2 may. 2017

Ni la economía ni la paz

Por Jaime Castro Ramírez

La gestión de un gobierno requiere ser sustentada con una rendición de cuentas provista de hechos tangibles que representen verdaderas realizaciones, o dicho de otra forma, que muestre la real ejecución de las promesas convertidas en programas de gobierno que han sido expuestos al pueblo para hacerse elegir. Una presentación diferente en cuanto a querer mostrar situaciones irreales, pero camufladas como promesas cumplidas, se traduce en una postura perversa de pretender engañar a quienes no tienen la suficiente capacidad de análisis para distinguir entre una realidad y un simple espejismo retórico que solo persigue conseguir engañosamente el aplauso inmerecido de incautos. Estos traidores contra la voluntad ciudadana que les ha otorgado el poder de gobernar, incumplen su compromiso acudiendo a darse la licencia para suponer que los avala lo que ellos creen que es la ignorancia del pueblo.

El comportamiento de la economía colombiana
Durante los últimos 4 años (2013 a 2016) el crecimiento del producto interno bruto (PIB) en Colombia ha tenido un ritmo descendente, pues registra los siguientes índices:
2013 crecimiento 4,9%
2014 crecimiento 4,4%
2015 crecimiento 3,1%
2016 crecimiento muy bajo del 2%, con el agregado de una inflación al alza del 5.75%, a pesar del incremento de la tasa de interés de intervención por parte del Banco de la República, la cual empezó el 2016 en 5,75% y terminó el año en 7,50%

Además, para el año 2017 el pronóstico de crecimiento económico está previsto por los analistas especializados que no será mayor a 1,8%, lo que significa un crecimiento mediocre.

Estos márgenes descendentes del crecimiento de la economía se reflejan en factores tales como: el bajo desempaño en la industria y el comercio, disminución de las exportaciones, el alto grado de endeudamiento, tasas altas de interés, crecimiento de la cartera morosa en las instituciones financieras, alto desempleo (40% del empleo es informal), las cargas tributarias exageradas que han contribuido al cierre en Colombia de numerosas empresas extranjeras, con el consiguiente incremento del desempleo.

El hecho de haber aumentado la tarifa del IVA del 16% al 19%, esto ha generado un estancamiento de las ventas en lo que va del primer semestre del año 2017, y la consecuencia obvia es que entonces el mercado se ha resentido significativamente, lo que también tiene alguna incidencia en aumentar la tasa de desempleo. Las autoridades tributarias no han entendido el hecho cierto de que: “no por aumentar tarifas de impuestos esto se refleja en mayor tributación”, pues incluso puede generar el efecto contrario por la sencilla razón de que se convierte en un factor de dificultad económica para los contribuyentes, llámense empresas personas jurídicas, o personas naturales. Las bajas tarifas de impuestos tienen el consecuente efecto positivo de dinamizar la economía a través del incremento de la inversión en proyectos productivos y comerciales, por lo tanto se incrementa obviamente la producción de bienes y servicios, en consecuencia se incrementa el consumo reactivando los mercados y los medios de pago, y por consiguiente se facilita la contribución al pago de los impuestos. En este estándar económico, impulsado por tarifas de impuestos razonables (bajas), se puede controlar eficientemente la inflación.

Si no existe una buena economía, pues por obvias razones el país no puede marchar bien en ninguno de sus frentes que requieren atención a través de la aplicación de políticas públicas de desarrollo.

Los linderos de la paz
La llamada paz en Colombia tiene una fisonomía no propia de la paz. El presidente Santos ha expuesto en todos los escenarios posibles que Colombia es un país en paz, y esto se lo creen en países extranjeros porque no conocen la realidad en Colombia, pero los colombianos sí saben que esa anunciada existencia de la paz no es real, pues continúan: el narcotráfico disparado, las extorsiones a todo ritmo, y la violencia continúa siendo generada por diferentes actores que asesinan policías, soldados, y civiles, por lo tanto, existe mucho escepticismo en la población, y tanto es así que últimamente en las encuestas de opinión solo el 16% de los colombianos creen en Santos y en su promocionada paz.

Respecto a lo específico de este tema de la paz, lo único que sí es cierto que existe en Colombia actualmente es la grande desconfianza popular por el futuro político, económico y social del país, reflejado en las exageradas concesiones que el presidente Santos le hizo a las Farc en su arrodillada negociación, comprometiendo peligrosamente el Estado de derecho y sus instituciones democráticas. Hay que insistir en que este tipo de negociaciones que se pueden denominar unilaterales por concretarse en completa condición de inferioridad, es decir, donde solo se escuchan exigencias de una de las partes, y la otra parte únicamente procede a responder con concesiones; esta situación no puede generar paz por la simple razón perversa de claudicación en que se incurre.

Se requiere un manejo prudente de la situación por parte de los actores Santos-Farc, pues eventualmente no podría sonar extraño que en las condiciones escritas y concedidas en el acuerdo con las Farc, a cambio de paz, lo que logren sea generar un ambiente de continuidad de la violencia, pues también lo cierto es que la sociedad colombiana no está dispuesta a entregarse por las buenas al anunciado socialismo del siglo XXI, que es sinónimo de represión y miseria.

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