? ¿Emoción? ¿Susto? ¿Desprecio? ¿Compasión? ¿O simplemente no siente nada? Quizás haya explicaciones científicas, antropológicas o psiquiátricas –las tiene que haber–, pero ya sea por orden judicial, en legítima defensa o en medio de un crimen, sigo sin entender por qué en Utah, en París o en el Meta los hombres nos tenemos que seguir matando.
El cinismo y el engaño de este malhechor no tienen límites: la pena de muerte tiene muchos detractores, y vista la clase de motivos de los que la apoyan con entusiasmo es muy explicable que los haya. Pero no es lo mismo que un juez condene a muerte a un criminal que ha tenido un juicio justo a que unos ambiciosos como los que le pagan al payaso-vampiro ordenen cientos de miles de asesinatos de personas inocentes. Ese engaño es otro crimen, pero es necesario para mantener el optimismo de las clases acomodadas cuya fuente de renta son esos asesinatos.
Colofón. Hace 25 años, con el asesinato de Bernardo Jaramillo Ossa, la violencia nos quitó a un hombre valioso y este país dio otro paso hacia la oscuridad.
Claro que ese hombre valioso pertenecía a la dirección del Partido Comunista, que mataba a miles de colombianos cada año. Curioso, esos asesinatos eran obra del conflicto y el problema es que no se los premió antes. ¡Cuando mataban impune y abiertamente no se iba hacia la oscuridad! El que todo colombiano capaz de leer la prensa conozca a personas que razonan así y no los encuentre sencillamente criminales define al país: no el homicidio sino la disposición a lucrarse de él invocando buenas intenciones y sirviendo a los que lo cometen. Y la monstruosidad llega a tal punto que todos creen que es algo que pasa en todo el mundo.

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