20 ene. 2016

La profesión política

Por  @ruiz_senior

Origen y naturaleza del Estado

Todos los Estados surgieron como organización de la dominación de un grupo humano por otro y ese principio persiste mucho después de que los grupos originarios se han disuelto, aunque el proceso de disolución puede durar muchos siglos. En la medida en que cesa toda resistencia, el Estado amplía sus funciones, sobre todo como aparato que provee seguridad a todos los ciudadanos y hace cumplir leyes, de las que cada vez hay más y cada vez afectan a más aspectos de la vida de la gente.

Legitimidad

Todo orden político vive expuesto a la amenaza de desaparición por sucumbir ante un poder exterior o por una revuelta dentro del territorio que controla. Para impedirlo es necesario que cuente con el reconocimiento de la mayoría de los pobladores, de modo que ninguna revuelta pueda triunfar. La violencia es la forma básica de legitimidad, pero es insuficiente si hay una mayoría de opinión en contra, por lo que surgen diversas formas de persuasión y a la larga de representación, de modo que de algún modo los ciudadanos pueden tomar parte en las decisiones que los afectan.

Democracia
Pero eso no quiere decir que haya un "gobierno del pueblo", porque ¿qué es el pueblo? ¿Y cómo haría para gobernar? En todas las sociedades domina una "minoría rectora", que es la que define sus rasgos y su destino. El conjunto de los miembros de la sociedad es demasiado disperso y distraído para dirigir nada y normalmente se acomoda a las propuestas de la minoría rectora. En las sociedades más desarrolladas la legitimación mediante el voto comporta un acceso más completo a la información, mayor responsabilidad de sectores amplios de la sociedad y hegemonía de valores como la verdad, el bien común, el respeto a la ley y la libertad individual.

Funcionarios
Pero más allá de la legitimidad que tenga el Estado y de las funciones que cumpla, la primera de las cuales siempre es su propia continuidad, hay una facción de la sociedad cuyo medio de vida es el Estado y que por ese motivo tiene intereses comunes: los altos cargos se suelen repartir entre las castas poderosas de siempre, que a veces cooptan individuos talentosos o ambiciosos de otros medios, mientras que los cargos subalternos van formando grupos de presión interesados en la expansión del poder y los recursos del Estado. La vocación socialista de unos y otros está en el enunciado, y con ese fin es obvio también el descontento con el poder o la riqueza de individuos ajenos a la institución, y por tanto la tentación "transformadora" o revolucionaria. No en balde señaló Gómez Dávila que un cargo público esperaba a los revolucionarios, y podemos inferir que por definición tendrán la simpatía de los "trabajadores al servicio del Estado". Por eso en todas partes los movimientos totalitarios son dirigidos por gente de clases altas que aspira a un dominio perdurable y arbitrario y atraen a aquellos que resultarían perdedores en un entorno de competencia.

Políticos
Allí donde hay urnas hay gente que aspira a acceder al mando persuadiendo a los votantes. Cuando esta actividad se convierte en el medio de vida de estos personajes, cosa que es inevitable, es frecuente que se disocie el papel de representación del propio interés del político, cuestión cuya única solución es la reducción del gasto del Estado y la exigencia del conjunto de la sociedad. Cuando esta vigilancia falla, lo normal es que los recursos públicos se gasten en gran medida en la propia promoción de los políticos, que va desde las tarjetas navideñas que envían a los ciudadanos hasta la financiación de agencias de propaganda disfrazadas de ONG, en las que casi todos los gobiernos se gastan buena parte de los recursos. Cuanto más estatista es un partido, más desvergonzado es el método, como en las cleptocracias bolivarianas o en la Alcaldía de Petro en Bogotá.

Ambigüedad
El núcleo del problema es que los políticos y altos burócratas se presentan como servidores públicos y en la realidad son los amos de los ciudadanos, sobre todo en sociedades como las hispanoamericanas, que aún no se sacuden el lastre de la esclavitud. Aparecen como mandatarios, pero son en realidad mandantes y pueden decidir tranquilamente sobre la vida de los demás. Su único problema serio son los rivales que podrían desplazarlos del poder. El Estado deja de tener incluso el sentido de dominación de una comunidad previa sobre otra y hasta de la facción de los funcionarios, para ser el escenario de la rapiña de distintos grupos de interés por los recursos. Cuando eso ocurre, y forma parte de la tragedia reciente de todos los países hispánicos, la decadencia de la sociedad es inevitable, y la pérdida de todo valor y toda lealtad por parte de los administradores es un corolario lógico.

Ejemplos
Un ejemplo elocuente de lo expuesto es el uribismo. Para conseguir ser candidato en 2006 cambiando la constitución, Uribe se apoyó en los legisladores de entonces, que representaban a las maquinarias de compra de votos, a las clientelas de grupos de poder regionales y a las castas dueñas del poder desde siempre. El resultado de esa alianza fue el PSUN de Santos, que obtuvo en 2010 una formidable votación gracias a la adhesión de amplios sectores populares a Uribe. En cuanto obtuvieron sus curules, todos los legisladores se volvieron antiuribistas porque era lo que convenía a sus negocios y carreras. Lo que los ciudadanos querían desaparecía en cuanto sus representantes tenían el poder. Ese completo fraude de ley no inquietó a mucha gente. En 2014 Uribe fue candidato al Senado con una lista cerrada formada por políticos que obedecen a su líder aunque en realidad piensan más en sus carreras: rechazan al gobierno pero se entienden con los senadores y representantes que lo apoyan, como denunciaba Ricardo Puentes Melo, y critican la entrega del país a las FARC en una actitud de lloriqueo que apenas encubre la satisfacción con el alto cargo alcanzado. Dado que no ha habido resistencia al acuerdo, es evidente que están dispuestos, incluido el mismo Uribe, a ser la oposición llevadera al régimen que vendrá.

Líderes
De hecho, la causa de que el poder haya caído en manos de Santos y aun de que haya podido cambiar totalmente al Estado hasta ponerlo al servicio de las mafias de la cocaína es el anhelo de Uribe de quedarse en la presidencia. El objetivo de derrotar a las bandas terroristas y a sus impulsores cubanos se sacrificó a los intereses particulares del señor Uribe, y sigue ocurriendo, pues su ambigüedad a la hora de afrontar la negociación tiene que ver con el hecho de que es rehén del poder judicial y si no claudicara tendría que exiliarse para evitar terminar preso o que encarcelen a algunos de sus parientes. Pero no es un caso aislado. En España los dos grandes partidos recuperarían muchos votos si prescindieran de sus actuales líderes, pero no pueden hacerlo, y ellos ponen por delante su protagonismo y su interés personal al de sus partidos y el país.

Fatalidad
No habrá ideología ni ética ni determinación de nadie que pueda imponerse a la ambición de los que buscan poder y rentas en el Estado, sólo cabe procurar que se amplíe la conciencia cívica de la gente de modo que haya sectores importantes de la "minoría rectora" que entiendan el peligro, y a la vez promover la reducción del gasto público de modo que el poder de la clase de los funcionarios se reduzca. Está demostrado que todas las sociedades en las que predomina el Estado decaen, pero la disposición a esperar que un padre poderoso resuelva los problemas es muy tentadora y tal vez siga atrayendo gente en todas partes, a la vez que los vividores proliferan y se organizan para maquinar intrigas que les permitan despojar al resto de la sociedad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La casta en el poder en otros tiempos era constituida por individuos cultivados en letras, atentos al conocimiento religioso y humanista que permitía el análisis docto de la realidad para así informadamente influir en ella. En ese sentido es preocuparse que en la actualidad, nuestros dirigentes en Colombia hayan perdido todo gusto por las letras y constituyan una tropa de barbaros, semianalfabetas e ignorantes con dinero y poder. Una prueba de ellos son los debates socarrones e insufribles del programa Hora 20 de Caracol, emisión que demuestra claramente el nivel cultural de la clase política colombiana. La emisión representa formas de expresión propias de una burda porqueriza mental o melaza de pensamiento en la que vive el privilegiado concejal del tercer mundo. Es claro además que la presentadora es una MILF, amante inmunda de JuHampa.

Ruiz_Senior dijo...

Que los congresistas actuales son unos patanes es innegable, pero no creo que la sociedad colombiana fuera mucho mejor cuando gobernaban los gramáticos. Los representantes populares reflejan a la sociedad, tanto en su nivel cultural como en su grado de civismo, que es aún peor que su nivel cultural. Para que alguien como Yidis Medina dicte las leyes haría falta que los colombianos fueran verdaderos chimpancés. Y no presto atención a esos debates porque si ya las columnas de la prensa son expresión de puros delincuentes, no me imagino cómo serán las discusiones de gente que no podría escribir dos líneas sin errores de ortografía. Sencillamente, los tinterillos de Santos les redactan las leyes y ellos las aprueban según los incentivos.
Gracias por sus comentarios.