10 may. 2013

Rasgos de la nueva religión

Por @Ruiz_senior

Religión y Estado

Para mucha gente, el comunismo de Marx es el culto del Estado, cosa que llegó a ser en la práctica pero que no tenía nada que ver con sus motivaciones originales. Es verdad que la trampa estaba en el propio Marx, pero formalmente hasta Lenin el comunismo era un proyecto de destrucción del Estado. Veamos esta cita de Marx:
El Estado no es el reino de la razón, sino de la fuerza; no es el reino del bien común, sino del interés parcial; no tiene como fin el bienestar de todos, sino de los que detentan el poder; no es la salida del estado de naturaleza, sino su continuación bajo otra forma. Antes al contrario, la salida del estado de naturaleza coincidirá con el fin del Estado. De aquí la tendencia a considerar todo Estado una dictadura y a calificar como relevante sólo el problema de quién gobierna (burguesía o proletariado) y no el cómo.
Los herederos del marxismo como Mussolini o los chavistas sudamericanos, y en cierta medida Stalin y los beneficiarios de su dictadura, extraen una conclusión cínica de esa cita (como cierto comentarista de un artículo de la prensa colombiana que acusaba al columnista de ser discípulo de Schopenhauer, al que concebía como una especie de príncipe de los canallas por su opúsculo sobre el arte de discutir). Marx pretendía justificar la "dictadura del proletariado" como un primer paso para llegar a la sociedad sin Estado. Eso era una obviedad para los marxistas del siglo XIX y aun del siglo XX, pero a partir de cierto momento el socialismo o izquierda no fue el bando de los trabajadores ansiosos de excluir a los propietarios sino el de los funcionarios ansiosos de expandir sus rentas y su dominio. En Colombia eso llega a niveles extremos: los sindicatos son perfectos instrumentos de los dueños del país, cuyo núcleo dominante lo constituyen los herederos de Alternativa. Si se prohibiera a los empleados estatales sindicalizarse las asociaciones de "trabajadores" sólo tendrían unos cuantos cientos de afiliados.

Sobre esa cuestión del origen del Estado y de su sentido, también como un retrato preciso de la historia colombiana y de "lo que está en juego" en el forcejeo entre la izquierda realmente existente y el resto de la sociedad, conviene fijarse en esta definición de Franz Oppenheimer:
El Estado, totalmente en su génesis, esencialmente y casi totalmente durante las primeras etapas de su existencia, es una institución social, forzada por un grupo victorioso de hombres sobre un grupo derrotado, con el único propósito de regular el dominio del grupo de los vencedores sobre el de los vencidos, y de resguardarse contra la rebelión interior y el ataque desde el exterior. Teleológicamente, esta dominación no tenía otro propósito que la explotación económica de los vencidos por parte de los vencedores.
El Estado colombiano se encuentra en esas primeras fases y es casi abiertamente una máquina de exacción a favor de los descendientes de los grupos dominantes de la sociedad colonial. Sobre este asunto ya publiqué un escrito hace un tiempo.

El mismo Oppenheimer explica en otra parte que esa exacción podría darse a través de la violencia o de la dominación ideológica por creencias impuestas. El origen de las formar religiosas institucionalizadas se confunde con el del Estado, dado que según el propio Marx "la ideología dominante es la de la clase dominante". En la historia colombiana el grupo que aseguraba la hegemonía y continuidad de la dominación de los conquistadores era el clero, que adaptaba las creencias y tradiciones cristianas a la realidad de esclavitud y saqueo existentes, tal como en la época final del Imperio romano se adaptó el cristianismo occidental a las necesidades de control de la vieja organización social.

El Estado moderno con su ristra de derechos y servicios es el hogar de un nuevo tipo de clero que acomoda las viejas creencias a su conveniencia y entra en conflicto con el cristianismo romano y con las demás definiciones cristianas que de algún modo estorban a sus intereses. En Colombia es el mismo grupo social del que salían los obispos en los siglos anteriores, pero en aras de legitimar su exacción (algo que también definió Oppenheimer) promueve un discurso religioso que desarrolla aspectos que discrepan del viejo sistema de creencias comunes.

La felicidad general
Un artículo reciente del poeta vasco Jon Juaristi esclarece ampliamente la cuestión, también sobre el aborto, sobre lo que conviene leer el escrito de Miguel Delibes que comenta Juaristi.
El artículo de Miguel Delibes que recuperaba este periódico en su tercera del pasado jueves –«Aborto libre y progresismo»– es un magnífico modelo de ejercicio de la razón práctica. Sobre todo, el primer párrafo, donde el escritor exponía concisamente los términos de la cuestión, se impondría como punto de partida en cualquier debate que se pretendiera racional, aunque con la izquierda realmente existente la razón es siempre el tercio excluso. A la izquierda no le interesa la razón; lo que quiere es laminar a los obispos. Finge no enterarse de que tiene enfrente gentes capaces de razonar, porque así puede presentarse ella misma, la izquierda, como una religión capaz de asegurar la felicidad a todos los desgraciados de la tierra: en este caso, a todas las mujeres a las que un embarazo ha hecho terriblemente desgraciadas.
Lo que en el mundo civilizado es tragedia en el trópico es borrachera. El espíritu dionisiaco no es el de Wagner sino el de Óscar Agudelo. Esa guerra contra los obispos y esa farsa de los proveedores de felicidad son exactamente lo que ocurre en la Colombia de hoy, sólo es que el clero de la felicidad no es sólo "la izquierda" sino que tiene visos de autoridad debido a su autolegitimación a través de la universidad. No es raro que ningún texto de ningún universitario colombiano se estudie en ningún país civilizado (salvo que trate sobre Colombia, caso en que no es un documento científico sino un síntoma), los colombianos no aspiran a eso, les basta la sonoridad del nombre. La guerra contra los obispos no la ejerce una facción política sino un gremio que en la superstición local tiene toda la legitimidad. La ideología de izquierda no es en Colombia el extravío que sería en Europa sino propiamente el discurso de dominación de los parásitos. Incluso muchos supuestos ateos se declaran distantes de la "izquierda", aunque comparten intereses y valores, y sobre todo el afán de competir con la Iglesia deslegitimándola.

Tengo que hacer otra digresión respecto de esta cuestión del ateísmo: de algún modo un verdadero ateo no puede estar en guerra con la religión: supondría aceptar una realidad escamoteada por las creencias religiosas, una teleología distinta y mejor, lo cual viene a ser otro disfraz de Dios. Casi todos los que en Colombia se describen como ateos forman parte de esa religión descrita en el párrafo de Juaristi. No sólo no tienen noción de las implicaciones del ateísmo sino que ni siquiera llegan a planteárselas: han puesto unos ídolos hechizos en lugar de las certezas de la tradición y corren a tomar parte de la rapiña de la renta petrolera imbuidos de una gran misión que en la realidad es sólo el anhelo de asimilarse a la clase social más alta.

Sigue Juaristi:
Tal pretensión es falaz, como de costumbre. Las embarazadas desgraciadas nunca tuvieron que esperar a la izquierda para abortar. De hecho, la izquierda no ha hecho más que traer infelicidad al mundo, incluso cuando, ante el reiterado fracaso de sus programas revolucionarios, ha optado por construir el capitalismo bajo una forma salvaje, burocrática o totalitaria, allí donde no existía. Las conquistas históricas que se atribuye son logros sociales de la derecha que usurpa descaradamente.
La medida del bienestar de un país es exactamente la del peso del socialismo en su historia. Los países que nunca se han visto tentados son riquísimos, como Suiza, mientras que otros que hace un siglo no tenían que envidiarle están en franca desventaja, como la República Checa. En los trópicos eso es mucho más evidente: ¿cuál era la renta de los cubanos comparada con la de los puertorriqueños hace sesenta años? Se podría plantear la excepción escandinava, pero haría falta pensar en lo que podrían haber sido esos países sin el socialismo. El resto del artículo de Juaristi no tiene pérdida, pero para limitarme a lo que afecta a Colombia cito el final
Delibes era, no obstante, lo suficientemente lúcido como para no hacerse ilusiones respecto a la viabilidad del debate. Sabía que solamente plantearlo desataría la hostilidad de un progresismo para el que cualquier objeción al aborto libre constituía una provocación intolerable y, por supuesto, retrógrada. Ahora bien, Delibes se equivocaba al suponer que «antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia»: Nunca fue así. El programa mínimo del progresismo ha sido siempre derribar al fuerte con toda la violencia que haga falta y apoyar exclusivamente a los progresistas, nuevo clero de la religión de la felicidad universal y obligatoria
Insisto, toda esa descripción corresponde a un ambiente civilizado. En Colombia las universidades son sólo adoctrinaderos de asesinos y la violencia de los defensores de cualquier causa progresista corresponde sólo al apetito de enriquecerse robando desde un cargo público. Esa disposición criminal del clero progresista es casi manifiesta en sus líderes, asesinos y mentirosos sin el menor escrúpulo, como el alcalde de Bogotá, que tal vez encarne mejor que nadie las condiciones morales e intelectuales del progresismo local.

El deber de tolerar
Esquematizando un poco, la historia hispanoamericana es la de la conquista del territorio por una nación católica que se convirtió en el baluarte de la reacción a la Reforma. La combinación de saqueo y esclavitud, por una parte, y obstinada persecución religiosa por la otra, define a los países surgidos de esa historia. Octavio Paz definió a los hispanoamericanos como "hijos de la Contrarreforma". En el ámbito político, la precariedad institucional determinó que durante mucho tiempo el poder real e inmediato estuviera en los jueces.

Ese viejo orden es el que defienden los funcionarios modernos con retóricas hechizas y un ropaje científico que sólo es creíble para los mentecatos a los que adoctrinan en sus antros. (Jonathan Swift proponía que los impuestos fueran voluntarios y se pagaran según la inteligencia y el atractivo de cada persona: el tonto no se considera tonto y el supersticioso está segurísimo de que la superstición son los otros; las creencias de los discípulos de Abad Faciolince y de Daniel Coronell, valga la redundancia, son mucho más torpes y dejan ver mucha más ignorancia que la del más delirante rouselliano.)

En la obstinada guerra contra el procurador, no por casualidad promovida por campeones de las leyes como Carlos Gaviria, es más que patente lo que denuncia Juaristi: la persecución de las creencias ajenas para imponer la propia dominación, la felicidad obligatoria que ya se ensayó en Europa oriental y Asia en el siglo pasado.

Para formarse una idea de todo lo anterior voy a citar un párrafo del inefable adalid cívico que hacía negocios con Pastor Perafán y César Villegas e intentaba desfalcar 11.000 millones de pesos de la época en compañía de Ramiro Bejarano. (No tiene nada de raro que lo comparta todo con los maestros de la moral típicos, comparado con Enrique Santos Calderón, sólo tiene un origen social más modesto) Vale la pena prestar atención a la sarta de calumnias forzadas del artículo, cuyo objeto es demonizar al procurador que estorba a los negocios del hampa terrorista (de nuevo, es pura idiotez "clasista" creer que hay alguna diferencia entre Abad Faciolince y alias Fabián Ramírez más allá de los contactos con personas famosas que tenga cada uno).
La página celebra entre otras cosas que el procurador Ordóñez quiera matar la Ley Antidiscriminación. La norma pide cárcel para quien discrimine a una persona por razón de su raza, su religión o su preferencia sexual. Ordóñez le pidió oficialmente a la Corte Constitucional que tumbe esa ley porque –a juicio suyo– viola los derechos a la libre expresión y a la libertad religiosa de los discriminadores.
La "página" a que alude es una publicación neonazi con la que el sicario moral pretende asociar al procurador, y el verbo que escoge es particularmente enternecedor: "matar". El hecho de oponerse a una imposición monstruosa es matar mientras que el de decapitar diputados indefensos es un paso necesario hacia la paz. ¿Alguien ha oído que en algún país haya cárcel por discriminar a otra persona? Se trata de una imposición atroz de los jueces que legislan sin interesarse por la suerte de la indiamenta a la que sojuzgan (se trata exactamente de eso, de las costumbres del siglo XVI, por eso la tranquilidad con que pasan por encima de las instituciones de la democracia).

Es decir, la felicidad obligatoria es sólo la continuidad de la cultura de la Inquisición que encuentra en la posibilidad de que se discrimine un nuevo pretexto para dar poder a los funcionarios del clero estatal, un avance más después de la acción de tutela y otras perlas del engendro del 91 que esperan ampliar gracias a las hazañas de los niños del servicio doméstico armado (que venden como "paz").

Los jueces que podrían encarcelar a alguien por hacerle mala cara a un tipo afeminado o a uno de la religión satánica son los mismos que tienen como preso preventivo ya dos años a Andrés Felipe Arias por un supuesto delito por el que tendrían que estar presos todos los ministros de Agricultura de varias décadas, incluido el actual. Los mismos que persiguen a Plazas Vega mientras dejan impune a Piedad Córdoba: la no discriminación es un pretexto más de la dominación de un clero de canallas, desfalcadores, traficantes de cocaína y secuestradores al lado del cual el culto satánico es casi respetable.

Cristo reinterpretado
Otra forma de demostrar la continuidad del clero "ateo" de las universidades y los agentes del Santo Oficio de los siglos anteriores es la Teología de la Liberación, la descarada transformación de la fe impuesta hace varios siglos para promover el comunismo. El que tenga alguna duda de que las doctrinas de Ignacio Ellacuría son idénticas a las de Lenin sólo muestra que las desconoce, y eso por no hablar de los intérpretes de menor rango, a menudo asesinos directos como Javier Giraldo y muchos curas del ELN. La orden católica que más caracterizó la dominación en los siglos coloniales se dedica a promover la lucha de clases y el totalitarismo como recurso para mantenerse en el poder. No es raro que desplazada por otras "universidades" la Javeriana, antaño el establecimiento conservador típico, sea hoy un adoctrinadero terrorista.

Una cosa y otra, lo que describe Juaristi y la herencia de la Teología de la Liberación resultan descritos con admirable concisión por Hugo Chávez. Son sólo 44 segundos, no se lo pierdan.




Un personaje de Borges llegó a creer que Dios había encarnado en Judas. La nueva religión trae algo más admirable: Cristo el verdadero está en Ernesto Samper y en Sigifredo López. No es raro que este mártir protegido por los uribistas se haya vuelto cristiano como Garavito, es que la nueva religión exige tolerancia. ¿O alguien supone que alguno de los ateos y maestros de moral tendrá alguna queja de ese benefactor de la humanidad?

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