28 ago. 2015

La nada inocente cruzada antitaurina

Por @ruiz_senior

Como ocurre con casi todo en Colombia, hay dos bandos, el de los interesados en alguna causa y el de los indiferentes: así ha ocurrido con el sindicalismo estatal, que es un frente de la conjura comunista mucho más importante que las FARC y el ELN. Los funcionarios protestan, hacen huelgas, presionan, intimidan, siempre dirigidos por el Partido Comunista, y así consiguen privilegios que la gente de un país civilizado no concibe. Casi nadie sabe que en Colombia los empleados del Banco de la República se pensionan a los 45 años, que los maestros cobran el sueldo aparte de la pensión, que hay personas que han trabajado veinte años y viven otros cincuenta cobrando pensión (con otros trabajos), que los sueldos y pensiones de muchos funcionarios son diez, veinte o hasta cincuenta veces superiores a los de la gente que hace trabajos pesados...

Hay muchos más perjudicados por esos hechos que clientelas del comunismo, o sea, que los que "se organizan y luchan", pero a nadie se le ocurriría que pudiera haber una protesta contra ese estado de cosas. De hecho, la mera opinión en contra es minoritaria. La sociedad padece anomia ("conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación"), todo el que está excluido de esos privilegios lo lamenta y a toda costa intenta brindar a sus hijos una educación para que roben y parasiten como los afortunados de hoy en día.

Los colombianos ya están acostumbrados a que esa rapiña por despojar a los demás de los recursos con que se podrían construir obras públicas o pagar servicios esenciales se llama "la lucha". La lucha por la revolución era el sueño de justicia (o sea, de ascenso a cargos de poder para los organizadores y luchadores) que caracterizaba a todos los universitarios, que ahora han cambiado por la paz: ya no quieren salir a matar policías y a secuestrar ganaderos, sino ir a reconciliarse en nombre de los policías asesinados y los ganaderos secuestrados con los universitarios de la generación anterior que han entregado su vida a la lucha.

Pero sin la lucha no hay modo de movilizar a las masas, y de hecho la paz es una forma de lucha, dado que muchos intolerantes de extrema derecha no quieren la reconciliación y hay que combatirlos, de lo cual ya hay bastantes testimonios en las redes sociales. Obviamente por la calle no, porque el que saliera solo por el centro de Bogotá con una camiseta contra las FARC se jugaría la vida. ¿O cuántas personas se ven con camisetas de rechazo a los asesinos y cuántas con camisetas del Che Guevara? Bueno, los de las camisetas del Che Guevara son los de la paz, o sea, los de la lucha por la paz, las palabras tienen para los colombianos un sentido especial, todo se acomoda a cualquier interés y realmente los que se organizan y luchan por la paz no son en nada diferentes de los que secuestraban niños, como Petro, que es uno de los principales líderes de los amigos de la paz.

La lucha no puede parar, por eso ahora que se acerca la paz es mejor guardar las banderas del socialismo y la revolución para otro momento y luchar por otras causas: por los derechos de la población LGBTI, por el feminismo, por la ecología... Siempre encuentran algo que permite a los funcionarios distritales dedicar sus horas laborales a tareas de Agitprop gracias a las cuales se mantiene, sobre todo entre los jóvenes, la adhesión a Petro y a las diversas organizaciones de izquierda, todas relacionadas directamente con las FARC y el ELN.

De ahí viene la fiebre antitaurina. Pero insisto, todo eso está en el libreto: ¿de dónde sale el dinero con el que miles de asesinos terroristas cobran sueldos 15 o más veces superiores al mínimo en las universidades? De los recursos comunes. Se los roban a los demás, que no quieren darse cuenta porque no conciben otro mundo que el infierno de rapiña y atropello en que viven. En ese caso se trata de dinero, en el caso de la persecución a los taurinos se trata de LIBERTAD. Lo que los asesinos totalitarios intentan es despojar a los ciudadanos de su libertad y para eso organizan una consulta para prohibir los espectáculos taurinos.

Como es tan grato sacar pecho por el buen corazón que se tiene y a fin de cuentas esa tradición no cuenta con tanto público como el fútbol, la cruzada antitaurina encuentra toda clase de apoyos de gente que no necesariamente apoya a las FARC. Es una apariencia. Los que aplauden que se persigan tradiciones y se prohíban espectáculos arraigados y con gran prestigio están contra la libertad y son de una manera u otra clientela de los terroristas.

El espectáculo taurino tiene muchos defensores valiosos: ha habido muchos miles de artistas y literatos importantes que aman la tauromaquia, siendo una tradición localizada en el Mediterráneo y algunas regiones hispánicas, obviamente serán más los que no tienen interés por ella. De lo que no he oído hablar nunca es de algún artista o literato reconocido que sea partidario de perseguir o prohibir esos espectáculos. Pero no es la cuestión: nadie está obligado a acudir a ellos, tal como nadie está obligado a ver pornografía o a participar en prácticas homosexuales. ¿Por qué no respetar la elección de los demás?

Colombia es demasiado salvaje y absurda para que su población se pueda incluir cabalmente en la humanidad. Las mayores atrocidades no interesan a nadie y nunca son tendencia en Twitter, pero en cambio sí hay grandes protestas porque alguien quiere hacer un hotel o grandes campañas para privar de su diversión a los aficionados a un festejo tradicional. Pero insisto, además de los imbéciles que quieren adornarse de buenos sentimientos persiguiendo a otros (que nunca son los que matan, secuestran y violan), la cruzada antitaurina es cosa de los asesinos y sus jóvenes catecúmenos. El problema es la total indiferencia de los demás.

Ése es el único problema: la prueba de que la libertad no les importa absolutamente nada y se dejarán imponer las prohibiciones que los asesinos quieran. Ya cinco años de hegemonía de las FARC en el gobierno y en los medios han mostrado el grado moral de la población. La persecución a la tauromaquia será otro paso. No hay esperanza.

(Otrosí: me faltó señalar el factor corruptor de esa propaganda: en su afán de tomar parte en la lucha y de exhibir su buen corazón, los universicarios empiezan a asumir como cosa normal que matar toros es lo mismo que matar personas, y en realidad peor, porque a las personas se las mata en aras de la justicia social. Ese cretinismo moral conduce a que las tiranías del crimen organizado traten a las personas como ganado, cosa que está en el fondo de su concepción del mundo. Es otro elemento que demuestra la disponibilidad de millones de colombianos a asociarse con criminales en aras de adorno "intelectual" y "humanitario".)

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