22 may. 2015

Arte del fracaso


Por Ruiz_senior

Pensando en lo que los hispanoamericanos entienden por "moral" se me han ocurrido dos definiciones un poco maliciosas. Una: "lo que les falta a los demás", la otra es "antagonista del placer" (como la canción de Joaquín Sabina: "Todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda").

Esa noción que espontáneamente expresa cualquiera dice mucho de la mentalidad de la región y de las causas de sus dificultades y limitaciones. Alrededor de lo que se considera "moral" se encuentran las claves del destino hispano.

Me ha llamado mucho la atención que todo el mundo les reprocha a los medios de comunicación su interés por la audiencia y por los resultados económicos que ésta genera. "Sólo les interesa vender más periódicos", es la frase típica.

Lo primero es la deducción de que publicando mentiras venden más periódicos. La suposición de que el mundo (por definición) está en  manos de gente perversa con intereses mezquinos. ¿Cómo es que la gente quiere que le cuenten mentiras? Bueno, el "crítico" resulta más inteligente que los demás, por lo que no se deja engañar. Es decir, su queja es un halago a sí mismo.

Por cada persona que cree lo que dice la prensa hay mil avispados que "saben" que son mentiras para vender más periódicos, pero ninguno de ellos se imagina que son mayoría (ya es norma que si uno se pone a hablar con desconocidos siempre va a aparecer alguno que habla del automóvil que no necesita gasolina y que las petroleras no dejan fabricar).


Termina habiendo sólo dos posibilidades: o el periodista gana dinero o dice la verdad. No es concebible que alguien pretenda hacer ambas cosas. El que va a decir la verdad debe renunciar a las cosas de este mundo; claro que ninguno de los que "razonan" así renuncia a nada, pero es porque ellos no son periodistas ni políticos (éstos sólo buscan votos).

El resultado de que las sociedades hispanas sean así es que una empresa periodística que pretendiera lo que las empresas periodísticas en el resto del mundo (prosperar gracias al prestigio adquirido diciendo la verdad) siempre fracasará, dado que la prueba de su disposición a decir la verdad es el fracaso económico. Eso sin duda tiene relación con que en comparación con otras regiones del planeta los medios hispanos sean los más mentirosos. En Colombia hoy en día, pura propaganda del sátrapa y de sus mejores amigos venezolanos. No es concebible que un negocio rentable ande diciendo la verdad.

Y lo mismo ocurre con los políticos, que no pueden pretender administrar bien el Estado ni representar honradamente los intereses de sus votantes. ¡Sólo lo harían aquellos que renunciaran a todo por sus ideales! Si el Che Guevara hubiera conseguido "crear dos, tres, muchos Vietnam" en Sudamérica, la inmensa mayoría de la gente lo lamentaría, pero como fracasó y murió quedó claro que no obraba por codicia sino por sus ideales y por eso resulta admirable. En realidad no fracasó: como decía Chávez, "las FARC y el ELN no son ningunos cuerpos terroristas, son verdaderos ejércitos" que aplican los ideales del Che Guevara.

El gran problema de los colombianos es que no pueden conciliar el aprecio que tienen por los ideales con el éxito de esos ideales. No odian a las FARC y el ELN porque encarnen los ideales del Che Guevara, sino porque creen que carecen de ideales y cayeron en la codicia de la cocaína. Los soldados que mataban antes estaban más justificados porque su asesinato obedecía a ideales.

En general, para la mentalidad hispánica dominante el éxito es algo que se puede esgrimir como acusación contra alguien: si fuera una persona con "moral" fracasaría y sería solidaria con los demás agraviados. Eso se detecta en cualquier campo: nadie puede librarse de elegir entre la moral y el éxito.

Prestando un poco de atención, hay tras la envidia un rencor que corresponde a sueños contrariados: en el caso del enemigo de la corrupción, la ilusión del dinero fácil con alguna jugada astuta y la rabia porque otro sí lo consigue. No hace falta que el otro se robe nada, basta con que tenga un cargo importante y a veces con que use corbata. Los miles de enemigos de Andrés Felipe Arias son un ejemplo: el ex ministro no se robó nada, todos los que lo persiguen gratuitamente sí lo habrían hecho, pero dado que no han llegado a nada en la vida, les queda una notoria ventaja moral. 

Lo mismo con el "homofóbico", casi siempre una persona muy sensual que tiembla ante la idea de la sodomía pero no se la puede quitar de la cabeza. Necesita proclamar su odio y desprecio por los homosexuales buscando en la exhibición de su moralidad una compensación por la privación a que se somete.

El examen de esas certezas comunes da para mucho. Tras la "moralidad" que condena la codicia está el esfuerzo desesperado de personas favorecidas por estructuras sociales jerárquicas ante la competencia. El comerciante próspero (o el finquero paisa, o el ganadero) es abominable porque desplaza al parásito que antes sólo necesitaba pertenecer a una casta poderosa. Dado que el segundo no trabaja ni produce nada, su compensación es su superioridad moral.

Esas opiniones y normas que definen la "moral" son construcciones que permiten a la gente adaptar sus viejas costumbres y anhelos a la siempre cambiante realidad.

Si alguien de otras épocas resucitara vería fascinado a los hispanoamericanos como unas gentes condenadas al fracaso: sus aportes a las ciencias, a la industria, a las artes y a todo lo que honra a la humanidad se aproximan a cero. pero eso no les preocupa en absoluto, toda vez que unánimemente se sienten agraviados por los que sí inventan y producen, y esa insignificancia les parece un motivo de orgullo porque certifica su superioridad moral.

Y lo gracioso es que en cierto modo esa forma de pensar hegemónica resulta muy valiosa: el que quiera hacer algo de su vida sólo tiene que aprender a mirar esa mentalidad con absoluto desprecio, aprender que cualquier complacencia con ella o con quienes la profesan es como una recaída en un vicio disolvente.

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