16 may. 2015

Propaganda Estrato 6

Por @ruiz_senior

El Malpensante
Colombia no se puede resumir en una definición de epítetos negativos: país atrasado, pobre, violento, corrupto, primitivo, bárbaro, desordenado... Esos adjetivos ya son tautológicos, pero se podrían aplicar a toda Sudamérica y quedaría faltando lo específico, un tipo de corrupción especial, más brutal y profunda. La causa de eso es el aislamiento, que permitió que se congelara la sociedad del Barroco con la mentalidad del castellano viejo reforzada en sus peores inclinaciones por las condiciones de esclavitud que favorecían a los miembros de la etnia invasora.

Con respecto a las metrópolis europeas, toda la América española y portuguesa era ya en el siglo XVII periferia remota, provincia en el peor sentido. Nada ha cambiado desde entonces salvo la multiplicación extraordinaria de la población (con respecto a la época de la independencia, y sin recibir inmigración, la población de la Nueva Granada se ha multiplicado por 70, y en muy pocos países europeos se habrá multiplicado por 7).

Pero el peso de esas sociedades populosas en el conjunto de la cultura planetaria es el mismo que en el siglo XVII. Sólo en Bogotá hay más de un millón de personas con título universitario, cientos de veces los que habría en Europa en ese siglo, pero nadie recuerda ningún aporte significativo y evaluable al conocimiento. Sencillamente se produce una recreación de la humanidad como en una farsa del guiñol: hay orquestas, periódicos, parlamentos, etc. pero nunca ninguna orquesta del país ha hecho una representación reconocida ni se puede abrir un periódico sin sentir asco ante la cantidad espantosa de mentiras que publican, y la mayoría de los parlamentarios recuerdan a los miembros de la mafia siciliana (bueno, podrían ser más toscos, pero eso es irrelevante).

Se genera entonces eso tan típico de la provincia que es el esnobismo: el afán desesperado de los favorecidos por el orden social imperante de adornarse para parecer grandes señores, intelectuales, artistas y demás. Dado que el país no exporta casi nada aparte de lo que extrae del suelo y de gente que hace los peores trabajos en otros países, y que los grandes méritos de sus próceres no son reconocidos por nadie fuera del país, los señoritos recrean el mundo de modo que ellos resulten grandes príncipes, como esos mafiosos que crearon un club social gemelo de aquel en el que no los dejaron inscribirse.

La revista El Malpensante es un ejemplo extremo de ese esnobismo: es la oferta para un público de ignorantes y mediocres de textos que los hacen creer que la vida en las regiones plenamente humanizadas es como en Colombia y que ellos, esos lamentables lambones y pícaros, son como los protagonistas de una bohemia refinada o como pensadores informados que comentan la vida de las ideas. Es el proyecto de un dandi del triste trópico, ya envejecido, y dicen que es simplemente la copia de The New Yorker, con su oferta de desenfado y humor "elegante", como Soho pero un poco más pretenciosa. (Acerca de la forma de hacer esas revistas, vale la pena conocer este blog.)

Lo que expresa esa revista es el alto poder adquisitivo de la casta sacerdotal, de los cientos de miles de vividores que dan clases en universidades (en las que se gasta el dinero que se niega a tanta gente que pasa hambre, que nunca encuentra un empleo, que no tiene atención sanitaria, etc.) o ejercen de literatos, cineastas, comisarios de exposiciones, periodistas, etc. De esa condición de su público viene su orientación política. Uno de los columnistas habituales es Francisco Gutiérrez Sanín, un profesor de la Universidad Nacional que compite con otros en representar a las bandas terroristas y que sin duda ocupará un ministerio cuando la banda pueda nombrarlos directamente.

La paz
Me llamó la atención un escrito que apareció en esa revista reivindicando la paz. Después me enteré de que su autor, Hermando Gómez Buendía, es ahora columnista de El Malpensante.

Negociar en medio de la guerra 
Pensar que es posible llevar a cabo un diálogo de paz como si no existiese una guerra que lo justificara es la raíz del principal cuestionamiento a los encuentro en La Habana. ¿Tienen sentido objeciones de esta naturaleza?
Antes de que lo echaran de Semana por publicar (y cobrar) dos veces la misma columna, Gómez Buendía era uno de los proveedores oficiales de falacias soft, dirigidas a gente cuyas pretensiones sociales le impedían ponerse abiertamente de parte de los terroristas. Por entonces describía la actividad de las FARC y el ELN como "guerra contra la sociedad". Después creó un think tank que es más o menos abiertamente una agencia de propaganda de las FARC (claro que habrá quien lo dude o lo niegue, ¿cuánta gente manifiesta que el Partido Comunista y las FARC son lo mismo?). Ahora explota sus artes retóricas para vender legitimaciones de la paz en la revista de los señoritos.

La entradilla del artículo fuerza otra digresión, esta vez sobre la prosa. ¿Qué es lo que dice? La "cultura" de los colombianos consiste en ese esfuerzo por construir galimatías con los que se "descresta" a la clase de gente que lee esa revista, que se siente muy refinada consumiendo esas cosas y poniendo cara de que las entiende. Por eso prosperan escritores como William Ospina, o como Moreno Durán o Cruz Kronfly y muchísimos otros. ¿Qué es lo que dice?

Descomponiendo la frase sale lo siguiente: la raíz del principal cuestionamiento a los encuentros en La Habana es pensar que es posible llevar a cabo un diálogo de paz como si no existiese una guerra que lo justificara. O sea, se cuestionan los diálogos porque se piensa que es posible el diálogo como si no existiera una guerra. Usted piensa que es posible el diálogo como si no existiese una guerra y por eso cuestiona los diálogos. ¿No es lo que dice?

Sólo se trata de ponerle "clase" a la cosa para que el imbécil de familia rica que lee eso y que a menudo tiene algún máster en el exterior, sienta que corresponde a las cosas de su estrato. Cuanto más absurda sea la frase más dulce es la floritura para el consumidor. Lo que les parece clarísimo, porque no hay nada que sea difícil entender sino un galimatías forzado por genialidades como reemplazar "encuentros en La Habana" por "diálogos de paz", es que hay una guerra y por eso tiene que haber diálogos de paz. ¿Tiene sentido cuestionar que hay una guerra?

Luego es el mismo cuento de toda la propaganda oficial y terrorista (valga la redundancia), la idea de que hay una guerra y por eso es urgente buscar la paz. Pero ¿en dónde no hay una guerra contra el crimen? La sociedad humana se basa en la persistencia de la guerra contra el crimen, que sólo deja de presentarse cuando triunfa el crimen y convierte su dominio en "ley", que es el sentido de la "paz" de La Habana. El galimatías sólo oculta la viejísima falacia de igualar al asesino con el agente de la ley y convertir el atraco en riña, toda vez que las bandas terroristas son la universidad en armas y su sentido es defender un orden social cuyos beneficiarios son los lectores de esa revista, que necesitan adornar la iniquidad de su parasitismo monstruoso con palabrería de ese estilo. Son los criminales y las esposas y concubinas de los criminales, pero no van a llamarse así.

Luego, aparte del afán de enredar, ¿por qué no dice "hay una guerra y eso no se puede discutir y por eso hay que sentarse a negociar"? Porque el aleteo pretencioso le impide al lector pensar en si tiene sentido decir que haya una guerra (contra la sociedad) y como no se entiende la cuestión polémica se deja pasar.
El médico le informa a su paciente que necesita someterse a una dolorosa operación, y el paciente responde que lo hará con una sola condición: que esté curado antes de operarse. Así de irracional –o de infantil, o de humano, simplemente– fue el (principal) argumento que le dio a Zuluaga los casi siete millones de votos con los cuales por poco derrota a Santos.
Alguien ve el ejemplo del éxito de los comunistas rusos y se ilusiona con la nueva corriente de organización social justa que él va a dirigir (alguien que nació para dirigir, se entiende), y gracias a la cual tendrá poder sin someterse al escrutinio de los demás sino alegando razones para imponerse por la fuerza, y a partir de ahí organiza bandas que cometen todas las atrocidades imaginables. Después viene el hermano menor de un compañero que pertenece a una familia presidencial y busca el éxito de esa labor ejerciendo de médico, como el atracador del paquete chileno se presenta como policía, y ¡hay quien pretende que no se premie a los que han hecho eso! ¿Cómo puede ocurrir algo así?

Porque el cuento es el sobreentendido de que hay que negociar con unos terroristas que en 2010 sólo existían como organización armada en las selvas que hacían frontera con Venezuela y Ecuador. El cuento de Zuluaga es ciertamente falaz, y ya he explicado muchas veces en este blog la absoluta inanidad del uribismo: no se le puede pedir al atracador que tiene el cuchillo en el cuello del niño que se entregue para negociar después el rescate. Sencillamente no se debe negociar con el atracador sino inmovilizarlo cuando sea posible. El sobreentendido de Gómez Buendía es que los terroristas son distintos de un atracador y que se puede desistir de la ley. Lo que hizo perder a Zuluaga fue que tomó parte en ese engaño, dado que a los uribistas les parece en su vulgaridad infinita que el mayor peligro es que los tachen de "enemigos de la paz".
La mayoría de la gente no comprende y se indigna porque las Farc siguen secuestrando niños y matando policías mientras sus delegados hablan de paz en La Habana. Por eso Óscar Iván Zuluaga y Marta Lucía Ramírez suscribieron su famoso “Compromiso por Colombia”, donde exigían, para seguir negociando, que la guerrilla dejara de reclutar niños, de sembrar minas antipersonales, atacar la infraestructura, secuestrar, extorsionar, traficar con narcóticos y, en general, terminara con sus crímenes de guerra y sus ataques contra la población civil.
El sobreentendido de este párrafo es que los crímenes atroces son la guerra, que se debe remediar negociando para que cese. ¿En qué se diferencia esa actitud de la de quien llama por teléfono a la familia de un niño secuestrado? En el galimatías, el airecillo profesoral que produce bienestar entre el público, que además agradece la buena intención de remediar el problema como si el secuestro no se produjera para esa transacción, como si el objetivo de los crímenes de las FARC no fuera llegar a la negociación que Gómez Buendía promueve.
Pero este, exactamente, es el mal que se trata de curar, la enfermedad que necesita de aquella cirugía: el propósito de las negociaciones de La Habana es poner fin a las acciones violentas e ilegales de las Farc. Nada más. Y nada menos. El ideal por supuesto sería estar curado antes de operarse, hacer que la violencia se acabara antes de sentarse a negociar. Pero –por las razones que sean– el Estado colombiano no fue capaz de acabar con la violencia, así que no nos queda literalmente más remedio que la negociación.
El Estado colombiano sí fue capaz de reducir drásticamente la violencia, y nadie puede pretender que "acabe" con ella porque ningún Estado nunca lo ha conseguido. La suposición de que Santos buscó negociar con las FARC porque el Estado no podría derrotarlas es una mentira criminal que no resiste el menor análisis. No se trata de acabar con la violencia sino de instaurar un régimen en el que domina el clan de Santos en alianza con los terroristas. El remedio de aplicar la ley produjo resultados fascinantes durante los gobiernos de Uribe, mientras que la negociación sólo ha traído la multiplicación de los crímenes. Lo que pasa es que, insisto, la épica del bochinche, acompañada de la orgía de asesinatos de las bandas comunistas les aseguró rentas fabulosas a los que la practicaban (el gasto público se multiplicó por 19 en una década después de 1991, al tiempo que la desigualdad aumentaba diez puntos). Los hijos de los "tirapiedra" de los años setenta y ochenta son los lectores de El Malpensante, ansiosos de darse lustre cómodo y jovial y obviamente leales a la "causa" que les provee su inverosímil bienestar (un profesor universitario colombiano se gana el sueldo de unas quince personas, cosa que no pasa en ninguna otra parte, y eso por no hablar de lo que saben y enseñan esos profesores).
La falacia de Zuluaga y de Ramírez es fruto de las grandes distorsiones que a lo largo de décadas y décadas han venido machacando los dos bandos –y que refuerzan los medios de mayor circulación– acerca del origen, naturaleza, alcances y soluciones de nuestro trágico “conflicto armado”. En este caso la falacia comienza por no entender que las Farc existen porque ejercen la violencia, es decir, que si dejan de atacar pierden toda su importancia, desaparecen del panorama político: ¿o a quién le importaría un montón de campesinos uniformados pero inofensivos en las selvas y regiones más remotas de Colombia?
¿Se entiende? Las FARC existen porque ejercen la violencia, luego quienes no ejercen la violencia deben permitirles hacer lo suyo mientras se resuelve el problema como la gente civilizada, negociando.
Y esa violencia consiste sobre todo en aquellas acciones criminales o contrarias al derecho de guerra (y al derecho internacional humanitario) que enumera el “Compromiso por Colombia” –y que a todos nos llenan de fundada indignación–. Esta guerra no tiene nada de heroico por parte de los supuestos “combatientes”: entre 1958 y 2012 murieron 220.000 colombianos por causa directa del “conflicto armado”, pero 196.000 (el 89%) de ellos eran civiles; no tenemos dos ejércitos en guerra, sino una guerra cobarde contra los civiles. La mayoría de los actos de las Farc que con razón les merecen tal repudio ciudadano han sido desde siempre –y no apenas ahora– inaceptables, con diálogo o sin diálogo, con o sin exigencias del gobierno de turno. Pero esta es la terrible enfermedad que se trata de curar.
"Escuche a su niño cómo llora, no se permita esa crueldad de aferrarse a la plata cuando basta una firmita suya y vuelve la familia a estar feliz". ¿Alguien recuerda alguna vez en el mundo en que se cure el crimen premiándolo? Es obvio que cuanto más se premie más se cometerá y la causa de que los terroristas cometan sus crímenes es la promesa del premio, como explicamos en este video.



Eso por no hablar de que el resultado de la negociación es simplemente que los comunistas adquieren poder. Pero los comunistas en el poder siempre han matado a sus contradictores, y las purgas recientes de Kim Joing-un no son excentricidades de un tirano adolescente sino lo que ha ocurrido en todos los regímenes comunistas. Los crímenes de las FARC hasta ahora son muchísimos menos que los que cometerán después de alcanzar el poder, cosa de la que son responsables todos los que quieren que se los premie, incluidos obviamente los uribistas.
A la gente tampoco le explicaron que sentarse a negociar sin condiciones es el mayor acierto del proceso de La Habana y es el secreto de su muy probable éxito. Tanto así que este ha sido el primero o el único intento de negociar la paz en serio entre el gobierno y las Farc en cincuenta años: los dos intentos anteriores (el de Betancur en los ochenta y el del Caguán bajo Pastrana) fracasaron precisamente porque dependían de condiciones explícitas o implícitas (treguas, zonas desmilitarizadas, no secuestrar congresistas, no ejecutar actos terroristas a gran escala...), cuya ruptura tenía que dar al traste con la negociación.
Este párrafo sí dice la verdad: el probable éxito de las negociaciones de La Habana se basa en que se permite a las FARC multiplicar sus acciones criminales: la cocaína les da recursos para comprar generales (es impresionante el descaro con que muchos cobran el genocidio) y la tropa terrorista se multiplica y se hace presente en todas partes, al tiempo que la agitación de Robledo le genera una base social que las legitima (con ayuda de los uribistas, que no ven problema en hacerse los distraídos con las barbaridades proteccionistas en que se basa la propaganda del senador maoísta). El probable éxito del proceso de La Habana consiste simplemente en el triunfo total de los terroristas gracias a que después de reconocerlos se legalizan sus crímenes. De ahí jugadas como el intento de incluir al ELN en la negociación o la exigencia de liberación de Ricardo Palmera, gracias a las cuales la negociación se dilata. Es cuestión de tiempo que la crisis económica permita a Robledo y el Polo generar una situación revolucionaria que favorezca la entrega total del Estado.
No explicaron que ambos bandos pueden usar y usan esas condiciones para fortalecerse (rearme, inteligencia militar, propaganda política...) y que por tanto a cada uno le interesa decir que el otro bando está incumpliendo alguna condición. No explicaron que cualquier “fuerza oscura” –o cualquier “disidente”– puede poner una bomba o secuestrar a un personaje para hacer estallar el proceso. Más sencillo: no explicaron que para exigir condiciones hay que tener el modo de vigilar su cumplimiento, y esto supone un árbitro imparcial: en este caso un cuerpo de la ONU (¿de la OEA?, ¿de Unasur?), que no vendría a Colombia por múltiples razones, que tardaría años en pactarse y que además no podría vigilar un territorio tan irregular o una guerra con tantas “fuerzas oscuras”.
¿Cuáles son esos bandos? El Estado colombiano es un apéndice de las FARC y el que lo dude puede prestar atención a la actuación del fiscal, a las sentencias de las cortes, a las actuaciones del ejecutivo y el legislativo favoreciendo la producción de cocaína, a la ideología de los sindicatos de funcionarios, al gasto público en adoctrinamiento de asesinos, etc. Los bandos son los que habría en un atraco, de esos tan típicos de Colombia en que los policías son parte de la banda que lo comete.
Ni, por último, explicaron que los pactos implican compromisos de ambos lados, y que las Farc en este caso tienen, desde siempre han tenido, sus propias exigencias. Reviviendo la propuesta de Bolívar a Morillo en 1820 –pues para algo son “bolivarianas”–, ellas hablan de “regularización” (en vez de “humanización”) del conflicto, y aquí incluyen las ejecuciones sumarias, las desapariciones, los falsos positivos, los bombardeos en zonas habitadas, el sitio de poblados, los “presos de conciencia”, el “terrorismo de Estado” y otros actos igualmente contrarios al derecho de guerra según esa otra lectura (existente aunque ignorada por los medios y por toda o casi toda “la opinión”) que las guerrillas tienen acerca del conflicto colombiano.
¿Afirma Gómez Buendía que todos esos crímenes que atribuye al otro equipo son ciertos? Sólo señala que son una "lectura" que tienen las guerrillas. Y el sentido es éste: una vez que el atracador tiene un conflicto con su víctima que se tienen que resolver cuando ésta le entregue el sobre de su sueldo, en aras del derecho a la vida que correría peligro, TAMBIÉN lo que dice el atracador es una verdad negociable. ¿Cuáles son los actos "contrarios al derecho de guerra"? Lo que se sabe sobre los juicios a militares y policías remite a una iniquidad infinita. Las sentencias de los jueces son tan perversas que los que mandan niños bomba y el mismo Gómez Buendía que cobra esos hechos resultan casi decentes. El que quiera conocer un caso de esos debería ver este video sobre el de Plazas Vega.



Lo que queda claro es que con sus habituales rodeos retóricos Gómez Buendía sale a legitimar la propaganda terrorista como si no fuera parte del crimen, como si no fuera mentira.
El presidente Santos casi pierde las elecciones porque no pudo –o no quiso– explicar por qué las Farc siguen delinquiendo mientras conversa con ellas en La Habana. Y esta es apenas una de las preguntas-objeciones (de hecho, una de las más fáciles de absolver) que tienen los colombianos –o digamos, “la opinión” y los medios influyentes– sobre el proceso de paz que está avanzando: ¿por qué no acabar de derrotar a las guerrillas hasta hacerlas “someter a la justicia”, como repite Uribe con su coro?, ¿por qué negociar las reformas con “esos bandidos”?, ¿por qué creer que cumplirán los compromisos que se pacten?, ¿hay acuerdos secretos en La Habana?, ¿se está entregando el país al “castro-chavismo”?, ¿vamos a perdonar así no más los secuestros y los demás horrores en estos muchos años de actuación guerrillera?, ¿aceptaremos que las Farc ni siquiera reconozcan sus horrores?, ¿castigaremos en cambio a los militares y policías que estaban defendiéndonos?, ¿veremos algún día a “Timochenko” sentado en el Congreso?, ¿será que después del acuerdo con las Farc (y el ELN) se acaba realmente la violencia?
Santos ganó las elecciones porque no hubo quien denunciara la paz como una componenda criminal, a tal punto que el uribista Sergio Araujo aseguraba que la negociación seguiría igual si Zuluaga hubiera ganado, mientras que el candidato hacía promesas "para consolidar la paz" (claro que hubo fraude y manipulación, pero no sería serio decir que un tercio del censo electoral votó por Zuluaga). Pero ¿las habría ganado por un margen mayor si hubiera explicado las "ventajas" de quedarse años dialogando mientras los terroristas multiplican sus crímenes? Es lo que la clase de gente que lee El Malpensante está dispuesta a creer. Me cuesta imaginar algo más absurdo. 
Debido en gran medida a que no pudo o no quiso explicar la negociación sin condiciones, el presidente-candidato se jugó a fondo con la promesa de que “el pueblo tendrá la última palabra”, es decir, que no habrá acuerdo mientras no sea ratificado por el voto popular. Con semejantes preguntas-objeciones, es bien probable que el pueblo colombiano vote “no” a la consulta o referendo, y quedemos en nada (o más exactamente, en bajo nada).
Por eso mismo en estos meses necesitamos un esfuerzo enorme de sinceramiento y de pedagogía para curarnos de esta enfermedad. Quién puede hacerlo y cómo debe hacerlo son las preguntas-respuesta que tenemos que plantearnos con premura los amigos de la paz.
¿Cuál es la "enfermedad"? ¿La de pensar que no se debe premiar el crimen ni someterse a los asesinos? Pero mejor, ¿cuál es la pedagogía que remedia esa enfermedad? La única respuesta que se me ocurre es ésta: el terror. Los colombianos aplauden algo tan monstruoso como la paz de Santos porque tienen miedo de que los hagan volar con una bomba y porque son serviles e indolentes. Si siguen renuentes a dejar que los asesinos dominen, aunque ya el triunfo de Petro en Bogotá en 2011 dejó ver otra cosa, lo único que los podría persuadir sería una buena orgía de crímenes. Yo no podría demostrar que es lo que Gómez Buendía propone, pero ¿alguien se imagina en qué consistirá esa pedagogía?

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