21 ago. 2015

Del columnista al sicario


Por @Ruiz_senior


Genocide Inc.

El crimen organizado en Colombia es una gran empresa, no sólo en la acepción de "Acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo" sino también en la de "Unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos". La "industria" de la que deriva el lucro es el poder político de sus accionistas y ejecutivos, mientras que las demás actividades lucrativas de la empresa sirven sobre todo para financiar la operación que permite ese creciente dominio.

El producto de esta empresa es la persuasión: los asesinatos son la base de esa persuasión, la labor de cobro y legitimación es la pieza que les da sentido y rentabilidad. No hay una diferencia importante entre la labor del sicario que castra a un policía delante de sus vecinos y la del columnista que propugna por la paz. No ver esa obvia relación es como si alguien pretendiera que el perfumado ejecutivo que efectúa transacciones de grandes cantidades de jamón perteneciera a un negocio distinto del que ocupa al modesto empleado que descuartiza a los cerdos.

Como en cualquier empresa, la labor principal es el marketing: sobre todo el interno, con incentivos morales y promesas para los que hacen el trabajo más duro, con adoctrinamiento sistemático en los colegios y universidades, selección de personas resueltas que pueden servir en los distintos niveles de la organización y provisión de recursos y "normas" (como obligar a un adolescente a comerse a la novia) para los que incumplen la disciplina.

Pero también el marketing externo cuenta, y se confunde con la tarea principal de la organización, cuyo núcleo directivo es la relación en apariencia informal entre la nomenklatura cubana, las familias presidenciales del grupo de Alternativa y los dirigentes del Partido Comunista y otros grupos en apariencia distintos. Ese marketing está destinado por una parte a conseguir apoyos, votantes, simpatizantes, gente que acude a manifestaciones, da lo mismo que sea para prohibir los toros que para favorecer el consumo de marihuana o las relaciones LGBTI.

Causas remotas y próximas
Como ya he explicado muchas veces, la causa remota del narcoterrorismo y de su formidable entorno de sindicalistas, adoctrinadores y literatos es la cultura derivada del régimen colonial. Es decir, el origen mismo de la nación colombiana y la institución predominante en la mayor parte de su historia: la encomienda. La esclavitud de los indios se mantiene en figuras como el servicio doméstico de que disfrutan la mayoría de los empleados públicos, sobre todo en Bogotá. Se calcula que hay en la capital un millón de personas con título universitario, y dado que no se produce en la ciudad ningún bien que se exporte, ni siquiera a otras regiones, ni ningún servicio significativo ajeno a la función pública, es de suponer que la mayoría de esos "doctores" viven directa o indirectamente del Estado.

La conjura comunista se encontró con las necesidades de los descendientes de los encomenderos, que en una democracia normal no encontrarían pretextos para su parasitismo ni para sus privilegios. La violenta oratoria revolucionaria de los universitarios de los años sesenta y setenta dio lugar tanto a la "masa crítica" de asesinos y secuestradores (la mayoría de los miembros de las FARC no proceden de la universidad sino del reclutamiento infantil, pero su lealtad a la banda sólo depende de que ésta pueda persuadirlos a punta de terror y a la vez ofrecerles una paga; los que mantienen la función política son TODOS de la universidad), como a los grupos de agitadores que animarían y luego controlarían los sindicatos de funcionarios.

De tal modo, las masacres son necesarias para asegurar las pensiones a los cuarenta y cinco años de los funcionarios del Banco de la República y los sueldos de veinte salarios mínimos de los profesores de universidades públicas, cuya lealtad electoral e ideológica es a su vez necesaria para que la banda siga operando y pueda contar con perspectivas de negociación de paz. Es un círculo perfecto.

Pero más en concreto la empresa surge de la expansión soviética en los años veinte a través de la Komintern: durante más de medio siglo miles de aventureros colombianos recibieron formación en el territorio de la antigua URSS en tecnologías de terror y engaño para hacer avanzar el programa revolucionario. Al respecto conviene revisar esta noticia.

La propaganda de la paz de un personaje como Abad Faciolince es parte de la empresa de toma del poder por los conjurados organizados en el Partido Comunista y en otras redes ligadas al grupo de Alternativa y a camarillas judiciales y universitarias, pero todas ellas en evidente relación. Los niños bomba son otra parte, son la persuasión necesaria, sin ella Abad Faciolince no tendría nada que cobrar con su tranquila benevolencia.

La batalla de los nombramientos
La expansión comunista no es sólo el aumento del territorio controlado por los asesinos ni la influencia que logran con la propaganda incesante (llámese educación o información, en Colombia sólo se trata de propaganda de Genocide Inc.), sino sobre todo el control del Estado gracias al ascenso de los miembros de la conjura en todas las instituciones. Ya sean políticos, jueces, diplomáticos, profesores, cargos municipales o regionales o contratistas, los conjurados han estado copando la función pública durante más de medio siglo. Personajes como Horacio Serpa, Alfonso Gómez Méndez, Humberto de la Calle, Martha Catalina Daniels, Carlos Gaviria, Eduardo Montealegre y muchísimos otros se delatan al cabo del tiempo como miembros de la conjura totalitaria con cargos públicos de relieve.

Seguramente hay también muchos militares que sirven a Genocide Inc. pero es difícil saber cuáles son: puede que la mayoría de los entusiastas de la paz sean meros oportunistas ilusionados con ascender como aliados del crimen organizado, o beneficiarios de cañonazos de cientos de millones.

No hay ninguna esperanza de implantar en Colombia un régimen de democracia liberal como los que imperan en Europa occidental y Norteamérica sin hacer frente tanto a la cultura del parasitismo como a las redes de miembros de la conjura asesina que hoy dominan el Estado. Cualquier ilusión de que se puede arreglar el país con un poco de buena voluntad es a la larga perjudicial.

La industria del prestigio
Hace un tiempo comenté el escándalo que siempre vuelve, por ejemplo en esta publicación del literato Harold Alvarado Tenorio (reproducida con fervor por algunos uribistas), sobre el escrito de un tal "Ayatolá" contra García Márquez por su fuga a México en 1981. ¿Alguien duda de que tenía relación con el M-19, una banda criminal responsable entre otras perlas de secuestrar y matar a los niños Álvarez Murillo? No, nadie duda de eso, sólo que siendo el ganador de un premio Nobel el asesinato le está permitido y la vida de unos pendejos importa menos que ese honor de ganarse un Nobel que engalana tan patéticamente el corazón de los colombianos.

Como ya he explicado otras veces, la evaluación del valor de la obra de García Márquez corresponde al tiempo, por mucho que en Colombia se crea que un Nobel es garantía de reconocimiento absoluto: la gente que no lee nada no llega a enterarse de que la mayoría de los ganadores de ese premio son escritores irrelevantes, mientras que Tolstói, Joyce, Kafka, Proust, Pound, Rilke, Machado, Borges y muchísimos otros escritores verdaderamente importantes no lo recibieron.

García Márquez alcanzó la popularidad gracias a la economía de escala de la industria del prestigio que la izquierda comunista heredó de la Komintern. Gracias a eso todo intelectual hispanoamericano de los años sesenta sabía muy bien quién era Jean-Paul Sartre y hasta había intentado leer algún libro suyo, mientras que eran raros los que habían leído a Albert Camus (a pesar del Nobel), por no hablar de Raymond Aron o Jean-François Revel. Gracias a eso cualquier universitario colombiano de los años setenta y ochenta sabe quién es Mario Benedetti pero prácticamente ninguno podría decir nada de Vicente Huidobro, y menos de Salomón de la Selva, poetas mucho más reconocidos por la gente de la poesía que el uruguayo. A Gabriela Mistral no le sirvió de mucho el Nobel, ningún colombiano conoce a nadie que haya leído un poema suyo. No estaban en la nómina de la izquierda.

Eso mismo pasa con toda la propaganda de Genocide Inc.: cualquier sicario moral que pueda redactar un párrafo se vuelve columnista o panelista de tertulias: los medios de propaganda están cada vez más copados en la medida en que el negocio se amplió gracias a la cocaína que permitió elegir a Chávez y a Correa, y permitió a los Santos y a los López-Santodomingo integrarse como accionistas de la muerte. Un muchacho que vaya al colegio en Colombia llega a creer que William Ospina o Héctor Abad Faciolince son escritores importantes gracias a la promoción que reciben del Estado colombiano, cosa que ocurre gracias a la presión de las "fichas" de Genocide Inc., y a la izquierda internacional, que los invita a cuanto certamen hay y publica noticias sobre ellos, entrevistas, reseñas, etc.

Sólo es propaganda de la misma conjura que viola niñas y masacra soldados. El papel de esos pensadores es más importante que el de los asesinos propiamente dichos, tal como el de Goebbels y el propio Hitler era más importante que el de los que empujaban gente a las cámaras de gas o les arrancaban el oro a los dientes de los cadáveres. Pero son la misma empresa: desgraciadamente los colombianos no esperan ver ninguna rectitud en las obras de nadie sino acceder al trato con gente que compra zapatos italianos, por eso esos ASESINOS siempre cuentan con gente servil que los halaga y admira.

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